Menta y Chocolate El décimo derecha
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El décimo derecha

Eva

C asi no había dormido. Mi cabeza se había convertido en un proyector averiado que reproducía en bucle la misma imagen: Andrés, en la clínica, con esa mirada que parecía estar leyendo el código de barras de mis más ocultos pensamientos.

Esos en los que lo guardo a él. Me pasé la noche mirando el techo, hipnotizada por el movimiento de las aspas del ventilador mientras intentaba dilucidar si me había reconocido o si simplemente se había quedado bloqueado ante la visión de una mujer sujeta a la correa de una embarazadísima canina.

Jara, por su parte, me escuchaba con esa paciencia infinita que tienen los perros cuando sus dueños entran en fase de delirio.

Movía la cabeza de lado a lado, como si realmente estuviera sopesando mis argumentos sobre si dos décadas de distancia son suficientes para anular un revoloteo de mariposas en el estómago.

—Jara, de verdad, si alguien estuviera grabando este monólogo, me pondrían una camisa de fuerza antes de que terminara el café —le dije, acariciándole la cabeza—. ¿Es guapo, verdad? Sí, es insultantemente guapo. Tiene una mirada condenadamente sexi.

— Carinyet , ¿me decías algo?

—No, iaia , hablaba con esta gordinflona. —Acaricié la cabeza de Jara, que parecía mirarme de manera cómplice, y me apresuré a terminar el café con leche.

—¿Vas a ver a tu primo?

—Igual sí, el piso está bastante cerca de la clínica. Puede que coma con él, no lo sé.

—Bueno, llámame para saber qué vas a hacer. —Me quitó la vacía y desteñida taza de florecitas azules de la mano para dejarla junto a la suya en la pila—. ¿Has hablado con Anita?

—No, luego la llamaré para ver si ya está aquí —respondí sin poder evitar que la imagen de Andrés asaltara una vez más mi cabeza—. Iaia , me lavo los dientes y me voy. No quiero llegar tarde a la cita, no vaya a ser que alguien se adelante y se quede el piso.

Tenía que llamar a Ana, lo sabía. Llevaba un mes en Valencia en modo «testigo protegido» y mi mejor amiga iba a poner el grito en el cielo en cuanto se enterase de que estaba aquí.

Aparqué cerca del centro, en una calle paralela a la dirección que me habían dado. El destino, que a veces tiene un sentido del humor muy retorcido, me hizo caminar unos metros de más hasta llegar al portal donde me esperaba Reme, la propietaria.

—¿Eva? —preguntó Reme con ese aire escrutador de quien alquila un piso como quien entrega a un hijo en adopción.

—Sí, soy yo. Usted debe de ser Reme.

No terminé de cerrar la boca cuando un yorkshire furioso, que respondía al nombre de Cuqui, decidió que mis tobillos eran el juguete del año. Al otro lado del descansillo, en la puerta de enfrente, se oyeron un par de gruñidos profundos que hicieron temblar hasta los marcos de las puertas.

—¡Calla, Cuqui! Ya te ha escuchado Boss. No lo provoques, que sabes que tiene más paciencia que un santo —le riñó Reme.

—¿Boss? —pregunté, y un escalofrío me recorrió la nuca. Ese nombre me sonaba muchísimo.

—Sí, es el pastor alemán del vecino. Un encanto de animal, no como esta tontuela. Ya lo conocerás si te quedas con el piso, es el guardián del décimo.

Recorrí el apartamento intentando concentrarme en la luz de la terraza y en el espacio para mi escritorio, pero el nombre de Boss martilleaba en mis sienes. El piso era perfecto: décima planta, exterior, luminoso y con ese aire de «nuevo comienzo» que tanto necesitaba.

—Me gusta, Reme. Me veo aquí —le dije, intentando ignorar que Cuqui seguía intentando deshilachar mis espardenyas .

—Me alegro, carinyet . A mí me has gustado nada más verte. Tienes cara de buena gente, de las que no montan fiestas hasta las tres de la mañana.

Media hora de interrogatorio después —Reme sabía de mi vida más de lo que necesitaba.

Solo le había faltado preguntar mi grupo sanguíneo—, salí del piso con la cabeza como un bombo.

Entré en el ascensor despidiéndome de la mujer y de su fiera de bolsillo, suspirando de alivio al cerrarse las puertas.

Pero la paz duró lo que tarda el ascensor en bajar un piso.

Al llegar al noveno, las puertas se abrieron y el mundo se detuvo. Chocamos. Literalmente.

—Perdón —solté por inercia, tropezando con unos hombros anchos y sólidos que olían a ese perfume que se me había quedado tatuado en la nariz la tarde anterior.

—Nada, no pasa nada... —La voz era profunda, tranquila, y me golpeó en el pecho antes incluso de que levantara la vista.

Me quedé clavada en aquellos ojos marrones.

Mis pupilas se dilataron tanto que por un momento temí que se me escapara la cordura por ellas.

Andrés me sostenía por los codos para que no me cayera, y el contacto de sus manos en mi piel me provocó una descarga eléctrica que no sentía desde nuestro paseo bajo la lluvia.

Andrés

El mundo tembló a mis pies. No podía terminar de creerme que el destino nos cruzara de aquella manera.

No entendía qué estaba haciendo Eva en mi ascensor.

Sin duda alguna, el guasón del gato debía de estar divirtiéndose a nuestra costa.

A ndrés, no puedes seguir perdiendo el tiempo, dile algo de una vez .

No podía dejar de mirar sus ojos. Me seguían pareciendo los más bonitos en los que perderse para encontrarse. Mi cabeza daba vueltas intentando encontrar las palabras adecuadas, pero no se me ocurría nada con un mínimo de lógica.

—Eh... ¡Yo te conozco! —solté, sin estar muy seguro de qué venía a continuación justo al abrirse la puerta del ascensor. Conseguí que una sonrisa asomara en mis labios y ella me la devolvió.

—Sí —respondió saliendo del ascensor delante de mí.

—Eres la prima de Alejo. Ayer nos vimos en la clínica.

—La prima de Alejo…

Amplié mi sonrisa al ver dibujarse la sorpresa en su rostro. No era aquella la explicación que esperaba.

—¿Vives aquí? —pregunté envalentonado.

—Casi.

—¿Casi? —No sé por qué, tal vez por los nervios que me estaban devorando por dentro, solté una carcajada y, sin darme cuenta, dije aquella palabra oxidada por el desuso—: ¿Cómo se vive «casi» en un sitio, pequeñaja?

Su respuesta fue inmediata. Sus labios me mostraron aquella sonrisa que tanto añoraba, dibujando los hoyuelos a ambos lados de su boca al tiempo que la alegría iluminaba sus ojos.

Durante un breve instante el tiempo no solo se detuvo, sino que dio marcha atrás, haciéndome revivir nuestras interminables disputas en el patio del colegio, nuestras treguas frente a una tarrina de menta y chocolate.

—Porque me mudo en breve. Al décimo derecha.

—Vaya... —Mi mirada se volvió más intensa—. Me alegra saberlo. Siempre ayuda a empezar el día encontrarse con una cara bonita nada más salir de casa.

Justo cuando sentía que iba a desintegrarme allí mismo por combustión espontánea, una voz de sorpresa absoluta estalló desde el fondo del rellano.

—¿Eva? —Mi hermana estaba plantada en la puerta de la calle, con los ojos como platos—. ¿Pero de verdad eres tú o el calor me ha provocado alucinaciones?

Eva se quedó pálida. Por un momento pareció que se iba a fundir con el mármol del portal.

—¡Ana! —la oí decir, con una voz que era puro nervio.

—¡No me lo puedo creer! —Ana soltó las bolsas que llevaba en la mano y se lanzó a su cuello—. Pero ¿qué haces aquí? ¿Cuándo has llegado? ¿Y por qué mi hermano sabía que estabas aquí y yo no?

Me cruzó de brazos, intentando recuperar mi propio pulso mientras las observaba.

—Parece que la prima de Alejo ha venido a ver el piso de Reme, Ana. —Vi la sorpresa en los ojos de mi hermana al escuchar mi comentario. De inmediato entendió que no quería que montara una comedia romántica en un momento.

—¿El piso de Reme? —Ana se separó de ella, sujetándola por los hombros—. ¿Te mudas aquí? ¿Al mismo edificio? Eva, esto es... es increíble. Pero ¿por qué no me habías dicho nada?

—A ver, es que no había nada que contar. En cuanto a lo de tu hermano, yo no sabía que era Andrés.

Ana nos miró a los dos. Su mirada nos escudriñaba, nos analizaba con parsimonia. Estaba claro que a mi hermana era imposible mentirle.

—¿Me estás diciendo que no os habíais reconocido?

—Ayer coincidimos un momento en la clínica de Alejo —respondí ante la acusadora mirada de mi hermana—, pero no ha sido hasta hace un momento cuando nos hemos reconocido. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto a la niña de los hoyuelos que me robaba mi helado favorito.

—¿Perdona? —Con una amplia sonrisa enmarcada por aquellos hoyuelos que tanto me gustaban, replicó Eva—, ¡yo jamás te robé helado! Tú lo compartías conmigo.

—Claro, como para no hacerlo y que mis padres me castigaran por no invitar a la pequeñaja que no sabía que no hay que usar chanclas para montar en bici.

—Claro, claro, porque tú jamás lo hiciste.

—Yo era más mayor, pequeñaja.

—Estás cogiéndole el gusto al apelativo.

—Siempre me gustó.

—¿Hablas del apelativo, hermanito? —interrumpió mi hermana, que asistía con una irónica sonrisa que silenciosa gritaba un «lo sabía»—. Ahora dime, pequeñaja…

No pude evitar soltar una carcajada al ver la cara de Eva al escuchar a mi hermana, y mucho menos al ver su dedo índice moviéndose de izquierda a derecha para dejarle claro que no podía llamarla así.

—¿Puedo saber desde cuándo estás aquí y por qué yo creía que andabas aún en Bonn?

—A ver, no te mosquees. Es verdad que llevo aquí un mes.

—¡Un mes! ¿Llevas un mes en Valencia y yo no lo sabía?

—No seas melodramática. Estabas fuera con Iván, sin contar que mis padres se han ido hace unos días y quería pasar todo el tiempo posible con ellos. No creas que mi madre está muy contenta con mi decisión y, bueno, luego está Jara, que está a punto de parir.

—¿Quién es Jara?

—Pues debe de ser la nieta de Xena, porque es igual.

—Bisnieta.

—¿En serio? —Eva asintió—. Parece que fue ayer aquella tarde de lluvia…

—Uf… ni me lo recuerdes. Mira que ha llovido desde entonces, que ha estado Zsa Zsa…

—La recuerdo, también era muy maja ––dije recordando a aquella vizla que siempre acompañaba a Eva.

—Hera y ahora Jara, pero sigue doliendo. Tu amiguito es veterinario por ella, por Xena.

—¿Quién me iba a decir a mí que Alejo era primo de la pequeñaja?

—El mundo es un pañuelo.

—¡Y tanto que es un pañuelo! Lo grande que es Valencia y ahora no solo mi hermano y mi novio viven en este edificio, sino también mi mejor amiga. ¡Jodido gato, al final consiguió llegar a la punta del ovillo!

—¿De qué gato hablas? —La cara de Eva dejaba claro que no entendía nada.

—Yo me entiendo.

—¡Claro! Boss es el perro de Iván —soltó Eva—. Ya decía yo que el nombre me sonaba mucho cuando lo dijo Reme. Bueno, chicos, os dejo, voy a pasar por la clínica de Alejo y a este paso se me hace tarde. Luego te llamo, Anita.

—Más te vale —replicó mi hermana volviendo a abrazarla.

—Ya nos vemos, Andrés.

—Sin duda alguna, ahora vamos a ser vecinos.

—Sí.

Nuestras miradas se perdieron la una en la otra durante unos breves segundos que me parecieron una eternidad. La eternidad en la que deseaba vivir.

—Eva.

—Dime.

—Cuando te apetezca helado, siempre tengo una tarrina en el congelador. Me encantará volver a compartirla contigo.

—Y a mí.

Entramos en el ascensor en cuanto la silueta de Eva se perdió tras el cristal de la puerta del portal.

Yo ni siquiera recordé que, en realidad, salía de casa y no volvía a ella.

El silencio entre Ana y yo duró exactamente lo que tardó el motor en ponerse en marcha.

Mi hermana me miraba con una sonrisa tan socarrona que casi podía oír sus pensamientos gritando.

—¿Por qué me miras así? —pregunté, intentando que mi tono fuera el de un treintañero hecho y derecho, y no el de un adolescente al que acaban de pillar con las manos en la masa.

—«Siempre tengo una tarrina en el congelador» —repitió ella, imitando mi voz con una guasa infinita—. ¿Esa es tu nueva técnica de seducción, Andresito?

—No digas tonterías. Es... es solo un detalle por los viejos tiempos.

—Claro, claro. Un detalle de los que te dejan la mirada perdida durante una eternidad. —Ana se cruzó de brazos, apoyándose en la pared del ascensor—. Andrés, nos conocemos. No puedes negarlo. ¡Te gusta Eva! Y me encanta, para qué te voy a decir lo contrario.

—¿Te has vuelto loca? —solté, aunque sentía que el calor de mis mejillas me delataba.

—No, tete, reconócelo de una vez. Esto no es un flechazo repentino de agosto. A ti Eva te ha gustado siempre, desde que compartías esa masa verde con ella. Y mira que mi Evita siempre ha tenido mucho éxito, pero parece que el destino ha decidido que el helado se comparta en el noveno.

—Ana, deja de imaginar cosas donde no las hay —le pedí, saliendo del ascensor en cuanto se abrieron las puertas.

—¡Andrés! —me llamó, empujándome con el hombro mientras caminábamos hacia la puerta de casa—. ¿Qué tiene de malo reconocerlo? Hacéis una pareja increíble. Además…

Se calló de golpe. Noté cómo frenaba sus palabras, guardándose ese secreto que las amigas custodian como si fuera oro.

—¿Además, qué? —me giré para mirarla.

—Además, que me gusta Eva para ti. Y punto —concluyó con una sonrisa triunfal, dándome un empujón cariñoso que no pude evitar devolverle con una sonrisa que, esta vez, fui incapaz de disimular.