Menta y Chocolate El hilo rojo
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El hilo rojo

Eva

A brí los ojos y me encontré con el rostro dormido de Andrés.

No estaba segura de la hora, pero la luz que se filtraba por la ventana era todavía tímida, de esa que no termina de decidir si es temprano o demasiado tarde.

Me quedé un momento observándolo; sin la armadura de tipo duro y esa mirada canalla, parecía casi vulnerable.

Intenté escurrirme con cuidado de la cama para no despertarlo, pero en cuanto puse un pie fuera de las sábanas, sentí sus dedos apresándome la mano con una precisión que me hizo dar un respingo.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó con la voz ronca por el sueño, sin abrir los ojos.

—¿Al baño? —respondí, inclinándome para dejarle un beso rápido.

—Buenos días.

—Buenos días, pequeñaja.

—¿Te importa soltarme o darás tú las explicaciones de por qué me he orinado en la cama?

—Ve, pero no tardes —rio él, liberándome por fin.

Un par de minutos después, regresaba al nido y me acurrucaba contra su pecho, buscando su calor.

—¿Crees que en algún momento recuperaré el sueño perdido? —bromeé, mirándolo de cerca—. Creo que llevo dos semanas sin saber lo que es dormir toda la noche del tirón.

—Mira que me has salido quejica —replicó, apoyando su frente contra la mía con esa sonrisa que me desarmaba—. Hace un rato no te oí decir nada de que tuvieses sueño.

—¿Y qué planes tenemos para hoy? —pregunté antes de devolverle el beso—. Digo yo que no me has traído hasta aquí para no salir de la habitación.

—No me tientes... —contestó—. Había pensado en hacer alguna ruta o, si prefieres, pasear por el pueblo.

—Pero el pueblo se ve en nada, ¿no?

—Sí. Hacemos una ruta y luego comemos en el pueblo. Creo que tiene una pequeña iglesia muy bonita.

—Te ha dado por el turismo eclesiástico —reí—, pero me parece perfecto.

Andrés se quedó en silencio un segundo, mirándome con una intensidad que me hizo contener la respiración. Se acercó a mi oído y sentí su aliento caliente antes de que las palabras salieran.

—Te quiero —susurró.

Me estremecí. Eran solo dos palabras. Dos palabras sencillas, de solo ocho letras y, sin embargo, me golpearon de lleno.

—Te quiero, pequeñaja —repitió, buscando mi mirada.

Sentí que el pulso se me aceleraba. A pesar de que Andrés no había sido el primer hombre en mi vida, jamás había escuchado esas palabras de forma tan real, tan cruda.

El corazón me iba a mil y un ejército de mariposas, ese que llevaba semanas de okupa en mi estómago, empezó a aletear con una fuerza salvaje.

Respiré hondo. Estaba segura de que, si no lo hacía, aquellas mariposas saldrían volando por el esófago.

Tomé su mano derecha y la puse sobre mi pecho, justo encima del latido desbocado.

No podía hablar. Por primera vez en mi vida, no era capaz de hilvanar una frase con sentido.

Andrés sonreía, sintiendo la revolución que estaba causando bajo su palma.

Volvió a acercar sus labios a mi oreja, repitió aquellas dos palabras consiguiendo que mi corazón se acelerara aún más.

—Yo... aunque no entiendo muy bien el porqué, también te quiero —logré decir finalmente antes de besarlo con ganas.

—Así que no sabes el motivo... entonces estamos igual, pequeñaja —bromeó, besándome la punta de la nariz.

—Sabes... es la primera vez que me dicen «te quiero» —confesé, mirándolo a los ojos con una vulnerabilidad que me asustaba.

—Claro, te lo habrán dicho en alemán, francés, italiano...

—No. No me lo han dicho en ningún otro idioma. Nunca antes, sin contar a mis padres o mis abuelos, me lo habían dicho.

Andrés se puso serio de repente. Acercó su cara a la mía hasta que nuestros alientos se mezclaron.

—Pequeñaja, nunca antes se lo dije a nadie. Tú eres la primera y espero que la única.

Andrés

Dejamos atrás una pradera inmensa, la antesala al barranco del Gorgol, donde nos paramos un momento para sacar fotos.

El aire allí arriba era puro y traía ese aroma a pino que te limpia por dentro.

Pronto nos adentramos en el bosque del Betato.

El rumor del agua se fue apagando, sustituido por el piar de los pájaros y el crujir de las hojas bajo nuestras botas.

Era un bosque de hayas impresionante, de esos que parecen tener vida propia.

—Así que me traes, nada más y nada menos, al bosque prohibido —comentó Eva, mirando a su alrededor—. Al bosque donde se reunían las brujas.

—Siendo tú una de ellas, no tendrás miedo ahora, ¿no?

—¡Eh! ¿Ahora soy una bruja?

—¿Acaso no me tienes hechizado desde que éramos pequeños? —reí, rodeándola con mis brazos—. Estoy por creer que le echaste algo al primer helado que compartimos. Aquel de menta y chocolate que me diste a probar porque mi hermana decía que era malísimo.

—¿Hablas en serio? Yo no me acuerdo de eso.

—Pues yo sí. Tus padres te trajeron a casa un día y tú venías comiéndote un cucurucho. Fue mi primer contacto con la menta y chocolate y contigo.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Cómo es posible que te acuerdes de eso?

Me encogí de hombros y tiré de ella para seguir caminando. Si queríamos llegar al Ibón de Piedrafita, no podíamos entretenernos mucho, aunque verla así, fascinada con las leyendas del bosque, era mejor que cualquier paisaje.

—Da un poco de «cosita» saber que aquí se reunían las brujas. Ya me las imagino con sus escobas apoyadas en los troncos. Igual hasta hacen los palos con madera de haya, porque dicen que son mágicas.

—Seguro, seguro —contesté entre risas.

Caminamos un rato en silencio, disfrutando de la paz que envolvía la senda. De repente, vi algo a un lado del camino que brillaba de una forma extraña entre el musgo. Me solté de su mano.

—¿Qué es eso? —preguntó Eva, señalando al mismo tiempo hacia el lado opuesto del camino.

Nos dimos la espalda un momento, agachándonos casi a la vez.

No podía dar crédito a lo que tenía en la mano: una pequeña bolita roja de hilo de seda.

Me giré hacia ella y vi que Eva sostenía otra exactamente igual.

Pero lo más increíble es que ambas estaban unidas por un hilo finísimo que atravesaba el camino de lado a lado.

—Esto es pura casualidad... —susurré, mirando el hilo que nos conectaba en mitad del bosque de las brujas.

—Me está empezando a dar miedo este bosque —dijo Eva, dando un salto al escuchar unos pasos detrás de nosotros.

—Gracias, habéis encontrado el ovillo —dijo una chica que acababa de aparecer—. Mi hija lo llevaba para atar unas flores y se nos ha escapado. Mira que ha rodado lejos...

Eva y yo nos miramos. Le entregamos los dos extremos de aquel ovillo rojo que, por unos segundos, había parecido puesto allí por la misma magia del Betato para recordarnos que, helados de menta aparte, estábamos unidos por algo mucho más fuerte.