De macarras y payasas
Eva
M iré de reojo a Andrés. Conducía en silencio, con esa media sonrisa que delataba lo mucho que estaba disfrutando de su pequeño gran misterio. Tenía las manos relajadas sobre el volante y la vista clavada en la carretera, concentrado en no saltarse la salida que nos sacaría de Valencia.
Me restregué los ojos con cuidado. Estaba en ese estado de duermevela donde el mundo parece hecho del delicioso algodón de las sábanas.
Las agujas del reloj aún no marcaban ni las siete de la mañana.
¿Cómo es posible que él esté tan fresco y yo me sienta como un extra de The Walking Dead?
, pensé mientras apoyaba la mejilla en la ventanilla.
Le enseñé la lengua al ver cómo vigilaba de reojo cada uno de mis gestos.
—Un viaje sin banda sonora no es un viaje. Es más, osaría dudar que la vida sin música sea vida.
En cuanto los primeros acordes de Every Breath You Take , de The Police, empezaron a vibrar en los altavoces, sentí cómo el ritmo de Sting me despabilaba mejor que la cafeína. Era una declaración de intenciones en toda regla.
—Empezamos fuerte, ¿eh? —dije, estirando las piernas como pude.
—Es la única forma de empezar, pequeñaja. Preparé la playlist especialmente para este viaje y para ti.
—Andrés, no dejas de sorprenderme. ¿Dónde has dejado al macarra hermano de mi amiga de fatigas?
—¿Cuándo he sido yo un macarra? —Apartó un segundo la vista de la carretera y me dedicó una sonrisa que contradecía su propia pregunta.
—Cosas mías, ya sabes.
—Como querías «cosas de novios» —apretó los labios para no reír y yo morí un poquito por dentro, porque aquella sonrisa que le achicaba los ojos hasta casi la mínima expresión me superaba—, pensé que en nuestra adolescencia te hubiese grabado unos casetes.
—¿De Los 40 Principales?
—Exactamente, y me hubiese tocado parar las propagandas.
—¡Oh, qué bonito! —Me llevé las manos al pecho y parpadeé de manera exagerada.
—Pequeñaja, yo sería un macarra, pero tú eres una payasa.
—Estoy pensando yo que en un viaje como este... —Lo miré detenidamente con tono de no haber roto nunca un plato— en un viaje largo como este, ¿es largo, no?
—No te voy a decir nada, pero ha sido un buen intento.
—¿Salimos de Valencia?
—Salimos de Valencia.
—¿Ciudad, provincia o hablamos de la Comunitat ? —dije exagerando la pronunciación para que notara mi valenciano.
—De las tres. Y no preguntes más. Bueno, supongo que es largo. Claro que no es como ir a Bonn.
—Eso quiero suponer, pero si no has estado, te recomiendo ir. —La sorpresa me abrió los ojos de golpe al ver su expresión—. ¡No me lo puedo creer! ¿En serio estuviste en Bonn y no te dignaste a pasar a verme? ¿Cómo es que Ana no me dijo nada?
—Simple: no lo sabe. Ni de coña comenté en casa que mi viaje a Alemania incluía Bonn.
—¿Estás hablando en serio?
—Sí, fui de vacaciones con…
—Con una de tus novias. Ríe, ríe… —le di un suave golpe en el brazo—. Menos mal que no nos cruzamos.
—Bueno, pequeñaja, ¿qué es lo que pasa en los viajes largos y la música?
—Sí, sí, cambia de tema. Simple: que de haberme regalado un casete hubiese utilizado un boli Bic para rebobinar y no gastar las pilas del walkman .
—Pequeñaja, en realidad, he de confesarte que ese casete existe.
—No entiendo.
—Pues, que yo grabé uno de esos casetes para ti —respondió sin apartar la mirada de la carretera, dejándome patidifusa por aquella confesión—. De no haber llegado tarde la mañana que te fuiste a Bonn, te lo hubiese dado.
—¿Me lo estás diciendo en serio? —Asintió con un ligero movimiento de cabeza— Vaya, macarra y romántico.
Sus risas invadieron el habitáculo tapando el inicio de la mítica Don’t Cry .
El silencio volvió a hacerse en el coche.
Me apetecía perderme en aquellas canciones que él había elegido para mí.
Era una buena manera de conocerlo mejor.
Me dejé mecer por la melodía y por la sugerente voz de Andrés acompañando a Axl Rose.
Tras el clásico de Guns N' Roses, Mikel Erentxun tomó el relevo con No puedo evitar pensar en ti .
Sentí un nudo en el estómago. Aquella era nuestra canción.
Me transportaba a nuestra última acampada, a nuestra infantil discusión.
Sin ser elegida, se había convertido en nuestro nexo de unión.
Era la canción que decía las palabras que nunca nos habíamos atrevido a pronunciar.
Miré a Andrés. Tarareaba por lo bajo, totalmente integrado en el momento.
Verlo así, tan seguro de nosotros, me hizo sonreír y acompañarlo en los coros.
Andrés
Escuchar a Eva cantando nuestra canción con esa voz que todavía arrastraba un poco de sueño fue el mejor inicio de viaje posible.
La felicidad habitaba en cada poro de su piel.
Poco a poco, el efecto de la música y el madrugón hicieron su trabajo.
Su voz se fue apagando y, para cuando cruzábamos el límite de la provincia, su cabeza ya descansaba contra el cristal.
Solté mi mano derecha del volante un instante para acariciarle la rodilla. Estaba plácidamente dormida. Andrés, céntrate en la carretera o te equivocarás de desvío , me dije. El paisaje de la autovía mudéjar empezó a ganar altura con esas lomas ocres y rojizas bajo el sol de agosto.
La música fue mi única compañía durante casi una hora. De cuando en cuando la miraba. Era un auténtico placer observarla. Me pilló desprevenido cuando la escuché hablar de repente.
—¡Ajá! ¡Vamos a Teruel! —exclamó abriendo los ojos justo cuando tomaba la salida.
—Sí, pero no —respondí mientras ella se incorporaba—. Paramos en Teruel, pero no termina aquí la cosa. ¿Ya estás despierta? —Dejé caer mi mano sobre su muslo y ella la acarició. Nos sonreímos como tontos.
TERUEL, AGOSTO DE 2015
Eva
Me incorporé frotándome los ojos. Justo a tiempo. La voz de Manolo García llenaba el coche con Pájaros de barro . Atravesar el portal de entrada a Teruel fue como si la modernidad de la autovía cediera el paso a un mundo de ladrillo y cerámica.
—Andrés, mira eso... —susurré pegada al cristal.
Desde la distancia, la ciudad parecía un oasis de arcilla. Colores ocres que se mimetizaban con el terreno, con esas torres mudéjares sobresaliendo como agujas en el horizonte. Andrés apagó la música.
—Te dije que valdría la pena el madrugón, pequeñaja. Prepárate.
Aparcamos cerca de la estación y nos topamos con la Escalinata del Óvalo. Me quedé sin palabras ante aquella construcción monumental que parecía sacada de un cuento de caballerías.
—¿Subimos? —preguntó Andrés ofreciéndome su mano.
Subir aquellos peldaños fue nuestro ritual de entrada. A mitad de camino nos detuvimos ante el relieve de los Amantes. El aire allí arriba era limpio, de ese que despeja los pulmones. Cruzamos el viaducto viejo, suspendidos sobre el barranco.
—Tenemos parada para desayunar y para recorrer el casco histórico —dijo él—. No voy a traerte a Teruel para que solo veas el mapa.
Desayunamos un jamón que me devolvió la vida y nos lanzamos a explorar. Me fascinó que siempre hubiera una torre vigilándote. Pasamos bajo los arcos de San Salvador y llegamos al Mausoleo de los Amantes. El silencio allí era otra cosa; un respeto que erizaba la piel.
—¿Crees que compartirían gusto por el mismo helado? —le susurré al oído sin despegar la vista de las manos de Isabel y Juan Diego, que casi se rozaban.
—Si compartían el destino, lo del helado seguro que era lo de menos —respondió revolviéndome el pelo.
Entramos en la iglesia de San Pedro. Extasiada me quedé con el ábside poligonal, una joya del mudéjar aragonés.
—Pequeñaja, nos tenemos que ir.
—Tenemos que volver, Andrés. Esto se me ha hecho corto.
—Hecho. Cuando te tatúes mi nombre, volvemos —respondió socarrón.
—No me voy a tatuar tu nombre.
—¡Qué decepción! Y pensar que Martita lo haría —rio dándome un suave empujón para acto seguido atraparme por la cintura—. Cuando tú quieras volvemos, pequeñaja.
Al entrar de nuevo en el coche, la voz de Manolo García volvió a inundar el espacio.
—¿Ves? Hasta la música sabe que ya estamos en marcha —dijo él viendo cómo metía primera.
Andrés
Dejamos Teruel atrás mientras Eva seguía mirando por el retrovisor. El coche devoraba los kilómetros de la A-23 al ritmo de una playlist que subía de revoluciones.
—¿Y ahora ya vamos directos? —preguntó mientras sonaba El Canto del Loco.
—No —respondí robándole un beso en la mano—. Parada técnica para comer a unos ciento setenta kilómetros de aquí.
—Eso no me dice nada. No seas malo, Andy… —dijo con burla, usando el diminutivo de Marta.
—Así no vas a conseguir nada. Odio ese diminutivo.
—Pues bien que te llamaba así tu Doreen de pacotilla o Martita la del marcapasos —cantó a gritos emulando a Hombres G.
Zaragoza nos recibió con ese calor seco del valle del Ebro. Aparcamos cerca del río para entrar en la basílica del Pilar. La plaza era un hervidero de turistas.
ZARAGOZA, AGOSTO DE 2015
Eva
Cámara en mano, me sentía como una turista más, aunque la compañía fuera mucho mejor que en la de cualquiera de los viajes turísticos realizados a lo largo de mi vida. Paseamos de la mano. Atenta escuché cada una de las explicaciones de Andrés, era evidente lo mucho que adoraba la arquitectura.
—¿Ves a ese grupo? —me señaló a unos japoneses—. Ellos nos harán la foto perfecta.
Andrés les pidió el favor en inglés. Fue un espectáculo: el hombre se agachaba e inclinaba la cabeza buscando el encuadre correcto mientras nosotros intentábamos mantener la pose de «pareja ideal». Una vez dentro, el frescor de la piedra nos dio un respiro.
—Recordaba haber venido de pequeña, pero no lo pequeñita que se siente una aquí —comenté mirando las pinturas de Goya—. Y te lo digo yo, que a pesar de mi nula relación con la religión...
—¿Nula relación? Eres una pagana de manual —rio él.
—Bueno, me entiendes. He estado en Notre Dame y en San Pedro, y esta basílica no tiene nada que envidiarles—Con un rápido beso di por finiquitada la explicación.
—No me tientes, que aún pecamos aquí mismo y vamos al infierno por tu culpa —susurró pegando su cuerpo al mío.