Menta y Chocolate Bajas en el club de los solteros
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Bajas en el club de los solteros

Ana

L a Navidad fue vista y no vista, como un diciembre que se marchó sin casi avisar, dando paso a un nuevo año.

Sin darnos cuenta, Valencia volvió a oler a pólvora.

Las Fallas dieron paso a las vacaciones de Pascua y yo aproveché para pasar unos días en casa de Eva antes de meterme de lleno en el último trimestre, en el que casi lo pasaba tan mal como mis alumnos de segundo de Bachillerato.

¿Cómo es posible que siempre viva en carne propia los exámenes de Selectividad?

Sumergida en el maremágnum de exámenes por corregir y de informes de final de curso por cumplimentar, me recogí el pelo, me enfundé las zapatillas y salí a correr. Necesitaba descargar adrenalina antes de sentarme frente a las pilas de papel.

—Gracias —le solté al vecino del primero, que me aguantó la puerta con una sonrisa mientras yo regresaba de la calle casi sin aliento.

Miré las escaleras y sentí que ellas me miraban a mí con cara de burla.

Me quedaba el último aliento de energía tras una hora de running bajo este sol de justicia que ya empezaba a avisar de que el verano —y con él, el regreso de Eva— estaba a la vuelta de la esquina.

Un tercero sin ascensor es un castigo divino cuando llevas los gemelos ardiendo.

Saludé con un gesto rápido a la vecina del segundo y, justo cuando Adele dejó de cantar en mis auriculares, entró la llamada. Era mi hermano.

—Hola, Andrés —dije, tratando de que no se notara que me faltaba el aire—. Me pillas subiendo a casa. ¿Qué pasa ahora?

Me quité la cinta de las llaves del cuello mientras entraba en el piso. Sabía lo que venía. Andrés solo me llama con ese tono de «eres la mejor hermana del mundo» cuando la logística de su trabajo se complica y necesita un favor del tamaño del Miguelete.

—A ver, suelta. ¿Qué le pasa a Titán? No, Andrés, no me líes —le solté mientras empezaba a quitarme la ropa—. Te lo advertí: ¿para qué narices tienes un perro? Sabes que en mi casa no permiten mascotas y, aunque me dejaran, ¿cómo voy a meter a un dóberman aquí si apenas quepo yo?

Al final, como siempre, me ganó la complicidad que tenemos. Nuestros padres estaban fuera, él tenía un viaje inapelable y Titán no podía quedarse solo.

—Vale, iré a tu casa cuando termine las clases.

Pero me vas a deber una muy grande, Andresito.

Unos manolos, por lo menos —le amenacé, aunque en el fondo sabía que cuidar de ese «sobrino canino» me vendría bien para desconectar.

Bueno, más que desconectar, para tener alguna excusa para no pasarme todo el fin de semana encerrada; pues, para qué engañarnos: mi plan era usar el odioso bolígrafo rojo, en realidad, verde, jamás corregía en rojo, y, tal vez, hablar con Eva por Messenger .

Titán me recibió como si no me hubiera visto en una década. En un noveno piso, el rumor de la ciudad se colaba por los ventanales mientras yo terminaba de prepararme para salir, agradeciendo internamente que Andrés viviera tan cerca del antiguo cauce del río.

—Sí, guapo, ahora mismo salimos. Tu dueño tiene un rostro que se lo pisa: él de viaje y nosotros aquí. ¿Listo para correr?

Bajamos en el ascensor y en diez minutos estábamos en el antiguo cauce del Turia.

Correr con él me daba una seguridad increíble, aunque fuera un «locuelo» de un año que todavía no sabía medir su propia fuerza.

Llevábamos media hora de trote cuando Titán empezó a moverse haciendo círculos a mi alrededor, haciéndome tambalear.

—¿Qué pasa, Titán?

Seguí su mirada hasta un par de perros que corrían entre los árboles mientras sus dueños charlaban tranquilamente.

—¿Quieres ir con ellos? No sé ni para qué te pregunto —lo obligué a sentarse antes de soltarlo—. Ni se te ocurra meterme en un lío. Solo jugarás un rato, que tenemos que seguir.

Me acerqué a donde estaban los dueños sin quitarle la vista de encima. Y entonces lo vi. Mare de Déu , cómo estaba el tío. Y yo allí, con aquellas pintas, recogiéndome los mechones que se me habían escapado de la coleta y sudada tras la carrera.

—Hola —me saludaron al unísono.

—Hola —devolví el saludo mientras intentaba recuperar la postura.

—¿Es Titán?

—Sí, es él. ¿Lo conoces? —preguntó, fijándome por fin en mi interlocutor.

—Claro, colega de Boss —señaló al pastor alemán—. Son casi de la misma edad y se conocen desde cachorros. ¿Y Andrés?

Resultó que el chico, Iván, no solo era amigo de mi hermano, sino su vecino de arriba.

Estuvimos charlando un rato sobre «canguros caninos» y sobre lo poco que me gustaba recoger cacas ajenas.

Yo no podía evitar tocarme el pelo, esa manía estúpida que me entra cuando alguien me pone nerviosa de verdad.

—Si necesitas algo estos días, estoy justo encima —me dijo, clavándome unas pupilas negras que me dejaron desarmada.

—Nunca habíamos coincidido —conseguí decir.

—No, nunca.

Me despedí con un «nos vemos mañana» y retomé la marcha con Titán, sintiendo su mirada en mi espalda mientras él llamaba a Boss.

—¡Titán, corre! —le dije al perro—. Mañana volvemos.

Titán obedeció a la primera, como si él también hubiera captado que el ambiente se había vuelto extrañamente interesante.

Le puse la correa, me recoloqué los auriculares y, tras despedirme de Iván, retomé la marcha.

No pude evitar girarme un par de veces, con la excusa de vigilar a Titán, solo para comprobar que Iván seguía allí, llamando a Boss pero con la vista clavada en nosotros.

Boss, por su parte, parecía no querer marcharse.

Se quedó un segundo más a mi lado, moviendo la cola.

—Eh, Boss, ve con tu dueño —le susurré mientras le acariciaba la cabeza—. Mañana nos vemos, guapo.

Me agaché para dejarle un beso rápido entre las orejas y, aprovechando que Iván no podía oírme, le solté al perro la pregunta del millón, como si pudiera darme una respuesta.

—Oye, Boss, ¿podrías decirme si tu dueño está saliendo con alguien? Venga, vuelve con él.

Le di una palmadita y el pastor alemán salió disparado hacia Iván.

Me incorporé, saludé con la mano una última vez y seguí mi camino junto a Titán, sintiendo ese cosquilleo en el estómago que hacía mucho que no aparecía.

Por la forma en que Iván se quedó plantado allí, viéndonos alejar, me dio la impresión de que a Boss no era al único al que le había «molado» el encuentro.

—¡Titán, corre! Mañana volvemos. Con un poco de suerte, tu tía abandona el Club de los Solteros este fin de semana.

BONN, JUNIO 2015

Eva

—¡Qué! —grité, haciendo que Ana hiciera el gesto de quitarse los auriculares por el volumen de mi voz—. ¿Me estás diciendo que no hablamos en una semana y que de pronto has conocido al hombre perfecto?

Ana sonrió a la cámara y yo no pude evitar devolverle la sonrisa. Hacía mucho que no la veía con esa luz en la cara, esa ilusión casi eléctrica que solo te da un flechazo en condiciones.

—Vaya, parece que el club se va vaciando —bromeé, aunque sentí un pequeño pinchazo de envidia sana—. Ahora me dices que Félix también se ha enamorado y ya me hundes.

—Ja, ja, ja… Félix se ha enamorado de Iván, de eso no hay duda —se rio ella—. Pero no olvides que mi hermano también sigue en el mismo club que tú.

Noté cómo se me tensaba la mandíbula, pero intenté que la cámara no captara nada extraño.

—Ya, pero no es lo mismo. No me veo reuniéndome en un club secreto con tu hermano —disimulé, intentando sonar lo más indiferente posible.

—Bueno, siempre podéis reuniros para comer un helado de los vuestros.

Un leve hormigueo me recorrió el cuerpo al oírla decir eso. Maldito helado.

—Ya —contesté rápido para cambiar de tema—. Ana, voy a estar un poco desaparecida estos días. Para poder organizarme bien y volar a Valencia en un par de semanas, tengo que cerrar unos cuantos trabajos pendientes.

—Vale, ¡qué ganas de tenerte aquí!

—Pero mantenme al día de lo tuyo con Iván, ¿eh? Tengo ganas de conocer al Hugh Jackman valenciano —solté una carcajada al ver a Ana pestañear de manera exagerada.

Ana se echó a reír y empezó a buscar algo en su ordenador.

—Búscalo en internet.

––¿A Iván?

––No, idiota ––rio––. Ahora mismo te envío el enlace del bailecito de Hugh Jackman —dijo entre risas—.

Y si quieres ver babear a Félix, nómbrale la canción, que se le pone la misma cara de tonto que a mi hermano cuando oye el «No puedo evitar pensar en ti» de los Duncan Dhu.

No sé qué demonios tendrá esa cancioncita…

Sentí como si el aire se espesara de golpe. Noté que el color se me escapaba de las mejillas y que me costaba llenar los pulmones. ¿Por qué tenía que haber nombrado precisamente esa canción?

—¿Estás bien, Eva? —preguntó Ana, frunciendo el ceño al otro lado de la pantalla.

—Sí, sí… es la calefacción, que está altísima.

—¿Calefacción? Eva, ¿me estás diciendo que tienes la calefacción puesta en junio?

—Sí, porque esta tarde ha hecho un frío anormal —mentí. Me froté las manos porque, si bien la sangre me bullía y el cuerpo me ardía, las manos estaban heladas.

—Bueno, Ana, un beso fuerte. Hablamos.

—Hablamos.

En cuanto la ventana del chat se cerró, me quedé mirando el cursor parpadeante.

Mis dedos, casi por voluntad propia, empezaron a teclear en el buscador.

Pero no busqué a Hugh Jackman y el baile del que hablaba Ana.

Necesitaba oír la canción que llevaba años desterrada de mi vida, la que estaba guardada en el mismo cajón bajo llave que mis recuerdos de la adolescencia.

Los primeros acordes comenzaron a sonar y, de repente, la habitación desapareció. La imagen de Andrés me golpeó con una nitidez dolorosa: sus ojos oscuros, sus labios perfectos, esa sonrisa que siempre parecía guardar un secreto...

Un escalofrío me recorrió la espalda y, por primera vez, sentí auténtico pánico ante la idea de volver a Valencia.

¿Y si después de tanto tiempo ya no existe esa conexión especial?

¿Y si todo se quedó en un simple amor de adolescencia y yo soy la única que sigue escuchando ecos donde ya no queda nada?