CAPÍTULO 6 #2
—La de la izquierda tiene la cama un poco más cerca de la ventana, pero la de la derecha tiene un armario enorme que parece un vestidor —analizó ella, volviendo al salón con las manos en los bolsillos—.
Como yo solo traigo una maleta amarilla y tú pareces llevar tres trajes impecables que no se pueden arrugar, quédate tú con la de la derecha.
Yo me quedo con la de la izquierda. ¿Te parece?
—Me parece perfecto. Gracias, Vera.
—De nada, socio. Ahora, si te parece bien, voy a deshacer mi maleta y a darme una ducha. Mi cuerpo me está gritando que el viaje en coche ha sido muy bonito, pero que necesito quitarme el polvo del camino.
—Adelante. Yo haré lo mismo.
Cada uno cogió su equipaje y se retiró a sus respectivos cuartos, cerrando las puertas de madera tras de sí.
Al girar la llave de su habitación, Nicolás escuchó el clic metálico y sintió una mezcla contradictoria de alivio y de una absurda decepción.
Se sentó en el borde de su inmensa cama de dos metros de ancho, miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba temblando levemente.
«¿Qué te pasa, Aguirre? Es solo una chica de veinticinco años. Es un negocio», se repitió a sí mismo, intentando recuperar el control de su pulso. Pero el recuerdo de la mano de Vera entrelazada con la suya en la entrada del hotel seguía grabado a fuego en su piel.
La primera tarde transcurrió de manera relativamente pacífica.
Nicolás tuvo que bajar a la planta baja para asistir a la sesión de apertura del congreso y recoger sus acreditaciones, mientras que Vera se quedó en la suite, aprovechando para descansar y, según le confesó más tarde, probar todas y cada una de las muestras de cremas y sales de baño que el hotel ofrecía como cortesía.
El verdadero reto comenzó a partir de las ocho de la tarde, cuando ambos coincidieron de nuevo en la suite tras sus respectivas jornadas.
Nicolás entró en el salón común, cansado tras soportar dos horas de discursos inaugurales y de esquivar con torpeza las miradas inquisivas de varios cardiólogos que le preguntaban dónde se había metido su «misteriosa acompañante».
Al abrir la puerta, lo primero que vio fue a Vera sentada con las piernas cruzadas en uno de los sofás de terciopelo.
Llevaba puesto un pijama de algodón gris de manga larga, bastante cómodo y nada sugerente, pero que a Nicolás le pareció la cosa más íntima que había visto en años.
Tenía el pelo mojado y envuelto en una toalla blanca que formaba un turbante enorme sobre su cabeza.
Estaba leyendo un libro electrónico con total concentración, ajena al mundo.
—Hola —dijo él, deteniéndose en el umbral.
Vera levantó la vista, le dedicó una sonrisa y se quitó el turbante con un movimiento rápido, dejando que el pelo húmedo cayera sobre sus hombros en cascada.
—Hola, doctor. ¿Cómo ha ido la primera dosis de ciencia?
—Aburrida. Lo habitual en estas cosas. Discursos largos, agradecimientos mutuos y promesas de un futuro brillante para la cardiología nacional.
—Suena apasionante —ironizó ella, dejando el libro de lado—. Oye, tenemos que establecer unas cuantas reglas de convivencia antes de que esto se convierta en un caos. Comedia doméstica, primer asalto.
Nicolás se sentó en el sofá de enfrente, manteniendo una distancia prudencial que hizo sonreír a Vera.
—¿Qué tipo de reglas? —preguntó él, curioso.
—Reglas tácitas de esas que salvan matrimonios...
o que evitan que nos matemos en cuatro días.
Primera: el baño. He visto que ambos tenemos baños independientes, lo cual es una bendición de los dioses del turismo, pero la presión del agua de esta planta es un poco inestable.
Si tú te duchas a la vez que yo, uno de los dos se va a quedar congelado.
Así que propongo turnos. ¿Quién es de ducharse por la mañana y quién por la noche?
—Yo me ducho siempre por la mañana —dijo Nicolás de inmediato—. A las seis y media. Es mi rutina de toda la vida.
—Perfecto. Yo soy un desastre matutino. No soy persona hasta que me tomo un café, así que prefiero ducharme por las noches, antes de cenar. Así no nos cruzamos en el baño ni nos dejamos sin agua caliente. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —asintió él, apuntando mentalmente la regla.
—Segunda regla: el espacio del salón común —continuó Vera, señalando la mesa de centro—.
Yo soy un poco caótica con mis cosas. Tiendo a dejar los libros, las tazas de té y mis cuadernos por ahí.
Si te molesta el desorden visual, dímelo y me controlo.
No quiero que tu vena de cirujano controlador sufra un microinfarto cada vez que vea un folio fuera de su sitio.
Nicolás sonrió, sintiendo que la timidez empezaba a ceder paso a una complicidad muy cómoda.
—Puedo tolerar un poco de desorden, Vera. No soy un monstruo. Aunque agradecería que no dejes ropa húmeda sobre los sofás de terciopelo. Mi madre me enseñó que la madera y el terciopelo sufren con la humedad.
—Anotado. Nada de calcetines húmedos en el salón imperial. Tercera regla, y esta es seria: la comida. Tenemos un minibar enorme que parece el cofre del tesoro. ¿Compartimos los gastos o cada uno se compra sus caprichos?
—Vera, por favor —dijo Nicolás, casi ofendido—. Está en el contrato. Todos los gastos de manutención corren de mi cuenta. Puedes consumir lo que quieras del minibar, pedir lo que te apetezca al servicio de habitaciones o vaciar la bodega si es lo que deseas. No tienes que preocuparte por eso.
—Me gusta esa regla —aprobó ella con un brillo de avaricia divertida en los ojos—. Creo que es mi favorita de todo el documento. Voy a pedir una ración de patatas fritas y un refresco ahora mismo para celebrar nuestro acuerdo de paz.
Una hora más tarde, la suite se había convertido en un escenario de lo más peculiar.
Nicolás, que se negaba a presentarse en la cena informal de ponentes de la noche siguiente con la camisa arrugada, había sacado una tabla de planchar que el botones le había subido de mala gana.
Estaba en mitad del salón común, con la plancha de vapor echando humo, intentando alisar una camisa de hilo azul celeste con una meticulosidad digna de un trasplante de corazón.
Vera, que ya se había tomado su refresco y devorado la mitad de las patatas fritas, lo observaba desde el sofá con una mano apoyando la barbilla.
—Nico —dijo ella de pronto.
—¿Sí? —respondió él sin apartar la vista de la manga de la camisa, donde intentaba trazar una línea perfecta.
—Lo estás haciendo fatal.