CAPÍTULO 7
El espejo del baño del balneario se había rendido al vaho hacía veinte minutos.
Vera se pasó la mano por el cristal, abriendo un círculo transparente que le devolvió una silueta borrosa y el pelo encrespado por el vapor.
Aquello parecía una sauna turca, pero a ella le daba igual; tenía una misión de vital importancia que la Escuela de Arquitectura no le había enseñado a gestionar: la depilación de urgencia ante un posible (aunque estrictamente prohibido por contrato) imprevisto.
Dejó la cuchilla de usar y tirar sobre el mármol del lavabo. El metal frío chocó contra la piedra con un ruidito que le sonó casi a reproche.
Extendió la espuma de afeitar despacio. Al mirarse en el espejo, cubierta de ese blanco denso que empezaba a calentarse con su propia piel, no pudo evitar una sonrisa irónica. Parecía Papá Noel en versión minúscula y sexy.
—Muy digno todo, Vera. Menos mal que no te ve nadie —masulló para sí misma.
Tomó aire y comenzó.
El primer trazo de la cuchilla abrió una línea vertical en la espuma, revelando la piel desnuda y pálida.
Vera contuvo la respiración. Manejar el acero ahí abajo requería una precisión que, muy a su pesar, le recordó inevitablemente al pulso de cirujano de Nicolás.
Era un juego de tensiones delicado: con la mano izquierda estiraba la piel como si estuviera tensando un plano de papel vegetal; con la derecha deslizaba el metal con un cuidado milimétrico.
Un milímetro en falso y pasaría de "acompañante sofisticada" a "urgencias del hospital por corte accidental".
Y la sola idea de que Nicolás tuviera que hacerle una sutura allí abajo la hacía querer morirse de la vergüenza.
Entre el siseo del agua del grifo, se escuchaba el levísimo raspado del acero. Un sonido íntimo, casi prohibido en su propia cabeza. Cada pasada dejaba una franja de suavidad extrema que, al contacto con el aire del baño, se erizaba al instante.
Cerró los ojos un segundo, dejándose llevar por la pura física del roce.
La cuchilla ascendió por los pliegues más ocultos con una insistencia que empezó a acelerarle el pulso.
Sentía un latido sordo, caliente y constante allí abajo, un ritmo que parecía empujar contra el metal cada vez que se acercaba al centro.
Cuando abrió el grifo para retirar los restos de espuma, se miró en el espejo.
Estaba completamente expuesta. La piel, libre de cualquier barrera, brillaba con un tono ligeramente sonrosado por el calor.
Se tocó con la yema de los dedos y soltó un suspiro.
La textura era inverosímil, una suavidad de porcelana que no ofrecía la menor resistencia.
Una desnudez absoluta que de pronto se sentía demasiado receptiva.
Y entonces llegó el momento de la verdad: la caja del pijama que Nicolás le había comprado y que esperaba sobre la cama de la habitación.
El satén verde oscuro no era ropa; era un atentado contra su fuerza de voluntad.
Cuando la prenda resbaló por sus hombros, la tela buscó la gravedad adaptándose a sus curvas como agua pesada.
El pantalón corto era, siendo generosos, de una longitud ridícula, con unos bordes de encaje que apenas cubrían lo justo.
Al subirse el pantalón, el contraste le sacudió el sistema nervioso.
La seda, fría en el primer contacto, resbaló sobre la hipersensibilidad de su piel recién depilada con una caricia tan sumamente suave que a Vera se le cortó la respiración en seco.
Dio dos pasos de prueba hacia la puerta del baño.
Cada pequeño movimiento, cada roce del encaje contra su zona íntima, provocaba una fricción insoportable.
Era como si la tela se empeñara en recordarle, a cada segundo, la ausencia de lo que antes la protegía.
Se sentía ridículamente vulnerable. Llevaba la piel a flor de carne, protegida únicamente por un escudo de seda verde que, lejos de ocultar nada, parecía delatar cada uno de sus latidos.
—Madre mía, Noa —susurró para sus adentros, visualizando a su amiga partiéndose de risa—. Si me viera mi padre, me obligaba a ponerme un chándal encima.
Salió al salón común de la suite con una taza de café humeante en la mano, intentando caminar con una naturalidad que no tenía, dispuesta a simular que leía un rato en el sofá antes de que Nicolás volviera de su reunión del congreso.
Pero no llegó a sentarse.
La puerta del dormitorio de Nicolás se abrió de golpe.
Nicolás salió al salón como un torbellino, con el ceño fruncido y revolviendo un cajón de madera del mueble de la entrada con evidente desesperación.
—¿Dónde narices está? —masulló para sí mismo.
Vera se quedó petrificada a mitad del salón, con la taza de café suspendida en el aire.
Nicolás Aguirre no llevaba camisa. Tampoco llevaba camiseta. Vestía únicamente un pantalón de chándal gris de algodón que se apoyaba de manera peligrosamente baja en sus caderas.
Vera contuvo la respiración de golpe. Había asumido que un cirujano cardiovascular de cuarenta y tres años que pasaba doce horas al día metido en un quirófano tendría el físico flácido de un hombre que solo se ejercita firmando recetas.
Se equivocaba estrepitosamente. Nicolás tenía la espalda ancha, los hombros bien definidos y un torso fibroso, cruzado por una línea sutil de vello oscuro que descendía desde el pecho hasta perderse bajo la goma del chándal.
No era el cuerpo exagerado de un chaval de gimnasio de veintidós años; era el cuerpo maduro, duro y atlético de un hombre que se cuidaba por pura disciplina.
—¿Buscas algo, doctor? —preguntó Vera. Intentó que su voz sonara sarcástica y despreocupada, pero le salió un tono un poco más ronco de lo habitual.
Nicolás se sobresaltó y se giró de golpe hacia ella. Al darse cuenta de su propia desnudez y de que Vera lo observaba con la taza de café en la mano, se puso instantáneamente rígido como un poste. Su rostro pasó del blanco clínico al rojo escarlata en menos de un segundo.
—Yo... lo siento. No sabía que estabas aquí —tartamudeó, intentando cubrirse el pecho con las manos de una forma ridículamente púdica—. Pensaba que seguías en el baño.
—Tranquilo, no voy a cobrarte un extra por daños colaterales a la vista —se burló ella, recuperando el control de la situación y apoyándose en el marco de la puerta del salón—. ¿Qué es lo que buscas con tanto ahínco que te ha hecho olvidar las normas básicas de vestimenta?
—Mi desodorante —dijo él, tratando de recuperar la dignidad mientras estiraba la espalda—. Lo dejé en el baño común ayer por la tarde, creo. Es un bote cilíndrico, de color azul oscuro.
Vera miró hacia la repisa del mueble auxiliar de la entrada. Allí estaba. Lo cogió y lo examinó bajo la luz del día.
—¿Esto? —preguntó, leyendo la etiqueta en voz alta—. «Santal & Cedre Officine. Con extracto de bergamota de Calabria y micropartículas de plata activa» . Madre mía, Nicolás. ¿Esto es un desodorante o un tratamiento de rejuvenecimiento celular? Te ha debido de costar más que mi matrícula.
Nicolás avanzó un paso para quitárselo, pero Vera lo apartó rápidamente detrás de su espalda, obligándolo a acercarse más.
—Dámelo, Vera. No tiene gracia.
—Es un detalle muy vanidoso para un hombre que dice que la imagen no le importa —lo pinchó ella, mirándolo de abajo arriba con descaro—. Micropartículas de plata. ¿Qué pasa, que tus axilas necesitan estar esterilizadas como un quirófano?
—Es para mantener el equilibrio del pH de la piel bajo condiciones de estrés —explicó él, intentando sonar técnico y profesional, aunque tener a Vera tan cerca en un pijama de satén verde que dejaba al descubierto sus piernas recién depiladas le estaba destrozando el ritmo cardíaco—. Además, huele bien.
—A ver —dijo ella.
Antes de que él pudiera reaccionar, Vera dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos hasta que Nicolás pudo oler el aroma a lavanda y piel limpia que desprendía su cuello. Ella se inclinó ligeramente hacia su pecho desnudo y aspiró hondo.
El mundo se detuvo para Nicolás. Su respiración se cortó por completo. Pudo ver la trenza deshecha de Vera, la curva suave de su clavícula y la forma en que el satén verde se amoldaba a su cuerpo. Sintió un impulso primitivo, casi violento, de rodearle la cintura con las manos y pegarla a él.
Vera se apartó despacio, con una sonrisa de suficiencia que delataba que sabía perfectamente el efecto que estaba causando en él.
Sin embargo, por dentro, su propio estómago acababa de dar una voltereta campal.
Nicolás olía malditamente bien. Una mezcla de madera de sándalo, cítricos caros y ese olor limpio y masculino de la piel masculina que la hizo sentirse de repente muy acalorada.
—Bueno —admitió ella, entregándole el bote azul—. Aceptamos barco. Huele a hombre que gana bastante más de lo que gasta. Pero la próxima vez que salgas a cazar cosméticos por el salón, ponte una camiseta, Aguirre. Mi corazón de veinticinco años no está preparado para tantas emociones por la mañana.
Nicolás agarró el bote, la miró fijamente durante un segundo que pareció eterno, y volvió a meterse en su habitación cerrando la puerta con un golpe un poco más sonoro de lo necesario.
Vera se dejó caer en el sofá de terciopelo, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Se miró las piernas suaves y luego miró hacia la puerta de Nicolás.
—Mierda —susurró para sí misma—. Esto va a ser mucho más difícil de lo que pensaba.
Media hora más tarde, el salón común se había convertido en un campo de batalla silencioso.
Nicolás había vuelto a salir, esta vez impecablemente vestido con una camisa blanca de lino (perfectamente planchada por Vera el día anterior) y unos pantalones oscuros, aunque no se había puesto la americana.
Se había sentado en el extremo izquierdo de la mesa de comedor de la suite, con su tableta abierta delante de él y una taza de té negro sin azúcar.