CAPÍTULO 12
La luz del sábado por la mañana no tuvo piedad.
Entró por los ventanales de la suite con una claridad limpia y lavada, típica de los días que suceden a una gran tormenta de montaña.
No quedaba ni rastro de la neblina, ni de la oscuridad cómplice, ni del viento que aullaba.
Solo un sol radiante que hacía brillar la alfombra de lana persa con una nitidez casi ofensiva.
Nicolás se despertó a las siete y media, con el cuerpo extrañamente entumecido y una sensación de ingravidez en el pecho que no experimentaba desde hacía años.
Se había pasado el resto de la noche dando vueltas en la cama, con la palma de la mano derecha todavía conservando la memoria táctil de la piel del cuello de Vera.
Había sido un roce absurdo, un impulso de apenas unos segundos bajo la luz de los móviles, pero para él había tenido la fuerza de un desfibrilador.
Cuando salió al salón, ya vestido con unos pantalones de lino azul marino y una camisa de rayas finas, el espacio común parecía un escenario abandonado a toda prisa.
La manta de piqué blanca seguía doblada a medias sobre el sofá y las dos almohadas continuaban en el suelo, marcando el lugar exacto donde sus cuerpos habían estado tan cerca que sus respiraciones se mezclaban.
Nicolás se quedó mirándolas, sintiéndose de repente muy tonto y muy expuesto bajo la luz directa del día.
Justo cuando se agachaba para recoger las almohadas, la puerta del dormitorio de Vera se abrió.
Vera apareció con su habitual paso ligero, aunque se detenía un milisegundo más de lo normal en cada pisada, como si todavía arrastrara el cansancio de la noche anterior.
Llevaba unos vaqueros sencillos y un jersey de punto fino de color verde oliva.
El pelo, a diferencia de la noche anterior, lo llevaba suelto, cayendo en ondas naturales sobre sus hombros, como si quisiera ocultar de forma deliberada el cuello que él había acariciado a oscuras.
Al verse, ambos se congelaron.
—Buenos días —dijo Nicolás, sosteniendo una almohada contra su pecho como si fuera un escudo heráldico.
—Buenos días, doctor —respondió ella. Su voz era el tono habitual de frescura y burla, pero había una ligera vacilación en sus ojos que no pasó desapercibida para él. Miró al suelo, a las almohadas, y luego a la manta—. Veo que estás recogiendo las pruebas del delito.
—Solo... ordenaba un poco antes de que venga el servicio de habitaciones —explicó él, carraspeando—. No quería que pensaran que... bueno.
—¿Que hemos montado un fuerte de sábanas como dos niños de diez años porque a la novia de mentira le dan miedo los truenos?
—completó Vera, cruzando el salón hacia la cafetera con paso decidido—.
Tranquilo, Aguirre. Tu reputación de cirujano cardiovascular serio y predecible está a salvo de las camareras de pisos.
Vera preparó dos cafés en silencio. La agilidad con la que se movía por la pequeña cocina americana del salón contrastaba con la tensión que flotaba en el aire. Cuando le tendió la taza a Nicolás, sus dedos se rozaron apenas un milisegundo al pasar el asa de cerámica.
Ambos retiraron la mano de inmediato, como si la taza estuviera a cien grados de temperatura.
—Vera, sobre lo de anoche... —empezó Nicolás, dando un sorbo rápido para disimular su nerviosismo.
—Anoche no pasó nada, Nico —lo interrumpió ella, mirándolo directamente a los ojos con una seriedad que pretendía ser profesional, pero que tenía un deje de autoprotección—.
Se cortó la luz, nos asustamos con la tormenta, compartimos una manta y ya está.
Son cosas que pasan en la montaña. Al fin y al cabo, forma parte de la...
«convivencia forzosa» de nuestro contrato.
No hay que darle más vueltas de las necesarias.
Nicolás la miró fijamente. «No hay que darle más vueltas». Para ella parecía fácil catalogarlo como un incidente menor, una simple cláusula de habitabilidad en un balneario aislado. Pero él sabía que la forma en que ella había inclinado la cabeza hacia su mano no tenía nada que ver con el contrato.
Antes de que pudiera replicar, el teléfono móvil de Nicolás, que estaba sobre la mesa de centro, empezó a vibrar con una melodía clásica y estridente.
Nicolás miró la pantalla.
—Es mi madre —dijo, suspirando.
Vera dio un trago largo a su café y se apoyó en la encimera.
—Pues prepárate, doctor. El segundo asalto de verdad empieza ahora.
Doña Pilar no los citó en el comedor principal del balneario, sino en la terraza exterior del club de golf privado del complejo, un espacio acristalado que dominaba las colinas verdes de la sierra y donde solo se sentaban los socios más antiguos y los ponentes de honor del congreso.
Cuando Nicolás y Vera llegaron, Pilar ya estaba sentada a una mesa redonda vestida con un mantel de lino blanco impoluto, luciendo unas gafas de sol inmensas y tomando un té helado con rodajas de limón.
A su lado, para horror de Nicolás, estaba sentado el doctor Elizalde, el director del departamento de cirugía del hospital de Madrid y el hombre de quien dependía directamente el futuro ascenso de Nicolás.
—¡Por fin llegáis! —exclamó Pilar al verlos aparecer por la cristalera—.
Estábamos empezando a pensar que os habíais quedado atrapados en el ascensor con el apagón de anoche.
Qué desastre de hotel, de verdad. He tenido que quejarme al director esta mañana porque mi cruasán no estaba lo suficientemente crujiente. Nicolás, acércame una silla para Vera.
Nicolás obedeció de inmediato, colocándose detrás de Vera para ayudarla a sentarse.
Al apoyar las manos en el respaldo de la silla de madera, su pecho quedó a escasos centímetros de la espalda de ella.
Pudo oler de nuevo el perfume de lavanda y sintió un cosquilleo de nerviosismo en la boca del estómago que no tenía nada que ver con la presencia del doctor Elizalde.
—Buenas tardes, doña Pilar. Doctor Elizalde —saludó Vera, ofreciendo su mejor sonrisa de recepcionista de cinco estrellas: cálida, profesional y absolutamente encantadora.
—Vera, querida, estás radiante —dijo Pilar, dándole un golpecito cariñoso en la mano—.
El aire de la sierra te sienta de maravilla.
Le estaba contando precisamente a Carlos lo mucho que me alegro de que Nicolás por fin haya encontrado a alguien con un poco de sustancia.
Alguien que no mide la felicidad de la gente por el número de metros cuadrados de su casa en el barrio de Salamanca.
Elizalde, un hombre de sesenta años con el pelo completamente canoso y una mirada de zorro viejo, soltó una risa condescendiente y observó a Vera con curiosidad.
—Así que tú eres la famosa Vera —dijo Elizalde, dando un sorbo a su copa de vino tinto—.
Nicolás ha estado muy misterioso últimamente en el hospital.
Ahora entiendo por qué. No nos habías dicho que tuvieras una novia tan...
distinguida, Aguirre. Aunque, por lo que me cuenta tu madre, no eres del gremio de la medicina.
—No, doctor —respondió Vera de inmediato, antes de que Nicolás pudiera intervenir para salvarla—. Yo prefiero trabajar con cosas que se construyen desde los cimientos, no con personas a las que hay que remendar las tuberías. Estudio Arquitectura.
—¡Arquitectura! —repitió Elizalde, arqueando una ceja con evidente aprobación—.
Una carrera bellísima. Muy dura, por supuesto.
Requiere mucha disciplina. Aunque imagino que compaginar los estudios con el ritmo de vida de un cirujano de trasplantes como Nicolás no debe de ser fácil.
Este chico vive prácticamente metido en el quirófano.
—Oh, lo sé —sonrió Vera, lanzándole a Nicolás una mirada cargada de una complicidad de mentira que parecía totalmente real—. Pero tengo mucha paciencia, doctor Elizalde. Además, Nicolás es muy... constante. Y muy predecible. Eso ayuda a organizar las agendas.
Pilar soltó una carcajada encantada, dando una palmada sobre la mesa.
—¡Lo ve, Carlos! ¡Se lo he dicho! Esta chica tiene los pies en la tierra.
Claudia se pasaba el día quejándose de que Nicolás nunca estaba en casa para las cenas de gala de la fundación, como si extirpar un aneurisma fuera algo que se pudiera programar entre el aperitivo y el primer plato.
Vera entiende lo que es el trabajo de verdad.
La conversación fluyó durante el almuerzo como un campo de minas donde Vera tuvo que desplegar toda su astucia para no cometer ningún error de bulto.
Cada pregunta de Pilar sobre cómo se habían conocido, cuánto tiempo llevaban juntos o cuáles eran sus planes para el verano requería una respuesta rápida, ensayada pero natural.
—Nos conocimos en una biblioteca —improvisó Vera cuando Elizalde le preguntó por el inicio de la relación—.
Yo estaba buscando unos planos históricos del ensanche de Madrid y Nicolás estaba...
bueno, buscando un rincón tranquilo donde dormir media hora entre guardia y guardia.
Nos chocamos en la sección de urbanismo.
—Y yo le tiré el café encima —añadió Nicolás, entrando al juego de forma natural, relajándose por primera vez en todo el almuerzo—. Un café muy caro, por cierto. Tuve que invitarla a cenar para disculparme.
—Y todavía me debe la mitad de la cena —bromeó Vera, guiñándole un ojo.
Pilar los observaba con una sonrisa de absoluta satisfacción que a Vera le provocó una nueva oleada de culpa en el estómago.
La mentira funcionaba demasiado bien. El engranaje del montaje era tan perfecto, la química que desprendían tras la noche de la tormenta era tan evidente, que el doctor Elizalde y Doña Pilar se estaban tragando la historia sin el más mínimo atisbo de sospecha.
Pero cuanto más les gustaba la pareja, más difícil y doloroso sería el momento de desmontar el escenario.
A mitad del almuerzo, Elizalde se disculpó para atender una llamada del hospital y Pilar aprovechó para ir al baño, dejando a Nicolás y a Vera solos en la mesa de la terraza.