CAPÍTULO 11 #2
—Yo... bueno... —empezó, sintiendo que la voz le temblaba de forma perceptible—. Trabajo en... en el hotel. En recepción. Pero...
—Vera es una artista, mamá —intervino Nicolás.
Su voz sonó firme, tranquila y con una calidez que Vera no le había escuchado nunca.
Nicolás cruzó el salón con paso pausado y se colocó justo detrás de la silla de Vera.
De forma natural, sin prisa, apoyó una mano en su hombro, dándole un suave apretón que transmitía un mensaje clarísimo: «Estoy aquí. Te tengo. No estás sola» .
Vera sintió el calor de la mano de Nicolás a través de la lana de su jersey como un salvavidas en mitad de un océano de culpa. Apoyó ligeramente la espalda contra su mano, agradeciendo el contacto más de lo que podría expresar con palabras.
—Está estudiando Arquitectura —continuó Nicolás, mirando a su madre con una mezcla de orgullo y seriedad que a Vera le pareció la cosa más real del mundo—.
Diseña proyectos maravillosos. El trabajo en el hotel es solo temporal, una forma de...
de mantener los pies en la tierra mientras termina sus estudios.
Pero tiene un talento increíble. Deberías ver sus dibujos.
Pilar miró a su hijo y luego a Vera. La forma en que la mano de Nicolás descansaba en el hombro de la chica, y cómo Vera se relajaba bajo su tacto, no pasó desapercibida para la astuta mirada de la viuda de Aguirre. Para ella, ese pequeño gesto físico valía más que cualquier discurso de tres horas.
—Arquitectura —repitió Pilar, con un brillo de sincera admiración en los ojos—.
Qué profesión tan maravillosa. Crear espacios para que la gente viva, para que sea feliz...
Es mucho mejor que lo de Nicolás, que se pasa el día abriendo a la gente para arreglarles las tuberías del pecho.
Me parece fantástico, Vera. De verdad. Una mujer con talento, con ambición y con la cabeza sobre los hombros.
Nicolás, tienes una suerte que no te la mereces.
—Lo sé, mamá —dijo Nicolás, y esta vez, al mirarla, no había rastro de la timidez habitual en sus ojos. Había una seriedad profunda, casi solemne—. Lo sé perfectamente.
Pilar estuvo media hora más en la suite, hablando de las cotizaciones de la bolsa de su hermano Arturo, de lo mal que funcionaba el servicio de habitaciones de su propio hotel —donde, por supuesto, ya se había quejado tres veces por el grosor de las toallas— y de lo mucho que deseaba verlos a los dos en la cena de gala del sábado.
—Bueno, os dejo —dijo Pilar finalmente, levantándose del sofá con su abrigo de cachemira de nuevo sobre los hombros—.
Tengo que ir a desempaquetar y a asegurarme de que el conserje me ha conseguido una mesa cerca del escenario para la cena.
Vera, querida, ha sido un absoluto placer.
De verdad. Siento haber aparecido de esta manera, pero me alegro muchísimo de haberte conocido.
Nicolás es un hombre afortunado, aunque a veces sea un poco soso. Tú dale caña, que le hace mucha falta.
—Lo haré, Pilar —sonrió Vera, sintiendo que la culpabilidad seguía allí, pero amortiguada por la arrolladora simpatía de la mujer—. Buen viaje de vuelta a su habitación.
Nicolás acompañó a su madre hasta la puerta, intercambió un par de frases en voz baja con ella y la vio alejarse por el pasillo del ala antigua del hotel.
Cuando la puerta doble se cerró por fin con un clic pesado, el silencio que se instaló en la suite fue espeso, casi asfixiante.
Vera seguía sentada en la silla de comedor, con la taza de café fría entre las manos y la mirada fija en el cuaderno de bocetos. Nicolás se quedó de pie junto a la entrada, mirándola con una expresión de profunda preocupación.
—Vera —dijo él, dando un paso hacia el salón—. Lo siento. Siento muchísimo que haya aparecido de esa manera. Mi madre es... es un torbellino. No sabe respetar los límites de privacidad de los demás. No debí permitir que te hiciera sentir así.
Vera no respondió de inmediato. Dejó la taza sobre la mesa con un golpe suave, se levantó y caminó hacia el gran ventanal, apoyando la frente contra el cristal frío. El jardín del balneario estaba cubierto de una neblina densa que parecía borrar los límites del mundo exterior.
—No es eso, Nicolás —dijo ella, con una voz que sonó apagada, sin rastro de la ironía o el descaro de los días anteriores—. Tu madre es encantadora. De verdad. Es... es maravillosa. Mucho mejor de lo que me esperaba.
—¿Entonces? —preguntó él, acercándose un par de pasos, pero manteniendo la distancia de seguridad—. Te has puesto pálida. Pensaba que ibas a desmayarte cuando te ha preguntado por tu trabajo.
Vera se giró para mirarlo. Sus ojos marrones estaban cargados de una tristeza limpia, directa, que a Nicolás le encogió el corazón.
—Ese es el problema, Nico. Que es maravillosa.
Y nos adora. Adora lo que cree que somos.
Le gusta tanto la idea de que estemos juntos que...
que hace que toda esta mentira sea mil veces más difícil de sostener.
Al principio era solo una broma, un trato transaccional para conseguir el dinero de mi matrícula y ayudarte a ti a superar el mal trago de tu exmujer.
Pero verla a ella mirarme con esos ojos de esperanza...
ver cómo se alegra de que su hijo por fin sea feliz con alguien «real»...
Me ha hecho sentir como una estafadora de pacotilla, Nicolás. Me he sentido sucia.
Nicolás la escuchó con una fijeza absoluta.
Cada palabra de Vera le dolía como si fuera un reproche directo hacia él, pero sabía que ella tenía razón.
Él había iniciado todo aquello por puro pánico, por orgullo herido y por no querer afrontar la mirada de compasión de su mundo profesional.
Había metido a Vera en su fango sin pararse a pensar en las consecuencias morales para ella.
Caminó hacia el ventanal, acortando la distancia entre ambos hasta que pudo ver el reflejo de sus propios ojos en el cristal, justo al lado de los de ella.
—Lo sé —dijo Nicolás en voz baja—. Lo sé, Vera.
Y lo siento. Siento haberte puesto en esta situación.
Tienes toda la razón del mundo para sentirte así.
Esto... empezó como una locura egoísta de mi parte.
Si quieres que lo dejemos ahora mismo, lo entenderé.
Le diré a mi madre que hemos tenido una discusión, que te has vuelto a Madrid, inventaré cualquier excusa.
Te pagaré los mil quinientos euros íntegros, por supuesto.
El contrato se cancela y tú te vas a casa libre de toda esta comedia. No quiero que sufras por mi culpa.
Vera lo miró. El cirujano la observaba con una vulnerabilidad tan absoluta, tan desprovista de su habitual armadura de médico respetable, que a ella se le ablandó algo en el pecho.
No había egoísmo en su oferta; Nicolás estaba dispuesto a asumir el desastre social ante su madre y ante todo el hospital con tal de no hacerla sentir incómoda a ella.
—No —dijo Vera, esbozando una sonrisa lenta y cansada—.
No nos vamos a rendir ahora. Hemos firmado un contrato, Aguirre.
Y una Duarte siempre cumple con sus compromisos, por muy incómodos que sean.
Además... —añadió, mirándole los pies— no puedo dejar que te enfrentes a la cena de gala de mañana tú solo con esos calcetines de gatitos. Sería un suicidio estético.
Nicolás soltó una carcajada suave, sintiendo cómo la tensión acumulada en sus hombros cedía por fin.
—Gracias, Vera —dijo, mirándola con una intensidad que la hizo apartar la vista hacia el jardín—. De verdad.
—De nada, doctor —susurró ella, aunque por dentro sabía que el verdadero peligro ya no era que los descubrieran.
El verdadero peligro era que, después de ver a Nicolás defenderla ante su madre con esa firmeza y ese orgullo real, a ella le estaba empezando a gustar demasiado la idea de que esa mentira fuera, por una vez, verdad.