CAPÍTULO 6 #3
Nicolás se detuvo con la plancha en el aire. La miró con el ceño fruncido, ofendido en su orgullo de hombre autosuficiente.
—¿Cómo que lo estoy haciendo fatal? Llevo planchando mis propias camisas desde que me independicé a los veinticuatro años.
—Pues llevas diecinueve años haciéndolo mal —sentenció ella, levantándose del sofá y acercándose a la tabla con paso lento—.
Estás planchando las mangas antes que el cuello.
Y estás apretando demasiado la plancha en las costuras de los hombros.
Así solo consigues que se queden marcas brillantes en la tela. Déjame a mí.
—No es necesario, Vera. Es parte de mis tareas domésticas...
—Quita, anda. Deja que una futura arquitecta te enseñe algo sobre estructura y presión.
Vera le quitó la plancha de la mano con una suavidad que desarmó por completo la resistencia de Nicolás. Se colocó frente a la tabla, estiró la camisa con un par de gestos rápidos de sus manos ágiles y empezó a deslizar el aparato con una soltura que a él le pareció casi hipnótica.
Nicolás se quedó de pie a su lado, demasiado cerca. Podía oler el champú de lavanda que desprendía su pelo húmedo y ver la concentración en su perfil. Tenía una pequeña peca justo debajo del lóbulo de la oreja izquierda que no había notado en el ascensor.
—¿Ves? —dijo ella, sin levantar la vista—. Primero el cuello, luego los hombros, después las mangas y, por último, el cuerpo. Es de primero de supervivencia doméstica.
—Supongo que... la costura no es mi fuerte —admitió él, sintiendo que su voz sonaba extrañamente baja en la inmensidad del salón.
—Ya veo. Lo tuyo son las costuras internas. Las de los corazones. Esas no se planchan, ¿verdad?
—No. Esas solo se intentan cerrar para que no sangren —dijo él, con una seriedad que hizo que Vera se detuviera un segundo a mirarlo.
Sus miradas se cruzaron en mitad de la estancia.
La plancha soltó un leve silbido de vapor, rompiendo el silencio que de pronto se había vuelto denso, cargado de una electricidad diferente a la de las bromas anteriores.
Nicolás vio cómo la sonrisa de Vera se suavizaba, perdiendo ese deje irónico y adoptando un matiz de curiosidad real, casi tierna.
—Bueno —dijo ella, aclarándose la garganta y volviendo a deslizar la plancha sobre el puño de la camisa—. Ya tienes tu camisa perfecta para mañana, doctor. Ya puedes ir a deslumbrar a tu exmujer con tus costuras impecables.
—Gracias, Vera —dijo Nicolás, sintiendo que el corazón le daba un espasmo que no tenía nada que ver con ninguna patología cardíaca—. De verdad.
La noche cayó del todo sobre el balneario, trayendo consigo un viento frío que hacía sonar los cristales del gran ventanal de la suite.
Después de que Vera terminara de planchar la camisa de Nicolás (un favor que él prometió compensar pagando un postre absurdamente caro al día siguiente), cada uno se retiró a su espacio.
Nicolás se acostó en su inmensa cama, pero le resultó imposible conciliar el sueño.
El silencio de la suite imperial no era el silencio de su apartamento de soltero.
A través de la madera de la puerta, podía escuchar los ruidos amortiguados de la habitación de al lado: el crujido del somier cuando Vera se movía, el sonido lejano de una página de libro al pasar, y el murmullo de sus pasos descalzos sobre la madera del salón común cuando salía a beber un vaso de agua.
Eran las doce de la noche cuando Nicolás decidió levantarse. Tenía la garganta seca y la mente demasiado activa como para seguir intentando dormir.
Salió al salón compartido en silencio, vistiendo un pantalón de chándal oscuro y una camiseta gris. No quería hacer ruido, pero al cruzar el umbral, se dio cuenta de que la suite no estaba completamente a oscuras. Una luz tenue, dorada, se filtraba por la puerta entornada de la habitación de Vera.
Se detuvo en mitad del salón común. Podía escuchar una melodía suave que sonaba desde el teléfono de ella: una canción de indie pop acústico, lenta y melancólica, que llenaba el espacio con una calidez extraña.
Por un segundo, Nicolás sintió la tentación de acercarse, de llamar a su puerta y preguntarle si ella tampoco podía dormir.
Quería seguir hablando con ella. Quería volver a escuchar esa risa limpia que le hacía sentir que la rigidez de su vida no era una condena perpetua, sino solo una mala costumbre de la que podía desprenderse.
Pero se contuvo. Miró la puerta cerrada de su propio dormitorio, respiró hondo el aroma a lavanda que seguía flotando en el salón y regresó a su cama.
La primera noche en la suite compartida había terminado.
Las reglas tácitas estaban establecidas, el territorio estaba repartido y la comedia doméstica había comenzado.
Pero mientras cerraba los ojos, Nicolás supo que el verdadero desafío no iba a ser fingir delante de Claudia o de su madre.
El verdadero desafío iba a ser convivir con Vera en esa suite sin olvidar, ni por un solo segundo, que todo aquello era solo un maldito contrato de mil quinientos euros.