Menta y Chocolate FREUD Y EL REBAÑO DE CABRAS
88%

FREUD Y EL REBAÑO DE CABRAS

Eva

O bservé a Andrés expectante. Acababa de abrir los ojos y me lo encontré concentrado, escribiendo algo en su móvil.

En cuanto sintió mi mirada, desvió la vista de la pantalla para lanzarme un beso antes de seguir a lo suyo.

Acaricié la cabeza de Titán, que en cuanto notó que «la novia del dueño» estaba despierta, se acercó a darme su personal versión de los buenos días.

—¿Para mí no hay besos y caricias? —me murmuró Andrés al oído tras dejar el teléfono en la mesilla y acurrucarse a mi lado.

—No sé, parecías tan ocupado que no quería interrumpirte —respondí, girándome hacia él.

—Tú nunca interrumpes, pequeñaja —contestó besándome—. Buenos días. Me encanta tenerte en mi cama.

— Uhm ... no decías eso hace veinte años. Te enfadabas con tu hermana y conmigo si nos sentábamos en ella.

—¿Vas a tenerme en cuenta las tonterías de adolescente? —Me acorraló bajo su peso—. Usted, señorita, tampoco se quedó atrás, así que estamos en paz.

—Sí, pero yo era más pequeña.

—Solo por dos años. No me hagas reír.

—Bien que nos los restregabas por la cara a Ana y a mí. Hablando de tu hermana... tenemos que llamarla o nos mata.

—Eso puede esperar un ratito. Además —me interrumpió con otro beso—, ya le he enviado un mensaje para comer con ella e Iván.

—Así que eso es lo que hacías con tanto entusiasmo.

—No, el mensaje se lo envié anoche.

—Ah... ¿Entonces qué hacías? ¿Quedar con la otra? —bromeé—. ¿Con Doreen?

—No, eso ya lo hice antes de que despertaras —rio él—. Vas a tener que explicarme eso de Doreen, pequeñaja.

Andrés se dejó caer en el colchón y me acarició la cara mientras yo sobreactuaba mi falta de interés por saber a quién le escribía. Entonces, alcanzó su teléfono y me lo pasó con un gesto divertido.

—Ahí tienes. Mitiga tu curiosidad.

Me incorporé, apoyando la almohada en el cabecero y tapándome bien con la sábana revuelta para leer lo que parecía un listado de objetivos:

Cosas a hacer con la pequeñaja para que se mude a casa:

●          Pasear cogidos de la mano (Hecho).

●          Ir al cine (Hecho).

●          Cena romántica (Tuvimos una, pero habrá otra. Pensar sitio).

●          Decírselo a la chiflada de mi hermana (He quedado con Iván).

●          Fin de semana (Pensar destino).

●         Saber todo y más sobre ella. Contarle todo lo que la cotilla de Ana no le haya soltado ya.

●         Comprobar si sigue teniendo la cicatriz en la rodilla (a pesar de tenerla desnuda en mi cama, no me he dado cuenta).

No pude contener la risa al leer el último punto, y menos aún al verlo colarse bajo las sábanas de una zambullida hasta llegar a la altura de mis rodillas.

—¿Qué haces? —exclamé entre carcajadas.

—Intentar tachar un punto más de la lista de condiciones para que te vengas a vivir conmigo.

—¿Y quién te ha dicho que lo haré cuando cumplas los requisitos?

Andrés asomó la cabeza y se sentó a mi lado, recuperando el móvil.

—¿Has firmado ya el contrato del piso?

—No, quedamos en vernos a principios de septiembre.

—Pues tengo dos semanas para conseguirlo. Y aún estás a tiempo de añadir alguna petición más.

—Andrés...

—¿A qué tienes miedo, Eva?

—No es miedo. Es sensatez. Estamos empezando.

—No estamos empezando, estamos retomando algo que debió ocurrir hace mucho.

Y ya sé que vas a soltarme que no podemos estar retomando nada porque jamás estuvimos juntos, pero eso son minucias.

Dime que tú no sientes lo mismo que yo. Yo solo sé que me niego a que el puto gatito siga jugando con el ovillo de lana, porque ya no aguanto ni un solo día más.

Nunca antes había visto su rostro tan serio. Mi corazón iba a mil. Me moría por decirle que sí, pero la cabeza me frenaba.

—Eva, yo solo sé que esto no es de hoy. El día que te vi en el concierto me falló la respiración y sentí unas ganas tremendas de cargarme al francés.

No te rías —me lanzó su almohada contra la cara al escuchar mi risa—.

Hablo en serio. Lo vi en tus ojos, aunque tus acercamientos con él dijeran lo contrario.

Quizá era necesario vivir separados para llegar a este punto.

No te quiero solo en mi cama, Eva, quiero que formes parte de mi vida; bien sabes que de algún modo siempre has estado en ella.

Me quedé sin palabras. ¿Cómo negarle nada cuando yo misma me moría por no separarme de él ni un segundo?

—¿De verdad ibas a preferir dormir sola pudiendo hacerlo conmigo?

—continuó su alegato—. Cumplamos la lista y vente aquí.

Hay sitio de sobra. Puedes invadir mi despacho y Titán me ha dicho en secreto que estará encantado de tenerte.

No digas nada ahora. Tienes dos semanas para comprobar si soy tu menta y chocolate o solo alguien con quien te gusta compartirla.

Cerró el discurso con un beso que me desarmó por completo.

—Y ahora, pequeñaja, voy a comprobar si te curé bien la herida hace veinte años.

—¡Qué bien hueles! —dijo agarrándome por la cintura mientras esperábamos el ascensor.

Se nos había echado el tiempo encima. Él había salido a correr con Titán mientras yo me duchaba y me arreglaba para no llegar tarde a nuestra comida con Ana e Iván.

—El francés se equivocaba: no sabía diferenciar el sabor de la menta y el chocolate de tus besos —comentó tras besarme.

—Mira que se la tienes jurada al pobre Dominique...

—¡Qué va! —ironizó.

—Además, has de saber que a él no le gustaba nuestro helado.

—¿Ves? No sé qué hacías con un tipo así.

—¿Y tú? ¿Qué me dices de tus novias? ¿A cuál de ellas le gustaba el helado de menta y chocolate? A Doreen ya sé que le parecía una guarrada, prefería la fresita.

—A ninguna de mis novias les gustaba. ¿Vas a explicarme el porqué de Doreen? —Sus labios besaron mi hombro derecho, haciéndome estremecer justo cuando las puertas del ascensor se abrieron.

Ana e Iván nos contemplaban divertidos.

—¿Entráis o seguimos esperando? —soltó Ana.

Nos sobresaltamos. Andrés me tomó de la cintura y entramos.

—Hola —saludamos al unísono, como dos niños pillados en una trastada.

—¿Hola? ¿Solo «hola»? —se quejó Ana—. ¡Tendréis poca vergüenza! Tú ríete, hermanito, que solo te acuerdas de mí para pedirme favores.

Al salir del ascensor, Ana seguía con su lista de agravios fraternales hasta que Iván la interrumpió.

—Anita, no seas quejica, que si no llega a ser por esos favores no habrías conocido aquí a mi amigo.

—¡No me metáis en vuestros líos! —rio Iván antes de darme un par de besos.

—Eva, tú tienes delito —sentenció Ana abrazándome—. Lo de mi hermano tiene un pase, pero tú, mi amiga del alma... ¿y no eres capaz de decirme que por fin estás con el amor de tu vida?

—¿El amor de mi vida? —solté una carcajada.

—Oh, pequeñaja, ¿soy el amor de tu vida? —Andrés aprovechó para besarme el cuello.

—No disimules, que tú estás igual. ¡Por fin una novia de mi agrado! —exclamó Ana.

La comida en la Malvarrosa fue larga y perfecta. Ninguno de los cuatro podía parar de reír. Las lágrimas nos corrían a Ana y a mí escuchando a Iván contar el millón de veces que mi primo les habló de mí, sin saber que Andrés ya me conocía.

—Por cierto, cambiando de tema —dijo Ana, colgada de mi brazo y del de Andrés—. Llevo todo el día con una duda. ¿Quién es Doreen? A esa novia no recuerdo haberla conocido.

—Pregúntale a tu amiguita. Le ha dado por llamar así a Marta.

—Así que Doreen es la del tatuaje en el culo.

—¿Tatuaje en el culo? —preguntó sin disimular la diversión Iván. Ana y yo no podíamos parar de reír.

—Es el amor de mi vida —interpretó exageradamente Ana llevándose las manos al pecho—. Vosotras no lo podéis entender, pero Andy es perfecto.

—¿Andy? —Extrañado por aquel apelativo, que tan poco le gustaba a Andrés, preguntó Iván.

—Siempre estaremos juntos, voy a tatuarme su nombre para sellar nuestro amor.

—Calla, por Dios, que me meo —supliqué a mi amiga con los ojos emborronados por las lágrimas.

—¿Por qué Doreen? —preguntó Ana parándose en seco—.

¡Espera! ¡Estás hablando de la odiosa Doreen!

—Las risas de Ana resonaron en la playa—.

¡Dios, es muy bueno! Martita es una Doreen en potencia, seguro que comparten la misma voz de pito.

Y bueno, tú eres muy Esther, yo no soy rubia pero ¡me encanta ser Rita!

Y claro, aquí Andresito es el rubio entre los rubios…

—¡Juanito! —gritamos al unísono para asombro de Andrés e Iván.

—No soy rubio.

—¿De qué hablan estas dos? —preguntó Iván a Andrés.

—Intuyo que de unas historietas que leían estas dos locas de pequeñas.

Una vez recuperada la compostura, Ana me agarró del brazo y nos alejamos de los chicos.

—De verdad, Eva, me hace tan feliz... Siempre supe que entre vosotros había una conexión especial. Andrés se derretía por tus hoyuelos. Me alegro de que ya estéis juntos. Y no me enfadaré porque te hayas venido por mi hermano y no por mí.

—¡Idiota! —reí.

—Me encanta Iván —le confesé—. Le da mil vueltas a los otros novios que te conocí.

—Es perfecto, pero que no se entere —susurró ella.

—¿Se puede saber qué secretitos os traéis? —preguntó Andrés abrazándome por la espalda.

—Cosas de chicas, no seas cotilla.

—¿Tenéis planes para estos días? —quiso saber Ana.

—Sí y no —se adelantó Andrés—. Tenemos una lista por cumplir.

—¿Una lista? ¿No será de boda? —bromeó.

—Es una lista de «cosas de novios» —aclaró Andrés besándome el cuello—. Y puede que en unos días no nos encontréis por aquí.

Tras despedirnos de Ana e Iván, nos fuimos a casa de mis abuelos.

Quería ver a Jara y necesitaba ropa, porque Andrés me había convencido para quedarme en su casa.

Terminamos cenando con ellos que estaban encantados con Andrés.

Pasadas las doce de la noche, y tras pasear con Titán, nos recostamos en su sofá.

—Tus abuelos son encantadores —me dijo—. Es curioso que, siendo vecinos de mis padres, nunca hubiéramos charlado, más allá de los buenos días.

—Como que en veinte años no nos hayamos visto —añadí.

—Bueno... he de confesar que en parte te evité. Me marchaba cada vez que venías. No quería verte. Primero por una rabia absurda y luego porque siempre tenías novio.

—¡Y tú novia!

—Bah... —me hizo caer de nuevo y se tumbó sobre mí—. Cuéntame cosas de ti. ¿Comida favorita?

—Arroz negro.

—¿Y tu comida?

—Me encanta el arroz negro, pero mi favorito es el…

— Arròs al forn —me adelanté al recordarlo.

—Así es, pequeñaja. Buena memoria —replicó antes de dejarme un beso en la punta de la nariz—. ¿Película?

—Me encanta el cine argentino. Adoro a Ricardo Darín.

—Buen actor.

—¿Lugar favorito?

— Uff … No sabría decirte. ¿El tuyo?

—Fácil —replicó clavando su profunda mirada en la mía—. Aquí y ahora. Donde tú estés —respondió antes de besarme—. ¿Te vale? —Una sonrisa tonta asomó a mi mirada, mientras mi corazón se derretía en mi interior—. ¿Por qué decidiste volver a Valencia?

—Por ti —me sinceré—. Necesitaba volver a verte y comprobar qué pasaba.

—¿Y a pesar de eso no quieres vivir conmigo? ¿Entonces te quedas? Tenemos un fin de semana pendiente. La lista está casi terminada…

—¿Y la cena romántica?

—Todo a su tiempo, pequeñaja.

—Ahora cuéntame tú —le pedí mientras sentía sus caricias—. Pero ahórrate lo de tus novias.

—Mi hermana podría ser menos bocazas... Pues ya sabes: estudié en Madrid con Alejo e Iván. Me encanta leer, salgo a correr cada noche con Titán… Me gusta el fútbol. Del Valencia, claro.

—Algún fallo debías tener —reí—. Yo paso del fútbol.

—¿Algo más? —me susurró desnudándome con una habilidad que me cortaba la respiración.

—Ahora mismo... no se me ocurre nada.

—¿Canción?

—¿De verdad necesitas que te la diga?

Mucho más tarde, sudorosos y felices, Andrés me miró.

—¿Helado?

—No vendría mal.

—¿En la terraza o en la cama? —preguntó con una mirada cargada de intención.

—Casi mejor fuera, que hace un calor insoportable.

—Cobarde.

—¿Cómo? ¿Me estás provocando?

Salimos a la terraza en ropa interior. El helado ayudaba.

—Pequeñaja, hay algo que siempre he querido saber. El día de la famosa nota... me acerqué a la habitación de mi hermana. Tú le contabas un sueño en el que estabas rodeada de cabras.

—¡Es verdad! —solté sin poder evitar la risa al recordar el rocambolesco sueño—¿Quieres saber por qué soñaba con cabras?

—No, eso lo tengo claro. Estás como una de ellas.

—Creo que intuyo lo que quieres saber —musité bajo el delicioso cosquilleo de sus caricias—. Nos interrumpiste cuando le iba a confesar a Ana quién estaba en medio del rebaño. De haber sido más sigiloso, habrías sabido que eras tú.

—Vaya... ¿Y Ana no te dijo nada?

—No, nos interrumpiste. Y mi valor desapareció.

—Así que tú, yo y un montón de cabras. Si Freud nos escuchara...

—Freud veía sexo hasta en el palo de una escoba —dije, levantándome y tirando de su mano.

—¿Adónde me llevas?

—No ha nacido el que me llame cobarde —le advertí con un guiño—. Pero te aviso: el cuenco para el helado no voy a ser yo.

Andrés no necesitó que se lo repitiera.

—Titán, quédate aquí, que estarás más fresquito —le dijo al perro antes de seguirme al dormitorio, helado en mano…