Mariposas de luz
Eva
R oma no se parecía en nada a lo que había dejado atrás. Era el cuarto escenario de una vida que se empeñaba en no permitirme echar raíces.
Si Bonn era el orden, el silencio de las bicicletas sobre el asfalto limpio y esa paz grisácea que me sirvió de anestesia tras mi primera ruptura; París había sido la elegancia melancólica, los paseos bajo la lluvia a orillas del Sena y ese intento desesperado de encontrar en los ojos de Dominique un reflejo de lo que había perdido en Valencia...
Roma era otra historia. Londres había funcionado como un paréntesis eléctrico, un torbellino de paraguas, ladrillo visto y el ritmo frenético de quien no quiere detenerse a pensar ni un segundo. Pero Roma... Roma era puro instinto.
Aquí el aire pesaba, cargado de historia y de un calor que se te pegaba a la piel como los recuerdos de los que intentaba huir.
En Bonn me sentía protegida por la lógica alemana.
En París, envuelta en una seda de romanticismo impostado.
En Londres, una mota de polvo en una metrópolis que nunca duerme, pero en Roma te sientes viva a la fuerza.
Pasear por la ciudad era como estar en una clase de historia al aire libre.
No sabía a dónde mirar: monumentos, edificios, restos arqueológicos…
todo competía por llamar mi atención y la de los miles de visitantes que disfrutaban de su esplendorosa belleza.
La Ciudad Eterna no se había ganado su título en una tómbola; el tiempo parecía detenerse para disfrute de sus habitantes.
Bueno, tampoco hay que exagerar, que pararse es mucho decir, porque hay que estar hecho de una pasta especial para atreverse a conducir por sus callejuelas.
Motos y coches se lanzaban a la calle, peleándose sin importarles el color del semáforo.
Yo asistía asombrada a aquel caos circulatorio.
Acostumbrada a la apacibilidad de Bonn, Roma me parecía una jungla automovilística.
Los gritos de los conductores me hacían sonreír. Era todo tan distinto a Alemania.
Es curioso: he vivido en París y Londres, sin olvidarme de mi Valencia, y nunca había notado tanta diferencia con Bonn. ¡Ni loca cojo un coche aquí! , me advertí a mí misma mientras saboreaba un cremoso gelato de mi sabor favorito.
Sin duda, los italianos son los mejores heladeros del mundo.
Sus gelati estaban de fábula. Aquel era el mejor gelato di menta e cioccolato que jamás había comido .
Cómo hubieras disfrutado, Andrés… , me dije a mí misma, sorprendiéndome con el simple recuerdo del hermano de mi amiga, que seguía estando presente por mucho que intentara negarlo.
Callejeaba sin rumbo fijo. Llevaba un mes viviendo en la capital italiana, pero hasta el momento no había tenido un día de descanso.
Nada más llegar había comenzado a trabajar, a recorrer monumentos, plazas y museos, osando mostrar la ciudad sin haber pisado anteriormente sus calles.
Paseaba, cotilleando escaparates y recibiendo los innumerables olores de la deliciosa comida italiana mientras terminaba mi helado.
Así llegué a la Piazza di Spagna , siendo la primera vez que no la veía abarrotada de gente. Me senté en la célebre escalinata a terminar de saborear mi cono.
— Menta e cioccolato —escuché a mi lado.
Me giré, topándome de lleno con unos intensos ojos azules que me sonreían.
— Sì .
— Non mi è mai piaciuto quel gusto, il mio preferito è la stracciatella.
— Mmh... è buono, ma questo è meglio —sonreí, limpiándome la comisura de los labios con la lengua porque el helado se me escapaba.
— Di dove sei?
— Sono spagnola, anche se non vivo più lì da anni.
—¿Vives en Roma y nunca había tenido la suerte de encontrarme contigo? —preguntó en un perfecto español con un acento casi tan delicioso como mi helado, clavando su mirada en la mía.
—Eh… sí… no… —titubeé, notando que hasta mi gelato se derretía bajo aquella penetrante mirada—. Solo llevo un mes en Roma.
—Bueno, entonces solo he perdido un mes de tu presencia. En la Ciudad Eterna no es mucho, aunque a mí ahora mismo me parece haber perdido demasiadas horas sin ti.
Estallé en una sonora carcajada, estando a punto de hacer caer el helado.
A la mente me venían las palabras de mi primo Alejo por teléfono: Roma…
cuidado con los italianos, no creo que haya tíos más ligones en la faz de la tierra.
Por favor, prima, pasé que te liaras con un gabacho pero no te enrolles con un italiano, vente para Valencia y ya te buscamos a alguien aquí.
Mi amigo sigue libre . Me estremecí solo de pensarlo.
—¿Qué te parece gracioso? —preguntó con su perfecta sonrisa el italiano.
—Tú y tu zalamería. Los italianos sois…
—¿Qué somos los italianos? —interrumpió, limpiándome una gota de helado de los labios con el pulgar.
—¿Tratas de ligar conmigo? —preguntó risueña.
—Si has de preguntármelo, debo estar perdiendo facultades… o no, te he hecho reír y ahora me estás regalando la sonrisa más bonita que jamás he visto. Sabes que se te hacen unos hoyuelos muy graciosos —dijo, tocándome nuevamente la comisura de los labios—. ¿Qué me dirías si te invitase a cenar?
—¿No te rindes nunca?
—¿Y tú eres siempre tan preguntona? Por cierto, me llamo Angelo.
Nuestras miradas se quedaron clavadas la una en la del otro. Yo seguía disfrutando de mi helado, siendo consciente de que cada lengüetazo lo hacía desearme más.—Me está dando envidia.
—¿Quieres un helado?
—No, no te confundas… es del helado de quien tengo envidia —replicó, haciéndome ruborizar—. ¿No vas a decirme tu nombre?
—Eva.
—Eva de España, un placer. ¿Y dónde vivías ya que no lo haces en casa?
—Alemania.
—¿Qué hace una cálida española viviendo en la fría Alemania?
—Es una historia muy larga.
—Razón de más para aceptar mi invitación.
—¿No te vas a rendir?
—Nunca.
—Eso implica demasiado tiempo.
— Siamo nella Città Eterna, non scordartelo.
—No, no lo olvido.
— Ceniamo?
— Va bene, accetto.
Angelo se convirtió en el mejor de mis guías por la ciudad y los alrededores.
Recorría las calles a su lado en mi tour particular, aprendiendo lugares que luego recomendaría a mis grupos de turistas.
A su lado conocí rincones que no aparecían en las guías y que merecían ser descubiertos tanto como los monumentos más famosos de aquella impresionante ciudad.
—Nena, ¿piensas seguir coleccionando novios por Europa? —preguntó Ana, sin poder evitar la risa a través de la pantalla del ordenador.
—¡No seas exagerada! —le espeté, aunque sabía por dónde iba.
—¿Exagerada? Un alemán, un francés, un inglés… y ahora un italiano. Joder, si parece un chiste de los de mi padre. ––Nuestras carcajadas resonaron a ambos lados del mediterráneo––. Te recuerdo que tu casa está en Valencia.
—Te recuerdo que vivo en Alemania —la interrumpí, intentando defenderme.
—Eso será porque tú lo digas. En los últimos años has saltado de país en país con sus respectivos líos amorosos.
—Dicho así suena fatal —me reí, aunque en el fondo sabía que Ana tenía parte de razón. Intentaba llenar el pasaporte para no tener que mirar el corazón. ¿Y qué tal todo por ahí?
—Hasta las narices de las oposiciones, pero bueno, si no lo intento no conseguiré la plaza. Félix sigue igual, dando clases en una academia, pero está saliendo con un chico que no me gusta nada para él.
—¿Y Andrés? —solté la pregunta intentando que sonara casual, como quien pregunta por el tiempo. Sabía que ella me hablaría del hermano, que era el Andrés que, a pesar de los años transcurridos, era el que me interesaba.
—Nada, mi hermano es otro como tú. Hoy está con una y mañana con otra. Los dos estáis cortados por la misma tijera, Eva.
—No preguntaba por tu hermano —contesté, poniéndome seria de repente y mintiendo como una bellaca—. La vida sentimental de tu hermano me da exactamente igual. Hablaba de tu Andrés, de tu novio.
—Vale, vale… —Ana suspiró—. Andrés nada, todo igual. Pero creo que algo va mal. No sé, amiga, igual llevamos demasiado tiempo y nos estamos aburriendo.
—No puedo opinar. Mi relación más larga fue con Johann y nos pasó justo eso. Pero lo vuestro es diferente, Ana. Lleváis toda la vida. Bueno, ya me entiendes, tampoco quiero exagerar. Yo es que, sin contar a Johann, no he sido capaz de tener una relación de verdad.
—No sé, tengo la impresión de que tu problema es que no estás con la persona adecuada como…
—Ana, te tengo que dejar. Angelo debe estar a punto de llegar y voy a bajar a esperarlo. ¡Hablamos!
Corté la comunicación antes de que Ana terminara la frase.
No quería escuchar sus teorías. Me despedí con un beso rápido, prometiendo cuidarme y no quedarme en Italia para siempre.
¿Quedarme en Italia? Bajaba las escaleras pensando que eso no entraba en mis planes, cuando me tropecé de golpe con Angelo en el portal.
—¿Subes? ¿No salíamos a cenar?
—No me apetece callejear —me explicó con una sonrisa que desarmaría a un guardia pretoriano mientras me plantaba un beso antes de mostrarme unas bolsas—. He traído lo necesario para hacerte un plato de pasta que es manjar de dioses. Ti leccherai i baffi.
—Así que me voy a chupar los dedos. —Me besó de nuevo, con esa intensidad italiana que lo envolvía todo. —Uhm… no sigas besándome así o saldrán las vecinas cotillas —le advertí, aunque no tenía ninguna intención de separarme.
—Y también he traído esto —añadió, mostrándome orgulloso una tarrina de mi gelato favorito.
—Angelo, eres irresistible —dije, dándome la vuelta para subir hacia mi pequeño apartamento.
—Irresistible eres tú, bella .
—Adulador —reí mientras abría la puerta—. Aquí tienes mi humilde morada.
—Ya era hora de que me invitaras.
—Cariño, yo no te he invitado, te has invitado tú solito —le recordé, rodeándole el cuello con los brazos—, pero como traes helado y vas a hacerme la cena, te dejaré pasar.
—Si me distraes así, poca cena voy a preparar —confesó él, soltando las bolsas en el suelo para centrarse en mi boca.