Mentira con beneficios CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El jueves por la mañana se abrió paso con esa luz grisácea y limpia que tienen los días de otoño cuando el frío empieza a tomarse las cosas en serio.

Apenas una hora después de que Vera estampara su firma en el despacho de Almagro, ya se encontraban en camino.

No había tiempo que perder; el congreso en la sierra empezaba esa misma tarde y el viaje por carretera debía ser inmediato.

Nicolás iba al volante de su coche, un SUV alemán de color oscuro, impecable y con ese olor característico a cuero caro y producto de limpieza que solo tienen los vehículos de la gente que no viaja con niños ni con mascotas.

El motor roncaba con un ronroneo suave, casi imperceptible, mientras él conducía con una precisión casi quirúrgica.

De vez en cuando, miraba de reojo a su copiloto, asimilando aún la velocidad a la que se estaba desarrollando todo.

—Es un servicio profesional, Aguirre. Concéntrate —se regañó a sí mismo mentalmente, ajustándose el retrovisor interior.

Había decidido no ir con el traje de chaqueta para el viaje. Llevaba unos pantalones chinos oscuros y un jersey de cuello vuelto de lana merino que le resultaba cómodo, aunque se sentía extrañamente desprotegido sin su habitual armadura de médico respetable.

A su lado, Vera Duarte parecía estar en su propio planeta.

Llevaba una maleta de cabina de un color amarillo chillón que ahora descansaba en el maletero junto a su propio equipaje —un juego de maletas de piel negra, sobrio y aburrido—.

El contraste entre el amarillo de ella y el negro aséptico de él era casi una metáfora de lo que estaba a punto de ser su fin de semana.

Vestía su habitual gabardina beige sobre ropa cómoda de calle, y su pelo castaño, libre de la trenza del despacho, caía un poco revuelto sobre sus hombros.

El habitáculo, calefactado a unos perfectos veintidós grados, los envolvía con comodidad. Vera se recolocó en el asiento de cuero del copiloto, estirando las piernas con un suspiro de satisfacción.

—Madre mía —dijo, pasando una mano por el salpicadero—. Esto no es un coche, es una nave espacial. ¿Tiene botón de eyección por si la mentira sale muy mal?

Nicolás soltó una carcajada suave mientras sorteaba el tráfico de salida de Madrid.

—No, pero tiene un sistema de navegación excelente y unos asientos calefactables que supongo que compensarán el riesgo.

—Me conformo con la calefacción —sonrió ella, entornando los ojos mientras sentía el calor ascendiendo por su espalda—. El viaje son unos cien kilómetros, ¿no?

—Sí, algo menos de una hora y cuarto si el tráfico nos respeta. No tenía sentido que te pegaras el viaje en el autobús de la organización cuando yo tengo que ir de todas formas en coche. Considerémoslo parte del servicio técnico.

—«Servicio técnico» —repitió Vera, saboreando las palabras con evidente diversión—. Me gusta cómo lo maquillas para que no suene a que estás secuestrando a tu novia de mentira. Es muy profesional por tu parte, doctor.

Los primeros veinte minutos discurrieron por la autopista en un silencio que empezó siendo tenso, pero que poco a poco fue perdiendo rigidez.

No era un silencio incómodo de esos en los que deseas tirarte del coche en marcha; era más bien el silencio de dos personas que se están midiendo, estudiando las distancias antes de dar el siguiente paso.

Nicolás mantenía la vista fija en la carretera, con las dos manos sobre el volante en la posición perfecta de las diez y diez.

Vera, por su parte, se dedicaba a observar el paisaje que pasaba a toda velocidad por la ventanilla, aunque de vez en cuando desviaba la mirada de reojo hacia el perfil serio de su acompañante.

—¿Siempre conduces así? —preguntó ella de pronto, rompiendo la calma.

—¿Así cómo? —preguntó Nicolás, extrañado.

—Como si estuvieras en un examen de conducir. Con las dos manos pegadas al volante, la espalda recta como un poste y esa cara de estar calculando la trayectoria del viento. Relájate un poco, Aguirre. No te va a multar nadie por apoyar un brazo en la ventanilla.

Nicolás parpadeó, un poco descolocado por la observación. Sintió una ligera calidez en las mejillas.

—Es la postura más segura para conducir —explicó, con ese tono de suficiencia técnica que le salía de forma natural—. Minimiza los tiempos de reacción en caso de frenazo brusco.

—Claro. Muy de cirujano —dijo ella con una risita—. Todo bajo control. Cuéntame algo de ti, Nicolás. Algo que no venga en tu currículum del hospital. ¿Qué música escuchas cuando nadie te ve? ¿Eres de los que cantan ópera en la ducha o de los que escuchan reggaetón a escondidas?

Nicolás se pasó una mano por el pelo. La pregunta lo pilló completamente desprevenido.

—No suelo... cantar en la ducha —respondió, esquivando el bulto con torpeza—. Y suelo escuchar música clásica. O jazz. Ayuda a concentrarse antes de una intervención.

—Qué aburrido —sentenció Vera, girándose en el asiento para quedar medio de lado, apoyando la cabeza contra el respaldo y mirándolo con descaro—. Vamos, no me digas que no tienes ningún placer culpable. Todo el mundo lo tiene. Hasta los cirujanos cardiovasculares estirados de cuarenta y tres años.

—No soy estirado —protestó él, sintiendo que la timidez empezaba a jugarle una mala pasada. Su voz había sonado un poco defensiva, casi infantil.

—Oh, claro que lo eres —aseguró ella, y sus ojos marrones brillaron traviesos—. Eres el rey de los estirados. Pero no pasa nada, es parte de tu encanto vintage. A ver, déjame hacerte una pregunta. Una de verdad.

Nicolás apretó un poco más el volante. La intuición le decía que debía cambiar de tema, pero había algo en la energía descarada de Vera que lo empujaba a seguir el juego.

—Dispara —dijo, intentando sonar valiente.

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste una locura? Y no me vale «comprarme este coche» o «cambiar de marca de corbatas». Una locura de verdad. De las de no pensar en las consecuencias.

Nicolás guardó silencio durante unos segundos.

Pensó en su vida de los últimos quince años.

Su carrera meteórica, su matrimonio perfectamente planificado con Claudia, las cenas benéficas, las conferencias internacionales...

Todo había sido un camino recto, pavimentado de decisiones correctas y previsibles.

—Supongo que... contratar a una recepcionista de veinticinco años en un ascensor para que finja ser mi novia es lo más cerca que he estado de una locura en toda mi vida.

Vera se quedó callada un instante, asimilando la respuesta. Una sonrisa lenta y muy dulce se dibujó en sus labios.

—Punto para ti, Aguirre. Eso ha estado bastante bien —admitió—. Aunque técnicamente la idea fue mía en parte por dejarme sobornar. Pero aceptamos pulpo.

—¿Y tú? —preguntó Nicolás, tratando de cambiar las tornas—. ¿Por qué dejaste la carrera? Julián me dijo que estabas estudiando Arquitectura.

Vera apartó la mirada hacia la ventanilla. El cambio en su expresión fue sutil, pero Nicolás lo notó de inmediato. La diversión se apagó durante una milésima de segundo, sustituida por una sombra de cansancio antiguo.

—Cosas de la vida —respondió ella, con un tono deliberadamente ligero pero evasivo—. A veces los planos no encajan con la realidad. Prefiero no hablar de eso ahora. Es demasiado temprano para ponerse dramática.

Nicolás asintió y respetó el silencio. No quería presionar. Su instinto médico —y humano— le decía que ahí había una herida abierta, y él sabía perfectamente lo que dolían las cosas que se dejaban a medio hacer.

Vera no tardó mucho en recuperar su energía combativa.

Se dio cuenta de que el cirujano era extremadamente vulnerable a la timidez cuando se le sacaba de su zona de confort profesional.

Y, para su sorpresa, descubrió que le encantaba provocarlo.

Le resultaba sumamente divertido ver cómo un hombre que sostenía la vida de las personas en sus manos se ponía nervioso por una simple pregunta de carácter personal.

—A ver, Nico —dijo ella, usando deliberadamente el diminutivo para ver cómo reaccionaba—. Si vamos a ser novios de verdad a ojos de todo el mundo, necesito saber detalles. Detalles íntimos.

Nicolás contuvo la respiración. El coche acababa de entrar en un tramo de curvas y agradeció tener una excusa real para no apartar la vista de la carretera.

—¿Qué tipo de detalles?

—Pues no sé... por ejemplo: ¿cómo besas?

El SUV dio un leve bandazo hacia la derecha que Nicolás corrigió de inmediato con un movimiento tenso de las muñecas. Vera soltó una carcajada traviesa al ver cómo el cuello del cirujano se teñía de un rojo escarlata instantáneo.

—¡Vera, por favor! —exclamó él, escandalizado—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una muy importante —replicó ella, muerta de risa—.

Imagina que tu ex, Claudia, que seguro que nos va a vigilar con lupa, nota que no hay química entre nosotros.

Si de pronto surge la situación de que nos tenemos que dar un beso de cortesía, un pico de esos de «hola, cariño», y tú pareces un témpano de hielo o un pez fuera del agua, se nos cae el invento.

Así que dime: ¿eres de los que se lanzan de golpe o de los que van despacio?

—Yo... no voy a responder a eso —dijo Nicolás, sintiendo que la calefacción del coche se había subido de golpe a cuarenta grados—. Es completamente irrelevante. No va a haber besos. Está en el contrato.

—El contrato dice «nada de contacto físico que no sea estrictamente necesario» —recitó ella de memoria, arqueando las cejas—.

Un beso de saludo delante de tu madre puede ser estrictamente necesario.

Pero está bien, no te pongas nervioso. Te daré un respiro.

Siguiente pregunta incómoda: ¿qué es lo que más te desquicia de Claudia?

Nicolás frunció el ceño. Esa pregunta ya no le daba timidez; le tocaba una fibra más seria.

—No me gusta hablar mal de ella —dijo, con un tono más sombrío.