Mentira con beneficios CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La noche del viernes se había cerrado sobre el balneario con una pesadez extraña, casi prehistórica. El aire que bajaba de la sierra ya no era fresco, sino denso, cargado de una humedad eléctrica que hacía que la piel se sintiera constantemente templada y alerta.

Habían regresado del cóctel de bienvenida hacía apenas una hora.

El encuentro con Claudia y la posterior tregua silenciosa en el salón habían dejado a Nicolás y a Vera en un estado de vibración silenciosa.

Ninguno de los dos sabía muy bien cómo retirarse a sus respectivas habitaciones sin que pareciera una huida, así que se habían limitado a refugiarse en sus territorios, dejando las puertas firmemente cerradas esta vez.

A las dos de la madrugada, el cielo de la montaña se rompió.

No fue una lluvia gradual. Fue un impacto violento, un cañonazo de agua y granizo que golpeó los cristales de la suite con la fuerza de un puño.

Casi de inmediato, un relámpago de un azul violáceo y cegador iluminó el salón común a través de las rendijas de los ventanales, seguido, apenas un segundo después, por un trueno tan colosal que pareció hacer temblar los cimientos de piedra del edificio del siglo XIX.

En mitad del estruendo, se escuchó un chasquido seco y sordo. Los pequeños pilotos rojos de la televisión, el termostato del aire acondicionado y la luz de cortesía del pasillo se apagaron al unísono. La suite quedó sumida en una oscuridad total, absoluta y líquida.

Y entonces, en el breve milisegundo de silencio entre el eco del trueno y el azote del viento, Nicolás lo escuchó.

Un chillido. Pequeño, agudo, ahogado. El sonido de alguien que intenta morderse la lengua para no hacer ruido, pero fracasa por puro instinto físico.

Nicolás, que se había quedado traspuesto en la cama leyendo con la luz de la mesilla, se incorporó de golpe en la penumbra. Se quedó inmóvil, con el oído atento, aguzando los sentidos en la negrura de su habitación. El viento aullaba contra el marco de madera de la ventana como un animal herido.

—¿Vera? —llamó en voz alta. Su propia voz le pareció extrañamente amortiguada por la tormenta—. ¿Vera, estás bien?

No hubo respuesta inmediata, pero el crujido de las sábanas de la habitación de al lado y un golpe sordo contra lo que parecía una mesita de noche le indicaron que ella estaba despierta. Y moviéndose a ciegas.

Nicolás estiró la mano para buscar su teléfono móvil en la mesilla.

La pantalla se encendió, arrojando una luz blanca y cruda que le obligó a entrecerrar los ojos.

Activó la función de la linterna, proyectando un haz de luz cónico que recortó las sombras del dormitorio.

Vestía únicamente un pantalón de pijama negro, cómodo y suave, pero la urgencia del momento le hizo olvidar por completo su habitual pudor de las mañanas. No se paró a buscar una camiseta.

Salió al salón común, barriendo el espacio con la linterna del móvil. Los muebles de época proyectaban siluetas alargadas y monstruosas sobre las paredes de piedra.

—¿Vera? —repitió, avanzando con cuidado hacia la puerta de ella.

La hoja de madera de su dormitorio se abrió despacio. La luz de otro teléfono móvil apareció en la penumbra, apuntando directamente hacia el suelo.

Vera estaba de pie en el umbral. Llevaba el pijama de satén verde oscuro de la mañana anterior; los pantalones mínimos y la camiseta de tirantes finos que resbalaba por sus hombros.

Pero lo que llamó la atención de Nicolás no fue la seda.

Fue su postura. Tenía los hombros encogidos, las manos apretadas contra los brazos y el rostro inusualmente pálido bajo el resplandor azulado de la pantalla de su teléfono.

Llevaba el pelo recogido de prisa en un moño alto y desordenado, sujeto con una pinza de plástico que dejaba al descubierto toda la línea de su cuello, su nuca y sus hombros desnudos.

Un nuevo relámpago, colosal, tiñó el salón de un blanco fantasmal.

Vera dio un respingo visible, cerrando los ojos con fuerza y hundiendo la cabeza entre los hombros antes de que el trueno subsiguiente hiciera vibrar los vasos de cristal sobre el mueble bar. Soltó un suspiro trémulo, una exhalación rápida que delataba un pánico infantil y primario.

—No me gustan las tormentas —susurró ella. Intentó que su tono sonara casual, pero la vibración en su voz la traicionó por completo—. Especialmente las que suenan como si el fin del mundo hubiera decidido empezar por este hotel de tres al cuarto.

Nicolás, al verla tan vulnerable, sintió que algo dentro de su pecho se ablandaba de una manera que no pudo controlar. La distancia profesional, el contrato, la timidez patológica que lo atenazaba por las mañanas... todo eso pareció disolverse bajo el agua de la lluvia.

—Ven aquí —dijo él.

Su voz no fue la del médico que da una instrucción, sino la de un hombre que ofrece un refugio. Dio un paso hacia ella, extendiendo la mano que le quedaba libre.

Vera no se lo pensó. Avanzó rápidamente por el espacio que los separaba, esquivando la esquina de la mesa de centro con la agilidad de quien huye de un peligro real. Cuando llegó a la altura de Nicolás, sus pies descalzos chocaron contra los de él.

—¡Ay! —exclamó ella, soltando una pequeña risa nerviosa al perder el equilibrio.

—Cuidado —dijo él, sujetándola por los hombros para evitar que se cayera.

El contacto físico fue instantáneo, casi doloroso de lo intenso que fue.

Sus manos desnudas se apoyaron en la piel templada de los hombros de Vera, justo donde los tirantes de satén verde dejaban al descubierto su clavícula.

Ella, por su parte, apoyó las palmas de las manos contra el torso desnudo de Nicolás, buscando un punto de apoyo estable.

Sus dedos se hundieron sutilmente en la firmeza de sus pectorales, sintiendo el latido rápido y rítmico de su corazón y el calor casi febril que desprendía su piel.

Se quedaron así durante unos segundos que parecieron expandirse en el tiempo. Las dos linternas de los móviles, apuntando en direcciones opuestas hacia el techo y el suelo, creaban un halo de luz difusa y dorada que los envolvía como una burbuja en mitad de la negrura del salón común.

Vera levantó la vista. Sus ojos marrones, dilatados por la oscuridad y el susto, buscaron los de Nicolás.

Estaban tan cerca que ella podía sentir el aliento templado de él sobre su frente, mezclado con el olor limpio de su piel y ese sutil rastro de sándalo y cítricos de su desodorante que la había trastornado por la mañana.

—Estás temblando —observó él en un susurro, sin soltarla. Sus manos se deslizaron imperceptiblemente por sus brazos, frotándolos con suavidad para darle calor.

—Es por el frío —mintió ella, aunque la verdad era que el calor que desprendía el cuerpo de Nicolás era lo único que la mantenía anclada a la realidad—. Y porque este sitio parece un castillo de Transilvania cuando se corta la luz. ¿Crees que tardarán mucho en arreglarlo?

—En mitad de la sierra, con esta tormenta...

probablemente estemos así hasta el amanecer —dijo él, con una ligera sonrisa que a Vera le pareció la cosa más reconfortante del mundo—.

Los generadores de emergencia del balneario solo alimentan las cocinas y el área médica de abajo.

Las suites de los clientes son lo último de la lista.

Un nuevo trueno, más lejano pero igualmente sordo, retumbó en la montaña. Vera no chilló esta vez, pero apretó imperceptiblemente los dedos contra el pecho de Nicolás, buscando su cercanía de una forma tan instintiva que a él se le cortó la respiración.

—Bueno —dijo ella, intentando recuperar su habitual tono irónico aunque seguía pegada a él—. Si vamos a morir aplastados por un rayo de montaña, al menos que no sea de pie en mitad del salón. Me duelen los gemelos del cóctel de esta tarde. Esos zapatos nude son un instrumento de tortura medieval.

Nicolás soltó una risa baja, un sonido vibrante que Vera sintió directamente contra sus palmas.

—De acuerdo. Busquemos un sitio seguro.

Con la ayuda de las linternas, exploraron el salón común.

El sofá de terciopelo verde parecía demasiado expuesto a las corrientes de aire que se colaban por los ventanales, así que decidieron que el rincón más resguardado era la alfombra de lana persa que se extendía entre la chimenea apagada y la mesa de centro.

Era una zona recogida, protegida por la masa del sofá a un lado y el gran aparador de madera al otro.

Nicolás fue a su habitación y regresó con la colcha de piqué blanca de su cama, una pieza de algodón grueso y pesado, y un par de almohadas.

—No es un búnker de alta seguridad, pero servirá —dijo, extendiendo la colcha sobre la alfombra.

Se sentaron los dos en el suelo, con la espalda apoyada contra la base del sofá.

Nicolás colocó los dos teléfonos móviles sobre la mesa de centro, apuntando las linternas hacia el techo para que la luz rebotara de forma indirecta, creando una atmósfera de acampada nocturna, íntima y extrañamente acogedora.

El haz de luz perfilaba el contorno de los objetos y sumía las esquinas del salón en una penumbra dorada y misteriosa.

Vera se encogió de piernas, abrazando sus rodillas y dejando que Nicolás extendiera la manta por encima de ambos. La tela de algodón los cubrió desde la cintura para abajo, atrapando el calor de sus cuerpos en un espacio compartido que reducía la distancia entre ellos a la nada.

—¿Mejor? —preguntó él, mirándola de lado.

—Mucho mejor —admitió ella, acomodándose contra el cojín—. Aunque esto parece una sesión de terapia para supervivientes de catástrofes naturales. ¿Hacemos esto a menudo en tus congresos médicos, doctor?

—Solo cuando el presupuesto del balneario no cubre la factura de la luz —bromeó él, estirando las piernas bajo la manta—. Aunque, para ser sinceros, es la primera vez en quince años que paso una noche de congreso sentado en el suelo de un salón común hablando con alguien.

—¿Y qué sueles hacer? —preguntó Vera, apoyando la mejilla en sus rodillas y observándolo de perfil.