Mentira con beneficios CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El vestíbulo del Hotel Balneario San Martín parecía el camarote de los hermanos Marx, pero en versión congreso de medicina de alta gama.

Había maletas de marca por todas partes, médicos gesticulando con desesperación con el teléfono pegado a la oreja, acreditaciones colgando torcidas y un zumbido constante de quejas que rebotaba en las impresionantes molduras doradas del techo.

El repentino traslado de sede a cien kilómetros de distancia había provocado un efecto dominó que acababa de aplastar por completo la logística del hotel.

Nicolás, que seguía sintiendo el rastro del calor de la mano de Vera en su brazo derecho, avanzó entre la multitud con el ceño fruncido. Vera, a su lado, observaba el panorama con una sonrisa de absoluta familiaridad.

—Huelo el pánico a tres metros —le susurró ella al oído, inclinándose un poco para que no la oyeran los cardiólogos de la mesa de al lado—. Esa pobre chica de recepción está a un café de echarse a llorar en directo.

Nicolás miró hacia el mostrador principal.

Detrás de la madera de roble, tres recepcionistas con el mismo uniforme que Vera solía llevar tecleaban a una velocidad que desafía las leyes de la física, mientras intentaban sonreír a una horda de cirujanos acostumbrados a que sus deseos se cumplieran en el acto.

—Buenas tardes —dijo Nicolás cuando por fin consiguieron llegar a un hueco libre en el mostrador.

La recepcionista que los atendió tenía los ojos desorbitados y una mancha de tinta roja en el pulgar—.

Tengo una reserva a nombre de Nicolás Aguirre.

Y de Vera Duarte. Deberían ser dos habitaciones dobles de uso individual.

La chica asintió con un tic nervioso en el párpado y empezó a teclear. Nicolás notó cómo Vera daba un paso al frente, apoyando los brazos en el mostrador con esa postura relajada y empática que solo tiene la gente que ha estado al otro lado de esa trinchera.

—Tranquila, compañera —le dijo Vera en voz baja, con un tono tan comprensivo que la recepcionista se detuvo un segundo a mirarla, aliviada—. Sabemos lo que es esto. El traslado de última hora del Claris os ha metido un gol por la escuadra, ¿verdad?

—No se lo imagina —susurró la chica, bajando la voz como si revelara un secreto de Estado—. Tenemos un overbooking del quince por ciento. Hay ponentes que están llegando y no tienen dónde dormir. Déjame ver tu reserva... Aguirre, Aguirre...

La recepcionista miró la pantalla, frunció el ceño, volvió a teclear y luego miró a Nicolás con una expresión que mezclaba la disculpa con el terror más puro.

—A ver... doctor Aguirre. Tengo aquí su reserva.

Efectivamente, la organización solicitó dos habitaciones individuales para ustedes hace tres días.

Pero con el traslado y el colapso del sistema...

una de sus habitaciones se ha duplicado en el sistema y se le ha asignado a un ponente de cardiología pediátrica que venía de Barcelona.

Nicolás sintió que el mundo se detenía.

—¿Cómo que se ha asignado a otro? —preguntó, intentando mantener la calma, aunque la vena de su sien empezaba a latir con fuerza—. Tiene que haber un error. Pagamos la reserva por adelantado.

—Lo sé, lo sé, de verdad que lo siento muchísimo —se disculpó la chica, casi suplicante—.

Pero es que no nos queda ni una sola habitación libre en todo el hotel.

Bueno... miento. Nos queda una. Es la Suite Imperial del ala antigua.

Es enorme. Tiene un salón común muy grande, pero...

solo tiene una entrada principal. Dentro hay dos habitaciones independientes, cada una con su propia puerta, su propia llave y su propio baño privado.

Pero comparten el espacio común del salón. Es lo único que puedo ofrecerles.

Nicolás se quedo de piedra. Miró a Vera, que seguía con la misma expresión tranquila, y luego volvió a mirar a la recepcionista.

—Eso es inaceptable —dijo Nicolás, adoptando su tono más firme de jefe de servicio—. No podemos compartir suite. Exijo que busquen otra solución. Llame a otro hotel de la zona.

—Doctor... —la recepcionista apretó la mandíbula—.

Hemos llamado a todos los hoteles, hostales y pensiones en veinte kilómetros a la redonda.

Está todo absolutamente completo por el congreso y por una boda enorme que hay en el pueblo de al lado.

Si no aceptan la suite, la única alternativa es que uno de ustedes duerma en un sofá del vestíbulo o que busquen alojamiento a más de cuarenta minutos de aquí, por carreteras de montaña bastante complicadas de noche.

Nicolás se giró hacia Vera. Sentía que el sudor frío empezaba a resbalarle por la espalda.

El contrato de confidencialidad que Julián había redactado con tanto mimo exigía habitaciones separadas.

Compartir una suite, aunque tuviera puertas independientes, rozaba peligrosamente la línea de lo que él consideraba aceptable o seguro.

—Vera —le dijo en voz baja, apartándola un par de pasos del mostrador para que la recepcionista no los oyera—.

Esto es un desastre. No podemos hacer esto.

No está en el trato. Yo... puedo coger el coche ahora mismo y buscar un hotel en la siguiente ciudad, aunque esté a cincuenta kilómetros.

Te dejo la suite a ti para que estés cómoda, y yo haré el trayecto de ida y vuelta cada día.

No voy a obligarte a compartir un espacio conmigo.

Vera lo miró fijamente. Lo observó con esa mezcla de diversión y asombro que Nicolás empezaba a reconocer como su reacción habitual ante sus arranques de caballerosidad anticuada.

—Nico, ¿te estás escuchando? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿De verdad pretendes hacer cien kilómetros de carretera de montaña de ida y vuelta todos los días, después de estar diez horas metido en ponencias, solo por una cuestión de decoro victoriano?

—Es lo correcto, Vera. El contrato dice...

—Al cuerno el contrato por un momento —lo interrumpió ella con un soplido, aunque con una sonrisa en los labios—.

Seamos prácticos. La chica ha dicho que la suite tiene dos habitaciones separadas con dos puertas que cierran con llave.

Eso significa que yo tendré mi espacio y tú el tuyo.

No vamos a dormir en la misma cama. Ni siquiera vamos a compartir baño.

Solo vamos a compartir un salón donde probablemente ninguno de los dos pase más de diez minutos seguidos porque estaremos ocupados fuera.

No voy a hacer que te pases media noche al volante buscando un sitio para dormir por una tontería como esta. Nos quedamos la suite.

—Pero Vera, la gente del congreso... si se enteran de que estamos en la misma suite...

—Nico —ella dio un paso más hacia él, obligándolo a mirarla a los ojos—.

Se supone que somos pareja. Que estamos juntos en esto.

Si la gente se entera de que compartimos una suite de lujo, les parecerá lo más normal del mundo.

Lo que sería rarísimo es que tuviéramos dos habitaciones separadas en puntas opuestas del hotel.

Esto de hecho hace que nuestra mentira sea mil veces más creíble.

Nicolás procesó las palabras de Vera. Tenía razón.

Toda la maldita razón del mundo. Su mente analítica, siempre tan centrada en seguir las reglas y los protocolos establecidos, se había bloqueado ante el imprevisto, mientras que ella, con su pragmatismo directo y sin dramas, había desarmado el problema en diez segundos.

—¿Estás segura de que no te importa? —preguntó él, queriendo asegurarse de que no la estaba presionando de ninguna manera.

—Segurísima, doctor. Además, la suite imperial suena a que tiene una bañera enorme y albornoces de esos mullidos que te hacen sentir como un miembro de la realeza. No pienso renunciar a eso por tus escrúpulos.

Nicolás sintió que una oleada de alivio —y de una extraña calidez— lo recorría entero. Sonrió, asintió y se giró de nuevo hacia el mostrador.

—Nos quedamos con la suite —le dijo a la recepcionista, que dio un suspiro tan sonoro que pareció que le acababan de salvar la vida.

Subieron en el ascensor en silencio, pero esta vez era un silencio diferente al de la primera vez. Era el silencio de los cómplices que acaban de superar el primer obstáculo del plan.

Cuando el botones abrió la puerta de la suite 201, Nicolás entendió por qué la llamaban «Imperial».

El salón común era más grande que todo su apartamento de alquiler temporal.

Tenía techos altísimos decorados con molduras de escayola, una chimenea de piedra que parecía funcionar, un par de sofás de terciopelo verde botella que invitaban a tumbarse, y un ventanal imponente que daba directamente a los jardines traseros del balneario, donde los árboles empezaban a perder las hojas doradas.

A ambos lados del salón, dos pesadas puertas de madera de nogal daban acceso a los dormitorios independientes.

—Bueno —dijo Vera, dejando caer su bolso de lona sobre uno de los sofás de terciopelo—. Esto no está nada mal. Yo diría que hemos salido ganando con el cambio.

El botones colocó las maletas en mitad del salón común, recibió la generosa propina de Nicolás con una reverencia y se marchó, cerrando la puerta doble de la entrada principal tras de sí.

Nicolás se quedó de pie en mitad de la estancia, de repente muy consciente de que estaba a solas con Vera en un espacio que, aunque enorme, seguía siendo una única vivienda.

—Bien —dijo Nicolás, carraspeando para romper la súbita tensión—. Supongo que lo primero es repartir el territorio. ¿Cuál prefieres?

Vera caminó hacia la puerta de la izquierda, la abrió y echó un vistazo rápido al interior. Luego hizo lo mismo con la de la derecha.