CAPÍTULO 10 #2
A la luz tenue de los móviles, el perfil de Nicolás parecía más suave, menos rígido que durante el día.
La penumbra ocultaba las pequeñas arrugas de preocupación que solía tener alrededor de los ojos y destacaba la línea fuerte de su mandíbula y la forma de sus labios.
Vera se sorprendió a sí misma pensando que era un hombre increíblemente atractivo cuando se olvidaba de ser el prestigioso cirujano Aguirre.
—Suelo leer —respondió él, mirando hacia el techo—. Repasar las ponencias del día siguiente, contestar correos electrónicos del hospital, intentar dormir... Cosas aburridas de gente seria, ya sabes. Claudia solía decir que yo era el hombre más predecible del hemisferio norte.
La mención de Claudia ya no dolió como antes. En mitad de la tormenta, rodeados por la oscuridad y el ruido del agua, el nombre de la exmujer parecía pertenecer a otra vida, a un escenario lejano que no tenía nada que ver con la calidez de esa alfombra.
—Claudia es una tonta —dijo Vera con una naturalidad aplastante.
Nicolás se giró hacia ella, sorprendido por la rotundidad de la afirmación.
—¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices?
—Porque ser predecible no es un defecto, Nicolás —explicó ella, mirándolo a los ojos con una seriedad limpia—.
En un mundo donde todo el mundo cambia de opinión cada cinco minutos y donde nunca sabes qué te vas a encontrar al día siguiente, tener a alguien al lado que es constante, que cumple su palabra, que está ahí cuando dice que va a estar...
eso es un lujo. Mi padre era el hombre menos predecible del mundo.
Un día aparecía con un coche nuevo y al mes siguiente no teníamos para pagar la calefacción porque se lo había gastado todo en una timba de cartas o en un negocio absurdo que iba a «hacerlos millonarios».
Créeme, la imprevisibilidad está muy sobrevalorada.
Nicolás guardó silencio. Las palabras de Vera le tocaron una fibra íntima que llevaba años adormecida.
Durante toda su relación con Claudia, él se había sentido defectuoso, aburrido, una pieza de maquinaria útil pero carente de brillo.
Escuchar a Vera defender su constancia como una virtud, con esa sencillez desprovista de cualquier pretensión, le hizo sentir una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con la manta que los cubría.
—Gracias —dijo él en un susurro.
—No me des las gracias —sonrió ella, guiñándole un ojo—.
Es solo deformación profesional. En el hotel veo a muchos hombres «imprevisibles» que vienen a pasar el fin de semana con mujeres que no son sus esposas y que se pasan el día inventando excusas por teléfono.
Los hombres predecibles son mis favoritos. Hacen mucho menos ruido.
La tormenta pareció amainar un poco, transformando el bombardeo de granizo en una lluvia constante y rítmica que golpeaba los cristales con un sonido arrullador. La atmósfera en el rincón de la alfombra se volvió más densa, más íntima.
Nicolás no podía apartar la vista de ella.
Con el pelo recogido arriba en ese moño desordenado, la línea del cuello de Vera quedaba expuesta de una forma que resultaba magnética para sus ojos de cirujano.
La luz dorada que rebotaba del techo esculpía la curva suave de su nuca, la delicadeza de sus clavículas y la forma en que su piel reaccionaba al aire fresco de la suite con una levísima piel de gallina.
Era un cuello largo, elegante, que parecía invitar a ser rozado. Nicolás recordó el aroma a lavanda y piel limpia de la mañana y sintió una pulsación física en la garganta, una sequedad que le obligó a tragar saliva despacio.
—Vera —dijo él, con una voz que sonó un poco más grave, casi un susurro.
—¿Sí? —respondió ella, girando la cabeza hacia él.
Al hacerlo, el movimiento de su cuello hizo que un mechón rebelde de su pelo oscuro se soltara de la pinza de plástico, cayendo sobre su mejilla. Nicolás, sin pensarlo, movido por un impulso que desafiaba cualquier norma del contrato, levantó la mano derecha.
Con una lentitud extrema, sus dedos largos y delgados rozaron la mejilla de Vera para apartarle el mechón de pelo detrás de la oreja.
El contacto de la yema de sus dedos contra su piel fue como encender un interruptor.
Vera se quedó completamente inmóvil, con los ojos fijos en los de él, conteniendo el aliento.
La mano de Nicolás no se retiró de inmediato.
Sus dedos descendieron con suavidad por el contorno de su mandíbula, trazando una línea invisible que continuó hacia abajo, rozando la curva de su cuello con una delicadeza que hizo que a Vera se le erizara la piel de la nuca.
—Tienes frío —dijo él, como una excusa para justificar el roce, aunque su propia mano estaba templada por la proximidad de su cuerpo.
—Te he dicho que es por la tormenta —susurró ella. Su voz era apenas un hilo de aire, desprovista de cualquier rastro de burla—. O quizás es que tu tacto es demasiado frío, doctor.
—No lo es —replicó él, deslizando la palma de su mano por el lateral de su cuello, sintiendo el latido rápido y desbocado de su arteria carótida justo bajo su pulgar—. Está a treinta y seis grados y medio. Temperatura corporal estándar.
—Pues a mí me parece que quema —admitió Vera.
No se apartó. Al contrario, inclinó sutilmente la cabeza hacia el lado donde la mano de Nicolás la sostenía, aceptando la caricia con una entrega silenciosa que a él le pareció la cosa más hermosa que había visto en su vida.
Estaban tan cerca que el espacio entre sus labios se medía en milímetros.
Nicolás bajó la mirada hacia la boca de Vera, que estaba entreabierta, invitando a una proximidad que él deseaba con una intensidad que le asustó.
Podía ver la humedad de sus labios, la forma en que su pecho subía y bajaba bajo el satén verde con una respiración acelerada que delataba que ella sentía exactamente lo mismo que él.
No había contrato en ese rincón de la alfombra.
No había exmujeres, ni madres encantadoras, ni transferencias bancarias, ni planes de futuro fingidos.
Solo había dos personas que se habían encontrado en mitad de una tormenta y que buscaban el calor del otro con una necesidad que ya no podían justificar con ninguna mentira.
Nicolás avanzó un milímetro más. Pudo sentir el calor del aliento de Vera en sus propios labios, un preludio dulce que hizo que su corazón diera un salto.
En ese preciso instante, un pitido agudo y metálico resonó en la cocina de la suite.
La gran televisión del salón se encendió con un zumbido azulado, proyectando un resplandor frío y artificial sobre la alfombra.
El termostato del aire acondicionado empezó a pitar, las luces de la entrada se encendieron con una intensidad cegadora que les obligó a cerrar los ojos de golpe, y el zumbido de la nevera del mueble bar rompió el silencio de la noche.
La magia de la penumbra dorada se disolvió en una fracción de segundo, sustituida por la realidad cruda y brillante de una suite de hotel de lujo.
Nicolás y Vera se apartaron de inmediato, como si hubieran sido sorprendidos cometiendo un delito. Él retiró la mano del cuello de ella con una rapidez casi cómica, volviendo a sentarse rígido contra el sofá, mientras ella se estiraba el jersey fino sobre las rodillas con movimientos nerviosos.
—Vaya —dijo Vera, parpadeando para habituarse a la luz—. Parece que los técnicos del balneario se han dado prisa.
—Sí —coincidió Nicolás. Su voz sonó ronca, carraspeó para intentar recuperar su tono profesional—. Parece que sí.
Se levantó de la alfombra con cierta torpeza, sintiéndose de repente muy expuesto sin camiseta bajo la luz halógena del salón. Se pasó una mano por el pelo, intentando ordenar sus pensamientos y, sobre todo, el torbellino de emociones que le recorría el cuerpo.
Vera también se levantó, recogiendo la manta de piqué con movimientos rápidos, sin mirarlo directamente a los ojos. El moño de su pelo seguía deshecho, y su cuello, que hacía un instante había estado bajo la mano de Nicolás, lucía ahora una sutil rojez que delataba el contacto.
—Creo que... deberíamos intentar dormir algo lo que queda de noche —dijo ella, señalando con la cabeza hacia su dormitorio—. Mañana es un día largo. Tu madre vendrá temprano y tenemos la cena de gala por la noche.
—Sí, claro. Tienes razón —asintió él, dando un paso hacia su propio cuarto—. Buenas noches, Vera.
—Buenas noches, Nico.
Ella se metió en su habitación y cerró la puerta, esta vez asegurándose de que el pestillo encajara con un clic firme y sonoro.
Nicolás se quedó solo en mitad del salón común, bajo la luz brillante de las lámparas de techo. Miró la alfombra de lana persa donde habían estado sentados, las dos almohadas tiradas en el suelo y los teléfonos móviles que seguían sobre la mesa de centro.
Nada había pasado entre ellos esa noche.
Ningún beso había llegado a consumarse, ninguna palabra de amor había sido pronunciada.
Pero mientras caminaba hacia su dormitorio, Nicolás supo, con la certeza absoluta de un cirujano que analiza un diagnóstico definitivo, que las cosas en esa suite ya nunca volverían a ser las mismas.
El contrato seguía sobre la mesa, pero las cláusulas invisibles que ahora los unían eran mucho más difíciles de romper que cualquier papel firmado ante un abogado.