CAPÍTULO 9
La tarjeta de crédito corporativa de Nicolás Aguirre, un rectángulo negro y pesado con el nombre grabado en letras plateadas que prometía un límite de gasto absurdamente alto, descansaba sobre el mostrador de madera de La Envidia , la boutique multimarca más exclusiva de la pequeña ciudad balneario.
Vera la miró con una mezcla de ironía y respeto.
Hacía tres horas que Nicolás se la había entregado en el vestíbulo de la suite, antes de marcharse a sus infinitas sesiones de pósters científicos.
Le había dicho, con esa torpeza tan suya, que se comprara «lo que hiciera falta» para el cóctel de bienvenida de esa noche y la cena de gala del sábado.
No quería que desentonara con el código de vestimenta de un evento donde las marcas de lujo silencioso eran el uniforme no oficial.
Pero Vera no era la protagonista de una película de los noventa esperando que el galán la rescatara de las garras de unas dependientas estiradas.
Sabía perfectamente quién era, cuánto valía cada hora de su tiempo y, sobre todo, que aquello era un acuerdo comercial.
Ella no estaba recibiendo una limosna; estaba adquiriendo las herramientas de trabajo necesarias para cumplir un contrato blindado de mil quinientos euros.
La dependienta de la tienda, una mujer de unos cincuenta años con un traje sastre impecable y el ojo clínico de quien sabe medir el saldo bancario con un simple vistazo, la miró al entrar con cierta condescendencia.
Los vaqueros desgastados de Vera y sus zapatillas blancas no gritaban precisamente «alta costura».
—Buenos días. ¿Busca algo en concreto? —preguntó la mujer, con una cortesía tan profesional como fría.
—Sí —respondió Vera, sosteniendo la mirada con esa seguridad tranquila que había pulido tras dos años de lidiar con los clientes más estirados del hotel—.
Necesito un vestido para el cóctel de bienvenida del congreso médico de esta noche.
Algo formal, pero no pretencioso. Que no parezca que me he esforzado demasiado.
La dependienta asintió despacio, cambiando sutilmente el tono al notar la firmeza en la voz de Vera.
—Acompáñeme. Tenemos algunas cosas de temporada que podrían encajar.
Vera descartó los tres primeros vestidos que la mujer le propuso: uno con demasiados brillos, otro de un corte tan clásico que la hacía parecer veinte años mayor, y un tercero de una marca francesa cuyo precio de tres ceros resultaba ridículamente desproporcionado para lo que ofrecía.
Vera conocía el valor del dinero; sabía lo que costaba ganarlo y no pensaba despilfarrar los fondos de Nicolás solo porque él pudiera permitírselo.
No se trataba de ser humilde, sino de mantener el control.
El poder de tener esa tarjeta sin límite residía, precisamente, en saber cuándo decir basta.
Finalmente, su mirada se detuvo en un perchero al fondo.
Era un vestido midi de punto de seda, de un color azul noche profundo, casi negro.
Tenía un cuello barco elegante y discreto por delante, pero la sorpresa estaba en la espalda, que caía en un escote drapeado muy sutil que dejaba al descubierto la zona donde nacían los omóplatos.
Era sencillo, inteligente y condenadamente sexy sin necesidad de gritarlo.
—Me llevaré este para el cóctel de esta noche —dijo Vera.
Su mirada viajó hasta otro perchero, donde colgaba solitario un vestido largo de raso verde esmeralda, de escote asimétrico y la espalda completamente al descubierto—.
Y este otro para la cena de gala del sábado.
Con estos salones de tacón sensato en color nude, que sirven para los dos. No necesito nada más.
La dependienta, ahora completamente entregada ante la seguridad de su clienta, empezó a procesar la compra. Mientras tanto, Vera se acercó a un expositor giratorio que había junto a la caja, donde se vendían complementos de firmas locales independientes.
Allí, entre bufandas de lana virgen y corbatas de seda, vio un paquete de calcetines. Eran de algodón de alta calidad, pero tenían un estampado delirante: pequeños gatitos de color naranja jugando con ovillos de lana sobre un fondo azul eléctrico.
Vera sonrió de inmediato. Una idea deliciosa y maliciosa cruzó su mente. Imaginó los pies de Nicolás, siempre enfundados en calcetines oscuros, ejecutivos e impecables, cubiertos por esos felinos absurdos bajo el pantalón de su traje de mil euros.
—Póngame estos también, por favor —le dijo a la dependienta, señalando los calcetines de gatitos—. Pero cóbramelos en una cuenta aparte. Estos los pago yo.
La mujer parpadeó, extrañada por el contraste entre el vestido de diseño y los calcetines infantiles, pero obedeció sin rechistar.
Vera pagó el vestido y los zapatos con la tarjeta negra de Nicolás, y usó sus propios billetes arrugados para los calcetines de gatos.
Era un pequeño lujo personal: el derecho a fastidiar al cirujano estirado con su propio dinero.
El peso de la corona
Mientras Vera regresaba a la suite con sus bolsas de papel kraft, Nicolás apuraba los últimos minutos de la jornada científica en la planta baja del balneario.
El olor a café recalentado y la moqueta de pasillo de congresos empezaban a resultarle asfixiantes.
Se disponía a enfilar el camino hacia los ascensores cuando una mano enjoyada con un anillo de sello de oro se posó sobre su antebrazo.
—Nicolás. Un momento, por favor.
Era el doctor Elizalde.
A sus sesenta y ocho años, el director médico de La Paz no caminaba; se deslizaba por los pasillos con la parsimonia de un monarca que no necesita correr porque el tiempo se adapta a su paso.
Su pelo, de un blanco nuclear perfectamente peinado hacia atrás, y sus trajes de sastre de tres piezas le daban el aspecto de un diplomático de otra época.
Detrás de sus gafas de montura de carey se escondían unos ojos pequeños y extremadamente vivos.
Era el "viejo zorro" de la cirugía española, el hombre que ponía y quitaba jefaturas con un leve movimiento de cabeza.
—Doctor Elizalde. Buenas tardes —dijo Nicolás, enderezando la espalda por puro instinto profesional.
—Acompáñame a la terraza un segundo. Necesito aire limpio antes de que me intoxique tanto gráfico de barras.
Caminaron en silencio hacia el patio acristalado. El aire de la sierra madrileña era fresco y traía un sutil aroma a pino. Elizalde encendió un cigarrillo con parsimonia, ignorando las normas de no fumar del hotel con la impunidad que solo da el poder absoluto.
—He estado analizando tu última propuesta para la reestructuración de la unidad de agudos —empezó el viejo cirujano, expulsando el humo con la vista perdida en el horizonte—. Es impecable. Técnicamente, eres el mejor candidato que tenemos en el país, Nicolás. Eso lo sabes tú y lo sé yo.
—Gracias, doctor. He dedicado los últimos cinco años a prepararme para esto.
—Lo sé —Elizalde se giró despacio, clavando sus ojos de lince en Nicolás—. Pero el puesto de jefe de servicio no es solo técnica, muchacho. Es política. Es gestión de egos. Y, sobre todo, es representatividad. La Paz es una institución seria. No nos gusta el ruido.
Nicolás notó un nudo en la garganta. Sabía exactamente hacia dónde iba la conversación.
—Claudia me ha comentado que el proceso de divorcio se está complicando más de lo previsto —continuó Elizalde con un tono paternalista que resultaba más amenazador que un grito—.
Es una lástima. Hacíais una pareja excelente de cara al patronato.
En la junta de dirección hay gente... muy tradicional, Nicolás.
El doctor Valenzuela, por ejemplo, ya está sugiriendo que tal vez no sea el momento idóneo para darte tanta responsabilidad si tu vida personal está patas arriba.
No queremos un jefe de servicio distraído, o amargado, o envuelto en disputas patrimoniales que salgan en los mentideros de la profesión. Necesitamos estabilidad.
—Mi rendimiento en el quirófano y mi compromiso con el departamento no han cambiado en absoluto —replicó Nicolás, apretando los dientes.
—No lo dudo —Elizalde le dio una última calada al cigarrillo antes de aplastarlo contra el cenicero de piedra—.
Pero la percepción lo es todo. Esta noche, en el cóctel, estará todo el comité.
Quiero verte relajado, Nicolás. Quiero ver que eres un hombre centrado, que ha sabido gestionar su transición vital con la misma madurez con la que cierras una aorta.
Por cierto... —el viejo zorro esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos—, tu madre me ha insinuado que vienes acompañado.
Espero tener el gusto de conocer a esa joven de la que tanto se habla.
Demuéstrame que sabes mantener el equilibrio, muchacho. Nos jugamos mucho el mes que viene.
Con una palmadita condescendiente en el hombro, Elizalde se dio la vuelta y regresó al interior, dejándole a Nicolás un frío glacial en el estómago.
La amenaza había sido sutil, envuelta en seda y buenas palabras, pero cristalina: o demostraba esa misma noche que su vida era un remanso de paz y estabilidad, o la jefatura por la que había sacrificado su matrimonio se esfumaría para siempre.
A las siete de la tarde, Nicolás estaba en el salón de la suite, completamente vestido para el cóctel.
Llevaba un traje de tres piezas de un gris marengo impecable, una camisa blanca de hilo egipcio y una corbata de seda oscura.
Estaba de pie junto a la ventana, recolocándose los gemelos de plata con dedos nerviosos.
La puerta del dormitorio de Vera se abrió.