Mentira con beneficios CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—No te pido que la insultes, Nico. Te pido que seas humano. Llevas días con esa cara de estar cargando con el peso del mundo. Desahógate un poco. ¿Qué hacía que te daban ganas de tirarte de los pelos?

Nicolás suspiró, dejando que la tensión acumulada saliera de sus pulmones. El paisaje empezaba a cambiar, mostrando las primeras colinas verdes que anunciaban la cercanía de la sierra.

—Su necesidad de control —admitió por fin, en voz baja—.

Todo tenía que ser perfecto. Las cenas, las vacaciones, la colocación de los libros en la estantería...

Incluso el divorcio tiene que ser perfecto y civilizado.

A veces sentía que yo no era su marido, sino un elemento más de la decoración de su vida perfecta.

Vera lo escuchó con atención, sin rastro de burla esta vez.

—Pues mira —dijo ella con suavidad—. En eso os parecéis. A ti también te gusta bastante el control.

—Yo controlo cosas que importan, como el ritmo cardíaco de un paciente en una mesa de operaciones. Ella controlaba cosas para que los demás pensaran que era feliz. Hay una diferencia.

—La hay —asintió Vera, mirándolo con un nuevo brillo de respeto en los ojos—. Tienes razón.

El cartel de madera tallada que rezaba Hotel Balneario San Martín apareció tras una curva cerrada de la carretera de montaña.

El edificio era imponente: una construcción del siglo XIX perfectamente restaurada, rodeada de jardines señoriales, fuentes de piedra y árboles centenarios que le daban un aire de elegancia atemporal.

Nicolás enfiló el camino de entrada de grava, sintiendo cómo los neumáticos crujían bajo el peso del coche. El aparcamiento exterior ya estaba lleno de berlinas de alta gama y coches oficiales de laboratorios farmacéuticos. El congreso estaba a punto de comenzar.

Detuvo el motor frente a la entrada principal.

—Bien —dijo Nicolás, girándose hacia ella. El momento de la verdad había llegado—. A partir de aquí, el contrato entra en vigor de verdad. ¿Estás lista?

Vera se quitó el cinturón, se recogió el pelo con un gesto rápido en una trenza improvisada y lo miró fijamente. Toda la diversión anterior se transformó en una profesionalidad brillante y segura.

—Nico, llevo dos años lidiando con clientes pesados, ejecutivos borrachos y señoras que se quejan porque las sábanas no están lo bastante frías. Esto va a ser pan comido. Solo sígueme el rollo y no te pongas rojo cada vez que te toque el brazo.

—Lo intentaré —prometió él, con una sonrisa resignada.

El frío de la sierra cortó el ambiente en cuanto Nicolás apagó el motor del coche, pero el verdadero cambio de temperatura ocurrió dentro de su pecho. El silencio que se instaló en el habitáculo del SUV fue de esos que se sienten en la boca del estómago.

Nicolás rodeó el capó del coche. El suelo de grava crujió bajo sus zapatos de piel con un sonido nítido, casi intimidante.

Abrió el maletero y se encargó del equipaje con una parsimonia deliberada, intentando ganar unos segundos para asimilar lo que estaba a punto de ocurrir.

Al levantar la maleta amarilla de Vera y colocarla junto a las suyas, de un sobrio color negro, la diferencia entre sus dos mundos se hizo casi física.

Dos maletas de cuero oscuro, perfectamente alineadas, y una de plástico chillón que parecía gritar que la vida no tenía por qué ser tan gris.

Fue en ese momento cuando el botones del balneario se acercó empujando un carro metálico.

—Buenos días. ¿Le ayudo con el equipaje?

—Sí, gracias —respondió Nicolás, entregándole las asas con un tono de voz que pretendía ser el de un hombre acostumbrado a que le sirvieran, aunque por dentro solo fuera un manojo de nervios.

Vera se colocó a su lado. El aire fresco de la montaña le había encendido un par de círculos rosados en las mejillas, dándole un aspecto insultantemente sano y juvenil que contrastaba con la palidez cansada del cirujano de cuarenta y tres años.

Nicolás la miró de reojo, esperando que guardara la distancia protocolaria que siempre se mantiene con un desconocido.

Pero Vera ya había entrado en el papel.

Con una naturalidad que a él le pareció casi mágica, ella dio un paso hacia su flanco derecho.

No hubo vacilación, ni torpeza, ni esa distancia prudencial que él esperaba de una chica de veinticinco años que acababa de firmar un contrato de confidencialidad.

Deslizó su mano por debajo del brazo de Nicolás, buscando el hueco entre su bíceps y su costado, y subió hasta entrelazar sus dedos con los de él de forma firme y decidida.

Nicolás se tensó tanto que el músculo de su brazo pareció convertirse en piedra.

Hacía años —muchos más de los que estaba dispuesto a admitir— que nadie lo tocaba de esa manera.

Con Claudia, en los últimos tiempos de su matrimonio, el contacto físico se había reducido a un protocolo de gestos ensayados para las fotos de grupo o a una palmadita desganada en el hombro al salir por la puerta.

Aquello era distinto. La mano de Vera estaba ligeramente fría por el viento, pero su palma desprendía un calor vivo, limpio, que pareció traspasar la tela de su jersey de lana merino como si fuera papel de fumar.

—Relaja el brazo, doctor —susurró ella, sin perder la sonrisa radiante que ya le estaba dedicando a la fachada del hotel—. Parece que te estoy llevando a urgencias con una fractura abierta.

—Lo siento —murmuró Nicolás entre dientes, intentando no mover apenas los labios—. Es... el reflejo.

—Pues cambia el reflejo —le siseó ella, apretando un poco más los dedos entre los suyos—. Respira. Hueles a miedo y a colonia de hombre serio. Tienes que oler a novio enamorado que se va de fin de semana con una chica que le encanta.

Nicolás se obligó a soltar el aire que tenía retenido en los pulmones.

Miró hacia abajo, hacia sus manos entrelazadas.

La suya era grande, de dedos largos y precisos, marcados por la tensión de sostener el bisturí; la de ella era más pequeña, suave, pero con un agarre firme que transmitía una seguridad pasmosa.

De pronto, al verlas juntas, la rigidez de su hombro empezó a ceder.

Dejó que su brazo adoptara un ángulo más natural y devolvió una ligera presión al agarre de Vera.

—Mejor —aprobó ella con un leve asentimiento, casi imperceptible—. Mucho mejor.

El botones ya se había adelantado con el carro, y ellos iniciaron la marcha hacia la gran escalinata de piedra del hotel. Cada paso que daban sobre la grava era una declaración de intenciones.

A medida que se acercaban a la entrada principal, Nicolás empezó a notar las miradas.

El porche del balneario estaba repleto de médicos con acreditaciones colgadas del cuello.

Cardiólogos de renombre, directores de hospitales de media España y, por supuesto, varios miembros del consejo de dirección que ya charlaban en corrillo con tazas de café en la mano.

Él conocía a casi todos. Sabía perfectamente lo que estaban pensando en ese mismo instante.

El rumor de su separación de Claudia había sido el cotilleo estrella de la temporada, y todos esperaban ver llegar a un Nicolás Aguirre derrotado, taciturno, el perfecto perfil del cirujano brillante pero solitario que se refugia en el trabajo para no mirar su vida vacía.

En lugar de eso, lo que estaban viendo era a un hombre de cuarenta y tres años que caminaba con paso firme, erguido, con una media sonrisa en los labios y del brazo de una mujer que destilaba una frescura y una luz que hacían que todo el entorno pareciera más brillante.

Vera caminaba como si la gran escalinata del balneario fuera la pasarela de su propia vida.

No miraba al suelo, no buscaba la aprobación de nadie; se limitaba a existir allí, pegada a él, con una seguridad que a Nicolás le resultó fascinante.

Su gabardina beige se mecía suavemente con el viento y su trenza desordenada le daba un aire de elegancia espontánea que ninguna de las cardiólogas hipermaquilladas que abarrotaban el vestíbulo lograría imitar jamás.

Un par de colegas del hospital de Madrid se detuvieron a mitad de una frase al verlos pasar.

El doctor Elizalde, que estaba cerca de las puertas giratorias charlando con un representante de laboratorio, levantó las cejas con una mezcla de sorpresa y un respeto renovado al cruzarse con la mirada de Nicolás.

Nicolás sintió que la adrenalina le recorría la columna.

Ya no era el miedo de que lo descubrieran; era una sensación extraña, cálida y sumamente placentera.

La mentira, por primera vez, no pesaba. Se sentía ligera.

Y mientras subían el último peldaño de piedra que los conducía al vestíbulo del hotel, Nicolás apretó la mano de Vera un poco más, no por el contrato, ni por el protocolo, sino por la pura y maravillosa necesidad de sentir que no estaba solo en mitad de la tormenta.