Menta y Chocolate Asigantura pendiente
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Asigantura pendiente

Eva

E l primero de los cachorritos había nacido cuando entramos en casa de los iaios.

Jara lo lamía con instinto maternal mientras una segunda cabecita comenzaba a asomar.

Emocionada, abracé a mi abuela. Había visto nacer a la que ahora estaba de parto y, tal como entonces me había sucedido, ver a aquellos pequeños me parecía un auténtico milagro de la naturaleza.

Alejo, al igual que el resto de la familia, contemplaba el alumbramiento.

Su intervención profesional no era necesaria.

Hora y media más tarde, observábamos con una sonrisa boba a los cinco cachorritos mamar de su madre.

Casi dos docenas de cachorritos habían visto nacer aquellas paredes.

Yo no los había visto a todos; cuando Zsa Zsa se puso de parto, yo no estaba en Valencia.

Sin embargo, a pesar de aquel no ser el primer alumbramiento, mucho menos para Alejo, que por su profesión había asistido a bastantes, no podíamos disimular el brillo de nuestros ojos por el mágico momento.

—Ya no habrá más nacimientos en esta casa —comentó en voz alta mi abuela.

—¡ Iaia ! —clamamos Alejo y yo al unísono.

—A ver, bisnietos espero ver, pero ya no vamos a tener más cachorritos.

—Pero ¿os vais a quedar con uno, no? —supliqué.

—No lo tengo tan claro —respondió ella, mientras mi abuelo se encogía de hombros con una sonrisilla.

—Pero, iaia , no podemos romper el árbol genealógico. Hemos crecido con Xena, Zsa Zsa, Hera, Jara... ¿con quién van a jugar tus bisnietos? Anda, iaia —insistió Alejo dándole un beso.

—Vosotros dos sois los peores, unos aduladores. —Mi abuela no podía parar de reír—. Habéis sido los consentidos de toda la familia y así habéis salido.

—Venga, iaia , sabes que nosotros te ayudaremos con... —Me callé un momento al mirar a la perra—. ¡Tenemos que buscarles nombres! Jara, eres una campeona.

Me acerqué a ella para acariciarle la cabeza, sintiendo que la vida, a veces, se ponía realmente bonita.

Aquella había sido otra noche sin dormir. Demasiadas emociones concentradas: los recién nacidos, la magia de verlos mamar... Pero, para qué nos vamos a engañar, Jara y su camada no eran el principal motivo de mi desvelo. Mi insomnio tenía nombre de hombre: Andrés.

¿Voy a ser capaz de hablar con él? , me preguntaba mientras removía el café con leche bajo la escrutadora mirada de mi abuela.

—Entonces, no vienes a comer —mi abuela interrumpió mis pensamientos.

—No. No sé adónde vamos, pero no vendré. Bueno, a no ser que me necesites aquí.

— Carinyet , ¿para qué iba a necesitarte? ¿Cómo es posible que estés tan nerviosa? —Sonrió, sentándose a mi lado y subiéndome la barbilla—. ¿Tanto te gusta ese chico? Ni respondas, no hace falta.

— Iaia , en realidad me gustaba cuando era una niña. Ahora me da miedo decepcionarme, aunque creo que eso es imposible.

—Eva… Eva —me llamó mi abuelo entrando en la cocina—. Hi ha un xic a la porta preguntant per tu .

Miré el reloj de la cocina de un salto.

—¡Uff! Se me ha ido el santo al cielo. ¿Puedes decirle que salgo enseguida?

Corrí al baño. Estaba preparada, solo necesitaba un cepillado de dientes, infundirme valor a mi propio rostro en el espejo y coger el bolso. Diez minutos más tarde me despedía de mis abuelos y de los «cinco inseparables» de Jara.

—Perdón —me disculpé nada más sentarme en el coche—, siento el retraso. Juro que no soy una tardona, odio hacer esperar. En realidad, le mentí, pues, si bien es cierto que odio hacer esperar a la gente, no sé cómo lo hago que siempre llego tarde a mis citas.

—No pasa nada. Si he esperado veinte años para volver a verte, podía esperar diez minutos más.

Me quedé sin palabras. Me coloqué el cinturón con una torpeza digna de estudio, peleándome con el cierre más de la cuenta.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Andrés mirándome de reojo, divirtiéndose con mi falta de destreza.

—No, gracias. Ya está. He dormido poco y ando un tanto espesa esta mañana.

—Ya —sonrió—. ¿Qué tal Jara? Alejo me dijo anoche que todo fue perfecto.

—Sí, todo bien.

El silencio se apoderó del coche mientras sonaba The Corrs . La letra parecía escrita para mí: I haven’t slept at all in days... What can I do to make you love me...

—Este silencio comienza a hacerse insoportable —soltó Andrés después de media hora de absoluto mutismo de ambos—. No te recordaba tan calladita.

—¿Y cómo me recordabas?

—Sonriente, siempre parloteando… una de las chicas con más admiradores de todo el colegio.

—Ja, ja, ja. Sí, claro, con club de fans y todo.

—De haberlo sabido me hubiese hecho presidente —aseguró, volviendo a soltar una de sus indirectas.

—¿Adónde vamos?

—Eso es una salida por la tangente en toda regla —se rio—. Vamos a la Granadella, en Jávea.

—¿No se te ocurrió nada más lejos? —bromeé.

—Sí, pero no era plan para ir y volver en el mismo día… aunque siempre estamos a tiempo de pasar la noche allí. ¿Te apetece?

—¿Qué?

—Por mí no hay problema, estoy de vacaciones. ¿Y tú?

—Yo… también, pero no he traído ropa y ¿tu perro?

—Llamo a Ana y listo.

—Pero… ¿hablas en serio?

Andrés asintió sin apartar la vista de la carretera. No sabía qué contestar; me moría de ganas de lanzarme al vacío, sobre todo porque empezaba a ver que había una red de seguridad muy grande llamada Andrés.

A pesar de ser domingo de agosto, para mi sorpresa, la cala estaba tranquila. El color de las aguas cristalinas me dejó impresionada.

—Es preciosa —susurré.

—Me alegro, porque traerte hasta aquí para que me digas que no te gusta tendría delito —contestó Andrés mientras soltaba las cosas en la arena y empezaba a quitarse la ropa—. Yo no sé tú, pero yo necesito agua ya.

—Yo también.

Doblé mi vestido con un cuidado excesivo antes de meterlo en el capazo.

—¿Vamos? —Andrés me tendió la mano.

Sentí cada uno de sus dedos entrelazándose con los míos. Al llegar a la orilla, él hizo amago de soltarse, pero mis dedos se lo impidieron. Nuestras miradas se cruzaron. Andrés levantó nuestras manos unidas.

—Pequeñaja, voy a meterme en el agua, necesito mi mano —sonrió más con los ojos que con los labios.

—Perdona, tienes razón —contesté sonrojándome hasta la raíz del pelo.

Él se lanzó al mar y nadó bajo el agua hasta salir a una distancia considerable. Cuando me hizo gestos para que fuera, me tiré de cabeza y nadé hasta quedar frente a él.

—¡Está fría!

—Se agradece, ¿eh? Me estaba acordando de la última vez que estuvimos en el agua juntos... en aquella excursión con nuestros padres. Me tiraste a una charca.

—¡Es verdad! ¡Lo había olvidado! —mentí con una amplia sonrisa en los labios. No había olvidado aquel día, ni mucho menos nuestra discusión—. Salvo que no era una charca, sino el río.

—¿Río? ¿A qué llamas tú «río»? ¡Aquello era una charca inmunda, ni las ranas vivían en esa agua asquerosa! —se quejó de manera exagerada mientras me apartaba un mechón de pelo de la cara.

—Buena memoria, aunque distorsionada. Insisto, ni era charca, ni sus aguas estaban putrefactas.

—¿Cómo no me voy a acordar? Es el último recuerdo que tengo tuyo antes de que te fueras a Alemania. Desapareciste de mi vida…

—Pero si he venido cada verano...

—Lo sé.

—No me has visto porque no has querido.

—También lo sé.

—O porque Doreen no te dejaba.

—¿Doreen? —Andrés frunció el ceño.

—Marta, quería decir Marta —corregí riendo por mi error—. La de la voz de pito y problemas con las matemáticas. Esa que decía que se tatuaría una rosa en el culo con tu nombre. ¿Se la tatuó, por cierto?

—Ah, esa Marta. No me acordaba de ella —mintió Andrés salpicándome nuevamente—. Y no, que yo sepa no lo hizo.

—¡Oye!

—Es mi venganza por lo de la charca. Y porque por tu culpa me lie con la loca de Marta... solo para ver si la amiguita de mi hermana me hacía algo de caso —confesó antes de agarrarme y hundirme en el agua.

—¡Andrés! ¡No es justo! —protesté saliendo a la superficie entre risas.

—No, lo que no es justo es que yo terminara con la psicótica de Marta y que aún hoy me acojone cuando me la cruzo por la calle.

Intenté aguantar la risa.

—Una tregua, por favor. Deja que me explique.

—¿Qué vas a explicar? ¿Por qué me tiraste a aquel residuo tóxico?

—¡No mientas!

—¿Acaso no me tiraste?

—Sí, pero era el río y no era tóxico.

—Nimiedades.

—Y te lo merecías por decirme que por fin te librabas de mí y de las tonterías de Ana.

—¿Yo dije eso? —susurró acercándose más.

—Sí, lo dijiste.

—Qué mala es la adolescencia... —casi rozó mi nariz con la suya—. ¿Señorita, sabe que sigo esperando una respuesta?

—A lo de quedarnos a pasar la noche... —murmuré.

—Ejem... pues entonces a dos preguntas.

—¿Cuál es la otra?

—¿Dejaste a algún alemán echándote de menos?

—¿Crees que me importa si algún alemán que no lleve el apellido Bauman me echa de menos?

—¿Siempre respondes con preguntas?

—¿Te molesta?

—¡Dios! ¿Cómo me puedes gustar tanto con lo borde que eres?

—¿Porque soy irresistible? ¿Porque me gusta el helado de menta y chocolate?

—No callarás...

—¿Seguro? —pregunté con su frente apoyada en la mía.

—Si haces una sola pregunta más…

—¿Qué? ¿Se lo dirás a Marta?

—Cállate, anda —sentenció antes de sellarme la boca con un beso que sabía a sal y a sed acumulada durante dos décadas.

Entre beso y beso, Andrés rio por lo bajo.

—Entonces, no hay ningún alemán que te soportara.

—¿Crees que he aprendido a besar con un espejo? —le piqué.

—Eres un bicho, pero me lo merecía. Y sé perfectamente que no aprendiste con espejos... Te vi con cierto francés mientras te metía la lengua hasta la campanilla.

Me quedé helada. Andrés me hundió de nuevo antes de que pudiera reaccionar.

—El concierto de Duncan Dhu.

—Sí, señorita. Tú y el francés de las narices me jodisteis el concierto —gruñó volviéndome a hundir mientras yo intentaba pelear con él—. ¿Crees que vas a poder conmigo?

—¡Andrés! ¿Me has traído aquí para ahogarme? ¿Ese era tu plan?

—No. Quería comprobar si el francés tenía razón y tus besos sabían a menta y chocolate.

Me quedé paralizada. ¿Cómo demonios sabía que Dominique decía eso? Jamás se lo había contado a Ana.

—¿Qué dices? ¿Cómo sabes eso?

—Verano de 2006 —respondió con un amplio movimiento de la mano en el aire—. Pasaba mis vacaciones en Londres con mi novia y te vi en las escaleras del Museo Británico.

—¿Hablas en serio?

—Sí, pequeñaja. Y ahí entendí que no estaba enamorado de mi novia. Dos horas más tarde ella se volvía a Valencia acordándose de mis muertos y yo estaba sentado en Piccadilly Circus cuando te volví a ver. Él te dijo que tus besos sabían a menta y chocolate.

—Exacto.

—Pues no tenía razón el francés. Tus besos saben mucho mejor que eso —dijo antes de volver a besarme.

—¿Solo oíste eso?

—Sí, ¿por qué? —preguntó mientras yo rodeaba su cintura con las piernas.

—Porque hablábamos de ti. Estaba medio enfadado conmigo porque yo no me atrevía a presentarme —sonreí— a la asignatura que tenía pendiente desde hacía años. El día del concierto Dominique se dio cuenta de que me pasaba algo.

—¿Y qué te pasaba?

—Que tú también me jodiste el concierto.

—Pues parecías pasarlo muy bien —bromeé.

—Eres igual de idiota que hace veinte años.

—Pero te sigo molando.

—¡Serás creído!

—No te escabullas. Cuéntame qué hablabas con el gabacho.

—Pues le decía que, igual si tú supieras que mis besos sabían a menta y chocolate, me habrías hecho caso.

Andrés soltó una carcajada sonora, estrechándome contra él mientras comprendíamos que habíamos estado dando vueltas en círculos el uno alrededor del otro durante media vida.