Mentira con beneficios CAPÍTULO 1
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Mentira con beneficios

Mentira con beneficios

Por Olivia Hopp

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CAPÍTULO 1

Hay días en los que el pecho no te cabe en la camisa. Y no por una cuestión de orgullo, precisamente, sino porque el aire parece pesar el doble.

Nicolás Aguirre, jefe de servicio de Cardiología y cirujano cardiovascular con más horas de quirófano a la espalda de las que su columna consideraba prudentes, y con las lentillas resecándole los ojos tras un día entero sin las gafas de montura fina que usaba a diario, sentía exactamente eso: que el oxígeno era un artículo de lujo que no podía permitirse.

Se aflojó el nudo de la corbata con un gesto mecánico, casi violento, mientras cruzaba el vestíbulo del hotel.

El mármol italiano brillaba bajo los focos halógenos con una frialdad casi hospitalaria, algo que, en lugar de calmarlo, le revolvió un poco el estómago.

Detestaba los congresos médicos. Siempre los había detestado, pero este año la experiencia estaba siendo especialmente cercana a una tortura de la Inquisición.

El precongreso era lo peor: esas horas previas donde no había ponencias reales, solo reuniones preparatorias con el comité, saludos hipócritas en los pasillos y palmaditas condescendientes en el hombro.

En su caso, además, las palmaditas venían con doble ración de condescendencia.

—¡Nicolás, hombre! ¿Cómo estás? Me he enterado de lo tuyo... Qué mala pata. Si necesitas lo que sea, ya sabes dónde estoy —le había dicho hacía apenas media hora un colega de otra comunidad, con esa sonrisita de quien se alegra en el fondo de que al vecino se le haya inundado el sótano.

«Lo de lo tuyo» era, por supuesto, su separación de Claudia.

Doce años de convivencia, un piso precioso en el centro, cuentas comunes, muebles de diseño elegidos en sábados eternos de discusiones silenciosas, y una vida social perfectamente planificada que ahora se estaba desmoronando bajo el peso de los abogados de divorcio.

En el hospital, que era un ecosistema absurdamente cerrado y conservador, el divorcio de la pareja de médicos estrella del servicio de cardiología no era solo un chisme jugoso; era una mancha en su currículum.

Justo ahora. Justo cuando la jefatura de área estaba sobre la mesa y el consejo de dirección buscaba cualquier excusa para dársela a alguien con un perfil más «tradicional».

—Estabilidad, Nicolás. Eso es lo que queremos proyectar —le había siseado el doctor Elizalde esa misma tarde al oído, copa de vino en mano, antes de despedirse—.

El consejo es muy mirado para estas cosas.

No queremos escándalos, ni divorcios ruidosos en mitad de una reestructuración de plantilla. Mantén las aguas tranquilas.

«Mantén las aguas tranquilas», se repitió Nicolás mentalmente, sintiendo una punzada de rabia en la boca del estómago.

Como si el fin de un matrimonio fuera un grifo que pudieras cerrar con una junta de goma nueva.

Como si él no fuera el primero que deseaba que las aguas se calmaran de una maldita vez para poder dormir más de cuatro horas seguidas sin soñar con hojas de reparto de bienes y tasaciones de pisos.

Apretó el botón de llamada del ascensor con más fuerza de la necesaria.

Deseaba con toda su alma subir a su habitación, pegarse una ducha tan caliente que le borrara el cansancio de los huesos, quitarse esos zapatos de piel que le destrozaban los talones y pedir una hamburguesa grasienta al servicio de habitaciones. Quería apagar el cerebro.

Las puertas metálicas se abrieron con un leve pitido celestial.

Nicolás entró en la cabina vacía, se giró para pulsar el botón de la planta cuatro y, justo cuando las puertas empezaban a cerrarse para regalarle su ansiado momento de aislamiento, su teléfono móvil empezó a vibrar en el bolsillo de su americana.

El zumbido pareció resonar en las paredes de acero del ascensor como una alarma de evacuación.

Miró la pantalla.

Mamá.

Un suspiro largo y cansado escapó de sus labios.

Cerró los ojos y apoyó la frente contra la pared del espejo del ascensor.

Doña Pilar no era una mala madre. Al contrario, era una mujer cariñosa, de las que se preocupaban por si comías bien y te mandaban tápers de croquetas congeladas aunque tuvieras cuarenta y tres años, dirigieras un equipo de quince cardiólogos y ganaras un sueldo de seis cifras.

Pero también era una fuerza de la naturaleza.

Una apisonadora emocional sin frenos, equipada con un radar infalible para detectar la debilidad de su hijo y una obsesión enfermiza por verlo «rehecho» tras la ruptura.

Para Pilar, que su hijo mayor estuviera viviendo en un apartamento de alquiler temporal mientras los abogados desmenuzaban su vida anterior era una tragedia nacional de categoría cinco.

Resignado, sabiendo que si no lo cogía ahora lo llamaría tres veces más antes de la medianoche, deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono al oído.

—Hola, mamá.

—¡Nicolás! Por fin me coges. Llevo todo el dia intentando localizarte.

¿Es que no tienes cobertura en ese hotel de lujo?

—La voz de su madre llegó con la nitidez y el volumen de un megáfono de estadio—.

Tu hermana me ha dicho que estás muy liado, pero hombre, una llamada a tu madre se hace en cinco minutos.

—Estaba en el precongreso, mamá. Ya sabes cómo es esto. Reuniones, firmas, protocolo... Acabo de subir al ascensor.

—Ya, ya, siempre tan ocupado. Bueno, no te quito tiempo, que sé que estarás cansadísimo y con ganas de tumbarte —el preámbulo de Pilar siempre era el mismo antes de lanzar la bomba—.

Solo quería preguntarte una cosa muy rápida para la cena de gala del sábado.

Me ha dicho tu tía Carmen que... bueno, que si necesitas que te busquemos un traje nuevo, o si vas a ir con el gris oscuro de la boda de tu primo.

Pero lo importante no es el traje, Nicolás.

Lo importante es lo otro. ¿A quién vas a llevar?

Nicolás apretó los dientes. Sintió cómo la tensión se le acumulaba en los hombros, tensando los músculos del cuello hasta doler.

—Mamá, ya te lo he dicho tres veces esta semana. No voy a llevar a nadie. Voy solo. Es un congreso médico de cardiología, no una fiesta de graduación. Va a ir gente de toda España a hablar de válvulas aórticas y bypass coronarios. No necesito pareja.

—No me digas eso, hijo, por favor —el tono de Pilar cambió instantáneamente, adoptando ese matiz de melodrama de telenovela que tanto dominaba—.

No puedes ir solo. Toda la profesión va a estar allí.

Todo el mundo te conoce. Y Claudia va a ir, ¿verdad?

Me lo ha confirmado tu hermana. Va a ir y, además, me han dicho que no va sola.

¿Vas a presentarte tú allí arrastrando los pies, dando pena por las esquinas, como si te hubieras quedado para vestir santos?

Que parece que te han abandonado en una gasolinera, Nicolás, por el amor de Dios.

Tienes que demostrar que estás bien, que tu vida sigue adelante.

Que eres un hombre interesante, de éxito, estable...

—Tengo cuarenta y tres años, mamá —interrumpió él, bajando la voz al notar que el ascensor se detenía en la planta baja antes de subir, un comportamiento logístico de los ascensores de hotel que siempre odiaba—. No necesito demostrar que soy un buen partido en una cena de gala.

—¡Pues actúa como tal! —insistió ella, implacable—.

No te pido un imposible, Nicolás. Solo que lleves a alguien.

Una amiga, una colega simpática de otro hospital, una cita de estas modernas que tenéis ahora...

Alguien que haga que la gente deje de mirarte con esa cara de lástima condescendiente que me pone enferma solo de imaginarla.

No quiero que el doctor Elizalde piense que estás deprimido.

Dime que tienes a alguien pensado. Por favor, dime un nombre.

Solo un nombre para que me quede tranquila, pueda dormir esta noche y le calle la boca a tu tía Carmen.

Nicolás se frotó las sienes con la mano libre. Estaba acorralado. Literal y metafóricamente. El ascensor hizo un suave tintineo y las puertas se abrieron de par en par.

Una chica entró en la cabina.

Vestía el uniforme oscuro de los empleados de recepción del hotel: una americana negra entallada que le quedaba un pelín grande de hombros —lo que le daba un aire extrañamente tierno— y una falda recta que le llegaba justo por la rodilla.

Llevaba los brazos cargados con un montón inverosímil de carpetas azules, folios sueltos y un par de rollos de planos técnicos que amenazaban con desparramarse por el suelo a cada paso.

Sin embargo, se las arreglaba para mantener el equilibrio con una dignidad casi coreografiada.

La chica ni siquiera lo miró. Se limitó a colocarse a su lado, de espaldas a él, mirando fijamente a las puertas metálicas que volvían a cerrarse para, ahora sí, iniciar la subida.

—¿Nicolás? ¿Sigues ahí? —la voz de Pilar volvió a la carga, más afilada y dramática—. ¿Por qué te callas? No me digas que no tienes a nadie. Ay, de verdad, se me cae el alma a los pies... Te vas a quedar solo en esa cena, rodeado de todos tus rivales, y van a pensar que estás acabado.

Nicolás desvió la mirada de forma inconsciente hacia la solapa de la americana de la chica que acababa de entrar. Allí, prendida con un alfiler ligeramente torcido sobre la tela negra, brillaba una chapa de plástico plateado con letras grabadas.

Vera.

Recepcionista.

La palabra se le formó en la boca y se disparó antes de que su lóbulo frontal, su sentido de la decencia o su habitual prudencia profesional pudieran intervenir.

—Se llama Vera, mamá.

El silencio que se produjo al otro lado de la línea fue tan repentino y absoluto que Nicolás pensó por un milisegundo que la llamada se había cortado debido a la falta de cobertura en el hueco del ascensor.