Menta y Chocolate Mariposas de luz #2
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Mariposas de luz #2

Poco tardaron nuestros labios en dejar de conformarse con besos.

Angelo recorría mi cuello mientras yo peleaba con los botones de su camisa.

Su barba de tres días me rozaba los brazos, provocándome un delicioso cosquilleo que terminaba en temblores por todo el cuerpo.

Sus dedos, siempre hábiles, no tardaron en ganar la batalla: mi blusa terminó en el suelo, pronto acompañada por el resto de nuestra ropa.

—Mucho has practicado tú —le susurré mientras me empujaba suavemente hacia el sofá.

—He nacido con dedos hábiles —bromeó él—. He nacido para complacerte, Eva.

Casi una hora después, cuando recordamos que había comida en las bolsas, entrábamos en la diminuta cocina para descubrir que el gelato era una auténtica crema verde. Se nos había olvidado por completo meterlo en el congelador.

—Yo te traigo tu sabor favorito, tú me distraes y mira lo que pasa —se quejó él, viendo el desastre.

—Ahora la culpa será mía —rebusqué mi ropa por el suelo, riendo.

—¿De quién si no? Anda, voy a preparar la pasta, que ahora sí que tengo hambre. Sabes que me gustas de verdad, ¿no? —me soltó mientras me besaba en el hombro—. ¡Eres única! Estás logrando que me enamore. ¿De verdad vas a volver a Bonn en un par de meses? ¿No prefieres quedarte conmigo en Roma?

—Eres muy tentador, Angelo.

—No debo de serlo tanto cuando llevo semanas diciéndotelo y no cambias de opinión.

Era cierto. Angelo era el hombre perfecto para una vida perfecta bajo el sol de Italia, pero mi cabeza ya estaba de vuelta en Alemania.

Roma me había servido para mejorar mi italiano, para ponerlo en práctica las veinticuatro horas hasta soñar en el idioma de Dante, pero no era mi destino final.

Angelo no lo sabía, pero yo ya había empezado a buscar trabajo en Bonn.

Necesitaba la calma del frío, la seguridad de lo conocido.

Necesitaba, sobre todo, convencerme de que el hilo rojo no llegaba hasta Alemania.

VALENCIA, PRIMAVERA 2008

Andrés

Había pasado un año desde lo de Londres.

Un año desde que Inés me dejó solo en medio de Piccadilly Circus y yo regresé a Valencia con la sensación de ser el tipo más imbécil de toda la comunitat .

Al volver, me refugié en el estudio de arquitectura donde empezaba a despuntar y en el chalet de mis padres.

Un refugio temporal mientras terminaba de ahorrar para mi propio piso.

Me juré que dejaría de buscar una risa específica para centrarme en las estructuras que sí podía controlar. Y ahora, lo que tenía delante era a Sandra.

—Andrés, ¿estás aquí o sigues dándole vueltas al presupuesto del centro cultural? —preguntó ella, dejando su copa de vino sobre la mesa de madera del porche.

Habíamos aprovechado que mis padres habían salido para cenar tranquilos en el jardín.

Sandra trabajaba en un estudio de diseño de interiores con el que colaborábamos a menudo.

Era eficiente, brillante y no le importaba que yo siguiera viviendo con mis padres mientras cuadraba mis cuentas.

Era la pareja ideal para alguien que no quería dar explicaciones ni profundizar en heridas mal cerradas.

—Perdona, Sandra. Es el proyecto de la zona del puerto, que me tiene la cabeza en otro sitio —mentí.

Le sonreí y le di un beso. Sandra era mi nueva tirita: de buena calidad y resistente. Pero el problema de las tiritas es que, bajo ellas, la herida sigue sin recibir aire.

—Tienes que aprender a desconectar —insistió ella, rodeándome el cuello con los brazos—. El próximo fin de semana nos vamos a Cullera, nada de planos. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —respondí, justo cuando Ana apareció por la puerta del salón que daba al jardín.

Sandra entró un momento al baño y mi hermana aprovechó para dejarse caer en la silla vacía, con esa mirada de quien tiene información privilegiada.

—He hablado con Eva hace un rato —soltó Ana, rompiendo la paz de la noche—. Está encantada en Roma. Dice que el ocre de las fachadas es lo más bonito que ha visto nunca.

Sentí el pinchazo de siempre. Esa grieta en mi estructura interna que ningún hormigón armado podía sellar. Miré hacia la entrada del chalet, por donde tantas veces había visto entrar a Eva corriendo para buscar a mi hermana.

—Me alegro. Siempre le gustaron los retos —contesté, fingiendo interés por el fondo de mi copa.

—Y no solo le gusta la arquitectura... —continuó Ana con una sonrisilla maliciosa—. Está saliendo con un tal Angelo. Un italiano que, según ella, cocina como los dioses y es un encanto.

—Bien por ella —corté, con mi mejor tono de indiferencia profesional.

—¿Y tú, tete ? ¿Sigues con tu novia de turno? —preguntó Ana, bajando la voz por si Sandra salía de la casa—. Porque Sandra es muy mona y muy «estable», pero esa cara de aburrimiento no te la quita nadie. Los dos sois iguales, Andrés. Y no hablo de…

—Sandra.

—Pues eso, no hablo de Sandra sino de Eva —la miré fijamente al escuchar el nombre de Eva—.

Ella coleccionando sellos en el pasaporte y novios de quita y pon, y tú coleccionando parejas «adecuadas» para convencerte de que ya no te acuerdas de la pequeñaja con la que compartías mucho más que cucharadas de helado.

—¿Qué dices?

— No em xuple el dit, tete. Creus que no sé el que sents per ella?

Sandra regresó con una sonrisa y Ana se levantó con un guiño, dejándome con el alma en carne viva bajo el limonero del jardín.

Miré a Sandra y luego al rincón donde tantas veces había jugado Eva.

¿Por qué no era suficiente? ¿Por qué, mientras ella planeaba nuestro fin de semana, yo solo podía pensar en si el tal Angelo sabía que a Eva le gusta el gelato di menta e cioccolato ?

ROMA, VERANO 2008

Eva

—Cariño, ¿cuándo vuelves entonces? —me preguntó mi madre por teléfono. Notaba en su voz que ya tenía ganas de tenerme cerca.

—La próxima semana me tienes ahí, mamá.

—Bien, justo a tiempo. A la siguiente nos vamos a Valencia a pasar todo el mes. ¿Vendrás con nosotros?

Suspiré, mirando mis maletas a medio hacer a los pies de la cama.

—Mami, espero que no. Tengo una entrevista de trabajo e igual para entonces ya estaré trabajando.

—¿Y no vas a cogerte ni un solo día de vacaciones? Llevas todo el año sin parar.

—Lo sé, pero es una oportunidad muy buena para trabajar como traductora. Les ha interesado la variedad de idiomas que hablo y están dispuestos a esperar a que llegue. Bueno, eso y porque la editorial es de un amigo de un profesor de la universidad... ya sabes cómo funciona esto.

—Bueno, siendo así, los abuelos lo entenderán —cedió ella—. Ayer hablé con ellos, te echan mucho de menos.

—Y yo a ellos, mamá. Mucho.

Hubo un pequeño silencio y supe que venía la pregunta del millón. Mi madre siempre tenía un radar especial para mis «amores».

—¿Qué tal con Angelo? ¿Es por fin tu menta y chocolate? —Su risa me contagió.

—Ja, ja, ja... Mami, Angelo es fantástico, de verdad. Pero no. Sigue sin ser mi menta y chocolate.