Mentira con beneficios CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Un sonido limpio, electrónico, ridículamente educado, que resonó en el salón común a las diez y media de la mañana del viernes.

Nicolás estaba sentado a la mesa, todavía con la tableta en la mano y los calcetines de gatitos naranjas asomando bajo el pantalón de lino, cuando el timbre sonó por segunda vez.

Vera, que estaba en el sofá terminando de trazar unos bocetos rápidos en un cuaderno que había comprado en la tienda del balneario, levantó la vista con el bolígrafo entre los labios.

—¿Esperas a alguien? —preguntó ella, con la voz amortiguada por el capuchón de plástico.

—No —dijo Nicolás, frunciendo el ceño—. La camarera de pisos suele avisar antes de entrar, y las ponencias de la mañana no acaban hasta las doce. Julián sabe que no debe molestarme a menos que Claudia intente quedarse con mi riñón derecho en el reparto.

El timbre sonó una tercera vez, esta vez con una insistencia que delataba un temperamento que no entendía de esperas ni de protocolos hoteleros.

Nicolás se levantó, cruzó el salón y abrió la puerta doble de nogal.

El color se le retiró del rostro de forma tan instantánea que Vera, observándolo desde el sofá, temió que fuera a sufrir uno de esos colapsos cardíacos de los que tanto hablaba.

—¿Mamá? —consiguió articular Nicolás. Su voz sonó como la de un niño de ocho años al que acaban de pillar con las manos en el tarro de la mermelada.

En el umbral de la puerta, rodeada por dos maletas de piel color crema que el botones del hotel sostenía con gesto de profunda sumisión, se encontraba doña Pilar Valenzuela viuda de Aguirre.

Pilar era una mujer de sesenta y ocho años que desafiaba las leyes del envejecimiento con la misma elegancia con la que desafiaba a cualquiera que se atreviera a llevarle la contraria.

Llevaba un abrigo de cachemira de color beige sobre los hombros, un pañuelo de seda de Hermès perfectamente anudado al cuello y unas gafas de sol de montura de carey que se deslizó por el puente de la nariz con un gesto calculado y teatral.

Tenía el mismo cabello oscuro y denso de Nicolás, pero veteado de unas hebras de plata que ella se negaba a teñir porque, según decía, «el gris da autoridad, y a mi edad la autoridad es lo único que mantiene a los idiotas a raya».

—Nicolás, hijo —dijo Pilar, entrando en la suite sin esperar a que su hijo la invitara a pasar, como si estuviera tomando posesión de una provincia conquistada—.

Estás espantoso. Tienes unas ojeras que te llegan a la mandíbula y ese jersey te hace parecer un seminarista en crisis.

¿Es que en este balneario no os dan de comer?

—Mamá, ¿qué haces aquí? —tartamudeó Nicolás, cerrando la puerta tras el botones, que dejó las maletas con una rapidez que sugería que quería huir de la presencia de Pilar lo antes posible—. Dijiste que vendrías el sábado por la tarde para la cena de gala.

—Y lo iba a hacer —dijo Pilar, quitándose el abrigo de cachemira con un movimiento fluido y dejándolo caer sobre los brazos de Nicolás—.

Pero el viaje en coche con tu tío Arturo era un suplicio insoportable.

No hace más que hablar de su próstata y de la bolsa de Nueva York, y yo tengo un límite de tolerancia para ambas cosas.

Además, ¿desde cuándo una madre necesita una invitación por escrito para ver a su hijo?

Sobre todo cuando su hijo le ha estado ocultando que tiene una relación seria con una chica encantadora.

Pilar se giró de golpe hacia el salón, y sus ojos, agudos como bisturís y cargados de una curiosidad implacable, se clavaron directamente en Vera.

Vera se había levantado del sofá. Todavía llevaba puesto el jersey de punto fino de color beige y los vaqueros del desayuno, y sostenía el cuaderno de bocetos contra el pecho como si fuera un escudo de papel.

Se sentía repentinamente pequeña, expuesta y, por primera vez desde que había firmado aquel contrato en el despacho de Julián, profundamente incómoda.

No era lo mismo mentirle a Claudia, una exmujer fría y calculadora que venía a competir, que mentirle a una madre que miraba con esos ojos cargados de una esperanza tan antigua y desesperada que resultaba casi dolorosa de sostener.

—Así que tú eres Vera —dijo Pilar.

El tono de la mujer cambió por completo.

La frialdad aristocrática se derritió en una fracción de segundo, sustituida por una calidez vibrante y expansiva que pilló a Vera totalmente desprevenida.

Pilar avanzó por el salón común con paso rápido, ignorando por completo las explicaciones de su hijo, y se detuvo a escasos centímetros de ella.

Vera intentó recordar el protocolo. ¿Debía darle la mano? ¿Dos besos? ¿Una reverencia?

Antes de que pudiera decidirse, Pilar la tomó por los hombros con una firmeza sorprendente para su edad y la atrajo hacia sí, plantándole dos besos sonoros en las mejillas que olían a Chanel Nº 5 y a polvo de talco caro.

—Dios mío, pero qué mona eres —declaró Pilar, dándole un paso atrás pero sin soltarle las manos, analizándola con una sonrisa que le iluminaba todo el rostro—.

Nicolás me había dicho que eras guapa, pero ya sabes cómo son los hombres, no tienen ningún sentido del detalle.

Tienes unos ojos preciosos, hija. Y una cara de buena persona que en estos tiempos es una absoluta rareza.

Sobre todo en el ambiente de tu novio, que está lleno de mujeres que parecen disecadas por un taxidermista de lujo.

Vera sintió que el color le subía a las mejillas. Miró a Nicolás de reojo, suplicando auxilio con la mirada, pero el cirujano estaba paralizado junto a la puerta, sosteniendo el abrigo de cachemira de su madre con la misma expresión de desconcierto de un náufrago.

—Gracias, señora... quiero decir, doña Pilar —consiguió decir Vera, forzando una sonrisa que esperaba que no pareciera tan falsa como se sentía por dentro.

—Pilar, por favor. Nada de «doña» ni de «señora», que me hace sentir como una de esas tías abuelas que huelen a naftalina —la corrigió Pilar, soltándole las manos para dar una vuelta por el salón—.

Bueno, veo que os habéis instalado de maravilla.

La suite es preciosa. Aunque, por supuesto, a Nicolás le habrá parecido que le faltaba espacio.

Es igual de maniático que su padre, que en paz descanse.

Todo tiene que estar en su sitio, todo tiene que ser perfecto...

¿Verdad que es insoportable por las mañanas?

Vera soltó una carcajada involuntaria. El comentario era tan real y encajaba tan bien con las pequeñas batallas que habían tenido en esa misma suite que se olvidó por un momento de la mentira.

—Bueno... tiene sus rutinas, sí —admitió Vera, mirando a Nicolás con una chispa divertida—. El desodorante con micropartículas de plata es algo que todavía estoy intentando procesar.

Pilar soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en los techos altos de la suite.

—¡Lo sabía! ¡Te lo dije, Nicolás! —exclamó la mujer, señalando a su hijo con un dedo triunfal—.

¡Te dije que esa tontería de la plata activa era una ridiculez!

Pero claro, a una madre nunca se la escucha.

Menos mal que ahora tienes a alguien con un poco de sentido común a tu lado.

Vera, hija, ya me caes bien. Te lo digo de verdad.

Mucho mejor que... bueno, ya sabes quién.

El ambiente en el salón pareció enfriarse un par de grados al mencionar implícitamente a Claudia. Nicolás dio un paso al frente, dejando por fin el abrigo sobre una silla.

—Mamá, por favor. No empieces.

—No empiezo nada, hijo. Solo constato una realidad —dijo Pilar, sentándose en el sofá de terciopelo con una naturalidad pasmosa y cruzando las piernas—.

Claudia era una mujer excelente para organizar congresos, pero tenía la calidez humana de un congelador industrial.

En doce años de matrimonio, jamás la vi reírse de esa manera.

Jamás. Todo era un protocolo, una cena benéfica, un estatus...

En cambio, mira a Vera. Es fresca. Es real.

Se nota que te quiere por lo que eres, Nicolás, no por el cargo que vas a ocupar en el hospital.

Las palabras de Pilar cayeron sobre Vera con el peso de una losa de hormigón.

El estómago se le contrajo con una violencia que casi la hizo marearse. Toda la diversión, toda la ligereza de la «comedia doméstica» y del juego de las provocaciones con Nicolás se desvaneció en un instante, dejando al descubierto la cruda, fea y fría realidad de lo que estaban haciendo.

Aquella mujer mayor, que miraba a su hijo con una adoración infinita y que ahora la miraba a ella como si fuera el milagro que iba a salvar a Nicolás de la amargura de su divorcio, estaba siendo engañada.

Y el engaño costaba mil quinientos euros, pagados mediante una transferencia desde una cuenta puente para no dejar rastro.

Vera sintió que la taza de café que todavía sostenía en la mano le pesaba como si estuviera llena de plomo.

Se sentó en la silla de comedor opuesta a Pilar, sintiéndose ridículamente pequeña en su jersey beige.

Por primera vez en su vida, su capacidad para improvisar, su rapidez mental para salir del paso en la recepción del hotel con clientes difíciles, le falló por completo.

No sabía qué decir. Cada palabra de agradecimiento que intentaba formular en su cabeza le sonaba a traición, a mentira sucia y barata.

—¿Y a qué te dedicas, Vera? —preguntó Pilar, apoyando los codos en las rodillas y mirándola con un interés genuino, sin rastro de la condescendencia que Claudia solía mostrar—.

Nicolás me dijo algo de que estabas en el sector servicios, pero ya sabes que él explica las cosas como si estuviera redactando un informe médico.

Vera apretó los labios. Sintió que la garganta se le cerraba. Miró el cuaderno de bocetos que tenía sobre la mesa, con los planos de una casa de campo que había estado dibujando a lápiz esa mañana.