Menta y Chocolate Minions, Llinares y una Doreen de pacotilla
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Minions, Llinares y una Doreen de pacotilla

Eva

N o podía dejar de contemplar a los cinco cachorritos.

Ver a Jara alimentándolos me transportó de golpe a mi infancia, a aquel primer parto que presencié y al triste final de Xena.

Se me humedecieron los ojos al recordar mi enfado de niña, mi fuga de casa y cómo Andrés se convirtió en mi refugio frente a una tarrina de helado.

—Si es que siempre ha estado ahí, Jara, pero no nos dimos cuenta —susurré acariciando a la vizsla —. Seguro que tu bisabuela Xena sí vio mi predilección por él. Y ya te digo yo que a Zsa Zsa le molaba, siempre lo buscaba en el parque... Creo que he hablado contigo más sobre Andrés que con nadie.

— Amb qui parles, Evita? —preguntó mi abuelo entrando al salón.

—Con Jara, que debe de estar aburrida de oírme —reí, sintiendo el beso de mi abuelo en la cabeza—. ¿Ya se ha convencido la iaia ? ¿Nos deja quedarnos con la única hembra?

— Quan t'ha dit la teua iaia que no a alguna cosa? —sonrió mi abuelo.

Mi abuela nos observaba en silencio desde el marco de la puerta. Ella creía que no la había visto. Yo sabía que había escuchado mi conversación con Jara, pero me hice la loca y la dejé disfrutar del momento.

—Mira qué fuerte es —continué, señalando a la cachorrita que intentaba trepar por mi pierna—. Solo tiene dos días y ya es una guerrera. Se va a llamar Vesta.

—¿Vesta? —preguntó mi abuelo.

—Es la diosa romana del hogar y simboliza la fidelidad. Nada mejor para un perro, ¿a que sí, pequeña?

— M'agrada —aprobó el abuelo—. Jo vote a favor .

—¿Interrumpo vuestras confabulaciones? —mi abuela entró finalmente—. Así que tenemos nueva diosa en casa. Me gusta. Hemos tenido una princesa guerrera, una actriz húngara, una diosa griega, el homenaje a Víctor Jara y ahora a Vesta.

—¿Eso es que nos la quedamos? —exclamé emocionada—. ¿Has oído, Jara? Seremos tres en nuestros paseos.

—¿Tres? ¿Seguro? —bromeó la iaia —. Creo que alguien no ha pasado la noche en casa...

—Vale, igual dejamos que Andrés se sume, ¿te importa, Jara?

—Andrés? El fill d'Andrés i Cristina? —preguntó mi abuelo—. Passarà per casa?

—Sí, luego —sonreí dejando a Vesta con su madre—. Me voy a duchar, que hemos quedado y no quiero que piense que soy una tardona.

— Carinyet , el día que tú seas puntual será fiesta nacional aquí y en Alemania —bromeó mi abuela.

—¡ Iaia !

—¿Miento?

—Vale, pero no le digas a Andrés que soy una tardona. Además, te juro que lo intento, pero siempre ocurre algo que me impide serlo.

— Ja, com no parar de parlar —rio mi abuelo.

Treinta minutos después estaba frente al armario en plena crisis existencial.

Como era habitual en mí, la ropa entraba y salía como en un desfile caótico.

Recordé mis nervios antes de las primeras citas con los hombres que habían marcado mi vida: mi inexperiencia con Johann, la espontaneidad con Dominique o Angelo, y el desastre con Derek.

—Eva, céntrate en el ahora o llegará Andrés y estarás en bragas —me regañé a mí misma.

El móvil sonó un buen rato hasta que terminé por encontrarlo bajo una montaña de ropa. Era Ana.

—¡Muy buenas, desaparecida! —gritó mi amiga al otro lado—. Ayer te llamé mil veces, pero fue misión imposible. Pensé en llamarte a casa de tus abuelos, pero no recordaba el número. Definitivamente, los móviles nos han atrofiado la memoria. ¿Dónde te metiste?

—Culpa mía, Ana, me despisté por completo —contesté, poniendo el manos libres mientras me probaba un vestido rojo.

—Bueno, me da igual. ¿Salimos a cenar? —Ana hablaba y hablaba sin parar.

Por un instante entendí a Andrés. No me dejaba meter baza, pero sabía que yo hacía lo mismo—.

He pensado que voy a pasar por casa de mi hermano, porque es otro que no responde a mis llamadas, quedo con él y nos vamos de cenita los cuatro.

—¡Ana! —grité para que callara y me dejara hablar—. Escúchame: tu hermano no está en su casa.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque está a punto de llegar a buscarme a casa de mis abuelos. Es nuestra segunda cita oficial.

—¿Cómo? ¿Segunda cita? ¿Qué me he perdido? —chilló Ana emocionada.

—Mañana te lo cuento todo, lo prometo. Me tengo que vestir. ¡Un beso!

—¡Eva!

—Mañana, te lo prometo.

Corté justo cuando mi abuela asomaba la cabeza.

—Andrés ha llegado. Está en el salón con el abuelo. Nena... ¡qué guapo es! Ahora te entiendo.

—¿A que sí? Y es más encantador que guapo, iaia . Él me curó la rodilla cuando me caí de la bici, ¿te acuerdas?

Tras las obligatorias presentaciones oficiales —aunque en realidad se conocían de la urbanización, pero hacía mucho que mis abuelos y Andrés no coincidían—, Andrés, Titán y yo pusimos rumbo a Valencia.

Él tenía que pasar por su casa para dejar al fiel canino.

Titán no estaba invitado a la «cita de novios».

En el coche empezó a sonar una canción que reconocí al segundo. Andrés la había elegido a conciencia.

— No sé qué hago aquí, algo debe de recordarme a ti... —empezamos a cantar al unísono—. Qué pronto se puede olvidar, hay que ser un tonto para recordar... pero yo no puedo evitar pensar en ti...

—Muchos amores han pasado por la vida de la señorita, ¿eh, Titán? —bromeó Andrés.

—Habló el que ha estado en un monasterio —repliqué—. Mejor calladitos, que seguro que Titán conoce a más de una de tus «amigas».

—Alguna, pero nada importante —rio él aparcando—. ¿Lista para el plan?

—¿Y cuál es?

—Cosas de novios —respondió Andrés estallando en una carcajada.

—No sé yo si vamos a aguantar mucho juntos...

—Pequeñaja, el gato ya ha soltado el ovillo. No tienes escapatoria.

—¿Qué gato? ¿Qué dices?

—¿No te ha soltado Ana el rollo del hilo rojo? Es una leyenda oriental.

—Conozco la leyenda, pero no sé qué pinta el gato.

—Ya te lo contaré. ¿Subes conmigo a dejar a Titán o me esperas aquí?

—Te espero. Sube mi bolsa, anda.

Me apoyé en el coche, nerviosa e ilusionada. Valencia me parecía más brillante que nunca. Cuando Andrés bajó del ascensor, su sonrisa era el espejo de la mía.

—¿Vamos, pequeñaja?

—Sabes que dejé de ser pequeña hace mucho, ¿no?

—Para mí siempre lo serás.

Caminamos por la Gran Vía, disfrutando de la calma de un lunes de agosto. Al llegar a la calle Colón, lo adiviné.

—¡Al cine!

—La niña quería cine y aquí tiene cine —dijo él—. Y llegamos por los pelos.

—Culpa de tu hermana, que no calla.

—Habló la mudita...

—¿Qué vamos a ver?

—No seas desesperada, ahora lo verás.

—No me vas a decir cuál es nuestra primera película.

—¡Toma, impaciente!

Leí la entrada y estallé en carcajadas.

—¿Nuestra primera película juntos es Los Minions ? ¿En serio?

—Totalmente. Así nos reiremos cuando se lo contemos a nuestros hijos.

—¿Nuestros hijos?

—Sí, claro, una niña llamada Menta y un niño…

—Ni me digas su nombre…

—¡Chocolate! —exclamamos al unísono sin parar de reír.

—¡Serás tonto!

En la oscuridad de la sala, nuestras manos se buscaban y los labios se encontraban más que la atención a la pantalla. Al salir, Valencia seguía esperándonos.

—¿Ahora qué? —quise saber.

—¿Estás cansada?

—Creo que Morfeo se ha ido de vacaciones.

—Me alegro —susurró él a mi oído—. Vamos a hacer que esos labios sepan a menta y chocolate de verdad.

Caminamos hacia la plaza del Ayuntamiento, entre puestos de flores cerrados y terrazas llenas de turistas. Al desembocar en la calle de la Paz, lo vi claro.

—¡A Llinares! Vamos a por el helado.

—Premio. ¿Cucurucho?

Nos sentamos junto a la fuente de la plaza de la Virgen para terminar el helado. Apoyé la cabeza en su hombro.

—¿Has traído a muchas novias aquí?

—No, señorita. Eres la primera. Siempre has sido la primera, Eva. Por cierto... también has sido la única en darme plantón.

—¿Qué? —me incorporé sorprendida—. Yo nunca te he dado plantón, Andrés. Jamás habíamos quedado antes de hoy.

—Hace veinte años te invité a un helado y no apareciste. Te dejé una nota en la mochila un día que estabas en casa con Ana. Yo estaba con Marta explicándole matemáticas.

—Yo jamás encontré esa nota. Te lo juro.

Andrés se quedó pensativo un momento.

—Entonces se confirman mis sospechas. Marta la quitó. Ella me vio dejarla.

—¡Como la vea le arranco los pelos a esa Doreen de pacotilla! —gruñí—. Me robó mi oportunidad.

—Nadie te robó nada, pequeñaja. Aquí estás.

Sus labios se posaron sobre los míos, deleitándose con el dulce sabor.

—Por cierto, es la segunda vez que la llamas Doreen, vas a tener que explicarme por qué.

Me besó con pausa, saboreando el frío del helado y el calor de la noche.

—Ahora sí saben a menta y chocolate —susurró—. ¿Nos vamos a casa? Me apetece seguir investigando esas «cosas de novios».

—Vamos —dije tomándolo de la mano—. Pero como me cruce a Martita, le canto las cuarenta.