CAPÍTULO 2
Se acercó arrastrando los pies, con un calcetín a medio salir y el cansancio acumulándosele en los párpados.
Esperaba un mensaje de Julián, su abogado, con el enésimo borrador sobre la liquidación del piso común.
En su lugar, el remitente era el comité organizador del Congreso Nacional de Cardiología.
El asunto venía precedido por un alarmante e inequívoco cartel en mayúsculas:
URGENTE: CAMBIO DE SEDE Y LOGÍSTICA
Nicolás frunció el ceño y leyó las primeras líneas mientras se dejaba caer en la silla de escritorio.
Estimados ponentes y miembros del comité:
Lamentamos informarles de que, debido a una avería imprevista y grave en el sistema de climatización y tuberías del ala de eventos del Hotel Grand Claris en Madrid, nos vemos obligados a trasladar de manera urgente la sede del congreso y el alojamiento de todos los asistentes al Hotel Balneario San Martín , un hotel histórico de cinco estrellas propiedad de nuestra misma cadena, situado a cien kilómetros de la capital...
Nicolás se frotó la cara con ambas manos, dejando escapar un gruñido de pura frustración. Cien kilómetros. En plena sierra.
Eso no era un simple contratiempo de organización; era un confinamiento forzoso de cuatro días en un entorno idílico y aislado.
Ya no se trataba de dar una ponencia en Madrid e irse a dormir a su propio apartamento para escapar del ambiente hospitalario.
Ahora se enfrentaba a convivir las veinticuatro horas del día, desayunos, comidas y cenas incluidos, con todo el sector médico del país. Y, sobre todo, con ella.
Claudia también era ponente. También viajaría al balneario.
Nicolás ya podía imaginarse la tortura: encontrarse con su exmujer en los pasillos de aguas termales, soportar las conversaciones forzadas, el tono falsamente amable delante de los demás cirujanos, las preguntas veladas de los colegas y la constante sensación de estar siendo evaluado por el consejo de dirección del hospital en un ambiente asfixiantemente cerrado.
Desesperado, Nicolás agarró el teléfono móvil.
Tenía que haber otra opción. No podía presentarse en ese balneario completamente solo, a merced de los buitres del cotilleo médico y de las miradas de compasión de su ex.
Tenía que haber alguna mujer en su agenda, alguna amiga con la que tuviera la suficiente confianza como para pedirle un favor gigante. Un favor de cuatro días en la montaña.
Desbloqueó el teléfono y buscó en la lista de contactos.
«Elena (Anestesia)». No, ni de coña. Elena era encantadora, pero trabajaba en su propio hospital; los rumores de que el jefe de Cardiología se llevaba a una anestesista de "vacaciones" al balneario se escucharían en el departamento de pediatría antes de que terminara la primera noche. Siguiente.
«Laura Martín». Laura era una antigua compañera de la facultad, cardióloga pediátrica en otra ciudad, divorciada desde hacía un par de años.
Tenían buena relación, se enviaban memes de medicina de vez en cuando y compartían ese humor cínico de los que han pasado demasiadas horas en urgencias. Quizá ella...
Apretó el botón de llamada. El tono sonó tres veces antes de que una voz cansada pero enérgica respondiera.
—¿Nico? ¿Te estás muriendo o es que necesitas que te cubra una guardia de urgencia? Porque ya te digo que no.
—Hola, Laura. Qué sutil, como siempre. No, no me estoy muriendo. De hecho, estoy bastante sano. Físicamente al menos. Mentalmente es otra historia.
—Dispara, Aguirre. Tengo diez minutos antes de que mi hijo mediano intente prenderle fuego al salón otra vez. ¿Qué pasa?
—A ver... es una pregunta un poco extraña —Nicolás respiró antes de hablar, sintiendo que el cuello de la camisa le apretaba de nuevo—.
El congreso de cardiología. Es este fin de semana.
Han tenido que trasladar la sede a un balneario en la sierra, a cien kilómetros.
Quería... bueno, me preguntaba si te apetecería venir conmigo.
Como mi acompañante. Habitación de hotel de lujo pagada, cenas de gala, barra libre de desatascadores de arterias... ya sabes.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea. Luego, una risotada limpia y sonora de Laura que casi le hace apartar el auricular del oído.
—¿Acompañante? ¿Tú? ¿El gran Nicolás Aguirre me está pidiendo que sea su «más uno» para pasearse delante de Claudia?
—No es solo por Claudia... —mentira.
—Nico, te quiero mucho, pero ni loca —dijo Laura, recuperando el aliento—.
Primero, porque tengo tres niños que este fin de semana tienen torneo de fútbol y cumpleaños varios.
Segundo, porque si aparezco contigo en ese balneario, el lunes por la mañana todo el sector médico de este país pensará que somos pareja, y no tengo energía para desmentir chismes.
Y tercero, y más importante: estás desesperado.
Huelo el miedo desde aquí. Búscate a una actriz, anda.
O vete solo y pon cara de interesante. Un beso, ¡suerte!
La llamada se cortó con un pitido seco. Nicolás suspiró y miró la pantalla. Un intento fallido.
Volvió a la lista de contactos. Deslizó el dedo por la pantalla con frustración.
La verdad era demoledora: casi todas las mujeres que conocía pertenecían al ámbito médico, estaban casadas con amigos suyos, o eran exnovias de la carrera con las que el contacto se limitaba a felicitaciones navideñas automatizadas.
Entonces vio el nombre de «Sofía (hermana)».
Sofía era una diseñadora gráfica de treinta y pocos años que su hermana pequeña, en un intento desesperado por «ayudarlo a socializar» hacía unas semanas, le había presentado en una cena.
Habían tomado un par de copas, pero la química había sido tan nula que la conversación se había centrado principalmente en los tipos de letra de los carteles de los hospitales.
Era arriesgado, pero Nicolás estaba en una situación extrema.
Marcó el número antes de arrepentirse.
—¿Sí? —respondió una voz de fondo ruidoso. Parecía que Sofía estaba en un bar o en un concierto.
—Hola, Sofía. Soy Nicolás, el hermano de...
—¡Ah! ¡Nicolás! ¡El médico serio! —gritó ella para hacerse oír por encima de la música—. ¡Qué sorpresa! ¿Pasa algo?
—No, no pasa nada malo. Escucha, sé que esto es muy repentino y probablemente te parezca una locura, pero...
¿tienes planes para este fin de semana? Hay un congreso de medicina en un balneario muy bonito en la sierra.
Es de viernes a domingo. Me preguntaba si te apetecería venir conmigo.
Todo pagado, por supuesto. Sería una forma de desconectar...
—¿Este fin de semana? ¡Uf, imposible, Nicolás! Me voy el viernes por la mañana con mi pareja. Bueno, con mi nuevo novio. De hecho, estamos celebrando la despedida de soltero de un amigo suyo ahora mismo. Pero oye, ¡gracias por pensar en mí! Dile a tu hermana que me llame. ¡Un beso!
«Claro. Qué oportuno», pensó Nicolás al colgar.
Dejó caer el teléfono sobre la cama. La realidad le dio un bofetón sin paliativos: no tenía a nadie.
Su círculo social era tan cerrado, tan endogámico y tan dependiente de su antigua vida con Claudia que, en el momento en que esa burbuja había estallado, se había quedado flotando en un vacío absoluto.
Se levantó de la cama y empezó a caminar descalzo por la habitación, sintiendo el tacto de la moqueta bajo los pies.
Si viajaba solo al balneario, se convertiría en el blanco de todas las miradas.
Sería el divorciado taciturno al que todos miran de reojo mientras Claudia, sin duda, se mostraba radiante.
Además, el doctor Elizalde y el resto del consejo de dirección estarían observándolo durante cuatro días enteros.
Evaluarían su templanza, su capacidad para encajar los golpes cotidianos.
En su mundo, la «estabilidad» familiar era un indicador indirecto de la estabilidad mental para liderar un departamento médico de primer nivel.
Se detuvo frente al ventanal de la habitación. Fuera, las luces de Madrid brillaban con una intensidad ajena a sus dramas personales.
El teléfono volvió a vibrar sobre la cama. Era Julián.
—Dime que no me llamas a estas horas por lo de la tasación del piso —contestó Nicolás, con la voz rasposa de cansancio.
—Tranquilo, eso puede esperar a mañana. Te llamaba por otra cosa —dijo Julián, con una ligereza fingida que no era propia de él cuando hablaba de trabajo—.
Me ha llegado un pajarito con un rumor buenísimo.
Algo de un ascensor, una madre muy pesada y una chica llamada Vera.
¿Me cuentas tú la versión oficial antes de que me la cuente otro con más adornos?
Nicolás se incorporó de golpe en la cama.
—¿Cómo sabes tú eso? Ha pasado hace media hora.
—Contactos, Aguirre. Contactos —fue todo lo que dijo Julián—.
Mira, no te llamo para meterme contigo, aunque debería, por idiota.
Llevas media hora, seguro, dándole vueltas a la agenda buscando a alguien que haga de comparsa en el balneario.
Y tienes la solución delante de las narices.
Ya le has puesto nombre. ¿Por qué no le pones cara?
—Julián, es una empleada del hotel. No la conozco de nada.
—Y no conocías a Claudia el primer día tampoco, mira cómo ha acabado eso —respondió Julián, con su habitual falta de tacto—.
No te digo que le declares amor eterno. Te digo que le hagas una oferta de trabajo.
Legal, con contrato, con condiciones. Te lo redacto en una hora si hace falta.
Pero pregúntale. Lo peor que puede pasar es que te diga que no.
—Lo pienso —dijo Nicolás, sin comprometerse a nada—. Buenas noches, Julián.
—Buenas noches. Y Nico... confía en mí en esto.
Nicolás dejó el teléfono sobre la cama, con la sugerencia de su amigo dándole vueltas en la cabeza como una bola en una ruleta.
De pronto, una imagen nítida cruzó por su mente.
Unos ojos marrones muy oscuros, despiertos y llenos de un destello de inteligencia rápida.
Una coleta alta que dejaba al descubierto una nuca pálida.
Una chica que cargaba un montón de carpetas con orgullo y que no se había dejado amedrentar por su traje caro ni por su tono de voz de cirujano acostumbrado a mandar.
Vera.
Nicolás se pasó la mano por el pelo, alborotándolo aún más.
«¿Te has vuelto loco de verdad, Aguirre?», se recriminó a sí mismo. Él era un hombre racional. Un cirujano que medía cada incisión al milímetro. No podía proponerle una locura semejante a una empleada del hotel. Era inapropiado, poco profesional y potencialmente desastroso.
Sin embargo, cuanto más lo analizaba con la mente fría, más ventajas le encontraba al plan.
Vera era perfecta por tres razones fundamentales:
- Era ajena a su mundo: No conocía a ningún médico, no tenía interés en el hospital ni en la jefatura de servicio, y no tenía relación alguna con Claudia. Para ella, todo esto sería un trabajo. Sin dramas ni sentimientos de por medio.
- Era inteligente y observadora: Lo había demostrado en el ascensor. Había captado la dinámica de la mentira al vuelo y se había burlado de ella con una rapidez mental exquisita. Sabría interpretar el papel.
- El nombre ya estaba registrado: Su madre, Doña Pilar, ya tenía ese nombre grabado a fuego en la cabeza. Cambiar de versión ahora y decir que «Vera» no venía pero que venía otra persona levantaría aún más sospechas e interrogatorios telefónicos interminables.
Nicolás miró el reloj del escritorio. Eran poco más de las doce de la noche.
Recordó lo que ella misma le había dicho en el pasillo de la tercera planta: «...el turno de noche de este hotel es criminal» . Si estaba en el turno nocturno, ella debía de estar abajo en este preciso instante, custodiando la recepción vacía del hotel en mitad de la madrugada.
Caminó de vuelta hacia la cama, recogió sus zapatos de piel y, con una mezcla de nerviosismo y determinación que no sentía desde sus primeros años como residente de cirugía, se los volvió a calzar.
No sabía cómo iba a plantearle semejante locura a una completa desconocida sin parecer un demente, pero de una cosa estaba seguro: la alternativa de pasar cuatro días encerrado en un balneario en la sierra, aguantando la compasión de sus rivales y las miradas de su exmujer, era infinitamente peor.
Se abrochó la americana, se colocó bien el cuello de la camisa frente al espejo y salió de la habitación con paso decidido hacia el ascensor, dispuesto a bajar al vestíbulo.