Menta y Chocolate El gato #2
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El gato #2

Una vez sentada en el avión, viendo cómo las nubes borraban el paisaje nórdico, sentí que el silencio pesaba más de la cuenta. Félix, a mi lado, parecía notar mi melancolía, pero su curiosidad era más fuerte que su discreción.

—Oye, Ana... —empezó, bajando el tono para que el rugido de los motores camuflara sus palabras—. A ver si lo he entendido bien. Desde ayer tengo un runrún en la cabeza, ¿es cosa mía o había segundas intenciones ayer en tu comentario sobre tu hermano y Eva? ¿Hubo algo entre ellos?

Me giré hacia él con una sonrisa algo triste. Me encantaba lo agudo que podía llegar a ser cuando se lo proponía, por eso, nos entendíamos tan bien.

—A ver, Félix, ninguno de los dos ha tenido el valor de decirme la verdad a la cara en diecisiete años, pero no hace falta ser vidente.

Lo sé porque los he visto crecer. He visto cómo se buscaban con la mirada cuando creían que nadie miraba y cómo se evitaban con el cuerpo incluso cuando el aire entre ellos echaba chispas.

—¿Y por qué estás tan convencida de que es algo recíproco? —insistió, intrigado.

—Uff… no sé. Tendrías que haberlos visto juntos.

Eran como dos imanes luchando contra su propia naturaleza.

¿No has visto cómo se pone Eva cuando sale el nombre de mi hermano?

Se le tensa hasta el alma, pierde la naturalidad en un segundo.

Pues imagínate a Andrés. A él solo le falta que le tiemblen las rodillas cada vez que alguien menciona Alemania o a la propia Eva.

—Me resulta increíble —murmuró Félix, ajustándose el cinturón—. ¿Cómo es posible que no se hayan visto en todo este tiempo? Siendo tú su mejor amiga... No tiene sentido.

—Félix, llámame loca.

—Loca —me interrumpió con un guiño, arrancándome una carcajada—. Me lo pusiste en bandeja, Anita.

—Mira que eres tonto —reí, agradeciendo que intentara animarme—.

Pero escúchame: estoy convencida de que esos dos se han evitado deliberadamente.

Han pasado casi dos décadas huyendo el uno del otro por puro miedo.

Tienen pánico a que, si se miran a los ojos una sola vez más, todo el mundo que han construido por separado se desmorone.

Se evitan para no tener que admitir que el hilo sigue ahí, intacto, tirando de ellos con una fuerza que les aterra.

—¿Hablas en serio?

—Como que me llamo Ana.

—¿Puedo hacerte otra pregunta? —me dijo después de un rato, justo cuando las azafatas empezaban a repartir las bebidas.

—Dime.

—¿Por qué dijiste ayer lo de «dichoso gato»?

Me eché a reír, contagiada por su cara de intriga.

—Eso, amigo mío, es una larga historia que empezó con una cena en casa de mis padres, un ovillo de lana roja y un gato imaginario que parece que no tiene otra cosa que hacer que enredarles la vida a esos dos.

BONN

Eva

Me dejé caer en el sofá nada más llegar a casa, descubriendo lo cansada que estaba tras casi tres semanas fuera.

Hogar, dulce hogar , pensé mientras a la mente me venían flashes de aquellos días junto a Félix y Ana.

Vente a Valencia , las palabras de Félix seguían repiqueteando en mi cabeza como un eco persistente. Irme a Valencia...

En más de una ocasión había pensado en hacer las maletas y volver a la tierra de mi madre.

Sí, Bonn se había convertido en mi ciudad, pero algo me ataba a Valencia.

Nunca había olvidado mis raíces, la tierra de mi niñez, y a veces soñaba con volver, aunque yo misma borraba aquel deseo de mi mente por no alejarme de mis padres.

—No, Valencia ya no es mi ciudad —me decía a mí misma frente al espejo, intentando convencerme—. Mi ciudad es Bonn, aquí están mis padres, mis amigos, mi trabajo...

Pocos días más tarde, la realidad del día a día me engulló.

Las vacaciones llegaron a su fin y la rutina volvió a asentarse en mis mañanas.

Sin casi darme cuenta, la cálida temperatura del verano nos abandonó, dando paso a la lluvia, a la suave brisa otoñal y a un frío que se iba haciendo más presente hasta que, sin previo aviso, me vi metida de lleno en el invierno.

—Hola —escuché junto a mí mientras esperaba un café para llevar en la cafetería de siempre, al lado de la editorial donde trabajaba desde hacía cuatro años.

—Hola —devolví el saludo, algo extrañada—. ¿Nos conocemos? —pregunté escudriñando la cara del desconocido.

—No, bueno, tú no me conoces a mí, pero yo a ti sí.

—Ah, ¿Y de qué me conoces? —me interesé, sin poder evitar una sonrisa ante su descaro.

—Porque cada mañana nos cruzamos aquí, pero tú siempre vienes ensimismada en tus pensamientos, con los auriculares enchufados escuchando música.

—¿Y llevas mucho tiempo espiándome? —bromeé.

—Un par de meses —reconoció él con total naturalidad.

—Vaya, pues te aseguro que nunca te había visto. O eres un espía excelente o yo soy demasiado despistada.

—Siempre vas corriendo, lo cual es curioso porque aquí la gente suele ser más tranquila. ¿Eres de Bonn?

—Sí, bueno... no, pero sí. Perdona, suelo explicarme mejor cuando no me falta el café.

—¿Me lo explicarías tomándote algo conmigo a la salida del trabajo?

—¿Crees que salgo con el primero que me lo pide? —le solté, manteniendo el juego de la ironía.

—Tocado y hundido —rio él. Tenía una mirada grisácea y unos labios carnosos que, en ese momento, parecían estar suplicándome una oportunidad.— ¿Quedamos mañana aquí media hora antes de entrar y nos tomamos un café tranquilamente?

Me quedé mirándolo un segundo. No perdía nada por intentarlo.

—Mañana, a las siete —contesté, disponiéndome a salir con mi café ya en la mano.

—Esperaré ansioso.

Estaba a punto de cruzar la puerta cuando sentí que corría tras de mí. La lluvia ya volvía a hacernos compañía en la calle.

—¡Espera un momento! —exclamó al alcanzarme—. No sé tu nombre, y me gustaría saber cómo se llama la chica con la sonrisa más bonita de la ciudad.

—Eva.

—Eva... Corto y bonito. Gracias.

—De nada. Ahora sí que me voy —dije dando un paso hacia el mojado asfalto.

—Vaya, ¿no quieres saber cómo me llamo yo?

—Derek. Te llamas Derek —le respondí, dejándolo de piedra.

—¿Cómo lo sabes?

—La chica de la cafetería te ha llamado por tu nombre hace un momento —le expliqué con un guiño—.

Es más, diría que acabo de granjearme una enemiga.

Sabe perfectamente cómo te gusta el café y se muere por verte fuera de su trabajo.

Escuchar que has quedado conmigo no le ha sentado nada bien.

¿Que cómo he deducido todo eso en un momento?

—Yo misma me hice la pregunta que él quería hacerme.

Sonreí ampliamente al ver su cara de sorpresa—.

Soy traductora y editora, me pagan por leer entre líneas.

Me encogí de hombros, le regalé una última sonrisa de medio lado y eché a correr para no llegar tarde a la oficina.

El café estaba casi vacío cuando entré a la mañana siguiente.

Lo primero que percibí, antes incluso que el aroma a grano tostado, fue la mirada lánguida de la camarera.

Era evidente que se moría por ser ella quien ocupara mi lugar.

Derek me saludó desde una mesa junto al ventanal y se levantó para recibirme con un par de besos que me pillaron un poco por sorpresa.

—Hueles muy bien —murmuró mientras me ayudaba a desprenderme de las mil capas de abrigo que el invierno alemán me obligaba a llevar.

—Gracias. ¿Sabes que me he ganado una enemiga pública por tu culpa, verdad? —le dije, señalando discretamente hacia la barra.

—¡No digas tonterías! —rio él, restándole importancia.

—No son tonterías. Si un día de estos muero envenenada, ten por seguro que será porque me han echado algo en el café.

—Voy a por ellos. ¿Quieres algo más?

—No, gracias. Solo el café.

Aquel fue el primero de muchos. En apenas dos semanas, los cafés antes de entrar a la editorial se convirtieron en nuestra rutina particular.

Compartíamos risas, charlas y, de vez en cuando, una copa rápida a la salida del trabajo.

Derek era fácil, divertido y, sobre todo, no me hacía preguntas sobre el pasado.

—Eva.

—Dime.

—¿Cenas conmigo esta noche? —me preguntó un viernes, cuando ya llevábamos quince días midiendo el tiempo entre cafeína y confidencias—. Entiendo que igual tienes planes, siendo viernes...

—No, no tengo planes —sonreí. En realidad, mi plan era sofá, manta y quizás una llamada a Ana, pero su invitación me apetecía más.

—¿Por qué no me habías dicho nada antes?

—Le pregunté mientras miraba de reojo a la pobre camarera, que parecía hundirse un poco más junto a la cafetera con cada palabra nuestra.

—¿Cenamos entonces?

—Luego hablamos —le contesté, para su sorpresa.

—¿Pasa algo? —me preguntó Derek en cuanto salimos a la calle y el aire frío nos golpeó la cara.

—No, solo que me daba una pena tremenda la cara de la chica de la barra. No te rías, hablo en serio. Es cruel celebrarlo delante de ella.

—¿He de sentirme culpable por querer invitarte a cenar a mi casa e intentar enamorarte con mi destreza culinaria?

Me detuve en seco.

—¿Qué? ¿Vas a cocinar para mí?

—Sí. ¿Nunca te había hecho la cena un chico?

—Para ser sincera... sí, alguna vez ha pasado.

—Oh, vaya, yo quería ser el primero —dijo con una sonrisa ladeada antes de acercarse y sorprenderme con un beso que me dejó sin aliento—. ¿Te recojo a la salida y vamos juntos?

—No, si no te importa prefiero pasar por casa, ducharme y cambiarme de ropa. Necesito quitarme el aroma a manuscritos de encima.

—Uhm… ¿te vas a poner más guapa todavía para mí? Si es que eso es posible —comentó volviendo a besarme, esta vez con más calma.

—Derek, tengo que irme o llegaré tarde. Envíame tu dirección y allí estaré.

—Vale. ¿Te he dicho que me estoy enamorando de ti? —me susurró al oído.

Sentí un estremecimiento que no supe si era por el frío de Bonn o por el peso de sus palabras. Derek era perfecto, de verdad que lo era. Y quizás, si me lo repetía las suficientes veces, acabaría creyéndomelo.