Sin telarañas en la cajita de música
Eva
A ndrés, eres mi perdición. Tú y este helado…
No había podido evitarlo. Tras el encuentro de aquella misma mañana, la ansiedad me estaba devorando viva y la única solución terapéutica que encontró mi cerebro fue pasar por el súper y comprar una tarrina de menta y chocolate.
Media hora después de haberla abierto, poco quedaba de ella.
Casi la había devorado en un intento desesperado por calmar a las locas mariposas que se estrellaban contra las paredes de mi estómago.
¿A quién se le ocurriría la metáfora de las mariposas?
De verdad, a mis años dudo que lo que tengo ahí dentro sean esos insectos etéreos.
Más bien parecen polillas ciegas y borrachas que no hacen más que estamparse contra mis órganos.
Igual tienen una sobredosis de menta. ¿El helado, Eva?
No, bien sabes quién las ha puesto así. El mismo que te hace pensar en sandeces mientras llevas una hora zampando azúcar y mirando al infinito .
No lograba pensar en otra cosa. Estaba desconcertada y, para qué negarlo, emocionada. Nunca imaginé que Andrés recordara tantos detalles después de dos décadas. Veinte años, se dice pronto. Tan absorta estaba en mis «mariposas borrachas» que no vi acercarse a mi abuela.
— Xiqueta , no me has contado cómo te ha ido con el piso —la voz de la iaia me hizo dar un salto en la hamaca.
— Iaia , no te oí llegar —dije, dejando la tarrina a un lado de golpe.
—Eva, aquí fuera estás cogiendo toda la humedad de la noche. ¿Pasa algo?
—No, nada, de verdad.
—¿Seguro? —Mi abuela me miró con esa desconfianza de quien ha criado a dos generaciones de humanos y tres perrunas—. No te veo muy convencida. ¿Qué tal el piso?
—Muy bien. En un par de semanas os libráis de esta okupa.
—¡No digas tonterías! —rio ella, sentándose a mi lado y acariciando a Jara—. Tu abuelo y yo te echaremos de menos, pero Jarita mucho más. Pero dime... ¿lo conozco?
Me quedé helada.
—¿A quién?
—Al chico que te tiene así —soltó la iaia , tomándome de la barbilla con esa autoridad que solo tienen las abuelas valencianas.
Bueno, las valencianas y las de cualquier parte del mundo, porque mi oma no se queda atrás—.
A ver, carinyet , desde ayer estás ausente y esa miradita tuya me suena.
Es la misma que tenía yo cuando andaba enamoriscada de tu abuelo y me olvidaba hasta de mi nombre.
No pude evitar sonreír y besarle la mano. A la iaia no se le escapaba ni una, así que, de perdidos al río; poco tardaría en descubrirse el pastel. Le di rienda suelta a mi lengua y a mi corazón.
—Es el hermano de Ana, Andrés.
—¿El de Anita? —exclamó mi abuela—. Mare de Déu ! ¿No me digas que ese chico es el motivo que te ha traído de vuelta a Valencia?
Me limité a hacer un mohín que ella interpretó, acertadamente, como un sí rotundo. Me abrazó con fuerza.
—Pues nena, ¿sabes qué te digo? Que me alegro de que te hayas enamorado de un valenciano. Con tener a tu madre en el país de la Merkel ya tengo bastante ración de exilio.
El sonido del móvil interrumpió la conversación.
—¿Es él? —preguntó mi abuela con una sonrisa.
—No, iaia —reí.
—Hala, me voy para dentro, te dejo hablar tranquila.
Nada más descolgar, la voz de mi amiga me asaltó sin darme tregua.
—Hola, Ana, justo hablaba con mi abuela de ti. Sí, de ti —repetí ante su insistencia—. ¿De tu hermano? ¿Y por qué iba yo a hablar de Andrés con mi abuela? ¿Qué? Ana, no inventes.
—Ja, ja, ja… sí, me río porque justo eso me respondió Andrés —soltó ella con esa risa suya que lo envuelve todo—. A ver, podréis decirme lo que queráis, pero, Eva, a mí no puedes negarme que siempre te gustó mi hermano.
—No seas fantasiosa, Anita, cualquiera que te oiga pensaría que he estado encerrada en una habitación sin salir con nadie y, te recuerdo, que he tenido más de un novio.
—Evita —su «Evita» resonó en mi cabeza y me reí junto con ella, porque era su respuesta a mi «Anita»—, por supuesto, querida amiga, no has estado encerrada ni guardando la «cajita de música».
—Las dos empezamos a reírnos como locas.
A pesar de los años, ambas recordábamos nuestra última acampada y la metáfora de Marta—.
Sé que mi hermano no tendrá que apartar telarañas…
—¡Ana!
Jara se sobresaltó a mi lado y me miró con cara de estar empezando a dudar de mi cordura al escuchar mis carcajadas. Ana no se quedaba atrás.
—Así que habrás podido salir con todos los chicos que te dé la gana, pero, guapita o, mejor dicho, pequeñaja…
—¡No te pases, Anita! —Una risa tonta afloró mientras la recriminaba.
—Lo ves. Tu risita te delata, querida. A ti te mola mi hermano. Y has de saber que siempre lo supe. Lo mejor es que te sigue gustando y… me callo… ya os arreglaréis vosotros. ¡Pero me encanta!
—Ana, siempre has sido una lianta —contesté, sintiendo una punzada en el estómago.
—Lianta no, os conozco a ambos y ese rollito que os traíais esta tarde decía mucho. Ah, y no me creo que no lo hubieras reconocido.
—A ver, en realidad sí que lo reconocí ayer, pero como no me dijo nada…
—¿Qué? ¿Y por qué no se lo dijiste? Bah, déjalo. Escúchame: el sábado tenemos barbacoa en casa de mis padres.
—¿Ya regresaron?
—No, siguen fuera. Ellos no estarán, pero a ti te quiero allí. Además, así te presento a Iván, que tiene muchas ganas de conocerte.
—Yo también tengo ganas de conocerlo.
—Y Andresito también estará. ¡Ay, qué ilusión me hace!
—Ana, no seas fantasiosa, anda.
—De fantasiosa res de res , sé lo que me digo.
Andrés
Y es que no hay droga más dura que el amor sin medida.
Y es que no hay droga más dura que el roce de tu piel.
Y es que no hay nada mejor que tener tu sabor…
Subí el volumen y, helado en mano, acompañado de mi fiel escudero, salí al balcón.
No podía pensar en otra cosa que no fuera ella.
Si de normal Eva era un recuerdo demasiado presente en mis pensamientos, desde nuestro encuentro en la clínica de Alejo se había adueñado de todas y cada una de mis neuronas.
Cerré los ojos y ante mí apareció aquella sonrisa que tanto me gustaba, que tanto había recreado y que no me había defraudado tras haberla imaginado durante años.
—Y en unos días la tendré a unos veinte escalones de distancia.
Joder… Titán, ¿quién nos iba a decir que cambiaríamos a Cuqui por Eva?
Tú no la conoces, pero Eva… Eva… Titán, entre nosotros, Eva me obsesiona más que el helado que me acabo de zampar.
Por Dios, me va a salir menta y chocolate hasta por los ojos…
Suspiré mirando a Titán, que no me quitaba ojo mientras movía la cola levemente.
—Titán, el sábado tendré que ponerme las pilas porque ayer y hoy me he lucido.
Pero esa mujer tiene la culpa de todo. Pone mi mundo del revés y, lo peor, es que ha tenido ese poder desde que era pequeña.
¡Podrías hablar y decirme algo! Bueno, mejor no, que ya no nos queda helado e igual de la impresión lo necesitaría.
Titán dejó caer su pesada cabeza sobre mis piernas, soltando un bufido de resignación.
—¡No me mires así! ¡Ya sé que debes de pensar que no estoy muy bien de la cabeza!
Pero bien tontito que te pones tú cuando ves a Sira.
¿Creías que no sé que te mola la bóxer de Alejo?
Pero, macho, entiende que lo tuyo con Sira no tiene futuro, ¿imaginas qué podría salir de un cruce entre vosotros dos?