Matando deseos
Eva
N o importaba cuántos años pasaran ni cuántos países recorriera, ver a mis padres esperando tras el cristal de la terminal de salidas siempre me hacía sentir que volvía a tener trece años y regresaba del viaje de fin de curso de octavo.
Nada más verme aparecer con el carrito de las maletas, mamá empezó a agitar la mano como si no nos hubiéramos visto en una década, y papá, con esa sonrisa contenida pero brillante, se adelantó para cargar con el bulto más pesado tras los deseados y reconfortantes abrazos.
El trayecto en coche hasta casa fue un torbellino de preguntas sobre el vuelo, Angelo y el calor de Italia, mientras yo me dejaba acunar por el paisaje conocido de Bonn.
Al entrar en casa, me invadió de golpe ese aroma que solo pertenece a mi hogar: una mezcla de café recién hecho, el toque dulce del suavizante de mamá y ese rastro de madera limpia que parecía impregnar hasta las paredes.
Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada, notando la suavidad de la alfombra bajo mis pies.
Aquí no había baches que esquivar, ni el entrañable caos romano.
Todo estaba en su sitio, esperándome, como si el tiempo se hubiera detenido el día que me fui.
Dejé mi equipaje en el recibidor, justo al lado de las maletas de mis padres, que ya formaban una barrera lista para su viaje a la terreta . El relevo estaba a punto de producirse.
—Cariño, ¿de verdad vas a estar bien sola en casa todo el mes? —me preguntó mamá mientras volvíamos al salón, donde ella seguía peleándose con la última cremallera de su equipaje.
—¡Mamá, por favor! Llevo todo un año viviendo en Roma —le recordé con una sonrisa, sentándome en el sofá de siempre—. Y anteriormente pasé casi medio año en Inglaterra...
—Y otro año en Francia —me interrumpió mi padre—. Nos ha salido una hija viajera.
—Además, los abuelos viven a dos calles y están Johann, Helga y el resto de mis amigos. Mamá, no estoy sola, idos tranquilos a Valencia.
—Eva, de verdad que me alegro de tenerte de vuelta en casa y con un trabajo prometedor —añadió ella, mirándome con orgullo.
—Sí, pero no te acostumbres mucho a tenerme por aquí.
—¿No me digas que estás pensando en volver a irte? —preguntó Hans con esa mezcla de preocupación y sorpresa. A mi padre, aunque valoraba mi independencia, no le hacía ninguna gracia volver a tener kilómetros de distancia entre nosotros.
—No, no os asustéis. Solo hablo de buscar piso propio. Creo que ya tengo edad para ello.
—Pero, cariño, la casa es muy grande para los tres —se quejó mi madre.
—Mamá, no me iría de Bonn y no ibais a dejar de verme. Entiende que me he acostumbrado a tener mi propio espacio y, si encuentro a ese «menta y chocolate» no lo iba a traer a casa.
Mi madre no pudo evitar la risa.
—¿Encontrar a la «menta y chocolate»? ¿De qué estáis hablando? —quiso saber mi padre, totalmente perdido.
—De chicos, cariño. Aquí tu hija compara a los hombres con helados. Tú eres mi... —sonreí al ver a mi madre intentar recordar el nombre en italiano.
— Gelato al lampone —repliqué yo con mi mejor acento.
—¿ Lampone ?
—Frambuesa, papi, el helado favorito de tu señora esposa.
—Lo sé —sonrió él, rodeando la cintura de mi madre—. Entonces imagino que mi hija favorita...
—¡Y única! —exclamé.
—Única e inigualable —añadió con cariño—. Busca su helado de menta y chocolate.
—Exacto.
VALENCIA, VERANO 2008
Andrés
Una nueva decepción se apoderó de mí al saber que, una vez más, Eva no venía.
Creía que por fin la tendría frente a mí, que tal vez aquel sería el verano en el que el destino dejaría de jugar al gato y al ratón con nosotros.
Pero no. Su silla en la mesa estaba vacía, sustituida por el relato de sus aventuras en Roma.
Solté los cubiertos sobre el plato en cuanto escuché su nombre en boca de mi madre. Fue un golpe seco, metálico, que afortunadamente quedó camuflado por el bullicio de la cena, pero yo sentí como si me hubieran dado un calambre.
—¿Cómo está Evita? —preguntó mi madre mientras se servía un poco más de vino, con esa naturalidad que a mí me faltaba cuando Eva era el tema de conversación.
Hacía meses que nadie la mencionaba de forma tan directa frente a mí.
Traté de concentrarme en mi copa, pero Ana, que estaba sentada justo frente a mí, me clavó una mirada de esas que te leen el pensamiento.
Ella sabía perfectamente que yo no estaba escuchando una anécdota más; estaba escuchando el motivo de mi mal humor.
—Guapísima —respondió Rosa con orgullo—. Roma le ha sentado de maravilla, la verdad. Y sigue igual de loca que siempre.
—Eva siempre ha sido muy guapa —terció mi padre con una sonrisa—. Anita, no te pongas celosa, que tú no eres menos guapa.
Mi hermana le sacó la lengua, pero no me quitó el ojo de encima. Yo seguía desmigando un trozo de pan, deseando que el suelo se tragara el nombre de Eva y, de paso, a mí también.
—La verdad es que estamos encantados de tenerla por fin de vuelta —siguió explicando Rosa—. Lleva años sin parar de viajar y ya tocaba tenerla cerca, aunque ahora le ha dado por buscar piso propio allí en Bonn.
—Me dijo Ana que estaba con un italiano —soltó mi madre. Esa frase me sentó como una patada en el estómago.
—No me digas que nuestra Eva está con un italiano… —se apresuró a decir mi padre, riendo.
—No, qué va. Tampoco es su «menta y chocolate» —rio Rosa.
—Solo a Eva se le ocurre compararnos a los hombres con helados —añadió Hans.
No pude evitar reírme con aquella teoría de la búsqueda del helado favorito. El corazón me latía con fuerza, al pensar que, tal vez, yo podría ser la representación de su sabor favorito.
—Entonces no ha encontrado su sabor —mi madre no podía dejar de reír—. Pues Andrés está igual.
Ahí fue cuando no pude más.
—Mamá, no te confundas —la interrumpí, intentando que mi voz no me traicionara—. Yo no estoy buscando a nadie.
—Claro que no, hermanito. El amor no se busca —soltó Ana con esa sonrisita de suficiencia—. Es él quien te encuentra.
—Sea como sea, me da igual. Yo estoy muy bien como estoy —sentencié—. Entro y salgo con quien quiero sin tener que dar explicaciones.
—Lo que tú digas —respondió Ana encogiéndose de hombros—, pero eso es solo porque aún no has llegado al extremo del hilo.
—¿Se puede saber qué locuras estás diciendo ahora? —le pregunté, notando cómo el resto de la mesa se quedaba en silencio.
—Del hilo rojo del destino —aclaró ella, consiguiendo no solo mi atención sino la de toda la mesa—.
Según una leyenda oriental, todos nacemos agarrados a un hilo rojo invisible que nos conecta con la persona con la que estamos destinados a encontrarnos.
El hilo puede seguir un camino recto o liarse y liarse por los caminos de la vida...
como si un gato estuviese jugando con el ovillo.
En algún momento el gato se aburrirá y los dos cabos se volverán a encontrar.
—Es una leyenda bonita —respondió Rosa—. Imagino que Eva andará perdida en esa maraña de hilo ahora mismo. Pero estoy segura de que terminará por encontrar a…
—Su «menta y chocolate» —soltó mi padre, provocando una carcajada general.
Me bebí el vino de un trago, sintiendo que el nudo en mi garganta no se iba ni con todo el alcohol del mundo. El hilo de mi hermana me estaba apretando el cuello y lo peor de todo es que, por mucho que quisiera negarlo, yo seguía agarrado a mi extremo con todas mis fuerzas.
Me levanté de la mesa en busca del postre, huyendo de la charla sobre el hilo rojo y los destinos escritos.
Fui directo al congelador, casi por instinto, y allí estaba: el envase de menta y chocolate.
Mi madre nunca se olvidaba de comprarme mi debilidad.
Ojalá hubiese podido traerme a la otra. Llevé los helados a la mesa, salvo el mío.
Necesitaba saborearlo en la intimidad. Necesitaba respirar tranquilo, estar en aquella mesa junto a mi familia y a los padres de Eva; escuchar las anécdotas de su vida y oír hablar de sus novios me estaba ahogando.
Iba a servirme una bola, pero cambié de opinión.
Aquella tarrina era solo para mí, desde hacía demasiado tiempo no tenía con quien compartirla.
Ni una sola de las chicas con las que había salido entendía mi gusto por el After Eight , todas eran de la tradicional vainilla.
Volví a dejar la cuchara de bolear y empecé a comer directamente de la tarrina, apoyado en la encimera de la cocina, intentando que el frío me anestesiara un poco el mal humor.
Estaba perdido en mis pensamientos, rumiando la rabia de que ella no estuviera allí, hasta que una carcajada general me sacó de mi burbuja. Salí al jardín para saber qué ocurría.
—¿Veis? —decía mi padre desde el comedor, señalando hacia donde yo estaba—. Al final, los únicos fieles a sus sabores son Andrés y Evita.
—Es que algunos no cambian de sabor ni aunque les pase la vida por delante —remató Ana con esa intención que solo yo entendía. Vi cómo sacaba su teléfono y, con una sonrisa traviesa, enfocaba hacia mi posición.
Me quedé allí, con la cuchara a medio camino, dándome cuenta de que todos me observaban con una mezcla de ternura y burla. Mi conexión con ese helado es un secreto a voces, un recordatorio constante de alguien que ni siquiera estaba allí.
BONN, VERANO 2008
Eva
No tenía forma de imaginar que al mismo tiempo, a mil kilómetros de distancia, Andrés devoraba su tarrina, el aire pesado de Bonn se me pegaba a la piel.
Eran más de las diez de la noche, pero el bochorno de agosto no daba tregua y la humedad del Rin hacía que la caminata fuera todavía más asfixiante.
Acababa de salir de la tercera tienda de veinticuatro horas en menos de treinta minutos.
—¿Cómo es posible que no tengan menta y chocolate? —protesté para mis adentros, secándome el sudor de la frente al salir de un pequeño establecimiento turco.
Solo una hora atrás yo estaba tranquila en casa, disfrutando de una película de mi inglés favorito, Hugh Grant, cuando me llegó un correo electrónico de Ana.
Nunca entendía de dónde sacaba los rocambolescos nombres del asunto de los correos: MATANDO DESEOS.
Abrí los archivos adjuntos, había dos fotos.
Vi la primera, mientras la segunda se abría con una calma tortuosa, píxel a píxel.
La nostalgia me inundó al ver la foto de la mesa del jardín en casa de los padres de Ana. Un sinfín de platos vacíos aparecía en la mesa y los sonrientes y bronceados rostros de sus padres, de los míos y de Andrés, todos alzaban sus copas a modo de brindis.
Sentí un pinchazo al ver su sonriente rostro, pero el dolor, el ansia y la necesidad de comer nuestro helado me entró al ver la segunda foto.
Su silueta era lejana, estaba apoyado en el marco de la puerta del salón.
No era la mejor de las fotos, pero era perfectamente reconocible quién era el que, con la mirada completamente ausente, saboreaba nuestro helado.
Se me encogió el estómago. Verlo así, tan real y tan lejos, me provocó un antojo que rozaba la desesperación.
Guardé el teléfono en el bolsillo y apreté el paso hacia la siguiente gasolinera.
No iba a volver a casa hasta encontrar nuestro sabor.
Necesitaba sentir nuestro helado en la boca, como si el helado fuera el único puente invisible que me quedaba para cruzar Europa y sentarme en esa mesa junto a él.
Caminé bajo las farolas de Bonn con la imagen de su mirada ausente grabada en las pupilas. El hilo rojo del que hablaba Ana no solo estaba enredado; estaba estirado hasta el límite, cruzando fronteras y husos horarios, manteniéndose tenso gracias a un sabor que nadie más comprendía.
En aquel momento, mientras el asfalto de Alemania aún desprendía el calor del día, ninguno de los dos podía imaginar que ese hilo tardaría todavía mil ochocientos días en volver a destensarse. Pero el destino, al igual que nuestro helado, siempre acaba dejando un rastro dulce y amargo a la vez.