Mi menta y chocolate
Eva
S eptiembre no pidió permiso para entrar. Se coló por las ventanas de mi nuevo hogar con un aire más fresco, recordándonos que las vacaciones de agosto ya eran solo un rastro de arena en las chanclas y miles de fotos en la memoria del móvil. Atrás quedaba la burbuja del Pirineo.
Ahora la aventura se medía en ochenta metros cuadrados, en decidir dónde iban mis libros y en descubrir que convivir con Andrés y Titán era lo más parecido a ese último episodio de tu serie favorita: deseabas que llegara, pero ahora no quieres que se acabe nunca.
De nosotros dependería que ese «fueron felices» durara mucho más que un par de temporadas y que comiéramos, no perdices, sino helado de menta y chocolate por siempre jamás.
Llevábamos apenas un par de semanas compartiendo techo oficialmente, sorteando todavía alguna caja rebelde, cuando las risas de Ana inundaron el que había pasado de ser el despacho de Andrés al mío (aunque él conservaba en un lado su propia mesa).
—¡Eres mi heroína, de verdad! —exclamó mi amiga entre carcajadas mientras me veía colocar mis diccionarios—.
¡Lo que hubiera dado por verle la cara a la Doreen de pacotilla cuando se enteró de lo vuestro!
Pero dime... ¿es verdad? ¿Te vas a tatuar el nombre de mi hermano?
¿De verdad vas a olvidar tu fobia a las agujas?
Mejor te tatuas: «Andy» —dijo gesticulando de manera exagerada, escribiendo el nombre en el aire.
Andrés, que pasaba por el pasillo, se apoyó en el marco de la puerta con esa sonrisa de suficiencia que tanto le gusta lucir.
Se quedó allí, disfrutando del espectáculo.
Yo ni siquiera levanté la vista del estante en el que días atrás había colocado mi trofeo particular, el casete que Andrés me había grabado veinte años atrás y me había regalado junto a las llaves de su casa.
—Sí, claro. En el culo —solté con la mayor naturalidad del mundo.
—Cuando lo vea, lo creeré —intervino Andrés con su tono más canalla—. Aunque es lo mínimo que deberías hacer. Otras estarían dispuestas a tatuárselo en la frente con luces de neón.
Me giré hacia él, entornando los ojos.
—¿Vas a estar sacando a relucir el «temita» el resto de nuestras vidas?
—¿Acaso lo dudas, pequeñaja? —replicó, guiñándome un ojo.
—¡No! —exclamamos Ana y yo al unísono antes de estallar en carcajadas, provocando que Titán se levantara de su siesta para observarnos con extrañeza.
A finales de septiembre, con la llegada de un otoño que en Valencia solo existía en el calendario, Andrés tuvo que viajar un par de días por trabajo.
Fue la primera vez que la casa se me hizo inmensa.
No por falta de costumbre a la soledad, sino porque ya me había habituado a levantarme y acostarme a su lado.
Una tarde, paseando por el centro con mi nuevo guardaespaldas canino, me detuve frente a un escaparate que en otra vida habría evitado a toda costa. Creí escuchar el zumbido de las máquinas desde la cristalera.
—¿Quieres uno? —me preguntó un chico que fumaba junto a la puerta. Tenía los brazos como un lienzo y una mirada tranquila—. Bonito perro, ¿puedo acariciarlo?
—Sí, claro —respondí, sintiendo cómo me sudaban las manos de solo pensar en lo que estaba a punto de hacer.
—¿Eso responde a lo del perro o a lo del tatuaje?
—A lo del perro —contesté con una sonrisa nerviosa—. Lo del tatuaje... digamos que tengo una guerra interna con las agujas.
—Si la guerra es por alguien que merece la pena, las agujas siempre pierden —dijo él, tirando la colilla y abriéndome paso—. Pasa. Mi compañero está terminando con un amigo y cerramos. Cuéntame esa idea que te ronda, porque sé que está ahí. ¿Me equivoco?
—No —musité, notando el aleteo de mis ya íntimas amigas las mariposas.
No sé si fue el orgullo de ganarle la apuesta a Andrés o que, simplemente, necesitaba llevar ese recordatorio conmigo, pero entré.
Minutos después, con el corazón a mil y Titán vigilando desde el suelo, el zumbido empezó a sonar.
Aquel chico me transmitía una confianza que lograba acallar mi pánico.
—¿Y dónde lo quieres? ¿Qué tenías pensado? —me preguntó mientras preparaba el material.
Empecé a explicarle mi idea. Él escuchaba atento, asintiendo, mientras esbozaba en un folio lo que yo le describía. Ver sus trazos sobre el papel me dio el último empujón. Y así, sin más, me vi tumbada boca abajo en una camilla, apretando los dientes mientras escuchaba aquel ruido penetrante.
—Gracias —dije un par de horas después, de pie frente al espejo y observando el resultado con una mezcla de alivio y orgullo.
—De nada —respondió el tatuador, limpiando la zona—. Espero que le guste.
—¡Más le vale! —exclamé mientras me ponía la camiseta con extrema cautela.
Aquellos dos días se me hicieron eternos. Me había acostumbrado tanto a su presencia que ahora contaba las horas. Moría de ganas de ver su sonrisa, de impregnarme de su perfume y, por supuesto, de ver su cara al descubrir el tatuaje.
Estaba concentrada frente al ordenador cuando Titán levantó las orejas y salió corriendo hacia la puerta. No esperaba a Andrés hasta la noche, pero no podía ser otra persona.
—Y yo que pensaba que mi chica saldría a saludarme... —comentó Andrés desde el umbral—. Solo mi fiel Titán ha corrido a recibirme —dijo, entrando al despacho y soltando sus cosas.
Me levanté para fundirme en un abrazo con él.
—Te he echado de menos —dije tras besarlo con ganas.
—Y yo a ti, pequeñaja —contestó acariciando mi espalda—. Uhm, qué ganas tenía de estos labios... —murmuró mientras sus manos recorrían mi cintura—. Espero que hayas descansado, porque hoy no voy a dejarte dormir.
Despacio, con la calma con la que se disfruta de un buen postre, fuimos desplazándonos sin dejar de besarnos hasta el dormitorio.
—He de enseñarte algo —comenté entre beso y beso.
—¿Urgente?
—No.
—Pues entonces puede esperar —respondió él, deshaciéndose de su propia ropa.
Andrés
El pasillo era un reguero de ropa cuando entramos en el dormitorio. No imaginaba cuánto la había echado de menos hasta que volví a sentir su piel contra la mía. Más tarde, fundidos en un abrazo y con las piernas todavía enredadas, nos contemplábamos en la penumbra.
—¿Y qué era eso que querías enseñarme? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Un regalo.
—¿Un regalo para mí?
—Sí. No tendría sentido si no fuera para ti —respondió Eva con esa chispa de travesura.
—Vaya, me pica la curiosidad. ¿Puedo verlo?
—En realidad, lo has tenido a la vista todo este tiempo.
Miré a mi alrededor, pero no veía nada diferente.
—No veo nada, pequeñaja.
—No buscas en el sitio correcto —rio ella.
Me quedé mirándola y, de repente, la conversación con Ana sobre el tatuaje me cruzó la mente.
—No... ¿te has hecho el tatuaje? —preguntó entre la sorpresa y la incredulidad—. ¿De verdad te has tatuado mi nombre?
—No —respondió Eva mientras se recogía el pelo y se daba la vuelta.
Me quedé mudo. Por un instante sentí que el aire me comprimía los pulmones.
Mis ojos se clavaron en el nacimiento de su cuello, justo donde la piel es más blanca y delicada.
Allí, con una caligrafía fina que parecía escrita con seda, se podían leer las cuatro palabras que me desarmaron por completo: Mi menta y chocolate .
Sentí un nudo en la garganta. No era solo la sorpresa; era la conciencia de lo que ese gesto significaba para ella. Eva, la mujer que odiaba las agujas, la que se protegía tras la ironía, mi Esther Lucas particular, se había marcado con tinta para decirme que se quedaba para siempre.
Alargué la mano y recorrí con una delicadeza extrema cada una de las diecisiete letras.
Noté cómo su piel se erizaba bajo el contacto de mis dedos, una respuesta eléctrica que me llegó al centro del pecho.
El contraste del negro sobre su piel rosada era la imagen más hermosa que había visto en mi vida.
Eva se giró lentamente, quedando frente a frente.
—Porque, al fin —susurró con una voz que me caló hasta los huesos—, encontré a mi menta y chocolate.
No pude responder. Solo pude atraerla hacia mí con una urgencia nueva, besándola con la certeza de que ya no había kilómetros, ni gatos, ni madejas que nos separaran.