Menta y Chocolate El copyright es mío
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El copyright es mío

Eva

P ocas habían sido las horas dormidas. El nerviosismo me corroía por dentro hasta el punto de que, a las tres de la mañana, tras comprobar que dormir iba a ser misión imposible, me rendí.

Me senté frente al portátil para empezar a leer el libro en el que, supuestamente, empezaría a trabajar en un par de semanas.

Se suponía que estaría de vacaciones hasta la mudanza, pero necesitaba domar los nervios que me invadían.

Descarté las opciones típicas. Salir a correr, como hace Ana, me parece un acto de cobardía—ya saben, por aquello que dicen que correr es de cobardes—, bueno, y muy cansado.

Tampoco he logrado nunca encajar en ninguna de esas extrañas posturas de yoga que Helga practicaba en medio del Rheinhausen y, por descontado, quedaba lo de ponerme a hornear una coca , como hace mi madre cuando el estrés la aturulla.

La cocina y yo no somos besties ; de hecho, ni siquiera somos conocidas.

Cocinar no es lo mío. Hago lo justo para sobrevivir, esa es la pura y dura realidad.

Así que, descartadas esas armas para atrapar a Morfeo, pensé en leer.

Normalmente es mi vía de escape, aunque sabía que no iba a ayudarme a conciliar el sueño.

Soy de la secta de «una página más y lo dejo» o «solo hasta el final del capítulo», y jamás cumplo.

Siempre sigo. Al final, Morfeo me visitó, pero el gracioso decidió dejarme K.O.

sobre el teclado. Allí me encontró mi abuelo a las siete y media cuando salía para su paseo mañanero; él y su extraña manía de madrugar como si no estuviera jubilado y dispusiera de todas las horas del mundo.

Me miró entre divertido y preocupado y me mandó directa a la cama.

Logré dormir dos horas de reloj. El resto de la mañana la pasé tumbada junto a la piscina, hasta que mi abuela me llamó para comer.

Tras la comida volví a quedarme medio traspuesta hasta que el móvil empezó a dar señales de vida.

Ana, Félix y mi primo se habían puesto de acuerdo para bombardearme a mensajes.

Yohann y Dominique no se quedaron atrás; con ambos había hablado la noche anterior y ambos me tenían la cabeza como un bombo.

El primero me recordaba que ya era hora de aprobar mi «asignatura pendiente» —maldita su gracia—, y el segundo me metía prisa diciendo que más me valía que todo saliera bien con Andrés para poder justificar, al menos, que nosotros no estuviéramos juntos.

De verdad, ¿he podido tener más suerte con los hombres de mi vida?

Tanto Ana como Helga dicen que soy un raro espécimen por llevarme bien con todos mis «ex».

Yo no sé si soy rara o, simplemente, he tenido suerte.

Sin contar que nunca pasó nada trágico por lo que romper.

¿Nada trágico? Eso es interpretable, porque mayor tragedia que estar obsesionada con el hermano de tu mejor amiga desde que eras una niña...

Ya os digo yo que las Brontë hubiesen hecho una novela de las de llorar a moco tendido.

A moco tendido quería llorar yo. Igual esa era la manera de ahogar a la legión de mariposas que no solo anidaban en mi estómago, sino que revoloteaban por mi esófago consiguiendo dejarme sin el aire suficiente para respirar.

Hecha una madeja de nervios, abrí la ventana que daba al jardín para intentar respirar algo de aire fresco.

Una absurdez, porque el aire comenzaba a recalentarse dando señas de la ponentà que nos acechaba sin piedad.

Por ironías de la vida, una mariposa se coló en la habitación, revoloteó a mi alrededor y al de Jara —que atenta seguía su vuelo— hasta que, en un signo de valentía, se posó en mi mano antes de volver a salir al jardín.

Cerré la ventana y volví a centrarme en el maremágnum de vestidos, shorts , faldas y camisetas que invadían mi cama. Colé la mano entre la montaña de colorida ropa veraniega y saqué un corto vestido de lino verde. Aquel era el elegido.

—¿Te gusta cómo me queda?

Jara se levantó de su cama, gesto que catalogué como un sí. Me miré en el espejo, me recogí la melena en una coleta y, tras ponerme un poco de gloss en los labios, salí del dormitorio.

— Iaia , me voy —dije desde la puerta de la cocina—. Si Jarita se pusiera de parto me llamas, ni se te ocurra no hacerlo. —Le devolví la sonrisa a mi abuela, que me miraba mientras se secaba las manos en el delantal—. Además, Alejo también estará allí.

—¿Alejo?

—Sí, es de risa. Resulta que los compañeros de piso de tu nieto en Madrid eran el hermano y el novio de Ana. Nunca dejo de sorprenderme de lo pequeño que es el mundo.

—El mundo es un pañuelo.

—Bueno, tú llámame. No quiero perderme el nacimiento de mis sobrinos caninos.

—Sí, no te preocupes.

Mi abuela me tomó la cara entre sus manos para darme un par de besos.

—¡Qué guapa está mi nieta!

—Gracias, iaia .

Me despedí de mis abuelos y de Jara, que se había vuelto a tumbar con cara de estar a punto de parir —o de estar harta de mí—, y salí rumbo al chalé de los padres de Ana.

—¡Eva! —me llamó mi abuela desde la puerta cuando ya estaba a unos metros.

—Dime —contesté girándome. Tuve que entornar los ojos porque la luz del sol me golpeaba de frente.

El atardecer nos estaba regalando unas tonalidades anaranjadas bellísimas—.

¿Has visto qué bonito está el cielo, iaia ?

—Mi abuela asintió con un ligero movimiento de cabeza, pero su mirada estaba fija en mí—.

¿Qué me querías decir? —pregunté al ver que no hablaba.

—Nada, solo... desearte suerte.

—¿Suerte? —puse mi mejor cara de póquer.

—¿Acaso no va el hermano de Ana?

—Sí, pero…

—No hay «pero» que valga, Eva. En esta vida hay que luchar por lo que se quiere. No lo olvides nunca. Has dado un gran paso viniendo, pero aún te falta el más importante.

Me quedé desarmada. La iaia siempre iba directa al mentón.

—Pero, iaia … ¿y si él no siente lo mismo? —musité, sintiendo que mi seguridad de mujer de mundo se evaporaba en el aire caliente.

—Estoy segura de que, si tú has dado este paso, es por algo. Ahora vete y disfruta de la noche. Todo va a ir bien. Si decide ponerse de parto, te llamamos. ¡Vete ya!

Le envié un beso al aire y emprendí el camino. Al pasar por delante de mi antigua casa, la de mi infancia, me detuve un segundo. Escuché voces de niños correteando por el jardín.

—¡Andrés! —escuché gritar a la que imaginé que era la madre.

Solo escuchar aquel nombre hizo que mi pulso se acelerara hasta rozar la taquicardia.

Pues nada, guapa , me dije a mí misma retomando la marcha con las piernas de gelatina, a ver cómo lo haces allí si te pones así solo por oír su nombre en boca de una desconocida .

Esto iba a ser una prueba de fuego, y no lo decía solo por la barbacoa.

Los ladridos de un perro llegaron hasta mí nada más poner un pie en la entrada. Debe de ser Titán , pensé. Respira, Eva… respira , me repetí mientras escuchaba la voz de Andrés al otro lado de la valla.

—Hola, vecina —me saludó con una sonrisa que intentaba ocultar su propio nerviosismo. Titán no fue tan sutil; se alzó sobre sus patas traseras intentando lamerme hasta el último rastro de gloss .

—¡Titán, bájate! No seas maleducado, no conoces a Eva de nada —le riñó Andrés, aunque sus ojos decían que él sí tenía ganas de conocerme un poco más.

—No pasa nada —reí, acariciándole la cabeza—. Hueles a Jara, ¿verdad, guapo?

—Le has gustado. Claro, no me extraña... —soltó Andrés, clavando su mirada en la mía.

Por un segundo sentí que me perdía en sus oscuros ojos hasta que recordé que llevaba algo en las manos.

—Toma. Un par de botellas de vino.

—No tenías que molestarte.

—¡Qué menos! Traer postre habría sido buscarme un problema. Creo que somos los únicos dos bichos raros del planeta que disfrutamos con el mismo sabor de helado —le dije guiñándole un ojo.

—¡Eva! —gritó Alejo apareciendo de la nada. Mi primo acababa de descubrir que su mejor amigo y su prima eran «viejos conocidos» y su cara era un poema.

—Mejor entramos —propuse.

—Sí, porque fugarnos ahora mismo quedaría feo —bromeó Andrés en voz baja.

—¿Fugarnos? ¿Por qué?

—Porque mi hermana está insoportable con su papel de casamentera. Intenta liarme contigo a toda costa.

—A tu hermana no hay que hacerle ni caso, Andrés. Deberías saberlo —contesté evitando su mirada. Eva, eres tonta , me recriminé al instante. ¿Por qué has dicho eso?

—Lo sé —respondió él—. Además, seguro que has dejado a algún alemán echándote de menos por allí.

No respondí, solo sonreí. En el momento en el que sus ojos me devolvieron su sonrisa supe que mi locura iba a valer la pena.

De la mano de mi primo y escoltada por Titán, me adentré en el jardín de la casa en la que tantas horas había pasado de pequeña.

Ana se acercó corriendo para abrazarme y reñirme por mi tardanza.

Tras las presentaciones, hablar con Helena, la novia de Alejo, y conocer a Iván, Félix me dio una deliciosa copa de sangría de vino blanco y me llevó a un rincón.

—Y dices que Ana intenta liarte con su hermano —murmuró Félix con sarcasmo—. Nuestra amiguita sabe muy bien lo que se hace.

—¿Qué?

—A ver, Evita, seamos sinceros, a ti te gusta Andrés, no lo puedes negar.

Cosa que entiendo perfectamente, el jodido está como le da la gana.

—Una sonrisa indiscreta asomó a mis labios con sus palabras—.

Querida, a él le gustas tú... no ha dejado de mirarte en toda la noche.

Conozco a este desde hace mil años y nunca lo había visto mirar así a una chica.

Y tú —se rio acercándose más—, estás coladita por él.

Y repito que te entiendo perfectamente, Andrés es perfecto...

salvo por el pequeño detalle de que al muy jodido le gustan las mujeres.

Solté una carcajada y lo empujé suavemente.

—¡Mira que eres tonto!

—Seré tonto, pero tengo ojos. ¡Qué mala suerte que yo no encuentre a alguien así!

—Félix, estás como una cabra. Tú sí que eres perfecto.

Andrés

Verla reírse así con Félix me estaba matando. No es que fuera celoso, pero esa complicidad me ponía los dientes largos.

—Me gusta Eva, es muy guapa y simpática —me soltó Iván, que disfrutaba de mi cara de póker mal ejecutada.

—Iván, ¿tengo que recordarte que soy el hermano de tu novia? —bromeé—. Mejor no me hables de otras mujeres.

—No, imbécil, me gusta para ti. Y tú no puedes negar que te gusta. Las miraditas os delatan a los dos.

—¿Tú crees? —le pregunté, bajando la guardia.

—¡Ajá! Entonces sí que te gusta. Si es que no paráis de buscaros con la mirada.

Reí justo cuando Alejo se acercó con cara de estar uniendo los puntos de un mapa del tesoro.

—¿Qué secretitos os traéis aquí vosotros dos?

—Aquí al colega le mola tu prima —soltó Iván, dándome un par de palmadas en la espalda.

—¡Hala, publícalo en Facebook y Twitter! ¡Seréis panda de marujas! —me quejé, aunque sabía que estaba perdido.

—Si es que yo sabía que estabais hechos el uno para el otro —sentenció Alejo—. Evita es la prima que siempre te quise presentar. A ella es a la que le gusta tu helado favorito, la que no conociste en aquel concierto porque no quisisteis acercaros adonde estaba con el alemán…

—Francés —corregí al instante, sin pensar.

El silencio que siguió fue sepulcral. Iván y Alejo se quedaron de piedra.

—Andrés, ¡no me jodas! —Alejo casi suelta el vaso—. ¿Tú la conocías... a ti te molaba mi prima?

—¡Pero qué dices! —traté de recular—. Sois unos marujas, deberíais dedicaros a escribir guiones.

—No, no, no. Espera un momento. ¿Cómo recordabas que era francés? Porque es cierto, mi prima salía con un francés, pero de eso hace ya una eternidad.

—Porque tengo buena memoria. Tú no dejabas de hablar de él.

Alejo se quedó mudo un segundo, atando el último cabo.

—¡No me lo puedo creer! —casi vociferó, bajando el tono al ver a Eva a unos metros—. Recuerdo a un chico que llegó corriendo, jadeando, el día que mi prima se fue. ¡Eras tú!

Iván y Alejo estallaron en una carcajada.

—¡Paso de vosotros dos!

—Habla con ella, mi prima no se come a nadie —me soltó Alejo por lo bajo—. A no ser que te bañes en esa cosa verde que tanto os gusta.

—Gilipollas…—dije por lo bajo enseñándole el dedo corazón de la mano derecha bajo las carcajadas de mi par de amigos y la atenta mirada de todos los presentes.

Eva

La voz de Andrés se escuchó sobre las demás. Le sonreí. Mi móvil comenzó a vibrar; vi a Andrés acercarse y se detuvo hasta verme colgar la llamada.

—Eva, ¿podemos hablar? —preguntó.

—¿Es urgente?

—No —respondió él, su cara fue un poema. Estaba claro que no esperaba mi brusca contestación, en realidad, tampoco era mi intención ser tan cortante.

—Alejo, me acaba de llamar el abuelo. Jara está de parto —anuncié—. Voy para allá, ¿vienes?

—Sí, claro —contestó mi primo dejando el vaso.

Nos despedimos a la carrera. Ya estábamos junto a la puerta cuando tomé una decisión.

—Alejo, adelántate, ahora voy yo —le dije mientras acariciaba a Titán. Busqué a Andrés con la mirada y le hice una seña. Acudió al momento—. Perdona que haya sido tan cortante antes. No quería ser borde.

—La verdad es que me diste un planchazo —admitió él—, pero lo entiendo. Yo también acudiría junto a Titán si estuviera de parto.

—¿Titán de parto? Eso sería digno de ver —reí.

—Era un suponer... ¿también me vas a dar caña tú?

—Hoy no —le contesté sosteniéndole la mirada—. Tal vez...

—¿Mañana? ¿Te apetece comer conmigo mañana? —propuso de golpe—. Paso a por ti y nos vamos a la playa.

—¿Tú y yo?

—Tú y yo. Sin casamenteros.

—Perfecto.

Me acerqué y le di un par de besos en las mejillas. Sorbí su aroma antes de separarme.

—Nos vemos mañana.

—Hasta mañana, pequeñaja —me susurró al oído. Sentí un escalofrío cuando sus dedos bajaron por mi brazo hasta rozar los míos.

—Hacía mucho que no me llamaban así... y desde ayer no paro de escucharlo.

—Tengo el copyright, pequeñaja.

—Hasta mañana.