Mentira con beneficios CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Nicolás se giró y el aire se le atascó en la garganta por segunda vez en veinticuatro horas.

El vestido azul noche le caía como si hubiera sido esculpido directamente sobre su cuerpo.

El punto de seda se amoldaba a sus curvas con una elegancia líquida, y el escote de la espalda revelaba la piel tersa, dorada y perfecta que él había intuido la noche anterior en el reflejo de la televisión.

Llevaba el pelo recogido en un moño alto, dejando libre su cuello largo, y solo unos pequeños pendientes de plata como adorno.

—¿Qué pasa, doctor? —preguntó ella, con una sonrisa divertida al ver su expresión de absoluta mudez—. ¿He desentonado mucho?

—Estás... estás espectacular, Vera —consiguió decir él. Su voz sonó más baja de lo habitual, cargada de una sinceridad que no pudo ocultar—. De verdad. Es un vestido precioso.

—Gracias. Es parte del contrato, ¿recuerdas? Había que dar la talla —dijo ella, restándole importancia con un gesto, aunque por dentro sintió un cosquilleo cálido ante el cumplido—. Por cierto, te he traído un regalo de agradecimiento por la tarjeta. Esto lo he pagado yo, que conste.

Vera metió la mano en su bolso y sacó el pequeño paquete envuelto en papel de seda, entregándoselo con un brillo de pura travesura en los ojos.

Nicolás, intrigado y un poco desconfiado por la expresión de ella, desenvolvió el papel con cuidado. Al ver los calcetines de gatitos naranjas sobre el fondo azul eléctrico, se quedó completamente de piedra.

—¿Esto es... una broma? —preguntó, levantándolos con dos dedos como si fueran un espécimen biológico extraño.

—Son calcetines de hilo de Escocia, de la mejor calidad —explicó Vera, aguantándose la risa—.

Pero tienen gatitos. Pensé que a tu impecable traje gris le vendría muy bien un toque de rebeldía felina.

Además, así estarás incómodo toda la noche pensando en que los llevas puestos, y eso te distraerá de tu exmujer. Es una estrategia terapéutica.

Nicolás miró los calcetines y luego a Vera. La audacia de la chica era inagotable.

—No me voy a poner esto, Vera. Es ridículo.

—Oh, claro que te los vas a poner —desafió ella, cruzándose de brazos—. Si no te los pones, consideraré que has incumplido el pacto de caballerosidad de esta mañana y estaré muy deprimida durante todo el cóctel. Y una novia de mentira deprimida no ayuda a dar buena imagen.

Nicolás soltó un suspiro de rendición que en realidad era una sonrisa contenida.

Sacudió la cabeza, se sentó en el sofá y, ante la mirada triunfal de Vera, se descalzó los zapatos de piel italiana, se quitó sus sobrios calcetines negros y se enfundó los felinos naranjas.

Al volver a calzarse, el puño del pantalón tapaba el estampado, pero ambos sabían perfectamente lo que se escondía allí abajo.

—Eres un monstruo, Duarte —dijo él, levantándose con una dignidad recuperada a duras penas.

—Lo sé, Aguirre. Anda, vámonos antes de que los gatos empiecen a maullar.

El gran salón de baile del balneario estaba decorado con una sobriedad que pretendía ser aristocrática. Lámparas de cristal de bohemia, música de cámara sonando de fondo a un volumen que permitía hablar sin gritar, y camareros con chaquetilla blanca ofreciendo copas de champán en bandejas de plata.

En cuanto cruzaron el umbral, Vera volvió a deslizar su mano por debajo del brazo de Nicolás. Él no se tensó esta vez; al contrario, acomodó su postura para que ella estuviera cómoda, sintiendo cómo el calor de su cuerpo lo anclaba en mitad de aquel territorio hostil.

Caminaron entre los corrillos de médicos, saludando aquí y allá.

Vera se manejaba con una soltura que dejó a Nicolás asombrado.

Tenía la palabra justa para cada colega, la sonrisa adecuada para las esposas de los directores de hospital y una capacidad asombrosa para simular que entendía de qué hablaban cuando la conversación se tornaba demasiado técnica.

—Vaya, vaya. Nicolás.

La voz llegó desde atrás, fría, afinada y con una cadencia perfecta que a Nicolás le hizo tensar la mandíbula de inmediato.

Se giraron.

Claudia estaba de pie a un par de metros, sosteniendo una copa de vino blanco.

Era una mujer de una belleza afilada, nórdica, con un vestido de cóctel negro de un corte impecable y el pelo rubio recogido en un moño que no dejaba ni un solo mechón fuera de su sitio.

Sus ojos, de un azul grisáceo, analizaron a Vera de arriba abajo en una fracción de segundo.

Fue una evaluación clínica, despiadada, que buscaba cualquier fallo en la costura, cualquier arruga en la seda, cualquier detalle que delatara una falta de estatus.

No encontró ninguno. El vestido azul noche y la percha de Vera eran impecables.

—Claudia —dijo Nicolás, manteniendo el tono neutral—. Buenas noches.

—Buenas noches, Nico —respondió ella, ignorando deliberadamente a Vera durante los primeros segundos—.

Me ha sorprendido verte por aquí. Pensaba que estarías demasiado ocupado con el papeleo de la partición de bienes que nos envió Julián esta mañana.

Por cierto, hay un par de cláusulas sobre los muebles de la casa de Almagro que tu abogado ha redactado de una forma bastante...

agresiva. Tendremos que hablar de eso antes de que acabe el fin de semana.

La mención de los asuntos legales en mitad del cóctel fue un golpe bajo, diseñado específicamente para desestabilizar a Nicolás y recordarle quién tenía el control. Él sintió cómo la rabia y la humillación empezaban a cerrarle la garganta.

Fue en ese momento cuando Vera intervino.

Dio un paso al frente, acortando la distancia con Claudia, pero sin soltar el brazo de Nicolás. Le dedicó una sonrisa que tenía la dosis exacta de calidez y de sutil veneno.

—Buenas noches. Tú debes de ser Claudia —dijo Vera, extendiendo la mano con una seguridad pasmosa—. Soy Vera. Nicolás me ha hablado muchísimo de ti. Sobre todo de lo... organizada que eres con los papeles. Es una virtud excelente para llevar un divorcio de forma tan eficiente.

Claudia parpadeó, claramente sorprendida por la audacia de la chica. Le estrechó la mano con la punta de los dedos, como si temiera contagiarse de algo.

—¿Vera? Ah, sí. Pilar me comentó algo sobre una nueva amiga de Nicolás —dijo Claudia, con una sonrisa helada—. No sabía que Nico tuviera prisa por... rehacer su vida. Aunque veo que tiene debilidad por la juventud.

—La juventud se pasa, Claudia, pero la buena educación suele durar toda la vida —replicó Vera, sin perder la sonrisa y con una voz tan suave que el dardo tardó unos segundos en hacer efecto en la exmujer.

Nicolás sintió una oleada de orgullo y de pura gratitud que le recorrió el pecho. Al ver a Claudia dar un paso atrás, visiblemente contrariada por haber encontrado una horma para su zapato, él reaccionó de forma instintiva.

Apoyó la palma de su mano derecha en la espalda descubierta de Vera.

No fue un gesto actuado para la galería.

No fue el roce protocolario que habían ensayado.

Fue una reacción física, real, de protección y de complicidad absoluta.

Su mano, cálida y firme, se asentó directamente sobre la piel desnuda de la espalda de ella, justo en la curva donde el drapeado del vestido azul dejaba expuesta la columna vertebral.

Vera sintió el contacto de la palma de Nicolás como un latigazo de calor que le recorrió todo el cuerpo.

La firmeza de su mano la hizo estremecerse imperceptiblemente, pero no se apartó.

Al contrario, se apoyó un poco más contra su costado, aceptando el contacto como un refugio en mitad de la batalla.

Claudia miró la mano de Nicolás en la espalda de Vera, apretó los labios hasta dejarlos sin color y dio un sorbo a su copa.

—En fin —dijo la exmujer, recuperando la compostura—. Os dejo que disfrutéis del cóctel. Nico, recuerda que tenemos una cita con los abogados el lunes. No te retrases.

Se dio la vuelta y se alejó entre la multitud con su paso rígido.

Nicolás y Vera se quedaron solos en su rincón del salón.

La música de cámara seguía sonando, pero para ellos todo el ruido exterior se había desvanecido.

La mano de Nicolás seguía allí, apoyada en la espalda de ella, transmitiendo un latido constante, sordo y caliente que parecía hablar un idioma que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta.

Ninguno de los dos comentó el gesto, pero ambos supieron, con la certeza del silencio compartido, que a partir de esa noche, el contrato ya no era lo único que los mantenía unidos en esa suite.