Menta y Chocolate Somos novios
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Somos novios

Andrés

N o podía dejar de contemplarla. Me froté los ojos un par de veces para comprobar que estaba despierto.

Necesitaba demostrarme a mí mismo que aquello no era otra de esas proyecciones de mi cerebro que me habían asaltado durante demasiado tiempo.

¿Quién me iba a decir a mí que necesitaría veinte años para tener, por fin, a la pequeñaja durmiendo en mi cama?

Veinte años. Dicen que quien la sigue la consigue, pero... ¡joder, se dice pronto!

Acaricié su espalda con las yemas de los dedos, muy despacio, con esa mezcla de ganas de despertarla y miedo a romper el hechizo.

Hace veinte años mis sueños eran más modestos: un beso furtivo en un rincón, compartir un helado de menta y chocolate, que me mirara de esa forma que solo ella sabía, mostrándome esos dos hoyuelos que parecen enmarcar su sonrisa...

Sonreí como un idiota. He sido un auténtico patoso con ella.

Eva, Eva... te colaste con tanta fuerza en mi vida que ni el tiempo ni la distancia pudieron sacarte de aquí dentro.

Ahora que te he recuperado, ya puede venir el gatito con sus juegos, que me va a encontrar de frente y con Titán a mi lado.

Recorrí su columna con el índice. Ella se movió ligeramente, con una sonrisa grabada en sueños, pero no abrió los ojos. Nada, la pequeñaja está más frita que la Bella Durmiente. Desistí de mi misión de despertarla y miré a Titán, que ya estaba sentado junto a la cama con las orejas tiesas.

—Buenos días, colega —le susurré—. No hagas ruido, que sigue en brazos de Morfeo. Voy a preparar el desayuno, ¿te vienes o te quedas de guardia?

Titán, que es más listo que el hambre, caminó alrededor de la cama y se tumbó justo en el lado de Eva.

—Eres un traidor, Titán. Te quedas con ella, pero te advierto: esto te lo tendré en cuenta. Ya te sacará ella de paseo luego —reí por lo bajo mientras me ponía unos boxers y una camiseta para salir de la habitación sin hacer ruido.

Eva

Unos lametones húmedos y entusiastas me sacaron del sueño.

Abrí los ojos, confundida. No reconocía el techo ni las cortinas...

hasta que el olor a sándalo y madera me golpeó de lleno.

Titán no paraba de demostrarme su afecto y, de golpe, recordé la piscina, los besos y la noche que acababa de pasar.

Me giré buscando a Andrés, pero su hueco estaba vacío.

Eso sí, todavía conservaba su calor. No pude evitarlo: me acurruqué en su sitio y aspiré el aroma de su almohada.

Era increíble. Estaba en la cama de Andrés.

La misma cama en la que tantas veces, hace mil años, lo había visto tumbado con su walkman ignorando al mundo y a mí.

¿Esto es real o me va a despertar el despertador? , pensé abrazándome a su almohada. Habíamos sido tan idiotas... Negar lo que sentíamos durante veinte años debería ser constitutivo de delito.

—Titán, los perros sois mucho más listos —le dije al dóberman, que me miraba como si entendiera cada palabra—. Vosotros no os comportáis de forma estúpida como los humanos. Deberíamos aprender de vosotros.

Él ladeó la cabeza, atento a mi charla.

—¿Dónde está Andrés, Titán? Mejor me levanto. ¿Tienes idea de dónde está mi ropa?

Entonces recordé: mi vestido estaba fuera, en la terraza, probablemente más tieso que una mojama después de la noche de poniente.

Localicé una camiseta de Andrés a los pies de la cama y me la enfundé.

Me llegaba a medio muslo. Suficiente. Salí de la habitación guiada por el olor a café y por mi nuevo guardaespaldas canino.

—Buenos días —dije, abrazándolo por la espalda en la cocina.

— Bon dia —se giró y me plantó un beso que me terminó de despertar—. Has dormit bé?

—De maravilla. Bueno, lo que me has dejado dormir.

—¿Yo? Qué mala persona soy, mira que no dejarte descansar... Quédate esta noche también y te prometo que te dejo dormir las ocho horas del tirón.

—Muy listo —me burlé, guiñándole un ojo—. Para eso me quedo en casa de mis abuelos y nos aseguramos el descanso los dos.

Andrés apagó la cafetera y me recorrió con la mirada de arriba abajo.

—Por cierto, bonita camiseta. Hay que ver cómo eres, pequeñaja: llegas, me robas el sitio en la cama y ahora me robas la ropa.

—¿Perdona? —reí—. ¿Quién insistió para que me quedara? ¿Quién me tiró con vestido incluido a la piscina?

—Minucias —sentenció, volviéndome a besar.

—Ya, minucias... ¿Mi vestido está seco?

—¿Y para qué lo quieres ahora? No te voy a reclamar la camiseta de momento.

—Muy amable, pero tendré que ir a casa de mis abuelos a vestirme como una persona normal.

—¿Es necesario?

—¡Andrés!

—Vale, vale. No he dicho nada —rio. Pero cuando me disponía a ir a por mis cosas, su tono cambió—. Eva...

Me detuve. Tenía una expresión seria, casi solemne.

—Dime.

—No alquiles el piso.

Se me borró la sonrisa de golpe.

—¿Qué? ¿Por qué? Me gusta ese piso. ¿Qué pasa, no me quieres de vecina? ¿Prefieres que me vuelva a Alemania? ¿Ya te has saturado de mí?

—¿No callarás nunca? —bromeó él, aunque sus ojos no se reían—. Joder, es que no paras. Eres peor que Ana.

—Es que necesito saber por qué no quieres que alquile ese piso. Es el único que se acopla a lo que necesito.

—Eso es porque no has visto el mío —me soltó, mirándome fijamente a los ojos.

—No lo he visto, pero... ¿qué pasa? ¿Me lo vas a cambiar? ¿Hacemos un trueque?

—Veo que estás corta de reflejos. Mucho idioma, pero no pillas las indirectas.

—¿Corta de reflejos o tú te explicas como el culo?

—Calla un momento, pequeñaja. Lo que intento proponerte es que te mudes conmigo.

Me quedé de piedra.

—¿Te has vuelto loco?

—Tal vez. Pero múdate conmigo.

—Andrés, eso es una auténtica locura.

—Las mejores historias comienzan siendo una locura y terminan convirtiéndose en lo mejor de tu vida. Y esta, pequeñaja, es solo el principio de la nuestra. ¿Qué me dices? ¿Café?

Me serví la taza mientras mi cabeza daba vueltas a mil por hora. Solo se oía el piar de los pájaros en el jardín y el tintineo de mi cucharilla, que giraba y giraba como si quisiera perforar la taza.

—¿No vas a decirme nada?

—Andrés, es que es muy pronto.

—No. Lo que es una locura es que hayamos perdido veinte años por no atrevernos a hacer nada. Eso sí es de los locos.

—Escúchame, no quiero que te enfades. Tu oferta me tienta, de verdad. Me gustas desde que tengo uso de razón, eso ya lo sabes.

—Y tú no te percataste de que era recíproco —me interrumpió, acariciándome la mano sobre la mesa.

—Éramos unos críos. Ahora ya no lo somos. Pero precisamente por eso... Andrés, quiero una relación normal.

—¿Una relación normal? —preguntó con esa media sonrisa que me derretía y, a pesar del paso de los años, sigue pudiendo conmigo.

—Sí. Quiero lo que hacen los novios normales. Ir al cine, salir a cenar, escaparnos un fin de semana a algún sitio donde nadie nos conozca... descubrirlo todo del otro. Y entonces, después de eso, aceptaría vivir juntos.

Andrés se levantó, me tomó de la mano y me obligó a ponerme en pie frente a él.

—O sea, que ahora tú y yo... ¿somos novios? —preguntó sin ocultar su satisfacción, pero con ese puntito canalla de autosuficiencia que, para mi desesperación, siempre le había caracterizado y tanto me gustaba.

—Ah, ¿es que solo buscabas una compañera de piso para pagar el alquiler a medias?

—Exacto. Eso es justo lo que quería —contestó burlón mientras me besaba el cuello.

—¿Y a mi primo e Iván también les dabas besos en el cuello cuando vivíais juntos?

—¡Ni de coña!

—Pues entonces perdone usted el malentendido.

Andrés soltó una carcajada y me apretó contra él.

—Así que novios. Pero digo yo que novios de los que pasan la noche juntos.

—¿Viendo la tele?

—¡Serás puñetera! Si quieres dejamos la tele encendida —respondió, subiéndome la camiseta por encima de la cabeza mientras me empujaba suavemente hacia la habitación—. Esto habrá que celebrarlo.

—¿Yendo al cine? ¿A cenar?

—No estaba pensando precisamente en eso —me susurró al oído—. Titán, quédate ahí. Sé bueno.

Obediente, Titán se tumbó junto a la puerta del dormitorio. Hasta él llegaban nuestras risas y el sonido de una historia que, después de veinte años, por fin estaba empezando de verdad.