Mentira con beneficios CAPÍTULO 4 #2
18%

CAPÍTULO 4 #2

—Buenos días —dijo Vera. Su voz era tranquila, la misma voz fresca que Nicolás recordaba de la cafetería.

—Buenos días, señorita Duarte. Soy Julián Ossorio —dijo el abogado, levantándose con su mejor sonrisa de relaciones públicas y rodeando la mesa para estrecharle la mano—. Un placer. Él es Nicolás, pero supongo que a él ya lo tiene más que ubicado.

—Sí, nos conocemos de un par de viajes en ascensor —respondió Vera, dedicándole a Nicolás una mirada rápida cargada de una ironía finísima.

Nicolás asintió, sintiéndose de pronto el hombre más torpe del planeta.

—Tome asiento, por favor —indicó Julián, señalando una de las sillas de cuero frente a su escritorio.

Vera se sentó, dejando su bolso en el suelo, al lado de la silla. Nicolás se sentó a su lado, manteniendo una distancia prudencial, pero lo suficientemente cerca como para percibir de nuevo ese aroma sutil a limpio y lavanda que parecía acompañarla siempre.

Julián volvió a ocupar su sillón, se aclaró la garganta y adoptó su tono más profesional, aunque Nicolás podía ver el brillo de diversión pura en sus ojos.

—Bien, señorita Duarte. Nicolás me ha puesto al corriente de la...

peculiar situación en la que se encuentran —empezó Julián, deslizando el documento de tres folios sobre la mesa hacia ella—.

Como abogado de Nicolás, y también como su amigo, mi trabajo es asegurar que todos los aspectos de este acuerdo queden perfectamente claros, definidos y protegidos por la ley.

Lo que tiene delante es un contrato de confidencialidad y prestación de servicios de representación social.

Vera estiró la mano, cogió los folios y empezó a leerlos.

Nicolás la observó de reojo. Le llamó la atención la seriedad con la que leía.

No hojeaba el papel por encima; pasaba el dedo por debajo de cada línea, deteniéndose en los términos legales con una concentración absoluta.

Su formación interrumpida en Arquitectura, pensó Nicolás, debía de haberle dado cierta estructura mental para lidiar con documentos técnicos.

—¿Confidencialidad absoluta? —preguntó Vera sin levantar la vista del papel—. ¿Incluso sobre el hecho de que este contrato existe?

—Efectivamente —asintió Julián, entrelazando los dedos—.

Nada de lo que ocurra, se hable, se observe o se deduzca durante los cuatro días que dura el congreso en el Hotel Balneario San Martín puede ser revelado a terceros.

Ni a amigos, ni a familiares, ni a medios de comunicación, ni, por supuesto, a ningún miembro del personal del hospital donde trabaja Nicolás.

El motivo del acompañamiento debe permanecer en el más estricto secreto.

Para el resto del mundo, ustedes son una pareja que se está conociendo.

Vera pasó a la segunda página.

—Aquí habla de una penalización económica en caso de incumplimiento —dijo, señalando un párrafo con la uña, que llevaba pintada de un tono granate oscuro—. Una cifra bastante alta, por cierto.

—Es una cláusula estándar para proteger la imagen pública de Nicolás —explicó Julián con toda la naturalidad del mundo, aunque su tono era deliberadamente frío—.

Su carrera profesional y su reputación dependen de la discreción de este asunto.

Comprenderá que un cirujano jefe en pleno proceso de separación no puede permitirse el lujo de que se filtre que ha contratado a una acompañante.

Vera levantó por fin la vista del documento y miró fijamente a Julián. Luego, desvió la mirada hacia Nicolás. Había algo en sus ojos, una curiosidad que no pudo ocultar. A Nicolás se le contrajo el estómago. Se sintió expuesto, casi desnudo bajo la evaluación de esa chica de veinticinco años.

—Es curioso —dijo Vera en voz baja, apoyando el mentón en la mano—. Todo este papel para protegerse de mí. Como si yo fuera una especie de espía industrial o un peligro público.

—No es contra usted, Vera —intervino Nicolás por primera vez. Su voz sonó más defensiva de lo que pretendía—. Es... la forma en que funciona mi mundo. Todo se mide. Todo se evalúa. Un paso en falso y...

—Y la jefatura de servicio vuela —completó ella con una media sonrisa, recordando lo que él le había explicado en la cafetería.

—Exacto —admitió Nicolás, aliviado de que lo entendiera.

Julián observaba la interacción entre ambos con una atención analítica. Su mirada iba del rostro tenso de Nicolás a la expresión relajada pero atenta de Vera. El abogado apretó los labios antes de continuar, rompiendo el momento.

—La tarifa acordada es de mil quinientos euros —continuó Julián, señalando el último párrafo del contrato—.

Se abonará la mitad hoy mismo, mediante una transferencia que realizaré yo personalmente desde una cuenta puente para no dejar rastro directo de Nicolás, y la otra mitad al finalizar el periodo de cuatro días, una vez comprobado que se han cumplido todas las condiciones.

Los gastos de alojamiento, manutención y transporte corren íntegramente a cargo de mi cliente.

¿Está de acuerdo con las condiciones, señorita Duarte?

Vera volvió a mirar el papel. El número 1.

500 brillaba en la hoja blanca con una fuerza casi hipnótica.

Era su matrícula. Era su billete de vuelta a la escuela de Arquitectura.

Era el fin de esos turnos de noche interminables que le estaban robando la juventud y la energía para diseñar los edificios que siempre había soñado proyectar.

Miró el bolígrafo de tinta negra que Julián le ofreció.

—¿Dónde firmo? —preguntó con determinación.

Julián le señaló la línea de puntos al final de la tercera página. Vera firmó con un trazo rápido, seguro y sin vacilaciones. Luego, le devolvió el bolígrafo y el documento al abogado.

—Perfecto —dijo Julián, recogiendo los folios con una sonrisa profesional—. Bienvenidos al club del secreto mejor guardado del año. Yo me encargo del resto. La transferencia de la mitad del dinero ya está procesándose, por cierto.

Vera se levantó de la silla, recogiendo su bolso del suelo. El corazón le daba vueltas de la emoción contenida, pero mantuvo la compostura.

—Bueno, pues si ya está todo firmado y cobrado por adelantado, supongo que el viaje empieza ahora mismo, doctor Aguirre —dijo, mirando a Nicolás con una mezcla de diversión y un punto de desafío que a él le aceleró el pulso—. Las maletas están listas.

—Sí. Yo... tengo el coche abajo —dijo Nicolás, levantándose de inmediato y tratando de no tropezar con sus propias palabras—. Deberíamos salir ya si queremos llegar antes de la inauguración oficial de esta tarde.

—Excelente. Vamos allá, entonces —sugirió ella con un guiño—. Hasta luego, Julián.

Vera se giró y caminó hacia la salida con paso ágil, dejándolos atrás en el señorial despacho.

En cuanto la puerta se cerró con un clic suave, el silencio de la oficina se rompió con el silbido de Julián.

—Madre mía, Nico —dijo el abogado, dejándose caer hacia atrás en su sillón—. Estás jodido. Completamente jodido.

—¿De qué hablas? Ha ido muy bien. Ha firmado sin poner problemas y nos vamos ya hacia el balneario —dijo Nicolás, tratando de sonar racional mientras recogía sus últimas pertenencias del escritorio.

—Ha firmado porque necesita el dinero, eso está claro —dijo Julián, señalando la puerta—.

Pero esa chica no es una muñeca de cera que puedas sentar en una mesa para que haga bonito.

Es inteligente, es rápida y tiene una personalidad que te va a dar mil vueltas antes de que te des cuenta.

¿Has visto cómo te miraba? ¿Y cómo la mirabas tú?

—La miraba como a una empleada... quiero decir, como a una colaboradora —se corrigió Nicolás, molesto por el tono de su amigo, mientras se abrochaba el abrigo.

—No me jodas, Nico. Llevo diez años viéndote mirar a Claudia con esa cara de cirujano aburrido.

A esta chica la has mirado como si fuera el primer vaso de agua que ves tras cruzar el Sáhara.

Y lo peor de todo es que ella se ha dado cuenta.

Se ha dado cuenta de que necesitas blindarte con tres páginas de contrato porque, en el fondo, te da pánico lo que pueda pasar en ese balneario.

Nicolás no respondió. Se limitó a mirar la silla vacía donde hacía un momento se había sentado Vera, sintiendo que, efectivamente, el contrato que acababan de firmar no era un escudo. Era, más bien, la primera página de un juego cuyas reglas aún no alcanzaba a comprender.

Dio media vuelta, se despidió de Julián con un gesto rápido de la mano y salió corriendo hacia el ascensor. El viaje por carretera estaba a punto de empezar.