De macarras y payasas #2
—¿Crees que en el infierno tendremos helado? Porque con tanto calor, la menta terminaría por fundirse con el chocolate.
—Si estoy contigo, el lugar me da igual, Eva. Como si es el mismísimo infierno de Dante —dijo con una seriedad que me desarmó.
Salimos a la plaza para disfrutar de la inigualable imagen de la Seo, el Ayuntamiento y la Lonja.
—Venga, al coche —dijo Andrés—. Que el paraíso nos espera.
Andrés
Volver al coche fue cerrar la puerta al mundo. Eva se acomodó con esa sonrisa residual.
—¿Me vas a decir ya si tengo que sacar el pasaporte?
—Nos quedamos en la península, impaciente.
—Te recuerdo que eso incluye a Portugal, así que saldríamos del país.
—Sí, pero no necesitarías el pasaporte.
—Dame una pista.
—No seas desesperada.
— Desesperada. Porque nuestro amor es una esmeralda que un ladrón robó. Sí, sí, sí. Desesperada. Porque ya no sé dónde está mi sueño ni por qué se fue. No tengo a donde ir. Sin ti. Solo puedo repetir. Desesperada…
Mis carcajadas resonaron en el coche, no solo por escucharla cantar, sino porque iba replicando con las manos los movimientos de Marta Sánchez.
—Está claro que estás al día de la música española a pesar de ese curioso acento —veía su cara de diversión por el rabillo del ojo— y deliciosamente irresistible.
—Así que tengo un acento deliciosamente irresistible.
—Reitero, eres una payasa, pequeñaja.
—Sí, pero tengo un acento deliciosamente irresistible —dijo provocando mis carcajadas que se mezclaron con las suyas—. Y para tu información, por supuesto que estoy al día. Me fui a Alemania, no a Marte. Y dos veces al año venía a Valencia, claro que el niño decidió ignorarme…
—No te pases, pequeñaja.
—¿Miento? —No dije nada, mi sonrisa respondió por mí—. Cariño, no lo puedes negar. Además de que ya me lo habías reconocido. En cualquier caso, querido Andy…
—Evita…
—Dime, Andy…
—Eres lo peor.
—Seré lo peor, pero tengo un acento deliciosamente irresistible.
Las palabras desaparecieron cuando dejamos atrás la capital aragonesa y el horizonte se convirtió en una franja de distintas tonalidades del verde. Pronto, Huesca, Sabiñánigo y Biescas quedaron atrás.
—¿En qué piensas, pequeñaja?
—En que he metido zapato deportivo de casualidad. ¿Serías tan amable de decirme ya el lugar exacto?
—Tramacastilla, ya nos queda poquito. Tramacastilla de Tena, para ser más exactos.
Había descubierto este rincón dos años atrás con Iván y Alejo.
Aquel pueblo de menos de doscientos habitantes, rodeado de pinares y con el pantano de Búbal a sus pies, se me quedó grabado por su inigualable belleza.
Nada más Eva plantear lo de la escapada, Tramacastilla me vino a la mente.
Y no solo el pueblo, sino el hotel albergado en una antigua abadía del siglo XV.
Casi milagroso había sido conseguir habitación.
—¿Y conoces el lugar?
—Vine a esquiar con tu primo.
—Cierto, recuerdo esa Navidad que no lo vi porque se iba a esquiar con el amiguito con el que me quería emparejar — comentó Eva—, lo raro es que nunca dijera tu nombre y yo no supiera que eras tú hasta el concierto de Duncan Dhu.
—Mientras te morreabas con el francesito —la interrumpí.
TRAMACASTILLA DE TENA, AGOSTO DE 2015
Eva
I ba a defenderme de la pulla sobre el francesito cuando, de pronto, la carretera nos regaló la estampa.
Frente a nosotros apareció la vertical y majestuosa figura del edificio, nacido como abadía en el siglo XV.
Sus impresionantes muros de piedra y madera competían en belleza con el indómito enclave pirenaico que lo rodeaba.
Me quedé sin palabras. Me pareció incluso una falta de respeto respirar fuerte ante tanta solemnidad.
Andrés detuvo el motor y me miró de reojo, disfrutando con descaro de mi absoluta cara de boba.
—No te voy a preguntar si te gusta.
—Absurda hubiese sido la pregunta —atiné a decir.
Me solté el cinturón, me incliné hacia su asiento y le planté un beso suave, de esos que no necesitan subtítulos.
Minutos después bajamos en silencio. Una brisa limpia y fresca, de las que no existen en Valencia en pleno agosto, nos acarició la cara mientras el alegre piar de los pájaros se convertía en nuestra única banda sonora.
Estaba tan abducida contemplando las cumbres que Andrés tuvo que tirar suavemente de mi mano para guiarme hacia la entrada.
—Creo que no vas a poder negarte a mi petición, pequeñaja —me susurró al oído con esa voz de sabelotodo que si pudiera mordería.
Iba a replicarle que no cantara victoria, pero el recepcionista nos cortó el paso saludándonos por nuestros nombres.
Me impresionó el detalle hasta que mi mente analítica calculó que, en un hotel boutique de apenas unas pocas habitaciones, aprenderse el registro de los huéspedes era pura lógica profesional.
Le dediqué mi mejor sonrisa de sospechosa habitual y subimos las escaleras.
Pero lo mejor, desde luego, estaba tras la puerta de nuestra habitación.
—¡Uauh…! —solté, dejando caer la maleta sin miramientos en mitad del suelo.
La habitación era una maravilla abuhardillada.
La combinación de la piedra vista, las vigas de madera y un selecto papel pintado lograba un equilibrio perfecto entre la sobriedad rústica y un romanticismo sin cursilerías.
No había un solo detalle fuera de lugar.
Era tan perfecta que casi deseé que fuera pleno invierno para tener una excusa y encender la chimenea.
Caminé como hipnotizada hacia el ventanal, reservando el plato fuerte para el final. Al asomarme, el panorama de las montañas me obligó a contener la respiración.
—Soy urbanita al cien por cien, pero creo que podría acostumbrarme a ver esto cada mañana —confesé en voz alta al sentir el calor de los brazos de Andrés rodeándome la cintura desde atrás.
—Definitivamente he cumplido la lista con creces, solo falta la cena de esta noche y tendrás todas las mañanas que quieras —dijo, pegando sus labios a mi oído.
—¿De verdad crees que era necesario desplegar toda esta artillería para aceptar tu proposición? —le pregunté, girándome entre sus brazos para clavar mis ojos en los suyos.
—¿Esta es tu forma de decir que, por fin, te vienes a vivir conmigo?
—Bueno… Titán es demasiado encantador como para decirle que no.
—Titán, claro. Cómo no —fingió indignación—. O sea, que no te mudas por mí, sino por mi perro.
—A ver, él no protesta por los canales de la tele. ¿Acaso lo dudabas?
—¿Y se puede saber con quién vas a compartir la cama? ¿Con él o conmigo? —arqueó una ceja.
—Su cama de borreguito tiene pinta de ser cómoda, la verdad —le piqué, divertida—, pero si tú me hicieras el favor de dejarme un huequito pequeño en la tuya, tampoco me hace falta mucho espacio.
—Eso lo dirás tú, pequeñaja —soltó una carcajada—, porque no paras de moverte en toda la noche. Siempre termino arrinconado en una esquina de mi propia cama. Bueno, de nuestra cama.
—¡Uy! Si ya vamos a empezar con las quejas conyugales antes de desarmar las cajas, mejor me quedo con Titán.
—¡Ni de coña! —sentenció él, acortando la distancia—. Mucho lo quiero, pero no pienso compartirte con nadie, ni tan siquiera con él.
Sus labios bajaron por mi cuello, anulando cualquier amago de protesta por mi parte. El calor del viaje y la adrenalina de los kilómetros acumulados parecieron concentrarse en la habitación.
—¿Y a qué hora tenemos la cena? —alcancé a murmurar con un hilo de voz.
—En poco más de una hora. Hay tiempo de sobra —contestó, mientras sus manos hábiles me quitaban la camiseta.
Pronto, la estancia perdió su pulcritud de catálogo.
Mi caos personal tomó el control y nuestra ropa terminó desperdigada por el suelo de madera.
El incendio que Andrés provocaba con cada caricia mandó a paseo la lógica del reloj.
Nos dejamos caer en la cama, donde el tacto fresco de las sábanas de hilo solo sirvió para acentuar la urgencia de sus manos y la certeza de que mudar mi vida a la suya era la decisión más caóticamente perfecta de mi existencia.
Andrés
Me quedé tumbado bocarriba, saboreando el silencio del Pirineo con Eva refugiada en mi hombro. El sol estival ya se había ocultado tras los picos, dejando la habitación en una penumbra mansa y cálida. Ella, perezosa, seguía trazando círculos distraídos sobre mi pecho.
—Pequeñaja... si vas a mirarme así cada mañana, voy a tener que renegociar las cláusulas del contrato de mudanza. Titán se va a poner celoso de verdad.
—No tientes a la suerte —rio entre dientes, dándome un mordisquito inofensivo—. Si el chuletón de la cena no está a la altura de las expectativas, me replanteo lo de empaquetar los libros.
—Eres incorregible. Venga, arriba, que no querrás morir de inanición en el primer recuerdo oficial de nuestra vida juntos.
La contemplé mientras se desperezaba y se levantaba de la cama.
En ese instante, viendo su silueta recortada contra el ventanal y el fondo de las montañas, supe que había tachado el requisito más importante de mi propia lista invisible: el de darme cuenta de que, por fin, ya no tenía que buscar a nadie más.
Salimos de la habitación una hora más tarde de lo previsto, con esa sonrisa culpable de quienes guardan un secreto. Lo mejor del viaje, desde luego, acababa de ocurrir entre cuatro paredes de piedra del siglo XV.