CAPÍTULO 8
A las diez de la noche, el balneario se sumió en ese silencio de montaña que parece un bloque de hielo: denso, frío y pesado.
Nicolás estaba sentado en el centro del sofá de terciopelo verde botella del salón común.
Tenía un libro de tapas duras sobre las rodillas, pero llevaba veinte minutos atrapado en la misma página, leyendo y releyendo un párrafo sobre la anatomía de las coronarias sin procesar una sola palabra.
Estaba cansado. El primer día real de ponencias había sido un bombardeo de datos, de palmadas condescendientes en el hombro por parte de viejos catedráticos y de esquivar con torpeza los corrillos donde sabía que su divorcio era el plato fuerte del menú de cotilleos.
Pero lo que realmente le agotaba no era el congreso. Era la suite.
Era el zumbido eléctrico que parecía vibrar en el aire cada vez que Vera cruzaba el salón.
Aún le escocía la piel del pecho con el recuerdo de esa mañana; el olor a sándalo de su propio desodorante mezclado con el aroma de la lavanda de ella, la cercanía de sus hombros y esa mirada descarada con la que Vera parecía leerle los pensamientos más inconfesables.
—Concéntrate, Aguirre —se susurró, frotándose el puente de la nariz.
En ese momento, la puerta de la habitación de Vera se abrió.
Nicolás levantó la vista del libro, con los hombros tensándose de forma automática.
Vera asomó la cabeza. Llevaba una camiseta de algodón gris, enorme, de esas que quedan tres tallas más grandes y que le llegaban casi por la mitad del muslo.
Llevaba el pelo recogido arriba en un moño desordenado, sujeto con un bolígrafo a modo de pinza.
—Oye, Nico —dijo ella, apoyándose en el marco—. ¿De casualidad no tendrás un cargador de repuesto para el móvil? El mío se ha debido de quedar en el coche y me queda un tres por ciento de batería.
—Sí, claro. Tengo uno de sobra en mi maleta —respondió él, aliviado de poder ser de utilidad.
Se levantó, fue a su dormitorio y regresó a los pocos segundos con un cable blanco y un adaptador de corriente.
Se lo entregó en mano. Al hacerlo, sus dedos se rozaron apenas un milisegundo, pero fue suficiente para que Nicolás sintiera una pequeña descarga eléctrica que le recorrió el brazo.
Ella no pareció darse cuenta, o al menos lo disimuló muy bien.
—Salvada. Eres un santo, de verdad —dijo ella con una sonrisa amplia—. No sé qué haría yo sin tu kit de supervivencia para ejecutivos serios. Buenas noches, doctor.
—Buenas noches, Vera.
Ella retrocedió hacia su cuarto, pero, con el cargador en una mano y el móvil en la otra, empujó la pesada hoja de madera de nogal sin prestar atención.
La puerta no llegó a encajar en el marco.
Se quedó entornada, una rendija de unos diez o quince centímetros que dejaba escapar una franja de luz dorada y cálida directamente hacia el salón común.
Nicolás se quedó de pie en mitad de la estancia.
Su parte racional —esa que había estudiado medicina, redactado contratos y seguido protocolos toda su vida— le gritó que fuera allí y cerrara la puerta del todo por pura educación.
Pero sus pies no se movieron. Se sintió paralizado por una timidez absurda, por el miedo a que ella pensara que estaba husmeando.
Con un suspiro contenido, volvió a sentarse en el sofá de terciopelo.
Frente a él, colgada de la pared de piedra, había una televisión inmensa, una pantalla plana de unas sesenta pulgadas.
Estaba apagada, un enorme rectángulo de cristal negro y brillante que actuaba como un espejo perfecto y oscuro, reflejando todo lo que ocurría a sus espaldas con una nitidez casi irreal.
Y entonces, Nicolás lo vio.
El reflejo de la pantalla no mostraba la realidad con la luz cruda del día; la devolvía filtrada por el negro del cristal, dándole un tono sombrío, casi clandestino.
Era como mirar una película en blanco y negro muy antigua, o un cuadro de claroscuros donde las formas se intuyen más de lo que se ven.
A través de la rendija de la puerta reflejada, se veía la silueta de Vera moviéndose por su habitación.
Nicolás contuvo el aliento. Sabía que debía apartar la vista.
Sabía que aquello violaba todas las normas éticas, el contrato, la decencia y su propio código de honor.
Pero sus ojos estaban clavados en el cristal negro, incapaces de responder a las órdenes de su cerebro.
Era una mezcla de morbo, de curiosidad acumulada y de un deseo sordo que llevaba meses enterrado bajo capas de formalidad y anestesia emocional.
En el reflejo, Vera se acercó a la cama. Se quitó la rebeca de lana fina, dejándola caer en una silla. Luego, con un movimiento fluido, se llevó las manos al dobladillo de la camiseta de algodón gris y se la sacó por la cabeza.
A Nicolás se le paró el corazón. Un golpe seco en el pecho.
La pantalla de la televisión devolvió la imagen deformada de su espalda desnuda.
Una línea curva, perfecta, que se recortaba contra la luz dorada de su lámpara de noche.
Era una silueta delgada, pero firme, con la columna vertebral dibujada como un sendero de sombras suaves.
Se la veía moverse sin prisa, con una tranquilidad de quien se cree absolutamente sola y a salvo del mundo.
No había nada explícito en el reflejo. El marco de la puerta ocultaba las partes más íntimas, y el cristal negro emborronaba los detalles, convirtiendo su piel en un lienzo de tonos canela y sombras movedizas.
Pero para Nicolás, esa falta de nitidez era mil veces más devastadora que una imagen clara.
Su mente, acostumbrada a reconstruir la tridimensionalidad de los órganos internos a partir de simples ecografías borrosas, se puso a trabajar a mil revoluciones, rellenando los huecos, imaginando la suavidad de esa piel recién depilada que había adivinado por la mañana, la curva de su cadera, la firmeza de sus hombros desnudos.
Vera estiró los brazos hacia arriba para soltarse el pelo, y en el reflejo de la tele, su cuerpo pareció alrgarse, una línea esbelta y felina que a Nicolás le provocó una sequedad insoportable en la garganta.
Vio el destello del satén verde de su pijama cuando lo cogió de la cama.
Vio cómo la tela resbalaba por sus piernas desnudas al ponérselo, un suspiro de seda que el cristal negro captó como un destello rápido, casi líquido.
El pulso de Nicolás iba a una frecuencia que, si hubiera estado conectado a un monitor del hospital, habría hecho saltar todas las alarmas de la planta.
Sentía el calor subiéndole por el cuello, una oleada de culpabilidad ardiente mezclada con una excitación tan básica, tan física, que le hizo apretar los puños sobre el libro de medicina.
«Mírate, Aguirre. Eres un jodido enfermo», se insultó a sí mismo, con la respiración entrecortada.
Justo cuando Vera se giró hacia la puerta para apagar la luz de su mesilla, Nicolás reaccionó. Apartó la mirada de golpe, clavando los ojos en la alfombra con una violencia que casi le hace hacerse daño en el cuello.
Un segundo después, la luz de la rendija se apagó, dejando el salón común en una penumbra casi total, rota solo por el resplandor de la luna que entraba por el ventanal.
Nicolás se quedó inmóvil en el sofá durante lo que parecieron horas, escuchando el latido desbocado de su propio corazón y sintiéndose el hombre más sucio, más torpe y más expuesto del planeta.
A la mañana siguiente, el desayuno fue un desastre sin paliativos.
Vera salió de su habitación a las ocho, ya vestida para el día con unos vaqueros cómodos y un jersey de punto fino de color beige.
Tenía una energía estupenda, con esa cara de haber dormido diez horas seguidas que a Nicolás le pareció casi un insulto personal, considerando que él apenas había pegado ojo dando vueltas en la cama, torturado por el reflejo de la televisión.
—Buenos días, Nico —saludó ella, entrando al salón con su habitual paso ligero—. Vaya cara traes. ¿Otra vez te ha atacado el insomnio de los cirujanos?
Nicolás estaba de pie junto a la cafetera, de espaldas a ella. Al oír su voz, se tensó tanto que casi derrama el agua caliente.
—Buenos días —respondió. Su voz sonó ronca, demasiado seca.
Se giró para dejar la taza en la mesa, pero cometió el error de no mirarla a los ojos. En lugar de eso, fijó la vista en la esquina de la mesa de centro, luego en la cafetera y después en su tableta, haciendo movimientos rápidos y nerviosos con las manos.
Vera, que tenía un máster en lenguaje corporal tras dos años leyendo los gestos de los clientes del hotel, frunció el ceño de inmediato. Se acercó a la mesa de comedor y se apoyó en ella, observándolo con fijeza.
—¿Te pasa algo? —preguntó, con un tono que mezclaba la curiosidad con una ligera sospecha.
—No. Nada. Estoy perfectamente —dijo Nicolás, demasiado rápido. Cogió su taza de té y dio un sorbo largo, casi quemándose la lengua.
—Nico, no sabes mentir. Te tiembla la mano y estás evitando mirarme como si me debieras dinero —dijo ella, con una media sonrisa que intentaba quitarle hierro al asunto—. ¿Qué pasa? ¿He roto alguna de tus reglas del salón de terciopelo? ¿Me he dejado una taza sucia?
—No, de verdad. No es nada. Solo estoy... pensando en la ponencia de esta tarde. El doctor Elizalde quiere que presente unos datos de última hora y estoy un poco presionado —improvisó él, soltando una parrafada técnica para intentar desviar la atención.
Vera lo estudió durante unos segundos. Sus ojos marrones, agudos y despiertos, analizaron la rigidez de sus hombros, la forma en que Nicolás apretaba la mandíbula y, sobre todo, cómo desviaba la mirada cada vez que ella intentaba buscarle los ojos.
Había algo más ahí. Algo que había cambiado desde la noche anterior.
De pronto, Vera miró hacia la gran televisión apagada del salón. Luego miró hacia la puerta de su habitación, que seguía entreabierta tal y como la había dejado esa mañana. Hizo una rápida asociación mental, calculando los ángulos de visión y el reflejo del cristal negro de la pantalla.
Una chispa de comprensión —y de una diversión absolutamente maliciosa— se encendió en sus ojos.
—Vaya —dijo Vera en voz muy baja, dando un paso lento hacia él—. Así que la ponencia de esta tarde... Ya veo.
Nicolás sintió que la cara le ardía tanto que podría haber frito un huevo en su mejilla. Supo, por la curva lenta y triunfal que se dibujó en los labios de Vera, que lo había pillado por completo. Su silencio y su torpeza lo habían delatado mucho más que si lo hubiera confesado a gritos.
—Vera, yo... —empezó él, intentando buscar una explicación coherente que salvara lo que quedaba de su dignidad.
—No digas nada, doctor —lo interrumpió ella, dándole una palmadita suave en el brazo que le hizo dar un respingo—. Tómate el té antes de que se enfríe. No querrás tener un bajón de azúcar delante de tu exmujer.
Vera se dio la vuelta y caminó hacia el ventanal con un cruasán en la mano, tarareando una melodía alegre.
Nicolás se quedó allí, con la taza temblando entre los dedos, sabiendo que a partir de ese momento, el equilibrio de poder en esa suite había cambiado para siempre.
Ella ya no era solo su acompañante contratada; era la dueña absoluta de sus nervios.