Mentira con beneficios CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Vera se había colocado en el extremo opuesto, junto al gran ventanal, con un plato de cruasanes que había pedido al servicio de habitaciones y su taza de café con leche.

La distancia entre ambos era de unos cuatro metros, pero la tensión en el aire era tan densa que se podría haber cortado con uno de los cuchillos de plata del desayuno.

—¿Vas a desayunar solo eso? —preguntó Vera, señalando la taza de té de Nicolás con la punta de su cruasán.

—Es suficiente. No me gusta comer demasiado pesado por las mañanas —respondió él sin levantar la vista de la tableta—. Reduce la agilidad mental durante las ponencias.

—Claro. No vaya a ser que te dé un bajón de azúcar mientras explicas cómo funciona una válvula mitral —ironizó ella, dando un mordisco generoso a su cruasán—. Deberías probar esto. Están espectaculares. Crujientes por fuera, blandos por dentro... un pecado.

Nicolás levantó la vista de la pantalla.

La observó masticar con esa naturalidad desprovista de cualquier protocolo social que a él le resultaba tan desarmante.

Ella seguía con el pijama de satén verde, aunque se había echado por encima una rebeca fina de lana para protegerse del aire fresco que entraba por la rendija del ventanal.

Sus piernas, descalzas y estiradas sobre la silla contigua, brillaban bajo la luz de la mañana con una suavidad satinada que a Nicolás le costaba horrores ignorar.

—Tengo un autocontrol bastante estricto, Vera —dijo él, dando un sorbo a su té.

—Ya lo veo. Autocontrol de titanio —replicó ella, apoyando los codos en la mesa—. Aunque hace un rato, en el salón, no parecías tan controlado. ¿Siempre te pones así de nervioso cuando te quitas la camisa delante de una mujer?

Nicolás dejó la taza sobre el plato con un tintineo metálico.

—No me pongo nervioso, Vera. Simplemente me gusta mantener ciertos límites de privacidad. El contrato...

—¡Al cuerno el contrato, doctor! —lo interrumpió ella con una risita—. Llevamos veinticuatro horas aquí y ya has mencionado el contrato cinco veces. ¿Es que necesitas leer las cláusulas para recordar cómo se respira?

Nicolás la miró fijamente, y por primera vez en toda la mañana, una chispa de diversión real asomó a sus ojos oscuros. Se reclinó en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.

—¿Y tú? ¿Siempre eres así de insoportable por las mañanas o es que el aire de la sierra te sienta especialmente bien?

Vera enarcó una ceja, encantada de que el cirujano por fin se decidiera a devolver el golpe.

—Soy mucho peor cuando no tengo café en el cuerpo, te lo aseguro —dijo ella, guiñándole un ojo—. Pero admítelo, te gusta que te pinchen. Estás tan acostumbrado a que todo el mundo en el hospital te hable con el tono de voz de estar en una iglesia que un poco de realidad te viene de maravilla.

—Puede ser —admitió Nicolás en voz baja, mirando su taza—. Puede que tengas parte de razón.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez ya no era tenso ni incómodo.

Era un silencio compartido, un espacio de tregua en el que ambos se descubrieron mirándose de reojo más de lo estrictamente necesario, demasiado conscientes de que la convivencia acababa de empezar y de que el primer asalto lo habían empatado.

Vera apuró el último trago de café con leche, estiró las piernas con pereza y se levantó de la silla.

—Bueno, doctor, le dejo con su agilidad mental intacta. Voy a ver si el agua caliente de esta suite de lujo hace milagros con mis ojeras de recepcionista —dijo, dedicándole una sonrisa de soslayo antes de enfilar el pasillo hacia su dormitorio.

Al cerrar la puerta de la habitación tras de sí, el silencio la envolvió como una manta pesada.

Dejó caer la rebeca sobre la cama y se acercó al gran ventanal que daba a los jardines traseros del balneario.

Desde allí arriba, el mundo parecía de juguete: los setos perfectamente recortados, los senderos de piedra blanca y algún que otro médico madrugador paseando con el café en la mano.

Se sentó en el borde del colchón de dos metros de ancho, hundiéndose en una suavidad que le pareció casi obscena.

Sacó el móvil del bolsillo de la gabardina, que seguía colgada en el armario, y le mandó un mensaje rápido a Noa: «Primer asalto superado.

Desayuno de trinchera completado. Sigo viva y el cirujano aún no ha llamado a su abogado para rescindir el contrato» .

No tardó ni diez segundos en recibir respuesta: «¿Y el pijama verde?

¿Ha surtido efecto la seda o sigues en modo iceberg?

» . Vera sonrió para sus adentros, bloqueó la pantalla sin responder y se tumbó bocarriba, contemplando las molduras del techo.

La piel de las piernas, todavía ultrasensible por la depilación y el roce del satén, le recordaba con un cosquilleo constante que estaba jugando con fuego en una suite de quinientos euros la noche.

Mientras tanto, en el piso de abajo, el infierno social de Nicolás Aguirre acababa de comenzar.

El gran salón de actos del Balneario San Martín era un hervidero de trajes oscuros, maletines de piel y un murmullo constante que reverberaba contra los techos altos de la sala de conferencias.

Nicolás se colocó la acreditación de plástico en la solapa con dedos firmes, pero en cuanto cruzó el umbral del salón, sintió que las conversaciones a su alrededor sufrían una sutil alteración de frecuencia.

—¡Nicolás! Hombre, pero si estás aquí.

La palmada en el hombro, demasiado fuerte para ser puramente afectuosa, venía del doctor Valenzuela, jefe de sección de La Princesa y uno de los tipos más cotillas de la escena médica madrileña.

A su lado, dos adjuntos jóvenes estiraron el cuello como si esperaran ver aparecer una comitiva detrás de él.

—Hola, Ramón —respondió Nicolás, forzando su mejor sonrisa de congreso—. Buena mañana para la primera mesa redonda, ¿no?

—Sí, sí, claro. Pero déjate de válvulas y de mesas redondas —Valenzuela le guiñó un ojo con una complicidad que a Nicolás le revolvió el estómago—.

Nos ha llegado un pajarito de que no has venido solo.

Pilar estuvo hablando ayer con la mujer de Elizalde y...

bueno, parece que el ático del norte ya tiene inquilina. ¿Es verdad?

—Es... una amiga, Ramón —dijo Nicolás, midiendo cada sílaba. La palabra "novia" se le atascaba en la garganta—. Se llama Vera. Ha venido a pasar unos días de descanso.

—Ya, ya. Una "amiga" —rio Valenzuela, dándole un codazo—.

No disimules, Aguirre. Que llevas un año con cara de pocos amigos y hoy pareces otro.

A ver si nos la presentas en el cóctel de esta noche, que tenemos todos una curiosidad tremenda por ver quién ha conseguido domar al soltero de oro de La Paz.

Nicolás asintió con una rigidez de maniquí, murmurando una disculpa sobre la necesidad de comprobar las diapositivas de su ponencia para zafarse de la conversación.

Sin embargo, el alivio duró poco. Mientras caminaba por el pasillo central hacia la mesa de ponentes, se cruzó con la mirada de Claudia.

Su exmujer estaba sentada en la tercera fila, impecable en un traje de chaqueta azul cobalto, conversando con el doctor Elizalde.

Al ver a Nicolás, Claudia no apartó la vista.

Le dedicó una inclinación de cabeza lenta, analítica, con esos ojos fríos que parecían capaces de diseccionar a un paciente sin necesidad de bisturí.

Elizalde, que estaba a su lado, también se giró para mirarlo, apuntando algo en voz baja que hizo que Claudia esbozara una sonrisa gélida.

La presión era física. Nicolás sentía los ojos de sus colegas clavados en su nuca mientras subía al estrado.

Sabía perfectamente que cada gesto, cada silencio y cada palabra de su ponencia sobre nuevas técnicas de anastomosis coronaria iba a ser analizada bajo el prisma del cotilleo que corría por los pasillos.

«Vera tiene que estar perfecta esta noche» , pensó Nicolás, sintiendo que un sudor frío le perlaba la frente antes de empezar a hablar por el micrófono. La farsa ya no era una opción; era la única salida de emergencia que le quedaba para no salir de allí completamente despedazado.