CAPÍTULO 3 #2
—¡No! ¡Dios mío, no! —exclamó él, levantando las manos, horrorizado por la dirección que estaba tomando la conversación—.
¡Por supuesto que no! En absoluto. Siento muchísimo si ha sonado así.
Es lo último que pretendo. Esto no tiene nada que ver con...
con sexo, ni con nada físico. De verdad.
Sería una relación de cara a la galería.
Absolutamente platónica. Dormiríamos en habitaciones separadas, o yo buscaría la forma de arreglarlo.
Sería un trabajo de representación. Como contratar a una actriz para un papel.
Un contrato de acompañamiento puramente social.
Vera lo miró con los ojos entrecerrados, sin relajar los hombros. La tensión entre ellos era tan real que el camarero de la cafetería decidió que era un excelente momento para ponerse a limpiar la cafetera con mucho ruido.
—¿Una actriz? —repitió ella, con un deje de desprecio—. ¿Y por qué no contrata a una actriz de verdad en lugar de acosar a la recepcionista del hotel donde se aloja?
—Porque usted ya tiene el nombre —explicó Nicolás, desesperado—.
Mi madre ya sabe que me acompañas tú... quiero decir, una Vera.
Si cambio de nombre ahora, Pilar empezará a sospechar, llamará al hotel, investigará...
no la conoce usted. Es capaz de presentarse en el congreso para ver qué pasa.
Y además... —Nicolás dudó un segundo, mirando la mesa—.
Ayer en el ascensor vi cómo reaccionaba.
Es usted rápida. Inteligente. Sabe cómo lidiar con la gente sin dejarse amedrentar.
Necesito a alguien que pueda sostener la mirada a mi exmujer y al doctor Elizalde sin parpadear.
Necesito a alguien de fiar. Alguien discreto.
Vera guardó silencio durante un largo rato.
Sus ojos marrones se clavaron en los de Nicolás, analizando cada línea de su rostro.
No había rastro de burla en el cirujano; solo una vulnerabilidad y un cansancio tan profundos que daban casi pena.
Aquel hombre que ganaba en un mes lo que ella en un año estaba allí, suplicándole ayuda a una recepcionista de veinticinco años con el orgullo por los suelos.
—¿De cuánto dinero estamos hablando? —preguntó ella, cruzándose de brazos de nuevo. Su tono ya no era defensivo, sino puramente transaccional.
Nicolás tragó saliva. Había hecho cuentas por la noche, calculando una cifra que fuera lo suficientemente alta como para que resultara imposible de rechazar, pero que mantuviera el carácter profesional del trato.
—Mil quinientos euros por los cuatro días —dijo—. Con todos los gastos de viaje, alojamiento y comidas incluidos, por supuesto. Y si necesita comprarse ropa adecuada para las cenas de gala, yo me haré cargo de la factura.
Vera se quedó de piedra.
Intentó que su rostro no reflejara el bofetón de realidad que acababa de recibir, pero el corazón le dio un salto en el pecho. Mil quinientos euros. Más los gastos. Más la ropa.
Eso era, euro arriba, euro abajo, la cantidad exacta que necesitaba para pagar la matrícula de la facultad de Arquitectura que llevaba dos años posponiendo.
Dos años diciendo en casa que estaba de «año sabático» porque le daba vergüenza admitir que no podía permitirse pagar las tasas del tercer curso tras la enfermedad de su padre.
Dos años doblando turnos de noche en el hotel para ahorrar cada céntimo, viendo cómo sus compañeros de clase avanzaban y ella se quedaba estancada en un mostrador de recepción, sonriendo a clientes estirados que ni siquiera la miraban a la cara.
Mil quinientos euros por cuatro días de teatro. Por sonreír, vestirse bien y fingir que le gustaba un cirujano estirado de cuarenta y tres años que tenía pánico a su madre y a su ex.
Miró a Nicolás. El cirujano la observaba con el alma en vilo, conteniendo el aliento.
—¿Cuatro días? —preguntó ella, tratando de que no se le notara el temblor en la voz.
—De jueves por la mañana a domingo por la tarde —confirmó él, detectando la grieta en su armadura—.
Le aseguro que respetaré su espacio en todo momento.
Mi abogado redactará un contrato de confidencialidad y de condiciones.
Todo será legal, transparente y profesional.
No habrá malentendidos. Se lo garantizo por mi honor.
Vera soltó un suspiro largo, sintiendo cómo el orgullo libraba una batalla campal contra la pura necesidad en su estómago. Era una locura. Era humillante, de alguna forma extraña. Pero también era su billete de vuelta a la vida que quería recuperar.
—Tengo dos condiciones —dijo Vera, señalándolo con el dedo.
Nicolás sintió que el aire volvía por fin a sus pulmones.
—Las que quiera.
—Primera: nada de contacto físico que no sea estrictamente necesario para la función. Un brazo, una mano en la espalda si hay público, y se acabó. Si intenta pasarse de listo, el contrato se rompe y me vuelvo en autobús, pero me quedo con el dinero.
—Me parece más que justo. De hecho, lo prefiero así —asintió él con total seriedad.
—Segunda: dormiremos en habitaciones separadas. No me importa lo que le diga a su madre o a sus colegas, pero yo tengo mi propia cama y mi propia llave.
—Por supuesto. Faltaría más —dijo Nicolás, esbozando la primera sonrisa real que Vera le veía en la cara—. Trato hecho entonces.
Vera miró su taza de café vacía y luego a aquel hombre que acababa de comprar cuatro días de su vida.
—Trato hecho, doctor Aguirre —dijo, extendiendo la mano sobre la mesa—. Pero que conste que sigo pensando que está usted completamente loco.
Nicolás le estrechó la mano. Su piel estaba cálida y su agarre fue firme, profesional, pero a Vera le recorrió un calambre extraño por el brazo que atribuyó, sin dudarlo, al cansancio del turno de noche.