Menta y Chocolate Tus besos saben a menta y chocolate
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Tus besos saben a menta y chocolate

Eva

¿Cómo iba a perder la oportunidad de trabajar como guía turística en Londres? Nada más llegarme la oferta me puse las pilas y estudié con sumo detalle cada monumento, rincón, calle y parque. Creo que para cuando aterricé, ya conocía la ciudad mejor que muchos londinenses.

Para mi sorpresa, descubrí que París tenía la fama de ser la ciudad del amor, pero Londres era, para mí, un escenario increíble.

Su luz al atardecer sobre el Támesis no tenía nada que envidiarle a los tonos rosáceos del Sena.

Allí no sonaba La vie en rose , pero siempre podías sorprenderte al escuchar la melodía de un saxofón en un rincón de Hyde Park o en la entrada del metro.

Me dejé llevar por la ciudad y por sus gentes, sintiéndome una más en esa multitud cosmopolita.

Mis días pasaban rápidos entre excursión y excursión.

Nunca antes había conocido a tanta gente en tan poco tiempo, y juro que jamás imaginé lo divertido que podía ser aquel trabajo.

Cada grupo era una aventura; gente de todas partes y edades.

Me sorprendió descubrir cuántas parejas elegían Londres para su luna de miel.

Está claro que el romanticismo no lo pone la ciudad, sino los ojos de quien la mira, reflexioné después de escuchar a unos recién casados jurar que Londres era el sitio más romántico del mundo.

—Bueno, y ahora hacemos una parada en el Museo Británico —anuncié a mi grupo, recuperando mi tono profesional—. Los que vayan a hacer la visita, esperen en la puerta para que les entregue los auriculares y folletos. Al resto... ¡que tengan una buena tarde!

Andrés

—¿De verdad te apetece entrar? A mí los museos me aburren —se quejó mi novia.

—Venir a Londres y no entrar en el Museo Británico me parece hasta pecaminoso —le dije, intentando sonar animado mientras le acariciaba la cara—. Ya verás cómo te gusta, es espectacular, es como la cueva de Alí Babá.

—No entiendo... —me interrumpió ella con un puchero.

—Pues porque aquí muestran todos los saqueos que los ingleses hicieron durante siglos en Egipto o Grecia —ironicé, tratando de distraerla.

Inés se echó a reír y me besó, ajena a que mi mente ya estaba empezando a desconectar.

Empezó a hablarme del mercadillo de Camden para el día siguiente, de las compras que quería hacer y de los puestos callejeros, pero yo ya no estaba allí.

Mi mirada se había quedado clavada en un grupo de turistas que se arremolinaba en la entrada.

—¿Andrés? ¿Me has oído? —preguntó Inés, zarandeándome un poco al ver que mi mirada estaba perdida—. ¿Se puede saber qué miras?

No salía de mi asombro. Hacía dos años que la había visto en medio del concierto de Duncan Dhu, dinamitándome la vida, y ahora que empezaba a encauzarla...

volvía a tropezármela en Londres. ¿Cómo era posible que la vida jugara conmigo de esta manera?

¿Por qué tenía que aparecer justo cuando lograba situarla en mi pasado?

Escuché su risa. Esa risa inconfundible que cortaba el aire ruidoso de la ciudad. Eva estaba allí mismo, repartiendo auriculares y folletos, radiante bajo el cielo gris de Londres.

—¿Andrés, estás bien? —insistió Inés, ya realmente preocupada.

—Sí... sí —titubeé, incapaz de apartar los ojos de ella. Eva ni siquiera se había percatado de mi presencia.

—¿Seguro? ¿Entramos entonces?

¿Y si es una señal? , me pregunté mientras el corazón me martilleaba las costillas. Igual debería acercarme y saludarla. Solo es una vieja amiga, ¿no?   Inés tiraba de mi mano, pero yo ya había tomado una decisión.

—Sí, claro... Un momento, acabo de ver a una amiga. Voy a saludarla.

Me encaminé hacia ella con las manos sudando y la respiración contenida.

Estaba a unos pocos metros cuando lo vi: el francés.

Dominique se acercó por detrás y la abrazó por la espalda con una familiaridad que me hizo retroceder en el acto.

Era él. El mismo tipo del concierto. El que disfrutaba de sus besos mientras yo me retorcía de dolor.

Seguís juntos... , me dije, sintiendo cómo se me cerraba el estómago.

—¿No ibas a saludar? —preguntó Inés a mi espalda.

—No. Me he equivocado, no era ella —respondí con una frialdad que me asustó hasta a mí—. Vamos, o se nos hará tarde.

Pero mi cabeza ya no estaba para museos. Mientras caminábamos, veía a Eva y a Dominique alejarse calle abajo. Su risa tintineaba en mis oídos, sobresaliendo por encima del tráfico y del bullicio. No podía más.

––¿Estás bien?

—No, Inés. No estoy bien —le solté de golpe cuando ya no pude fingir un segundo más.

—¿Quieres que volvamos al hotel?

—No. Vamos a algún sitio a tomar un café —sentencié con una seriedad que la dejó muda—. Tenemos que hablar.

Aquellas no fueron las vacaciones que planeamos.

Inés, que resultó tener mucha más dignidad de la que yo esperaba, no quiso pasar ni un minuto más conmigo.

No iba a quedarse en Londres con un hombre que estaba enamorado de otra.

Se despidió entre lágrimas y enfado, dispuesta a buscar un vuelo de vuelta.

Yo preferí quedarme. No me apetecía dar explicaciones a nadie. Solo quería estar solo con mi derrota.

Eva, necesito que salgas de mi vida. No puedo sentir que se me para la respiración cada vez que te tengo cerca. ¿Cómo lo haces? ¿Qué demonios tienes para haberme atrapado así?

Eva

Ni por asomo me imaginé lo cerca que había estado de Andrés. No fui consciente de nada mientras me alejaba del museo entre risas, dejando que el caprichoso hilo rojo se enredara un poco más.

—A mis padres les va a dar algo, sobre todo a mi madre, pero no voy a perder esta oportunidad —le confesé a Dominique mientras paseábamos por la bulliciosa Piccadilly Circus .

—¿De verdad te vas a ir a Roma?

—Sí. Cuando la empresa me propuso trabajar de guía en Italia, no me lo pensé. Es la mejor manera de mejorar mi italiano y, si no lo hago ahora, ¿cuándo?

—Es una oportunidad estupenda, Eva. Ojalá hubiera sido Francia para tenerte cerca otra vez —bromeó él, dándome un empujoncito que me hizo tambalear sobre los tacones—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Has vuelto a ver al chico del concierto? ¿Cómo se llamaba?

—Andrés —respondí, y sentí cómo se me borraba la sonrisa de golpe.

—¿Lo has vuelto a ver?

—No. Dominique, Andrés es parte de mi pasado. Un amor platónico de cuando era niña y nada más. Solo eso.

Él me rodeó la cintura con el brazo y me besó suavemente en la sien.

—Entonces, él sigue sin saber que tus besos saben a menta y chocolate casi siempre...

Me eché a reír con ganas, ajena a los transeúntes y, sobre todo, ajena al chico que tomaba un café amargo sentado a los pies de la fuente de Eros.

—¿A menta y chocolate? —pregunté entre carcajadas—. ¡Fíjate que igual, de haberlo sabido, me habría hecho caso!

Me colgué de su brazo para seguir rumbo a Covent Garden , sin saber que Andrés nos observaba con el alma rota, habiendo escuchado retazos de nuestra conversación.