CAPÍTULO 1 #2
—¿Vera? —repitió Pilar, pronunciando el nombre despacio, como si estuviera saboreando un ingrediente exótico en un restaurante de moda—. ¿Vera qué? ¿Quién es? ¿Por qué no me habías hablado de ella? ¿Es de tu equipo?
A su lado, la chica del uniforme dio un respingo imperceptible.
Giró la cabeza muy despacio, centímetro a centímetro.
Sus ojos, de un marrón oscuro, profundos y extremadamente despiertos, se clavaron directamente en los de Nicolás.
Tenía las cejas arqueadas en un gesto de absoluta e indiscutible estupefacción.
No es que hubiera oído la frase; es que la cabina del ascensor era tan pequeña que era imposible no enterarse de toda la conversación.
Nicolás sintió cómo un torrente de calor le subía por el cuello, tiñendo sus mejillas de un rojo que no recordaba haber experimentado desde sus tiempos de instituto.
Se sentía ridículo. Un hombre de cuarenta y tres años, respetado en su campo, mintiendo a su madre como un adolescente pillado en falta, y usando a una desconocida como escudo humano.
—Es... una chica que he conocido hace poco —improvisó, tratando de mantener un tono de voz firme y seguro, aunque la mirada inquisidora de la verdadera Vera lo estaba desarmando por completo—.
Es encantadora. Y sí, va a venir conmigo a la cena de gala.
Así que ya puedes quedarte tranquila y decirle a la tía Carmen lo que quieras.
—¡Ay, hijo! ¡Qué alegría más grande me das!
—el tono de su madre dio un giro de ciento ochenta grados, pasando del drama shakesperiano a un júbilo casi ruidoso—.
Sabía que no podías estar tan solo. Una chica nueva.
Vera... Qué nombre tan bonito, tan fresco.
No suena a médico estirado. ¿Es del hospital?
Vera, la de carne y hueso, seguía mirándolo. No parecía enfadada; más bien parecía divertirse a su costa. Su mirada recorría el traje impecable de Nicolás, su corbata a medio desatar y la expresión de pánico absoluto que el cirujano intentaba enmascarar tras su mejor cara de póquer profesional.
—No, no es del hospital —dijo Nicolás rápidamente, deseando que la tierra se tragara el ascensor entero—. Mira, mamá, tengo que colgar ya. Acabo de llegar a mi planta y tengo que repasar unos papeles importantes para mañana. Te llamo luego. Un beso.
—¡Pero cuéntame más! ¿Es de aquí de la ciudad? ¿Cómo os conocisteis? ¿Es joven? Nicolás, no me dejes así...
—Adiós, mamá. Te quiero.
Colgó.
El silencio que se instaló en el ascensor tras el «clic» de la pantalla fue denso, pesado y cargado de una electricidad casi cómica.
El indicador digital de plantas marcaba la dos.
Faltaban todavía dos pisos para llegar al suyo, pero Nicolás sintió que el trayecto se estaba realizando a velocidad de tortuga.
Bajó la mano con el teléfono, carraspeó y, tratando de recuperar hasta el último gramo de la dignidad que acababa de perder en menos de dos minutos, se giró hacia su acompañante de cabina.
—Lo siento —dijo. Su voz sonó un poco más grave de lo habitual, rota por el apuro—. De verdad. Ha sido un impulso estúpido, infantil y completamente injustificable. No suelo hacer estas cosas, se lo prometo.
La chica no se movió del sitio, pero la comisura de sus labios se curvó hacia arriba en una sonrisa contenida, irónica y sumamente inteligente. Acomodó el peso de las carpetas contra su pecho, usando el mentón para sujetar una de las hojas que amenazaba con salir volando con la corriente del aire.
—Así que me llamo Vera, soy encantadora y el sábado voy a ir del brazo de un desconocido a una cena de gala llena de médicos estirados —dijo.
Su voz era fresca, rápida y tenía un deje de absoluta naturalidad que contrastaba de golpe con la rigidez mental en la que Nicolás vivía atrapado desde hacía meses.
—No, por supuesto que no —se apresuró a aclarar él, gesticulando con la mano libre—.
Es una mentira piadosa. Mi madre es... persistente.
Bueno, persistente es quedarse corto. Es una fuerza de choque.
Estaba presionando mucho con el tema de que no fuera solo a la cena para no «dar pena» frente a mi exmujer, y cuando me ha pedido un nombre, he visto su chapa de identificación y...
lo siento. Ha sido el pánico. Lo lamento si la he incomodado.
El ascensor se detuvo en la planta tres con un suave tintineo. Las puertas comenzaron a abrirse lentamente.
Vera lo miró fijamente. No era una belleza de esas que te deslumbran a primera vista con una simetría perfecta, de las que Claudia solía envidiar y tratar de imitar a base de tratamientos caros y peluquerías de diseño.
Tenía algo mucho mejor: personalidad. El pelo, de un castaño oscuro muy natural, lo llevaba recogido en una coleta alta y un poco desordenada de la que se escapaban varios mechones rebeldes sobre una nuca pálida y despejada.
Su cuello era largo, elegante, y sostenía la cabeza con un orgullo que a Nicolás le pareció casi magnético.
No parecía la típica empleada asustada por el tono de voz de un cliente adinerado; al contrario, parecía perfectamente capaz de ponerlo en su sitio con un par de palabras bien elegidas.
—No se preocupe —dijo ella, dando un paso hacia la salida, ya que parecía que el pasillo de servicio de esa planta era su destino—.
Las madres intensas son una especialidad nacional.
En mi casa tenemos para exportar. Pero la próxima vez que use mi nombre para salir de un apuro familiar, al menos invíteme a una copa ficticia.
O a un café de verdad, que el turno de noche de este hotel es criminal.
Vera le dedicó una última mirada cargada de picardía y curiosidad, dio media vuelta y avanzó por el pasillo.
Nicolás se fijó en que caminaba rápido, con paso firme y seguro a pesar de la falda estrecha del uniforme.
Un ligero aroma a limpio, con un toque sutil de lavanda, se quedó flotando en el interior de la cabina del ascensor justo antes de que las puertas volvieran a cerrarse.
Él se quedó solo, inmóvil, mirando el metal pulido de las puertas cerradas mientras el ascensor reanudaba la subida hacia la cuarta planta.
«Vera», pensó, pronunciando el nombre para sus adentros por primera vez. Tenía un sonido limpio, directo. Sin rodeos.
Por primera vez en lo que le parecía una eternidad, la opresión en el pecho que lo había acompañado durante todo el día se disipó un poco, sustituida por una extraña y persistente curiosidad.
Nicolás sacó la tarjeta llave de su habitación del bolsillo, pero su mente ya no estaba pensando en la hamburguesa del servicio de habitaciones, ni en la ducha caliente, ni siquiera en el maldito reparto de bienes que su abogado le enviaría por correo al día siguiente.
Su cerebro, acostumbrado a buscar soluciones quirúrgicas y precisas para problemas complejos, acababa de encontrar una conexión inesperada.
Aquella mentira improvisada en el ascensor, que había nacido como un burdo mecanismo de defensa contra su madre, empezaba a tomar la forma de algo mucho más tentador.
De un plan de emergencia.
Tres plantas más abajo, durante su descanso de las once, escondida en el office de personal con un café aguado en la mano, Vera marcó el número de Noa sin quitarse siquiera la chapa con su nombre.
—Noa, no te vas a creer lo que me acaba de pasar —dijo en cuanto su amiga descolgó.
—Cuéntamelo ya, necesito un cotilleo digno.
—Un huésped ha usado mi nombre para mentirle a su madre por teléfono. En el ascensor. Delante de mí. Como si yo fuera atrezzo.
Noa soltó una carcajada, pero se cortó de golpe cuando Vera añadió, todavía incrédula, el nombre completo del hombre.
—Espera. ¿Nicolás Aguirre? ¿El cardiólogo?
—repitió Noa, con un tono que había perdido de golpe toda la diversión—.
Ese nombre me suena muchísimo, Vera. Creo que es el cliente del que me habló Julián hace un par de meses.
El del divorcio horrible. Se conocen desde hace muchísimos años, no sé si de la carrera o de antes.
—¿Qué Julián?
—El abogado. Julián Ossorio, el que quedaba conmigo para tomar café cuando yo hacía la carrera a medias, ¿te acuerdas? —Noa hizo una pausa, y Vera oyó cómo dejaba el cuchillo sobre la tabla de cortar—. Qué casualidad más rara, tía.
—No es ninguna casualidad, es Madrid, que es un pañuelo —dijo Vera, restándole importancia mientras se frotaba los ojos—. Da igual. No creo que vuelva a cruzarme con él. Mañana se larga con todo el congreso a saber dónde.
—Ya, ya —murmuró Noa, con la voz de pronto distraída—. Oye, tengo que colgar, que se me van a quemar los gofres de mañana. Te quiero, Duarte. Duerme algo.
Colgó sin dejar que Vera respondiera. Vera se encogió de hombros ante la brusquedad de su amiga y lo achacó al cansancio del turno de noche. No podía saber que, al otro lado de la ciudad, Noa ya estaba buscando otro número en su agenda de contactos.