El gato #3
La ropa entraba y salía de mi armario como en un desfile sin sentido. Vestidos, faldas, pantalones... nada me terminaba de convencer. Me miré en el espejo por decimoquinta vez, ajustándome las medias con un suspiro. ¿Adecuada? ¿Adecuada para qué exactamente?
—Uff... Eva, admítelo, estás nerviosa —me dije, señalando a mi reflejo con el rímel en la mano.
Hacía casi un año que no tenía una cita de verdad.
Mis idas y venidas con Johann no contaban, y ahora que él estaba felizmente enamorado de Helga, yo me encontraba de nuevo en la casilla de salida.
Me alegraba por ellos, de verdad, hacían una pareja estupenda, pero me obligaba a mirarme el ombligo.
¿Y Derek? ¿Qué esperaba él de nosotros? Ya me lo había soltado hacía unas horas: se estaba enamorando.
¿Y yo? ¿Sería capaz de enamorarme esta vez? Derek era el «buen partido» por excelencia: atractivo, inteligente, atento... Enumeraba sus virtudes mientras conducía hacia su casa, dándome cuenta de que Johann, Dominique y Angelo también las tenían todas. Y, sin embargo, con ninguno saltó la chispa.
Suerte en tu cita.
Espero que ese chico logre alcanzar tu corazón.
Un beso.
Sonreí al leer el WhatsApp de Johann. Le contesté con un «gracias» rápido mientras corría hacia el portal de Derek para escapar de la lluvia.
—Bienvenida —me saludó él, rozando mis labios con los suyos—. Pues sí, sí que podías estar más guapa.
Me ayudó con el abrigo y me invitó a sentirme como en casa. El piso olía de maravilla, una mezcla de especias y buen vino.
—Huele muy bien —comenté, intentando romper el hielo.
—Tú sí que hueles bien —murmuró acercándose de nuevo.
—Vas a conseguir que me ruborice —le dije mirándolo a los ojos, aunque por dentro sentía una punzada de culpa anticipada.
—Eva... perdóname.
No me dejó preguntar por qué. Sus labios encontraron los míos y, de repente, sus manos jugaban con mi pelo mientras su lengua se abría paso en mi boca.
Cinco minutos después, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada, empecé a ver flashes : la cara de Johann, la de Dominique, la de Angelo...
un desfile de hombres perfectos que no habían logrado encender nada permanente en mí.
—Derek, no puedo —dije, apartándome con suavidad, pero con firmeza.
—Perdona... igual voy muy rápido. Lo siento.
—No, Derek, no es eso. Tú no eres el problema. El problema soy yo.
—¿Qué pasa? Me estás asustando.
—No quiero que te enamores de mí.
—Para eso ya es tarde —respondió él con una sonrisa que me rompió el alma.
—Derek, yo no estoy enamorada de ti y no sé si lo podré estar nunca. Será mejor que no nos volvamos a ver.
Él se quedó de piedra. No entendía nada, y con razón.
—Derek, me encanta pasar tiempo contigo, pero como amigos. No quiero hacerte daño. Ya he roto bastantes corazones por intentar alargar lo inevitable.
—¿Pero por qué?
—Porque soy idiota e incapaz de enamorarme —solté, y me dolió admitirlo en voz alta.
—No digas estupideces, Eva. Invéntate otra excusa.
—No es una estupidez. Dime, ¿qué sientes tú cuando estás conmigo?
¿Sientes mariposas? ¿Te pones nervioso solo de pensar en verme?
¿Imaginas nuestras vidas juntos? —Él asentía a cada pregunta, con la mirada cada vez más triste—.
Pues yo nunca he sentido eso. Tengo treinta y un años y no sé lo que es estar enamorada.
He conocido a chicos fantásticos, tú el primero, pero no puedo ser tan egoísta de seguir contigo sabiendo lo que tú sientes.
—Déjame intentarlo, al menos...
—No sería justo. Y no quiero perderte como amigo, pero entiendo que tú no puedas serlo ahora mismo.
Nuestras miradas se lo dijeron todo. Cogí mi bolso y el abrigo del sofá.
—Adiós, Derek. Lo siento de verdad. No te preocupes, cambiaré de cafetería para que no tengas que verme.
Cerré la puerta al salir y, mientras me ponía el abrigo bajo la lluvia, respiré profundamente. No había sido la noche planeada, pero, por primera vez en mucho tiempo, sentía que había sido coherente conmigo misma. Aunque eso significara volver a estar sola.
No tenía muchas ganas de salir, y no porque el cielo amenazara con el diluvio universal.
Tras más de quince años en Bonn ya estaba más que acostumbrada a la climatología alemana.
Sin embargo, seguía añorando el clima mediterráneo y la calidez de sus inviernos.
Pero ¿quién podía decirles que no a Johann y Helga?
Es lo que tiene que tu ex y tu mejor amiga terminen juntos: que se convierten en un frente unido capaz de arrastrarte fuera de casa cuando saben que lo necesitas, por mucho que tú te empeñes en negarlo.
Así que la tarde del sábado no me quedó otra que seguir las indicaciones de mi pareja de amigos y acudir a nuestra cafetería favorita.
—¿Por qué? —me preguntaron al unísono la feliz pareja mientras disfrutaban de su chocolate.
—No estoy enamorada y no quiero que se haga ilusiones conmigo —expliqué, calentándome las manos con la humeante taza de chocolate.
—Eva, ¿puedo hacerte una pregunta? —esta vez era Helga quien hablaba, con ese tono de «te conozco demasiado bien».
—Sí, claro.
—Nos conocemos desde hace una eternidad, eres la primera amiga que hice al entrar en el instituto —recordó ella—. Tú recién habías llegado a Bonn.
—Sí, me acuerdo perfectamente, fuiste mi primera amiga. Gracias a ti superé haber dejado atrás a mi familia, a mis amigos, a Ana, a…
Me callé de golpe. El nombre me quemó en la punta de la lengua.
—¿A? —preguntaron a coro Helga y Johann, dedicándose una sonrisa cómplice que me puso contra las cuerdas.
—Pues todo, fue un cambio radical —contesté, intentando escabullirme de la situación mientras al otro lado de los cristales caía una tromba de agua.
—No, Eva, hay un «a» —insistió Helga—. Debes dejar de engañarte. Tú tienes una asignatura pendiente que no va a permitir que te enamores de nadie hasta que no…
—¿Hasta que no qué? —la interrumpí—. Helga, estás hablando de algo que ocurrió cuando era una niña, estás hablando de la Eva que recién cumplía catorce años y no de la Eva de ahora.
—Sí, pero es algo que te sigue pesando. Una situación no resuelta.
—¿Quién es? —quiso saber Johann—. ¿Quién es el afortunado?
—Johann, ¿también tú?
—Sí, también yo, merezco saberlo, ¿no crees?
—El hermano de mi amiga Ana —confesé en voz baja—. Pero solo es alguien de mi pasado y nada más.
—No puedes decir que solo es alguien de tu pasado cuando hasta tus ojos brillan de una manera diferente con su sola mención —respondió Johann—. ¿Alguna vez has hablado con él de tus sentimientos?
Él se quedó de piedra cuando negué con la cabeza.
—¿Puedes explicarme por qué?
—Porque no nos hemos vuelto a ver.
—¿En todos estos años no os habéis vuelto a ver? ¿Cómo es posible si cada año vas a Valencia? —preguntó Helga, extrañada.
—Ya ves.
—¿Ni una sola vez en diecisiete años? —volvió a preguntar Johann, sin poder creérselo.
—No. Bueno... coincidimos en un concierto en Madrid, pero solo nos vimos de lejos.
—¿Y qué sentiste?
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, desde la punta de los pies hasta la cabeza, con el simple recuerdo de aquel cruce de miradas.
Me vinieron a la mente todas esas sensaciones que nunca más había vuelto a sentir con nadie.
Indudablemente, Andrés era el único que hacía anidar las mariposas en mi interior.