Menta y Chocolate El gato
62%

El gato

Andrés

M e desperté sobresaltado, empapado en sudor y con el corazón latiendo como si no hubiese mañana. Una vez más, los dichosos gatos habían invadido mis sueños.

Dicen que el tiempo ayuda a cicatrizar las heridas, a pasar página y saltar de un capítulo a otro, pero yo no termino de estar de acuerdo.

Cinco años habían pasado desde que había  conocido, de boca de mi hermana, aquella leyenda del hilo rojo —o su particular versión, porque estoy seguro de que los orientales no meten a ningún gato jugueteando con un ovillo—.

Sin embargo, ahí estaba yo, cinco años después, despertándome en mitad de la noche porque era incapaz de alcanzar el extremo de una madeja que no dejaba de crecer.

Ni Teseo en su laberinto tuvo tanta ansiedad.

No sé qué hubiese opinado Freud sobre esto. Probablemente encontraría alguna metáfora sexual o diría que mi pesadilla era solo una excusa inconsciente para dejar a la novia de turno. Y tal vez no le faltaría razón.

—¿Estás bien, cariño? —me preguntó una somnolienta Sofía tras despertarse con mi grito.

—Sí, sí, ha sido una pesadilla. No pasa nada —le contesté todavía sudoroso, dándole un cálido beso antes de levantarme—. Voy a por agua. Sigue durmiendo, ahora vuelvo.

Me levanté a oscuras. Comenzaba a poder recorrer sin luz mi nueva casa.

La luz de la nevera fue la única que iluminó la cocina mientras yo daba un largo y refrescante trago de agua.

Me la bebí casi de un tirón, sintiendo cómo el frío me bajaba por la garganta, pero no lograba apagarme el incendio del pecho.

¿Cómo era posible que siguiera obsesionado con el dichoso gato y su ovillo?

Sin encender la luz salí a la pequeña terraza buscando el aire fresco que Valencia, en pleno agosto, se negaba a darme. Ya sabía yo que la tarde con mi hermana iba a pasarme factura. Ana no había parado de hablar de su próximo viaje a los países nórdicos y de las ganas que tenía de ver a Eva.

—¡Mierda, Eva! Te has convertido en mi asignatura pendiente perpetua.

Me recosté en la tumbona, intentando que el poco aire que corría me devolviera a la realidad.

¿Por qué tu recuerdo me atormenta tanto después de diecisiete años?

Volví a la cocina casi por instinto; cuando el nombre de Eva aparecía, yo necesitaba mi medicina.

Abrí el congelador y saqué la tarrina de menta y chocolate.

Era mi refugio, lo único capaz de calmar la ansiedad que me dejaban las pesadillas y ese vacío que venía después.

Mientras saboreaba la primera cucharada, intenté autoconvencerme de que mi vida estaba bien.

Sofía es perfecta. Tiene todo lo que cualquier hombre desearía en una pareja.

El problema es que yo no soy ese hombre.

Acabo de cumplir treinta y dos años y soy incapaz de enamorarme.

Nunca lo he estado, al menos no de esa forma que describen en las comedias románticas.

Y todo por seguir obsesionado con un recuerdo.

Con una niña... bueno, con dos críos que compartían un helado .

—Gilipolleces mías —mascullé para mis adentros—. Ella ni siquiera se molestó en ir a la cita ni en decirme por qué me dio plantón.

Me quedé con la cuchara a medio camino. Un pensamiento cruzó mi mente como un relámpago.

—¿Marta? —susurré—. ¡Mierda, Marta! ¿Sería capaz de haber quitado la nota de la mochila?

El recuerdo de mi primera novia me golpeó de lleno.

Era pesada y celosa, de eso no había duda, ¿pero llegar hasta ese punto?

Las imágenes de aquella mañana de verano empezaron a desfilar ante mis ojos como si estuvieran ocurriendo en aquel momento.

Recordé las risas de Ana y Eva, el sueño loco de las cabras...

Todavía no sé quién aparecía en ese sueño porque me echaron de la habitación .

La sonrisa fue inevitable al recordar aquel momento.

Entonces recordé la marcha repentina de Marta aquella tarde.

—Joder, Marta, no puedo creer que por tu culpa ella no apareciera.

Terminé el helado raspando el fondo de la tarrina, como si necesitara el azúcar para asimilar el golpe.

Todo habría sido tan diferente si nos hubiéramos visto esa tarde.

No digo que estuviéramos juntos ahora, pero al menos Eva no se habría colado como un fantasma en cada una de mis relaciones, arruinándolas por comparación .

—¡Joder!

Regresé al dormitorio. Sofía seguía allí, dormida plácidamente, acurrucada en su lado de la cama. Me metí bajo las sábanas con cuidado de no despertarla, sabiendo, con una certeza que me dolía en el pecho, que aquella sería la última noche que pasaríamos juntos.

ESTOCOLMO, VERANO 2013

Eva

Sin lugar a dudas, aquel se convertiría en un verano inolvidable.

No solo para Ana y para mí, sino también para Félix.

Pasamos cerca de un mes recorriendo rutas vikingas y siguiendo las huellas de Andersen por los rincones de la península de Jutlandia.

Nos enamoramos de Dinamarca, de sus paisajes y de su repostería; nos maravillamos navegando por los fiordos noruegos y caímos rendidos a los pies de Suecia.

—La verdad, estoy derrotado, pero los días se me han ido entre los dedos —comentó Félix mientras callejeábamos por el Gamla Stan , el casco antiguo de Estocolmo—. Me quedaría unos días más.

—A mí me pasa lo mismo —confesé—. Da igual cuántas ciudades visite, siempre me enamoro de ellas y deseo volver incluso antes de haberme ido.

—Cariño, tú no solo te enamoras de las ciudades —rio Ana—, tú te enamoras de cualquier lugareño.

—¡Eh, no te pases! —me quejé entre risas.

—A ver, nena: en Bonn tuvimos a Johann, en París a Dominique, en Roma a Angelo... Bueno, vale, en Londres no dejamos a nadie, al menos reconocido.

—Ana, es que no lo entiendes —intervino Félix con una carcajada—. La mejor manera de aprender un idioma es dándole a la lengua, y Eva ha mejorado su destreza lingüística de la mejor de las maneras.

—Tres novios en trece años no son tantos —comenté haciéndome la indignada—. Y tú, bonita, no te quedas atrás. Has salido con más chicos que yo, así que no metas fueguillo.

—Ya, pero es que lo tuyo es más exótico.

—¿Qué tiene de exótico un alemán, un francés y un italiano? —reí.

—¿Y quién es mejor amante? —cotilleó Félix—. ¿Los alemanes, los franceses o los italianos?

—¿Nos sentamos aquí? —interrumpió Ana señalando una terraza.

Nos acomodamos entre risas, pero Félix no estaba dispuesto a soltar la presa.

—¿Y bien? —insistió.

—Pues no lo sé. A ver, por mi experiencia, los italianos... pero porque Angelo es único e irrepetible. Casi diría que es el hombre perfecto.

—¿Y si es el hombre perfecto por qué no estás con él? —preguntó Ana con esa mirada suya que parece leerte el alma.

—Porque no es mi hombre perfecto —respondí, mientras la imagen de alguien muy concreto se me instalaba en el pensamiento.

—¿Y quién es ese hombre perfecto para ti? —insistió ella. Sabía que buscaba un nombre, pero no pensaba dárselo.

—No lo sé, no es una persona en concreto —mentí—. Cuando lo encuentre, te lo diré.

—Ah, creía que hablabas de alguien en particular. Pensaba que tenías claro quién era esa «menta y chocolate» —soltó Ana, mirándome fijamente. Félix nos miraba sin entender nada.

—No, no lo sé. ¿Crees que si lo supiera estaría aquí con vosotros dos en vez de con... con él?

—¡A saber! —exclamo Ana—. Eres igual que mi hermano.

—¿Qué pinta Andrés en esto? —pregunté, sintiendo que el corazón me daba un vuelco.

—Oye, pues haríais buena pareja —comentó Félix con una inocencia que me desarmó—. Anda, nena, vente a Valencia y líate con el hermano de Anita. Si le gustaran los tíos, lo intentaba yo mismo. Además, a los dos os une el dichoso helado ese que no sé cómo os puede gustar.

—Porque está muy bueno.

—Sí, la verdad es que Andrés está muy bueno —respondió divertido Félix, buscando la complicidad de Ana.

—¡No hablo de Andrés, sino del helado! Además... yo, a Andrés no lo veo desde hace diecisiete años.

Omití, por supuesto, nuestro encuentro furtivo en aquel concierto de Duncan Dhu. No estaba preparada para confesar que ese hilo del que Ana siempre hablaba me seguía quemando las muñecas.

—¡Dichoso gato! —exclamó de pronto mi amiga.

—¿Gato? —preguntamos Félix y yo a la vez.

—Nada, tonterías mías. ¡Brindemos! Por nosotros y porque se repitan viajes como este.

—¡Por nosotros!

Ana

El olor del perfume de Eva todavía se aferraba a mi chaqueta.

Ese último abrazo en la terminal no había sido uno más; había tenido la intensidad desesperada de quien intenta retener los últimos minutos de un verano que se le escapa entre los dedos.

Muchas despedidas llevábamos a nuestras espaldas.

La más dolorosa, la primera de ellas: aún recuerdo como si hubiese ocurrido ayer mismo aquella mañana de verano en la que ninguna de las dos podía ocultar las lágrimas.

Aferradas la una a la otra estuvimos un buen rato, no nos queríamos separar, no nos imaginábamos la vida sin la otra.

Tantos eran los planes que en los años previos habíamos hecho para cuando llegáramos al instituto y la vida había decidido que nuestros caminos se separaran, que solo disfrutaríamos de unas pocas semanas juntas al año.

—Nos vemos pronto, Anita. Lo prometo —me susurró al oído, apretando con fuerza.

Yo le había devuelto el apretón sin ser capaz de soltar una palabra, porque ambas sabíamos que nuestras promesas de «vernos pronto» siempre terminaban chocando contra la realidad de los kilómetros y los calendarios.

Me dolió dejarla allí, ver cómo su figura se hacía pequeña entre la multitud del aeropuerto mientras Félix y yo caminábamos hacia nuestra puerta de embarque.

Por muchas despedidas, por muchos abrazos de última hora ante la puerta del aeropuerto, el sentimiento de añoranza seguía siendo el mismo.

Y yo, por mucho que tuviera otras amigas, por mucho que tuviera a Félix, seguía echando de menos a mi alma gemela cuando no la tenía a mi lado.