Mentira con beneficios CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez estaba cargado de una pesadez distinta. Vera dejó caer los hombros, apoyando los codos en la mesa y frotándose las sienes con evidente cansancio.

—¿Estás bien? —preguntó Nicolás en voz baja, inclinándose hacia ella—. Lo has hecho de maravilla, Vera. Elizalde está encantado. Mi madre te adora. Si esto fuera un examen de interpretación, tendrías matrícula de honor.

Vera levantó la vista y lo miró con una seriedad que le heló la sangre.

—Ese es el problema, Nicolás. Que tengo matrícula de honor en mentirle a una madre que solo quiere ver a su hijo feliz —dijo ella, con una voz que sonó apagada, herida—.

Tu madre me ha estado hablando de su marido, de lo mucho que le dolió el divorcio con Claudia por lo frío que fue todo, de cómo le preocupa que te quedes solo...

Me mira como si yo fuera la respuesta a todas sus oraciones.

Y yo solo soy una chica de veinticinco años a la que estás pagando mil quinientos euros por hacer este papel.

Nicolás sintió que la comida se le atascaba en la garganta. La culpa, que hasta ese momento había mantenido a raya gracias a la adrenalina del congreso, le golpeó con toda su fuerza.

—Vera, yo...

—No hace falta que digas nada, Nico —lo interrumpió ella, forzando una sonrisa triste—.

Sé que es nuestro trato. Sé que firmé voluntariamente.

Pero es duro. Es muy duro mirar a alguien tan buena como tu madre y saber que el lunes todo esto se habrá acabado, que volveré a mi mostrador del hotel y que ella se quedará pensando que su hijo ha vuelto a fracasar en su relación.

Nicolás la miró fijamente, con una intensidad que hizo que Vera tuviera que apartar la vista.

Quiso decirle que tal vez no tenía por qué acabarse el lunes.

Quiso decirle que la forma en que se le aceleraba el pulso cuando ella estaba cerca no era parte de ningún contrato, que la noche de la tormenta había deseado besarla con una desesperación que le asustaba, y que la idea de volver a Madrid y no volver a verla cruzar su salón común le parecía la perspectiva más gris y desoladora del mundo.

Pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, sepultadas por su timidez crónica y por el miedo a que ella pensara que estaba intentando aprovecharse de la situación.

—Lo siento —fue lo único que consiguió decir él, con una voz apenas audible—. De verdad. Siento haberte metido en esto.

Vera lo miró durante unos segundos, analizando la sincera aflicción de su rostro. Suspiró despacio, estirando la mano sobre el mantel para darle un suave toque en los nudillos.

—No pasa nada, doctor —dijo, intentando recuperar el tono ligero—. Es el precio del espectáculo. Ahora, prepárate, porque tu madre ya vuelve y tiene cara de querer planificar nuestra boda para el próximo mes de septiembre.

La última hora del almuerzo transcurrió en una especie de bruma para Vera. Sobrevivió al café, a las sutiles indirectas de Pilar sobre la conveniencia de los pisos con techos altos en el barrio de Chamberí y a las últimas preguntas de Elizalde sobre el planeamiento urbanístico de Madrid.

En cuanto consiguieron despedirse bajo la promesa de verse al día siguiente, Vera murmuró una excusa rápida sobre un dolor de cabeza incipiente y subió a la suite antes que Nicolás.

Necesitaba aire. Necesitaba despojarse de la máscara de la «novia perfecta» antes de que se le quedara pegada a la cara.

Cerró la puerta de su dormitorio, tiró el bolso sobre la colcha y se dejó caer de espaldas en la cama, exhalando un suspiro que le salió desde el fondo del pecho. El silencio de la habitación era un alivio, pero su cabeza seguía yendo a mil revoluciones por minuto.

Sacó el móvil y marcó el número de Noa. No tardó ni dos tonos en escuchar la voz de su amiga, envuelta en el ruido de fondo de los secadores de pelo del vestuario del Claris.

—Dime que sigues viva, Duarte. ¿Ha habido drama con la ex?

—Mucho peor —admitió Vera, tapándose los ojos con el antebrazo—. He sobrevivido al almuerzo con la madre de Nicolás y con el director médico de su hospital. El mismísimo doctor Elizalde, Noa. El que tiene el futuro de Nicolás en sus manos.

—Hostia. Palabras mayores —el tono de Noa cambió al instante, volviéndose más atento—. ¿Y qué tal? ¿Te ha hecho el tercer grado de la alta sociedad madrileña?

—No, ese es el problema. Que ha ido... jodidamente bien.

Me he inventado que nos conocimos en una biblioteca, que él me tiró un café encima y que todavía me debe media cena.

Lo he hecho con tanta naturalidad que hasta yo me he creído la maldita historia por un segundo.

Nicolás ha entrado al trapo, la madre estaba al borde de las lágrimas de la emoción y Elizalde casi nos da su bendición papal para el próximo mes de septiembre.

—Vera, tía, eso es una victoria absoluta —dijo Noa, aunque detectó la tensión en la voz de su amiga—. ¿Por qué suena como si se hubiera muerto alguien?

—Porque me siento como una estafadora profesional, Noa —confesó Vera, incorporándose sobre los codos y mirando hacia la ventana—.

Pilar, su madre, es una mujer encantadora.

Me mira con una ternura que me parte el alma.

Me ha estado contando lo mucho que sufrió Nicolás con el divorcio, lo solo que está y lo feliz que la hace ver que por fin está con alguien que «tiene los pies en la tierra».

Y mientras me lo decía, yo solo podía pensar en el contrato de tres páginas que tengo guardado en el cajón y en los mil quinientos euros que me van a transferir el lunes.

Se hizo un pequeño silencio al otro lado de la línea. Noa suspiró, y Vera pudo imaginársela apoyada contra las taquillas del personal, con el ceño fruncido.

—A ver, Vera. Mírame a los ojos virtualmente. Tú no estás estafando a nadie. Estás haciendo un trabajo. Te contrataron para dar una imagen de estabilidad y eso es exactamente lo que estás haciendo. Estás salvando el cuello de ese cirujano.

—Ya, pero... no es solo por Pilar.

—Ah —se percató Noa con una rapidez felina—. ¿Hay algo más? ¿Qué ha pasado con el doctor?

Vera se pasó la mano por el pelo suelto, recordando el calor de la mano de Nicolás en su espalda descubierta la noche anterior durante el cóctel, y la forma en que se habían mirado esa misma mañana en el salón, rodeados de almohadas en el suelo.

—Anoche se cortó la luz por la tormenta —susurró Vera, bajando la voz por si Nicolás ya había subido a la suite—.

Acabamos durmiendo en el suelo del salón, muy cerca.

Y hoy... no sé, Noa. Hay una tensión rarísima entre nosotros.

Cada vez que nos rozamos parece que nos va a dar una descarga eléctrica.

Él me mira de una manera... que no es la de un jefe que controla a su empleada.

Y yo estoy empezando a perder el norte. No sé dónde termina el contrato y dónde empiezo yo.

—Vera —dijo Noa, con un tono inusualmente serio—.

Ten mucho cuidado. El dinero de la matrícula te hace falta, de verdad que sí.

Pero no dejes que el brillo de los ojos de ese cirujano te haga olvidar que el lunes a las doce os convertís en calabaza.

Él vuelve a su ático y a sus movidas de divorcio millonario, y tú vuelves al turno de noche del Claris.

No te enamores del decorado, por muy bonito que sea el balneario.

Las palabras de su amiga cayeron como un jarro de agua fría, devolviéndola de golpe a la realidad. Vallecas. El Claris. Las hojas de reclamaciones. Las facturas.

—Tienes razón —dijo Vera, tragándose el nudo que se le estaba formando en la garganta—. Tienes toda la razón del mundo. Es solo el decorado.

—Exacto. Disfruta de la comida gratis, mantén la cabeza fría y no le quites el ojo al premio. Los mil quinientos eurazos. ¿Me oyes?

—Te oigo. Gracias, Noa. Te dejo, que creo que he oído la puerta del salón.

—Cuidado con las tormentas, Duarte. Cuélgate el chubasquero emocional.

Vera colgó y dejó el teléfono sobre la mesilla.

Se miró en el espejo del tocador, se alisó el jersey verde oliva y respiró hondo.

Noa tenía razón. El lunes todo terminaría.

Tenía que volver a ponerse la armadura antes de cruzar la puerta de la habitación y encontrarse de nuevo con los ojos oscuros de Nicolás Aguirre.