El encuentro
Eva
M is abuelos no podían estar más felices de tenerme allí.
Poco les importaba que las cajas y maletas hubieran invadido la habitación que, décadas atrás, se llenaba con nuestras risas nocturnas.
Para ellos, mi regreso era lo mejor que les había pasado en años, aunque eso no evitó que se les partiera el alma al ver a mis padres despidiéndose de mí para volver a Bonn a finales de julio.
— Carinyet —me soltó mi abuela una tarde, con esa mirada que lo nota todo—, llevo días con un runrún en la cabeza. ¿Ha pasado algo entre tú y Anita?
—No, iaia , ¿qué iba a pasar?
—Pues, carinyet , que llevas casi un mes en casa y aún no has quedado con ella.
Mi abuela clavó sus ojos en los míos. Me senté en la cama para atarme las espardenyes y centré la mirada en Jara, que descansaba a mis pies. Se levantó despacio —su embarazo le impedía su habitual agilidad— y se acercó a mí. Le acaricié la cabecita, recibiendo de inmediato su lametazo.
—¿Y bien? —insistió ella. Me removí nerviosa en el borde de la cama al notar su fijeza. Si Agatha Christie hubiese conocido a mis dos abuelas, las hubiera puesto a trabajar con Miss Marple.
—No, iaia . No pasa nada —respondí con una sonrisa más falsa que la falsa moneda—. Ana estaba de vacaciones, apenas llegó ayer. Esta noche o mañana quedaré con ella.
—Ah, ya me extrañaba a mí… —contestó sin mucha convicción—. En estas últimas dos décadas, no recuerdo ni una sola vez que vinieras a Valencia y Anita no fuera la primera en pasarse por aquí, o tú terminaras en su casa. De haber sido hermanas no os hubierais llevado tan bien.
—Porque hubiésemos vivido bajo el mismo techo. Tal vez incluso nos hubiese tocado compartir habitación y pelearnos por tu cariño —repliqué levantándome y colgándome de su cuello para abrazarla.
—Las abuelas tenemos amor de sobra para todos nuestros nietos —replicó risueña, tomando mi cara entre sus manos—. Y lo que también tenemos son años para saber cuándo nuestras nietas no nos dicen toda la verdad. ¿Miento?
La verdad era que me estaba engañando a mí misma.
El problema no era Ana, el problema era Andrés.
Me aterraba cruzarme con él en casa de sus padres, algo ilógico porque moría por volver a verlo, por intentar quitarme el lastre que tanto me ahogaba.
Sin embargo, sentía que no estaba preparada para verlo y, mucho menos, para descubrir que solo yo me sentía así.
Y si algo sabía era que Ana iba a provocar nuestro encuentro.
Si bien nunca habíamos hablado abiertamente de su hermano o de mis sentimientos hacia él, si mis abuelas leían dentro de mis ojos, mi amiga no se quedaba atrás.
—Bueno, ¿os venís el iaio y tú con Jara y conmigo a ver al primo o nos vamos solitas? —preguntó para cambiar de tema.
—No, lleva a la regordeta. —Mi abuela me dio un beso en la frente con una sonrisa que me advertía de que teníamos una conversación pendiente. Acarició la cabeza de Jara, que nos miraba atenta—. Aprovecharé para acercarme con tu abuelo a hacer unos recados.
—Vale, futura mami, nos vamos —le puse la correa mientras me despedía.
Mientras aparcaba cerca de la clínica de Alejo, la culpa me golpeó. Tenía que llamar a Ana. Se enfadaría conmigo si se enteraba de que llevaba un mes en Valencia en modo «fantasma».
¿Quieres o no quieres verlo, Eva? , me pregunté notando ese incesante cosquilleo en el estómago. ¿Quieres saber qué sentirás o prefieres seguir escondida?
Caminé por la calle con Jara. Valencia en agosto tiene un ritmo extraño.
No diré que se convierta en una ciudad fantasma, porque hay turistas en cualquier rincón, pero sus habitantes no llenan las terrazas hasta que no se pone el sol, especialmente en días de poniente en los que no aguantas ni tu propia sombra.
—Jarita, estuve en tu nacimiento y ahora voy a estar en el de tus cachorritos —le iba contando por el camino, haciendo sonreír a algún transeúnte—. Yo estuve cuando nació Zsa Zsa, ¿sabes? En el de Hera no pude, pero este no me lo pierdo…
Jara aumentó su ritmo nada más cruzar el paso de peatones y tener frente a nosotras la puerta de la clínica de Alejo. Sonreí al ver el nombre de Xena en el rótulo. Sin duda alguna, ella era la culpable de la vocación de mi primo.
—¡Eh! ¿Qué prisa te ha entrado? ¿Tantas ganas tienes de ver a Alejo?
Jara empujó la puerta con el hocico y el tintineo de las campanillas anunció nuestra entrada.
—Hola, Jara —saludó Alejo saliendo de la consulta—. Hola, prima.
—Hola... —respondí, pero la palabra se me murió en la boca.
Mi pulso se volvió loco. Mis manos empezaron a sudar tanto que sentí que la correa se me resbalaba entre los dedos. Me quedé petrificada, muda, incapaz de dar un paso hacia mi primo porque, junto a él, estaba Andrés.
¿Cómo era posible que siguiera provocándome la misma sensación después de tantos años?
Sentí el rubor quemándome las mejillas mientras él me observaba.
Me faltaba el aire, como si hubiera olvidado cómo se respira.
Andrés tampoco se movía. Me miraba como si fuera una aparición, con una intensidad que me desarmaba.
—Andrés, ya te llamo y quedamos —escuché decir a Alejo—. Andrés, ¿me oyes?
Mi primo pasaba la vista de uno a otro con una sonrisa que empezaba a ser sospechosa.
—Sí, perdona —contestó Andrés sin apartar los ojos de los míos—. Hala, Titán, nos vamos.
Tanto desear volver a verlo para no ser capaz de articular ni un «hola».
Parada en medio de la concurrida sala de espera, me quedé inmóvil.
Mis cuerdas vocales eran incapaces de generar ningún sonido con sentido.
Mi cuerpo estaba totalmente rígido. Sin embargo, mi corazón latía con fuerza y las dichosas mariposas estuvieron a punto de hacerme vomitar en su intento de salir volando.
Juro que creí haber olvidado respirar, pero no era cierto: mis fosas nasales percibieron el sensual aroma de su perfume.
Cerré los ojos un instante intentando reunir fuerzas para saludarlo, pero las campanillas de la puerta me devolvieron a la realidad: Andrés se había marchado.
Me sentí ridícula allí plantada, agarrada a la correa de Jara, quien le chupaba la cara a mi primo bajo la mirada de un par de perros que esperaban su turno.
Tuve la impresión de que todos los presentes me observaban.
Lo que no era una sensación era la sonrisa burlona de mi primo, ni esa mirada de estar planeando algo.
—¿Decías algo? —pregunté al ver a Alejo susurrarle algo a la perra.
—Nada, le decía a Jarita que tendréis que esperar un poco para entrar —Supe de inmediato que mi primo mentía con descaro y una chispa de guasa.
Tres cuartos de hora más tarde, Alejo cerraba la clínica.
—Y bien, ¿has encontrado algún piso que te guste? —preguntó mientras palpaba con devota profesionalidad la panza de Jara.
—Mañana veo un par de apartamentos aquí cerca.
—Genial, me encantará tenerte de vecina. ¿Qué tal se vive con los iaios ?
—Bien, aunque la iaia no para de buscarme pareja y el iaio no para de decirle que me deje en paz. Ya sabes cómo son.
—Sí, lo sé —rio Alejo—. Todo va bien con Jara. Calculo que la próxima semana, como muy tarde, aumentamos la familia. —Me abrazó con fuerza—. Prima, sé que te lo he dicho muchas veces, pero ¡qué ganas tenía de tenerte de vuelta! Mira que te he echado de menos.
—Y yo a ti, aunque no entiendo el motivo —bromeé, intentando ocultar que todavía tenía el corazón en la garganta—. Por cierto, ¿cuándo me vas a presentar a la famosa Helena?
—Esta semana sin falta —replicó con una de esas miradas malévolas.
—Alejo…
—Sí, prima…
—No sé qué estás planeando, pero no quiero sorpresas.
Andrés
Las campanitas de la puerta parecían burlarse de mí.
Había salido de la clínica como una exhalación.
El destino se había reído en mi propia cara.
Sabía que Eva volvía a Valencia, sabía que estaba por llegar a la clínica —el propio Alejo me comentaba que por fin me la presentaría— y yo parecía haber retrocedido en el tiempo, comportándome como un jodido adolescente al que le acojona hablar con la chica que le gusta.
El calor me golpeó el rostro, pero en aquel momento mi sangre bullía a más temperatura que la de la calle.
Permanecí varios minutos plantado junto a la puerta, con la mano derecha sobre el pomo, esperando alguna señal que me dijera: abre, entra y salúdala .
Mi cobardía, el terror a enfrentarme a mis sentimientos, a la chica con la que comparaba de manera absurdamente a todas mis parejas, me impidió entrar.
—Hala, Titán, vamos —le dije a mi fiel amigo, más por oírme hablar y comprobar que todavía tenía voz que por otra cosa.
Caminé unos metros por la acera sintiendo el peso de cada paso. El universo me gritaba que retrocediera, que entrara con la excusa de haberla reconocido. Era fácil, solo tenía que regresar y preguntar: ¿De verdad eres tú, pequeñaja?
No, aquel encuentro tenía que ser diferente, sin espectadores. No podía tener los escrutadores ojos de Alejo pendientes de nosotros. Ja, la prima con la que él siempre me había querido enredar, sin saber que un dichoso gato nos tenía enredados desde hacía dos décadas.
Me detuve en la esquina y solté el aire de los pulmones de golpe. Me temblaban las manos. La había visto petrificada. Muda. Igual que yo. ¿Cómo es posible? , me pregunté mientras buscaba las llaves del coche. Ella estaba aquí. En Valencia.
Me subí al coche y me quedé un momento con las manos en el volante, sin arrancar.
El sudor me bajaba por la nuca. Tenía que llamar a Ana.
No, mejor no. Si mi hermana no me había dicho que Eva ya estaba en la ciudad, era por algo.
O quizás ella tampoco lo sabía. No, imposible, ¿cómo no iba a saber mi hermana que su amiga del alma estaba en Valencia?
—Joder, Eva —susurré para mis adentros.
Arranqué el motor, necesitando que el aire acondicionado barriera el rastro de su presencia de mi piel, aunque sabía que aquel escalofrío no se me iba a pasar ni con todo el frío del mundo.