CAPÍTULO 3
Vera Duarte aprovechó los últimos minutos antes de entregar el turno para revisar la cuenta de ahorros desde el ordenador de recepción, oculta tras el brillo de la pantalla del sistema de reservas del hotel.
El problema de los planes de ahorro es que la realidad no entiende de presupuestos.
Vera repasó mentalmente el desglose del mes: el coste de los materiales de dibujo que había tenido que comprar para mantener la mano activa, la parte del alquiler del piso de Vallecas que su padre ya no podía cubrir, y el último susto de la caldera comunitaria.
El fondo que con tanto sudor había ido construyendo mes a mes se había desangrado en pequeños imprevistos domésticos imposibles de ignorar.
Cada vez que lograba acercarse a la meta de los mil quinientos, la vida real le pegaba un hachazo que la devolvía a la casilla de salida.
Estaba cansada. Cansada de hacer cuentas mentales en el metro, de restar cincuenta céntimos aquí y un euro allá, y de ver cómo el mes de septiembre se acercaba en el calendario mientras su hucha seguía tiritando.
Al ritmo actual de su sueldo de recepcionista, iba a necesitar otro año entero de noches en vela antes de poder permitirse pisar la facultad.
Cerró la pestaña del banco con un golpe seco de ratón, sintiendo una mezcla familiar de impotencia y frustración.
Se colocó la americana sobre el brazo, recogió su bolso de lona y salió al pasillo de servicio con el piloto automático puesto, dispuesta a afrontar el frío de la mañana madrileña y el trayecto de vuelta a Vallecas.
Lo último que esperaba encontrar al cruzar el umbral del vestíbulo era a un cirujano estirado que, sin saberlo, traía consigo el precio exacto de su billete de vuelta a la universidad.
La recepción del hotel tenía la temperatura de una pecera vacía y una luz de hospital que a Nicolás, por primera vez en su vida, le pareció ofensiva.
Había bajado al vestíbulo simulando que necesitaba un café urgente de la máquina automática, pero la verdad era mucho más patética: llevaba casi dos horas agazapado en un rincón del salón de paso, fingiendo leer un artículo infame sobre fibrilación auricular en su tableta mientras vigilaba el mostrador de recepción como un detective de tercera categoría.
La vio aparecer por el pasillo de servicio.
Vera ya no llevaba la americana del uniforme puesta; la sostenía doblada sobre el brazo izquierdo junto con su bolso de lona gastada.
Su coleta de la noche anterior había capitulado, dejando paso a un pelo castaño que caía libre y algo revuelto sobre sus hombros.
Se la veía cansada, con esa palidez translúcida que deja el turno de noche, pero caminaba con el mismo paso rápido y decidido que Nicolás le había observado en el ascensor.
Cruzó el vestíbulo hacia la salida de personal con la firme intención de devorar el mundo o, al menos, de meterse en la cama durante diez horas seguidas.
Nicolás reaccionó tarde. Se levantó tan de golpe que la tableta resbaló de sus rodillas y cayó sobre la alfombra con un golpe seco.
—Mierda —pensó, agachándose a recogerla mientras perdía de vista la silueta de la chica.
Salió al vestíbulo casi al trote, sintiéndose ridículo. Un cirujano jefe persiguiendo a la recepcionista de noche por la salida trasera del hotel. Si el doctor Elizalde lo viera en ese instante, le retiraría la candidatura a la jefatura de servicio por puro decoro profesional.
La alcanzó justo en el porche exterior, donde el aire frío de la mañana le dio un bofetón de realidad. Vera estaba buscando algo en su bolso, de espaldas a él.
—¡Vera! —la llamó. Su voz sonó demasiado alta, casi militar, en el silencio de la calle vacía.
Ella se sobresaltó y se giró de golpe, con las llaves del coche tintineando en la mano. Al reconocerlo, frunció el ceño. Sus ojos marrones, aunque cansados, se entrecerraron con una mezcla de sospecha y fastidio.
—¿Doctor Aguirre? —dijo ella, leyendo de memoria el apellido que figuraba en la ficha de su habitación—. ¿Pasa algo con su reserva? ¿No le ha funcionado la tarjeta? Si es por el servicio de habitaciones, el turno de desayunos empieza a las siete...
—No, no es nada de eso. La habitación está perfecta —Nicolás hizo una pausa breve, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón para ocultar que le temblaban levemente. El aire matutino era helado—. Es... otra cosa. Quería hablar con usted. Un momento. Si no le importa.
Vera miró su reloj de pulsera. Un reloj barato con la correa de plástico desgastada.
—Llevo doce horas de pie, doctor Aguirre. Mi cerebro ahora mismo tiene la capacidad de procesamiento de un tostador. Si es por lo de su madre en el ascensor, de verdad que no pasa nada. Ya se me ha olvidado.
—No, es precisamente por eso —dijo él, dando un paso adelante y arrepintiéndose al instante al ver que ella daba medio paso atrás, manteniendo las distancias de seguridad—. Escuche, sé que esto va a sonar... extremadamente extraño. Y probablemente inapropiado. Pero necesito hacerle una propuesta.
Vera enarcó una ceja. El cansancio pareció disiparse un poco, sustituido por una chispa de alerta muy viva. Cruzó los brazos sobre el pecho, sujetando la americana doblada como si fuera un escudo.
—¿Una propuesta? ¿De qué tipo?
—Profesional. Totalmente profesional —se apresuró a decir Nicolás, sintiendo que el corazón le iba a una frecuencia ridículamente alta—. ¿Podemos sentarnos un momento en la cafetería de la esquina? Está abierta. Solo serán cinco minutos. Se lo ruego.
Ella lo evaluó con la mirada durante unos segundos que a él le parecieron eternos. Analizó sus ojeras, su corbata perfectamente colocada pero con el nudo ligeramente ladeado, y esa expresión de desesperación contenida que Nicolás no lograba disimular por mucho que estirara la espalda.
—Cinco minutos —cedió Vera con un suspiro—. Pero paga usted el café. y que sea doble.
La cafetería de la esquina olía a cruasanes recién horneados y a limpiasuelo de pino. Se sentaron en una mesa de formica junto al ventanal. Nicolás pidió un café solo para él y un descafeinado doble para ella, que Vera recibió como si fuera agua en mitad del desierto.
—Bien —dijo ella, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo la taza caliente entre las manos—. Dispare, doctor. ¿Qué quiere de mí que no pueda pedirle a la conserjería del hotel?
Nicolás tomó aire. Había ensayado este discurso en su cabeza unas cincuenta veces desde la llamada de Julián, dos horas antes, pero ahora, frente a la mirada limpia y descarada de Vera, todas las palabras parecían de plástico.
—Ayer por la tarde recibí un correo de la organización del congreso —empezó, intentando usar su tono de dar informes médicos, clínico y aséptico—.
Por un problema de obras en la sede original, que es el propio Claris, han trasladado todo el evento a un hotel balneario que está a cien kilómetros de aquí, en la sierra.
Eso implica que pasaremos allí cuatro días. Del jueves al domingo.
Vera asintió despacio, dando un sorbo a su café.
—Ajá. Una faena para la logística del Claris. Pero sigo sin ver qué pinto yo en su congreso de corazón. A menos que necesite que le ordene las carpetas allí también.
—No. Necesito que venga conmigo. Como mi acompañante —soltó Nicolás de golpe, sin anestesia.
El silencio que siguió a sus palabras fue casi doloroso. Vera se quedó con la taza a medio camino de la boca. Lo miró fijamente, como si estuviera intentando descifrar si el hombre que tenía enfrente era un paciente escapado del área de psiquiatría o simplemente un idiota muy rico.
De pronto, soltó una carcajada limpia, sonora y completamente desprovista de cortesía profesional. Se rio con ganas, echando la cabeza hacia atrás, mientras Nicolás sentía que el color rojo volvía a invadirle las orejas.
—¿Que yo qué? —dijo ella cuando consiguió parar—. ¿Quiere que me vaya con usted cuatro días a un balneario? Doctor Aguirre, ¿se ha vuelto loco o es que el turno de noche me está haciendo alucinar?
—Hablo completamente en serio, Vera —dijo él, apoyando las manos sobre la mesa en un gesto de súplica—.
Sé cómo suena. Sé perfectamente lo que está pensando.
Pero déjeme explicarle la situación. Mi separación de Claudia es muy reciente.
Ella también es ponente en este congreso.
El ambiente médico es extremadamente conservador y competitivo.
Estoy optando a una jefatura de área que depende, en gran parte, de la imagen de estabilidad y madurez que proyecte ante el consejo de dirección.
Si voy solo, seré el centro de todos los cotilleos, las preguntas incómodas y la compasión pública.
Mi madre ya le ha dicho a media familia que estoy saliendo con una chica llamada Vera porque ayer entré en pánico en el ascensor.
Si aparezco allí con usted... todo el mundo asumirá que he rehecho mi vida de forma madura, discreta y estable.
Se acabarán las preguntas. Se acabará la presión.
Vera dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. La diversión en su rostro se esfumó instantáneamente, sustituida por una frialdad rígida que a Nicolás le heló la sangre.
—A ver si lo he entendido bien —dijo ella, con una voz que había bajado dos octavas y arrastraba las palabras con una precisión peligrosa—. ¿Me está ofreciendo dinero para que me vaya con usted cuatro días a un hotel a fingir que soy su pareja?
—Sí, pero...
—¿Me está llamando prostituta, doctor Aguirre? —preguntó ella, sin levantar la voz, pero con una intensidad que hizo que Nicolás se enderezara en la silla como si hubiera recibido una descarga eléctrica.