Menta y Chocolate Tiempos de cocción
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Tiempos de cocción

Eva

—A ndrés, ¿has visto un sujetador mío? —pregunté por quinta vez, levantando cada cojín del sofá bajo la mirada juiciosa de Titán—. Titán, en vez de mirarme podrías ayudar, que parece que me estés juzgando.

—¿Lo buscas quitado o puesto? —soltó Andrés apareciendo por la puerta del dormitorio, todavía con el pelo húmedo de la ducha y esa sonrisa de suficiencia que me daba ganas de morder.

Le enseñé la lengua y seguí con mi búsqueda desesperada.

—Es uno de mis favoritos y lleva días desaparecido.

—¿Me puedes explicar qué haría un sujetador detrás del sofá? —preguntó él rodeándome con sus brazos por la espalda.

—¿De verdad tengo que explicártelo? —me giré burlona—. Si no te dedicaras a quitarme la ropa en el primer sitio que pillas...

—Espera, ¿ahora la culpa va a ser mía? —apoyó su frente contra la mía.

—¿No irás a echarle la culpa al pobrecito Titán? —El perro nos observaba como quien asiste a un partido de tenis.

—Pues a mí no me mires.

—Sí, guapito, ya te digo que no entraba en mis costumbres ir desnudándome por las esquinas antes de volver a Valencia.

—Mucho italiano, mucho francés... —rio Andrés entre beso y beso—, pero al final la fuerza se les va por la boca.

—Mira que eres tonto. Ve a vestirte y no me distraigas.

—Pequeñaja, ¿no estará en casa de tus abuelos?

—Puede, pero eso no te libra de vestirte. Te conozco y este ambiente empieza a ser peligroso para nuestra puntualidad.

—Dos semanas juntos y ya me niegas tus besos —se quejó fingiendo una pena tremenda.

—¡Qué cuentista eres! Anda, Titán, vamos a seguir buscando nosotros, que tu dueño tiene más película que un cine de verano.

Horas después, estaba en casa de mis abuelos despidiéndome de Jara y su prole. En solo unos días los cachorros habían crecido una barbaridad. Verlos corretear era una inyección de vida.

—¿Ya tienen familia todos? —le pregunté a mi abuela mientras acariciaba a Vesta.

—Todos colocados. El de tu primo David se llamará Hamlet.

—Hamlet... —reí—. David no puede ocultar que es profe de Literatura.

Me levanté para recoger mi maleta. Al día siguiente Andrés me llevaba de «escapada romántica», uno de los puntos de su famosa lista, y el destino seguía siendo un secreto de Estado.

—Sigo buscando el sujetador negro, iaia . No está en el armario ni en casa de Andrés. ¿Tú lo has visto?

—Aparecerá cuando menos lo esperes, carinyet . Los ojos no ven lo que tienen delante cuando están buscando otra cosa —sentenció mi abuela.

Se acercó y me dio un abrazo de esos que te reinician el alma.

—No sabes lo que me alegra verte así. Nunca te habían brillado los ojos de esta manera. Andrés tiene mucha culpa de eso.

—No se lo digas, que se le sube a la cabeza —bromeé—. Quiere que me mude con él. Dice que ser vecinos es una tontería.

—Razón no le falta. Tu piso está justo encima del suyo. ¿De verdad pensáis dormir cada uno en su cama?

—Me da miedo ir muy rápido, iaia .

—Eva, el amor no depende de tiempos de cocción, sino de las personas. Andrés está absolutamente enamorado de ti, se le ve en el alma. No tengas miedo de arriesgar. El mundo no está hecho para los cobardes, y tú nunca lo has sido.

Andrés

Estaba en la puerta de casa de mis padres hablando con Marta.

Intentaba no reírme porque a mi mente venía la imagen de mi hermana imitándola.

Titán estaba inquieto, y yo también. Marta acababa de soltarme que «ahora que volvía a estar soltera podíamos quedar para recordar viejos tiempos».

Estaba intentando zafarme de su mano en mi cara cuando vi aparecer a Eva al final de la calle.

En ese momento, el resto del mundo se volvió borroso. Titán salió disparado hacia ella y yo perdí el hilo de lo que Marta decía.

—¿Me oyes, Andrés?

—Perdona, me he despistado —dije sin dejar de mirar a mi pequeñaja, que intentaba no caerse mientras Titán la devoraba a lametones.

Eva

Nada más girar la esquina la vi, tan babosa como siempre.

Desde lejos podía ver cómo devoraba a Andrés con los ojos.

Llegué hasta ellos con Titán pegado a mi pierna.

Mi mirada se cruzó con la de Andrés; nos hablamos con la vista.

Él intuyó que mi momento había llegado. Me paré delante de ellos y la observé con sumo detalle.

No había envejecido muy bien, o quizá era su expresión de amargura lo que la hacía parecer mayor.

—¡Hola! —saludé con mi mejor sonrisa—. Soy Eva, por cierto.

—¿Eva? ¿La amiga de Anita? —preguntó ella con tono condescendiente.

—¿Anita? Vaya, a mí me mataría si la llamara así. ¿Tú eras...? ¿Doreen…?

La cara de Andrés era un poema. Hacía un verdadero esfuerzo para no reírse.

—Marta. Fui el primer amor de Andrés —dijo, y la muy lagarta se colgó de su brazo delante de mis narices.

Sentí una punzada de ironía recorrerme la espalda. Pobre Marta, no sabía dónde se estaba metiendo.

—¡Ah, claro! Te recuerdo perfectamente. ¿Ya lograste entender las matemáticas? Se te daban fatal —solté viendo cómo a Andrés se le escapaba una sonrisa—. Yo aprendí las derivadas solo de escuchar las explicaciones que él te daba a ti desde lejos. ¿Y el tatuaje? ¿Te tatuaste su nombre al final?

Marta se puso roja como un tomate.

—No, pero siempre puedo hacerlo ahora —respondió aferrándose más a él.

—Ya... también tenías problemas con la intimidad ajena. Bueno, los sigues teniendo —recalqué mirando su mano en el brazo de mi novio—. Pero Andrés no es una propiedad. Es libre... aunque estemos juntos. ¿Te refresco la memoria sobre cierta mochila y cierta nota que no era para ti?

Andrés nos miraba como quien ve la final de un Grand Slam.

—Eras una niña —escupió ella.

—Tal vez. Pero el problema no era esos dos años de diferencia —me acercé a ella, analizándola de arriba abajo con sarcasmo—.

El problema es que al leer esa nota descubriste que el primer amor de Andrés no eras tú, sino esa niña a la que él le escribía promesas y con la que miraba las estrellas.

Así que igual la que se tatúa su nombre soy yo.

Me acerqué a Andrés y le planté un beso de esos que dejan sin aliento y sin dudas.

—Y ahora, si nos disculpas, sus padres nos esperan.

La dejamos allí, petrificada y muda. Pero la muy insensata aún tuvo fuerzas para gritarnos por la espalda:

—¿Crees que te ha esperado todos estos años? ¡Ha estado con mil mujeres! ¿Te crees tan especial?

Me giré con la calma de quien ya ha ganado la guerra.

—¿Y quién te ha dicho que yo he sido Penélope? He estado con quien he querido y Andrés lo sabe todo. Y sí, soy especial. Me tengo en muy alta estima. Como ya no tengo trece años, paso de seguir discutiendo por el partido que ya he ganado.

Andrés

Entrábamos en casa justo cuando mi padre salía.

—¡Eva! —exclamó abrazándola—. ¿Ya has venido para quedarte?

Miré a Eva y negué con la cabeza. Mis padres aún no sabían lo nuestro de forma oficial.

—Cristina se alegrará de verte —le dijo mi padre mientras se iba a tirar la basura acompañado por Eva.

En cuanto crucé el umbral, mi madre me asaltó.

—Ya era hora, llevamos esperando tres cuartos de hora... —se detuvo al ver a Titán y luego me miró con una chispa peligrosa—. Por cierto, alguna «amiguita» tuya se ha dejado un sujetador olvidado en tu habitación.

Me eché a reír. El misterio del sujetador estaba resuelto: el culpable era el cambio de maletas o algún despiste en mi habitación.

—¿Eva es la que viene con tu padre? —preguntó mi madre escrutándome—. Espera... ¿el sujetador es de Eva? ¿Tú y Eva...? —casi gritó de alegría.

Eva enrojeció por la vergüenza al escuchar las palabras de mi madre que la envolvió en un fuerte y sincero abrazo.

—¡No sabes lo feliz que me haces!

—¿Qué pasa aquí? —preguntó mi padre, ajeno a la alegría de mi madre—. ¿Alguien puede explicarme qué sucede?

—¿Todavía no te has enterado, Andrés? —rio mi madre—. ¡Que están juntos!

—¿Y tú preguntándote de quién era el sujetador?

Mi padre estalló en carcajadas y Eva intentó esconderse detrás de mi espalda.

—¡No te escondas! —le gritó él—. Si es que esto se veía venir desde que compartíais helado de pequeños.

La tarde se pasó entre preguntas, risas y la satisfacción de ver que encajábamos en mi familia como si nunca hubiéramos faltado. Incluso mi padre comentó lo «envejecida» que estaba Marta tras verla en la calle, lo que le valió a Eva una mirada de victoria absoluta.

Eva

Ya en el ascensor de vuelta a casa, Andrés me acorraló contra la pared.

—Así que te vas a tatuar mi nombre... —murmuró divertido.

—Has tardado en sacarlo, ¿eh? —reí burlona.

—¿Y puedo saber dónde? —insistió besándome el cuello.

—¿De verdad crees que voy a tatuarme algo? Ha sido un farol para cerrarle la boca a Martita. Se lo ha ganado por fisgona y por intentar ligar contigo en mi cara.

Salimos al pasillo mientras él abría la puerta de casa.

—No tiene nada que hacer conmigo, pequeñaja, y lo sabes. ¿Pero ni siquiera un tatuaje pequeño? Desde luego, Marta se lo haría y tú no. Al final va a resultar que no soy tu menta y chocolate.

—No seas peliculero.

—¿Uno pequeñito?

—No, no seas cansino. Nunca ha estado en mis planes tatuarme.

—¿Y yo? ¿Entraba yo en tus planes? —me susurró, empujándome suavemente hacia el dormitorio.

—¿Acaso lo dudas?

—Deberíamos irnos a la cama. Tenemos que descansar —dijo él sin dejar de besarme—. Mañana madrugamos.

—Tu concepto de descansar y el mío son muy distintos, Andrés. Ir a la cama no implica dormir.

—La noche es larga —me susurró al oído con esa voz que me vuelve loca—, y tengo que seguir convenciéndote a mi manera para que te quedes aquí para siempre.