Menta y Chocolate Camino de vuelta
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Camino de vuelta

Eva

L levaba meses dándole vueltas al tema, rumiando la idea en la más estricta soledad.

No le había dicho ni una palabra a Ana ni a Alejo; sabía que ellos se pondrían a celebrar mi regreso antes incluso de que yo tuviera el billete en la mano, y no quería que su entusiasmo me mediatizara.

Tampoco se lo había consultado a Helga o a Johann; decirles a mis amigos que planeaba marcharme era hacer la despedida real antes de tiempo, y el silencio ya me pesaba demasiado sobre los hombros.

Lo había mantenido en secreto, incluso para mis padres, porque necesitaba que la decisión fuera solo mía. Pero parte de mi secreto terminó por estallar en mitad de la comida, como una bomba de relojería que se queda sin tiempo.

—Tengo algo que deciros —solté, mientras pasaba la mirada de mi madre a mi padre.

Ellos se quedaron mudos, perplejos al escuchar mi decisión. Nerviosa esperé a que alguno de los dos reaccionara tras ese largo minuto de silencio incómodo.

—Eva, ¿te has vuelto loca? —Mi padre fue el primero en hablar—. Yo he sido el primero en apoyarte siempre. Fui el primero en entender que cambiaras Derecho por los idiomas, te animé con la beca de Francia, aplaudí lo de Inglaterra y te apoyé cuando te fuiste a Roma. Pero esto...

Le escuchaba casi sin pestañear. Por un momento olvidé que ya hacía mucho que tomaba mis propias decisiones. Sin embargo, ahí estaba yo, esperando su aprobación como si volviera a tener catorce años.

—¿Tú estás segura? —continuó él—. ¿Con la que está cayendo en el mundo vas a dejar el trabajo para ponerte por tu cuenta? ¿Y si no te sale nada?

—Papá, es un riesgo, pero hasta ahora he rechazado trabajos por estar atada a la editorial. Seguiré trabajando para ellos, pero sin exclusividad. ¿Mamá, tú también crees que es una locura?

Mi madre me miró fijamente. Ella sabía que la historia no era tan simple como pasar de asalariada a freelance . Me conocía demasiado bien, como si tuviera el poder de leerme el pensamiento.

—¿Nos lo vas a contar? —inquirió ella—. Estoy segura de que hay algo más.

—Está claro que es imposible tener secretos para ti.

—¿Y bien? —insistió mi padre, cada vez más inquieto.

—He pensado que, si en los próximos seis meses todo va bien... me trasladaré a Valencia.

—¡Eva! —gritaron los dos al unísono, como si acabase de confesar un crimen.

—Definitivamente, te has vuelto loca —insistió mi padre, negando con la cabeza—.

¿Cómo te vas a ir a España con la que está cayendo?

Todo el mundo busca refugio en Alemania y tú, por tu cuenta y riesgo, decides marcharte allí.

No voy a apoyarte en esto, hija. No entiendo que quieras arriesgar tu bienestar de esta manera.

—Pero, papá, entiende que solo me iré si me va bien. Mi trabajo puedo hacerlo aquí, en Valencia o en Singapur. Todo lo que necesito es una conexión a internet. ¿Acaso no he trabajado ya para empresas españolas desde mi escritorio en Bonn?

—Pero ¿por qué? —esta vez fue mi madre la que lanzó la pregunta que yo intentaba esquivar—. ¿Por qué quieres marcharte a España precisamente ahora, Eva?

—Mamá... porque siempre he sentido un vacío. He estado muy bien en Bonn todos estos años, pero necesito volver. Siento que mi sitio está allí. ¿Acaso tú no volverías si pudieras?

Mi madre se quedó callada. No hacía falta que respondiera.

Vi cómo mi padre la miraba de reojo. Nunca habían hablado de ello abiertamente, pero en ese silencio él comprendió el tamaño del sacrificio que ella había hecho.

Si bien a mi madre nunca le faltó trabajo, ella había sacrificado su carrera en la universidad por estar al lado de mi padre, sin contar el haberse alejado de su familia y amigos.

—Estamos a junio —murmuró ella al fin, rompiendo el hechizo—. ¿Me estás diciendo que el año que viene te vas?

—Bueno, no exactamente. Si estoy a mitad de un proyecto, esperaré a terminarlo. Pero mi plan es que el próximo verano me encuentre viviendo en Valencia.

AGOSTO 2014

Mis padres no volvieron a sacar el tema.

Si algo sabían era que nada ni nadie me haría cambiar de opinión.

Claro les había quedado que aquella no era una decisión tomada en dos días, que yo había pensado y reflexionado en los pros y los contras de ponerme por mi cuenta y, especialmente, en la de trasladarme a Valencia.

En realidad, diría que aquella decisión era algo que no los pillaba por sorpresa.

En el fondo, siempre supieron que un día yo regresaría a la que para mí siempre fue mi casa.

Nadie en Valencia conocía mi decisión. Aún no les había contado nada a mis abuelos, ni tan siquiera se lo había querido decir a Alejo ni a Ana.

No sé muy bien por qué motivo llevaba todo tan en secreto.

Tal vez por miedo a que algo fallara y todas mis ilusiones y expectativas se cayeran como un castillo de naipes.

Por eso, cuando Ana y Félix aterrizaron en Bonn para pasar una semana conmigo, me costó horrores mantener la boca cerrada.

Llevábamos siete días compartiendo desayunos, paseos y largas charlas nocturnas, pero me guardé el notición hasta el último momento.

No sé muy bien por qué o, tal vez, por miedo a que Ana empezara con sus especulaciones.

Dicho sea de paso, certeras especulaciones.

Fue en el último desayuno, antes de que el viaje llegara a su fin, cuando solté la bomba.

—¿Estás hablando en serio? —Ana soltó la taza de café con leche sobre la mesa con un estrépito que casi me hace saltar de la silla, solo para fundirse en un abrazo que me dejó sin aire—. ¿De verdad voy a tenerte de vuelta en Valencia?

Asentí con una sonrisa, disfrutando de su cara de asombro mientras Félix también se sumaba al abrazo.

—Mira que Bonn y los alrededores me estaban gustando, pero esto es lo mejor del viaje —confesó Ana, apretándome de nuevo—. Pero... eres una cabrita.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Vale que quisieras darme la sorpresa en persona, vale que no hubieses dicho nada porque no querías verte influenciada, pero... ¡llevamos una semana en tu casa y no habías dicho nada!

—¿Y si te digo que ya ni me acordaba?

Félix y Ana soltaron una carcajada. Me conocían demasiado bien para creerse que pudiera olvidarme de algo tan importante como cambiar de país.

—Obviando que no me creo tu despiste... —Ana me taladró con la mirada, intentando llegar al fondo de mi psique—. ¿Y esta decisión a qué se debe?

—Siempre dije que volvería. He tardado más de lo que pensaba porque no había surgido la oportunidad, pero ahora todo está a mi favor.

—¿Qué es ese «todo»? —Movió los dedos indicando las imaginarias comillas.

—El trabajo. Puedo permitirme el lujo de hacerlo allí o aquí sin problemas. Si todo sigue como ha empezado, en menos de un año me tienes instalada en Valencia.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó ella volviendo a la carga—. Más de uno va a alucinar cuando se entere.

—¿Quién va a alucinar? —pregunté, buscando la respuesta que ella no me daría.

Principalmente porque se suponía que a mí no me interesaba la opinión de su hermano. Sin embargo, en el aire resonaba el nombre de Andrés, incluso para Félix, que nos atendía en sepulcral silencio.

—Pues... no sé —respondió adrede. Nuestras miradas hablaban sin necesidad de vocalizar una sola palabra.

Ambas sabíamos que Andrés estaba presente sin estarlo.

En aquel momento, en aquella batalla de miradas, fui consciente de que mi secreto no lo era para mi amiga, al igual que supe que le dolía que nunca le hubiera confesado mis sentimientos por su hermano—. Mis padres, por ejemplo.

—Tus padres... —repetí, bajo la atenta mirada de los dos—. Seguro que a estas alturas los míos ya los han puesto al corriente.

Septiembre se esfumó entre traducciones y esa calma que da saber que tus planes van viento en popa.

El trabajo freelance me iba mejor aún de lo que esperaba, mucho más de lo que marcaban las expectativas que me había fijado.

Estaba contenta, no solo por ver cómo todo funcionaba, sino porque mis padres eran conocedores de ello.

De alguna forma, verlos a ellos respirar tranquilos me hacía sentirme más segura con la decisión tomada.

Septiembre dio paso a octubre. Una tarde, mientras acompañaba a Johann a buscar un regalo para Helga, acabamos en el Rheinauensee, nuestro rincón de siempre.

Hacía un frío que calaba los huesos. Nadie salvo nosotros estaba sentado en aquel claro del parque en el que tantas tardes habíamos pasado.

Si aquellos árboles hablasen, podrían contar cómo nos enamoramos y cómo nos convertimos en amigos inseparables.

—Te voy a echar de menos —soltó él, de repente.

—Y yo a ti —respondí, enganchándome a su brazo.

—Eva… —clavó su mirada en la mía al notar que me ponía seria—. ¿Pasa algo?

—No, solo necesitaba que supieras algo. Aunque tú y Helga estéis convencidos de que tengo una asignatura pendiente y que no voy a ser capaz de enamorarme hasta que… —titubeé. Aún me costaba decir su nombre.

—Hasta que hables con Andrés —me ayudó él.

—Eso. Solo quiero que tengas claro que, en su momento, estuve enamorada de ti. Que mis sentimientos fueron reales, Johann.

—¡Eva! ¿Eres tonta? —rio él, despeinándome con la mano—. No necesito que me lo jures. Ni a mí, ni a estos árboles —rio, provocando mi risa—. Tú sabes que siempre serás especial para mí.

—Y tú para mí.

—Ha llovido mucho desde entonces. Y, afortunadamente, ya no soy tan torpe desabrochando sujetadores. —soltó con una carcajada.

—¡Mira que eres tonto! —le respondió entre carcajadas—. Espero que Helga y tú me visitéis a menudo.

—Eso no lo dudes.

DICIEMbrE 2014

Nuestro contacto siempre había sido continuo.

Nunca habíamos dejado de saber de la otra.

Primero fueron las cartas de puño y letra.

Luego se tornaron en e-mails , los cuales nos permitieron saber de la otra en un tiempo más real.

Los e-mails se convirtieron en largas conversaciones a través del chat.

El Messenger se convirtió en nuestro mejor aliado.

Para la otra el muñequito siempre estaba en verde, más ahora que trabajaba desde casa.

Mi ventana cibernética siempre estaba abierta para Ana y para mis primos —especialmente Alejo—.

También había largas charlas con Félix, que había dejado de ser el amigo de mi mejor amiga para convertirse en un colega más, y también con Angelo y Dominique.

Ana, medio en broma medio en serio, siempre decía que debía escribir un manual sobre cómo llevarme bien con mis ex . Y no le faltaba razón. Con la excepción de Derek —con quien, para ser justas, nunca llegamos a nada serio—, mantenía una amistad impecable con todos ellos.

—¿Entonces lo de José? —pregunté acomodándome en la silla.

—Prefería el fútbol y a sus colegas antes que a mí.

—Será imbécil.

—Imbécil no, gilipollas. Eso es lo que es. Creo que me voy a unir a tu club.

—¿A mi club? ¿Qué club?

—Al de «pasar de los tíos». Aunque…

—¿Aunque?

—Nada, tonterías mías. En el supuesto caso de que Félix decida cambiar de gustos, me lío con él mañana mismo. Es el hombre perfecto, ¿no me lo negarás?

—Félix lo tiene todo —admití—. Deberíamos montar ese club de verdad.

—Estaría bien. También podríamos meter a mi hermano, que tampoco parece levantar cabeza y no quiero que se me líe con cualquier desastre en medio de sus viajes —soltó, lanzando el anzuelo con toda la intención mientras me observaba a través de la pantalla.

Sabía de sobra a lo que jugaba. Ana siempre intentaba colar a Andrés en la conversación y yo, como siempre, intentaba esquivar la bala.

—Ana, te dejo, que tengo cena con mis abuelos. Felicita las Navidades a tus padres de mi parte.

—Está hecho. ¿Incluyo a mi hermano en las felicitaciones?

—Sí, claro —contesté con la misma ligereza con la que se le da el pésame a un vecino que ni siquiera te cae bien.

Cerré la ventana del chat antes de que Ana tuviera tiempo de enviarme uno de esos emoticonos de guiño que tanto le gustaban o, peor, que le diera por seguir hablando de Andrés.

No entendía muy bien el motivo, pero cada vez me era más difícil ocultarle la verdad a mi amiga.

El sonido seco del Messenger al desconectarse me devolvió al silencio de mi habitación, un silencio que de repente sentí demasiado grande.

«Sí, claro». Dos palabras vacías para un nombre que seguía pesando como el plomo.

Me levanté de la silla estirando las piernas, intentando convencerme de que felicitar a Andrés era un simple acto de cortesía navideña y no un billete de ida hacia el recuerdo de una tarrina de helado de menta y chocolate que, diecisiete años después, todavía me dejaba un sabor agridulce en la boca.