Mariposas de luz #3
—Hija mía, me parece a mí que me has salido demasiado exigente.
—Mami, es que... no sé. Es verdad que me gusta, me encanta estar con él, me hace sentir...
—Eva, hay cosas que prefiero no saber, que soy tu madre —me interrumpió ella, divertida.
—¡Que no, mamá! No iban por ahí los tiros —me reí, sentándome en la cama—.
Me hace sentir especial, pero... ¿no se supone que debería sentir mariposas en el estómago?
Cuando conocí a Johann me pareció notarlas, igual me pasó con Dominique y ahora con Angelo.
No sé, creo que no son mariposas de verdad, sino simples «mariposillas de la luz».
De esas que revolotean desesperadas alrededor de una bombilla encendida, pero nada más.
No tienen nada que ver con las mariposas de verdad, esas que parecen seres mágicos al desplegar sus alas de colores...
Podía imaginar la sonrisa de mi madre, mientras me escuchaba atenta con su incansable paciencia. Dudo que exista en el mundo otra persona con la santa paciencia de mi madre.
—No sé, mami. Igual sueño con un amor imposible, de esos de película donde cuando te besan flexionas la pierna izquierda y sientes que vas a desvanecerte. ¿Tú sentiste algo de eso con papá?
—Lo de la pierna no —confesó Rosa entre carcajadas—. Eso debe ser un invento de los directores de cine porque queda bien en pantalla. Pero lo del revoloteo en el estómago... eso sí. Te confieso que, después de treinta años juntos, sigo sintiendo ese cosquilleo cuando lo pillo mirándome.
—Es que papá es único. Es tu helado de frambuesa —le dije, haciéndola estallar en otra carcajada.
—Tú y tus comparaciones con los helados...
—Mami, te dejo. Te vuelvo a llamar esta semana. Dale un besito a tu gelato al lampone y otro gordísimo para ti.
Eva
Apoyé la cara contra la espalda de Angelo, dejando que el viento me golpeara suavemente mientras intentaba capturar, por última vez, la belleza de aquella ciudad que me había acogido durante un año. Roma me había cuidado como, en su día, la célebre loba acogió a Rómulo y Remo.
Al rodear el Coliseo levanté la vista, maravillada una vez más; pasamos junto al Palatino y el templo de Vesta. Vesta... sería un buen nombre para una perra , pensé, sonriendo para mis adentros mientras rodeaba con más fuerza la cintura de Angelo.
Perdí la noción del tiempo que llevábamos sobre la moto haciendo aquel recorrido nocturno. Llevaba un año viendo los mismos lugares cada día y no dejaban de sorprenderme. Roma, algún día volveré a recorrer tus calles , me prometí en silencio cuando Angelo detuvo la marcha.
—¿Hay algo que quieras hacer en esta última noche? —preguntó al bajarse.
—Pues... ¿no te reirás de mí si te lo digo?
—No, ¿por qué iba a hacerlo? Dime.
—Quiero ir a lanzar la moneda a la Fontana de Trevi .
Angelo sonrió antes de darme un beso cálido y volver a arrancar la Vespa.
—A Trevi , entonces.
Impresionante. Aquella fuente me había dejado sin palabras desde mi primer día en la ciudad.
Sus veintiséis metros de altura me hacían sentir diminuta ante semejante obra de arte.
No sabía si me gustaba más de día, bajo el sol italiano, o de noche, iluminada con esa luz cálida que no marchitaba su belleza.
—Es increíble —susurré—. Una se siente invisible ante tanta historia.
—Tú nunca serás invisible, Eva. Roma estaría dispuesta a adoptarte entre sus monumentos —me soltó él con esa seguridad tan suya.
—Angelo, está claro que los italianos os habéis ganado la fama a pulso —sonreí, besándolo—. Y ahora, voy a lanzar mi moneda.
Saqué una moneda de mi cartera y me puse de espaldas a la fuente, siguiendo el rito.
—¿Solo una? —preguntó él.
—Sí, solo una. Es lo que hay que hacer para volver, ¿no?
—Sí... y dos para enamorarte de un italiano, o tres para...
—Para casarte con él —le interrumpí—. Conozco la tradición, Angelo. La he repetido mil veces este año para mis turistas.
—¿Y de verdad solo vas a echar una? —me preguntó, casi traspasándome con la mirada.
—Angelo...
—Lo sé —suspiró—. Molto bene, lancia la tua moneta e torna a Roma. Sarai sempre la benvenuta.
—¿Sin rencores? —preguntó, apoyando mi frente contra la suya.
—Imposible tenerte rencor, Eva. Me hubiese encantado que te quedaras, pero no siempre se gana —respondió, antes de rozar mis labios suavemente.
Era hora de pedir mi deseo. Me acerqué al borde del agua. De espaldas a la fuente, tomé la moneda con la mano derecha, cerré los ojos y la lancé sobre mi hombro izquierdo. Al abrirlos, me topé de nuevo con los ojos azules de Angelo, el que había sido mi más fiel compañero este año.
—¿Un gelato ?
—Sabes que nunca digo que no a un helado.
—Uhm... igual debería haber intentado tentarte con ellos desde el principio. Tal vez así habría tenido más suerte para que te quedaras.
Caminamos hacia la heladería mientras el sonido de mi moneda hundiéndose en el agua se perdía entre el bullicio de la noche romana.
Me iba a Bonn, regresaba a casa, a mis diccionarios y al orden, intentando convencerme de que una sola moneda bastaría para traer un poco de paz a mi desordenado corazón.