CAPÍTULO 4
—Vera, por el amor de Dios, te lo estoy diciendo como tu mejor amiga y como la persona que ha compartido contigo trescientas cenas a base de sándwiches de máquina: firma ese maldito papel.
—No sé, Noa... Es que se siente sucio. Transaccional —susurró Vera, bajando la cabeza para que nadie la escuchara—.
Un contrato de confidencialidad, un abogado de Almagro...
Siento que me estoy vendiendo por fascículos.
Se hizo un silencio extraño al otro lado de la línea, apenas un segundo, antes de que Noa retomara su tono habitual.
¿And if...? ¿Y si es una trampa? ¿Y si este tío es un psicópata con un traje muy caro?
—¿Un psicópata? Es el cirujano jefe de La Paz, Vera, no un tío que has conocido en una aplicación de citas a las tres de la mañana.
Y no es la primera vez que oigo hablar de él por aquí, así que relájate —se rio Noa al otro lado de la línea.
Se escuchaba de fondo el tintineo de las tazas; probablemente estaba recogiendo la zona del buffet del hotel antes de acabar su turno—.
Además, ya lo viste ayer. Es inofensivo.
Tiene pánico a las alturas, a su madre y a su ex.
Lo único que quiere es un escudo humano para que no se lo coman vivo en un balneario de pijos.
Y a cambio te va a pagar la matrícula de la carrera de un plumazo.
Vera suspiró, apoyando la frente templada contra el cristal frío de la ventana del vagón. El metro salía a la superficie a la altura de la estación de Pacífico y la luz grisácea de la mañana madrileña le golpeó la cara.
—Son mil quinientos euros, Noa. Es exactamente lo que me falta. Pero me da miedo meter la pata. No pertenezco a ese mundo de congresos médicos y cenas de gala. ¿Y si se dan cuenta de que soy una impostora? ¿Y si le jodo la reputación a él?
—Pues que se joda él, que para eso tiene la cuenta corriente blindada —sentenció Noa con su habitual pragmatismo sin filtros—.
Escúchame bien, Duarte. Llevas un año doblando turnos, durmiendo cuatro horas al día y arrastrando los pies por el Claris para poder ahorrar ese dinero.
La vida te está mandando un salvavidas de mil quinientos euros con patas largas, ojos oscuros y calcetines de gatitos.
No le busques tres pies al gato. Vas allí, sonríes, te comes la comida del balneario, actúas como la novia perfecta durante cuatro días y el lunes vuelves a ser la futura mejor arquitecta de este país.
Firma, cóbrale la mitad por adelantado y no le des más vueltas.
Tenemos que salir hacia la sierra ya de ya.
Vera no pudo evitar esbozar la primera sonrisa real de la mañana. La contundencia de Noa siempre conseguía desactivar su tendencia a sobreanalizar las estructuras de todo, incluidas las de su propia vida.
—¿De verdad crees que hago bien? —preguntó, buscando ese último empujón de confianza.
—Creo que si no firmas ese contrato, iré yo misma a ese despacho de Almagro, le diré al doctor Aguirre que yo también me llamo Vera y me iré al balneario en tu lugar. Así que espabila. Llámame en cuanto salgas. Quiero saber cada detalle del abogado y de las oficinas de rico.
—Hecho. Te quiero, Noa.
—Y yo a ti. Alquila bien ese corazón, arquitecta.
Vera colgó justo cuando el vagón se detenía en la estación de Menéndez Pelayo.
Al salir a la superficie, el aire fresco del barrio de Salamanca la espabiló de golpe.
Caminó a toda prisa hacia el despacho de Julián Ossorio apretando el bolso contra el costado, sintiendo que el nudo en su estómago ya no era de miedo, sino de una extraña y electrizante expectación.
El coche de Nicolás la esperaría prácticamente en la puerta para emprender el viaje a la montaña en cuanto estampara la firma.
El despacho de Julián Ossorio olía a lo que Nicolás imaginaba que olía el éxito institucional: madera de nogal encerada, papel de alto gramaje y un sutil aroma a café de especialidad recién molido.
Las ventanas, de suelo a techo, ofrecían una vista privilegiada de los tejados señoriales de la ciudad.
Era un entorno diseñado específicamente para que la gente con mucho dinero se sientiera segura mientras se despedazaba legalmente por un divorcio o una herencia.
Nicolás caminaba de un lado a otro del espacio, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de pinzas. Las maletas ya estaban en el maletero de su coche, aparcado abajo en doble fila. Estaban a escasas horas de la inauguración del congreso.
—¿Quieres dejar de desgastar mi alfombra? Es de lana de Nueva Zelanda y me costó un ojo de la cara —dijo Julián sin levantar la vista de su pantalla.
Julián Ossorio tenía cuarenta y cinco años, un traje gris hecho a medida que le sentaba indecentemente bien y una expresión de cinismo ilustrado que se le había quedado grabada a fuego tras quince años de ejercicio en el derecho de familia.
Era el abogado de Nicolás, el encargado de desenredar el nudo gordiano que Claudia y él habían creado tras doce años compartiendo sábanas, hipotecas y una colección de arte contemporáneo bastante pretenciosa.
Pero, por encima de todo, era el único amigo real que a Nicolás le quedaba con la suficiente franqueza como para decirle que se estaba comportando como un absoluto idiota.
—Viene para acá —dijo Nicolás, ignorando la queja y mirando el reloj—. Debería estar al llegar. ¿Tienes listo el documento? Tenemos que salir por carretera inmediatamente después.
Julián suspiró, apartó las manos del teclado y se reclinó en su sillón de piel negra. Cruzó los dedos sobre el estómago y clavó en Nicolás una mirada cargada de una mezcla de paciencia infinita y profunda incredulidad.
—Nico, amigo mío. Cirujano de mi corazón. Te lo he preguntado tres veces por teléfono, pero necesito que me lo digas mirándome a los ojos: ¿te has dado un golpe en la cabeza con un desfibrilador?
—Estoy perfectamente, Julián.
—No, no lo estás. Estás en pleno proceso de liquidación de gananciales con una mujer que tiene el mismo temperamento que un tiburón blanco con migraña —señaló Julián con un dedo la carpeta que descansaba sobre su mesa, la que contenía el reparto de bienes de Claudia y Nicolás—.
Aún tenemos que decidir qué hacemos con el piso de la calle Almagro, los muebles de diseño que importasteis de Milán y las cuentas conjuntas de la clínica privada.
¿Y tu brillante solución para calmar las aguas y demostrarle al consejo del hospital que eres un tipo centrado es contratar a una recepcionista de veinticinco años para que haga de tu novia en un congreso a cien kilómetros de aquí? ¡Es una puta locura!
—No es una locura. Es una estrategia —replicó Nicolás, deteniéndose frente a la mesa.
—Es un suicidio profesional si te pillan —corrigió Julián, levantando una ceja—.
Imagina el titular si esto sale a la luz: «El futuro jefe de Cardiología alquila una novia para impresionar a su ex y a su madre».
Te van a llover las ofertas de los programas de cotilleo, pero la jefatura del hospital se la van a dar a cualquiera que no tenga un guionista de comedia romántica metido en la cabeza.
—Nadie se va a enterar, Julián. Para eso estás tú aquí.
Para eso te pago —dijo Nicolás, señalando la pantalla del ordenador—.
Quiero un contrato blindado. De confidencialidad absoluta.
Ella firma, hace su trabajo, recibe su dinero y aquí no ha pasado nada.
Es una transacción limpia. Un servicio profesional.
Julián negó con la cabeza, soltando una risotada ahogada.
—Las transacciones limpias no existen cuando metes a una mujer de veinticinco años en la ecuación de un hombre de cuarenta y tres que está en plena crisis de la mediana edad, Nico.
El dinero complica las cosas, siempre. Pero bueno, como soy un profesional excelente y tu factura mensual me paga las vacaciones en Ibiza, he redactado lo que me pediste.
Se inclinó hacia delante y le dio un golpecito al papel que acababa de salir de la impresora.
—Es un acuerdo de confidencialidad y prestación de servicios de representación social de la hostia —explicó Julián, usando su tono más técnico—.
Básicamente, la señorita Duarte se compromete a no revelar absolutamente nada de lo que vea, oiga o deduzca durante el periodo de acompañamiento.
Ni el motivo del viaje, ni tus datos personales, ni tus hábitos de sueño, ni si usas pijama de franela o calzoncillos de marca.
Si abre la boca para algo que no sea sonreír y decir lo maravilloso que eres, se enfrenta a una penalización económica que no podría pagar ni en tres vidas trabajando en la recepción de un hotel.
Justo en ese momento, el intercomunicador de la mesa de Julián cobró vida con un pitido suave.
—Señor Ossorio, la señorita Vera Duarte está aquí para su cita —anunció la voz de la secretaria.
Nicolás se tensó al instante. Se recolocó la chaqueta con un gesto nervioso y miró a Julián, que le devolvió una sonrisa divertida, casi felina.
—Hazla pasar, Marta —dijo Julián al aparato. Luego, miró a Nicolás—. Prepárate, doctor. Vamos a ver a tu «estrategia» de cerca.
La puerta del despacho se abrió y Vera entró con paso firme.
Nicolás sintió un extraño nudo en el estómago.
Ya no llevaba el uniforme del hotel, y verla con ropa de calle causó un impacto inmediato en su percepción.
Vestía unos pantalones vaqueros de tiro alto que estilizaban sus piernas, unas zapatillas blancas impecables y una camiseta de algodón gris bajo una gabardina ligera.
El pelo castaño lo llevaba recogido en una trenza baja, un poco deshecha, que dejaba al descubierto su cuello largo y despejado.
No traía carpetas encima, solo un bolso bandolera de cuero desgastado.
Se la veía joven, insultantemente joven, pero la forma en que sostuvo la mirada de Julián y la suya al entrar demostaba que no se sentía para nada fuera de lugar.