Menta y Chocolate El grau superior de valencià
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El grau superior de valencià

Eva

—¿E n media hora? —preguntó Andrés entre beso y beso, justo en la puerta de mis abuelos.

—¿Media hora? Necesito ducharme, quitarme la arena y el salitre del cuerpo.

—Lo puedes hacer en mi casa —soltó volviéndome a besar.

—Pero… ¿vamos a tu casa? ¿No ibas a quedarte en la de tus padres?

—Tecnicismos… en casa de mis padres, señorita «especifícame todo» —se burló—. ¿Media hora? —insistió.

—Andrés, así no nos vamos a despedir nunca. Ya me habría duchado —dije logrando separarme de él—. Enseguida me tienes allí.

—No tardes, pequeñaja.

—¿Vas a seguir llamándome así?

—Siempre.

Nada más entrar, mi abuela me cazó al vuelo. Le bastó un segundo para leer la sonrisa que traía puesta.

—¿Qué tal el día? Aunque veo que es una tontería preguntar —comentó dándome un par de besos.

—Increíble, iaia . La Granadella es preciosa.

—Sí, sí que lo es, pero no preguntaba yo por la playa.

—Mejor imposible —respondí volviendo a besarla—. Nunca hubiese imaginado que esto iba a pasar. ¿Cómo está Jara? —pregunté al ver a mi fiel amiga canina acercarse a saludar.

Acaricié a Jara, que parecía fuerte a pesar de estar amamantando a su batallón de cinco.

—Alejo ha pasado esta tarde con Helena, una xiqueta molt bonica . Ha estado viendo a los cachorros y nos ha dicho que están todos muy bien.

—Jara es una madre estupenda. Bueno, me voy a dar una ducha rápida que he quedado para cenar con Andrés.

Poco más de media hora después, ya estaba lista.

—¿Vienes a dormir? —preguntó mi abuela mientras yo enfilaba la salida.

— Cloti, deixa a la xiqueta, no sigues xafardera —la cortó mi abuelo.

No sabía qué responder. Ni siquiera me había planteado la posibilidad de pasar la noche con Andrés. De pronto, sentí a las dichosas mariposas adueñándose de mi estómago otra vez.

A paso ligero me dirigí a casa de los padres de Andrés. La calle estaba desierta. La mayoría de los vecinos pasaba agosto en la playa, como los padres de Andrés y Ana. Titán fue el primero en recibirme, alertando a su dueño de mi llegada con un ladrido.

—Eres una tardona —me recriminó Andrés antes de besarme—. Y decías que no lo eras.

—Necesitaba la ducha, aunque solo me ha servido para quitarme la sal. Con este poniente insoportable vuelvo a estar muerta de calor.

—Luego nos refrescamos en la piscina —comentó pasándome el brazo por la espalda mientras subíamos hacia la casa.

—¿Piscina? Eso se avisa, Andrés. No he traído biquini.

—Mejor —me susurró al oído, haciéndome estremecer.

La cena voló entre risas. Veinte años son muchas historias que contar.

—Entonces eres traductora, y de las buenas, si te puedes permitir vivir donde quieras —dijo, llenando mi copa, que volvía a estar casi vacía.

—Trabajo en casa. Mi labor la podía hacer en Bonn, aquí o en Madagascar —sonreí—. Y deja de llenarme la copa, que a este paso acabo a cuatro patas.

—¡No seas exagerada! Además, ¿a dónde vas a ir? Tienes mucho que contarme —me guiñó un ojo brindando conmigo.

—¿Qué más quieres saber?

—¿Qué lenguas hablas?

—Español, alemán, inglés, francés e italiano.

—¡Joder, y yo contento porque hablo inglés! ¿No se te olvida alguna?

—Bueno, el valenciano no lo cuento porque no tengo el título oficial —me reí—, y estoy aprendiendo ruso.

—¿Cuántos novios has tenido? Al francés ya lo conozco —rio Andrés—. El día del concierto tu primo quería ir a partirle la cara por meterle mano a su primita.

—¿Estás de coña?

—Totalmente en serio. Y bien, ¿cuántos novios?

—¿De verdad quieres saberlo?

—Necesito saber a quiénes he de dar las gracias por haberte enseñado a besar —bromeó.

—Ah, siendo así... a un par de alemanes y a un inglés. Bueno, el inglés fue un rollete sin importancia. El famoso francés… uhmm … y un italiano. A ese especialmente has de agradecérselo, puedes llamarlo, habla un perfecto español. Es lo que tiene «darle a la lengua». ¿Te paso sus números?

Estallé en carcajadas ante su supuesta cara de asombro.

—¿Para qué habré preguntado? ¿Y con un ruso no? —Con claro sarcasmo continuó la broma.

—No, una pena. Es como mejor se aprende el idioma.

Andrés dejó su copa en la mesa y se levantó. Lo contemplé divertida mientras se acercaba a mí.

—¿Qué haces? —pregunté cuando me quitó la copa y me levantó de la silla.

—Poco ruso vas a aprender hoy. Ha llegado la hora de que te saques, no el Mitjà , sino el Grau Superior de valencià —explicó con su cara a menos de un palmo de la mía.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo?

—Ya empezamos con las preguntitas —sonrió besándome el cuello—. Ja m'encarregaré jo d'això .

— Ara eres professor? Creia que eres arquitecte —Para su sorpresa, repliqué en la lengua que creía no hablaba.

—Lo que tengo claro es que no eres capaz de estar callada ni un segundo —replicó empujándome suavemente hacia el exterior mientras me besaba.

—¿Se puede saber qué haces?

—Besarte. ¿Qué pasa, el italiano era mejor?

—Déjame pensarlo… No. Ni el italiano, ni el francés, ni los alemanes, y mucho menos el inglés.

—Me alegro. Pero lo siento, eso no te salva.

—¿Salvarme de qué? —pregunté, empezando a sospechar—No, no, ni se te ocurra, Andrés.

—Tarde, pequeñaja. Veinte años he esperado para devolvértela.

Con un suave empujón, Andrés me tiró a la piscina.

—¡Me las vas a pagar! ¡Como que me llamo Eva que me las pagas!

Andrés se quitó la ropa antes de lanzarse al agua, sin darme tiempo a salir.

—Esto te va a costar muy caro —repetí mientras él me quitaba el vestido de tirantes, dejándolo junto a mis sandalias al borde de la escalerilla.

—¿En Alemania la gente se mete vestida en las piscinas?

—Eres muy gracioso. ¿Ahora cómo me voy yo?

—¿Irte? ¿De verdad pensabas irte? —me preguntó clavando su mirada oscura y acorralándome contra la pared de la piscina—. El teu curs de valencià acaba de començar, no pensaràs escapolir-te de classe?

Me sentí perdida en sus ojos. Me estremecí al sentir sus dedos recorriendo mis brazos, mi espalda, parándose en las presillas de mi sujetador. Era realmente habilidoso.

—¿Por qué te ríes? —preguntó extrañado mientras dejaba la prenda mojada junto al resto.

—Pensaba que habrás tenido que practicar mucho para ser tan hábil.

—Sí, con un par de alemanas, una francesa, una inglesa, una italiana… la italiana —bromeó de vuelta.

Le devolví la sonrisa antes de posar mis labios en los suyos. Nuestras bocas se buscaban sin prisa; el tiempo se había detenido.

—¿Y no aprovechaste para aprender idiomas?

—No. No eran tan parlanchinas como tú —me murmuró al oído antes de besarme cerca de la oreja.

Aburrido de los juegos de su dueño, Titán terminó por dormirse escuchando el cric-cric de los grillos, que se mezclaba con los gemidos, las risas nerviosas y el vaivén del agua en la piscina.