Menta y Chocolate Huyendo de un recuerdo #2
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Huyendo de un recuerdo #2

Nos mantuvimos la mirada durante unos segundos que parecieron siglos, sin pestañear, mientras la voz de Mikel Erentxun decía lo que ambos sentíamos:

Hay que ser un tonto para recordar

Pero yo no puedo evitar pensar en ti,

Pensar en ti…

Andrés

No terminaba de creérmelo. ¿Cómo iba yo a imaginar que Eva era la famosa prima de Alejo?

Me quedé paralizado en el sitio, con la mirada fija en ella mientras el mundo seguía girando a mi alrededor.

Sabía que debía bajar, que lo lógico era ir a saludarla, pero…

¿de qué me serviría? ¿Para qué iba a molestarme en saludar a una chica que solo era parte de mi pasado más dulce, si ahora tenía a otro tipo ocupando mi lugar?

—Yo que quería liarte con mi prima y resulta que está con un franchute —rio Alejo, ya de vuelta junto a nosotros—. Joder, con el francés... me están dando ganas de bajar y decirle que se meta las manos en los bolsillos.

—Es su novio y no veo que ella se queje —contesté con una frialdad que me escocía en la garganta.

—Está claro que tu prima prefiere el croissant y el café au lait a la menta y el chocolate —bromeó Iván, soltando una carcajada.

Alejo se unió a la risa, pero yo ni los oía. Mis sentidos estaban totalmente anulados. El griterío de la multitud se había vuelto un zumbido sordo desde el momento en el que mi mirada se había cruzado con la de ella.

Andrés, ya es hora de pasar página , me repetí como un mantra, tratando de recuperar algo de dignidad. Olvida a tu amor platónico. Ya no es más que la amiga de tu hermana. Además, recuerda que en su momento te dejó esperando .

Paralelamente, volvieron a sonar Mikel y Diego:

Solo en ti…

y despertar a tu lado en cada amanecer…

hacer rodar mis labios sobre tu piel…

creo en ti…

Mierda de canciones , pensé, apretando los dientes. No había ni una sola letra que no me obligara a pensar en Eva.

Eva

Andrés era el famoso amigo de Alejo. Me costaba procesarlo.

¿Cuántas veces habíamos bromeado por teléfono sobre su compañero de piso?

¿Cuántas veces le había dicho a mi primo que ese chico no existía, que se estaba inventando a un fantasma que asaltaba la nevera buscando menta y chocolate?

¿Cómo es posible que nunca hayamos coincidido los tres en Valencia?

, me preguntaba mientras sentía que el aire me faltaba.

—Eva, ¿estás bien? —me preguntó Dominique al oído. Me había cazado mirando hacia atrás—. Te has quedado pálida.

—Sí... es que me ha parecido ver a alguien conocido —mentí, aunque el corazón me golpeaba el pecho con una violencia salvaje.

—¿Seguro que es solo eso? —insistió, acercándose más a mí.

Le sonreí de compromiso, asintiendo con un ligero movimiento de cabeza.

Dominique aprovechó el gesto para besarme.

Fue un beso largo, tierno, pero en ese momento sentí una punzada de culpa que me recorrió entera.

Estaba desesperada . ¿Andrés sabe que soy yo?

¿Y si me acerco a saludar? . No me entendía a mí misma; estaba segura de que Andrés se había perdido en mi pasado y, sin embargo, verlo allí lo había removido todo por dentro.

Sentí las manos de Dominique recorriendo mi espalda y me giré hacia él, buscando refugio en su mirada sincera.

Él comenzó a susurrarme al oído, provocándome un ligero cosquilleo, intentando recuperar mi atención.

El mundo a mi alrededor dejó de existir; solo escuchaba a Dominique tarareándome La vie en rose por encima del griterío de la plaza, mientras me arrastraba hacia él para hacerme bailar.

—No sé qué ha pasado, pero no vuelvas a alejarte de mí —me murmuró Dominique contra los labios—. Me ha dado terror pensar en perderte.

Me volvió a besar con una intensidad que me cortó la respiración, sin que ninguno de los dos supiéramos que ese beso estaba haciendo agonizar a un espectador que nos observaba desde cinco filas más arriba.

PARÍS, 2004

Eva

El verano en Valencia pasó con esa rapidez cruel que tienen las cosas que no quieres que se terminen.

Familia, playa, las risas de siempre... pero con un vacío nuevo.

Zsa Zsa nos había dejado a finales de año y su ausencia pesaba en cada rincón.

Hera, la tercera generación de mis sobrinas caninas, intentaba ocupar su lugar y, como si heredara los instintos de su madre, no se separó de mí ni un segundo desde que crucé el umbral de casa.

Se pegó a mis talones y no me soltó hasta que llegó el momento de volver a Francia con Dominique para recoger mis cosas.

Mi año de intercambio había terminado. Bonn me esperaba para retomar las clases y, con ello, el fin de mi historia con Dominique.

—Te voy a echar de menos —me susurró él una de nuestras últimas noches, mientras sus dedos recorrían mi cuerpo con una lentitud que me dolía.

—Y yo a ti. Si pudiera, estudiaría toda la carrera aquí, pero tengo que volver a Alemania.

—¿Te olvidarás de mí? —preguntó, buscando mis labios.

—Nunca.

—No estoy yo muy seguro de eso —sonrió él, pero era una sonrisa triste, carente del habitual brillo de sus ojos.

Me incorporé en la cama, confundida.

—¿Por qué dices eso?

—Eva... sé que hay una persona a la que nunca olvidarás. Pero no sé quién es.

—No te entiendo, Dominique. ¿A qué viene esto ahora?

Él suspiró y me miró con una lucidez que me desarmó.

—Sé que hay alguien de tu pasado a quien no logras soltar. Alguien a quien viste en el concierto de Duncan Dhu. Sé que me has querido, que has disfrutado conmigo, pero también sé que nunca podrás enamorarte de nadie como de ese chico.

Me quedé atónita. No esperaba que él hubiera leído tan bien el lenguaje de mis silencios.

—¿Me equivoco? —insistió.

Negué con la cabeza, casi por instinto, sin estar segura de si estaba confirmando sus miedos o los míos.

—¿Y por qué no estás con él? ¿Me lo puedes explicar?

—Dominique, la vida no es de color de rosa como en la canción —contesté con amargura.

—¡Será porque no quieres! Para mí, este año ha tenido ese color. Solo hubo un momento en que el tono cambió y, sin embargo, a pesar de que algo me decía que en aquel mismo instante te perdía, no fue así... porque te quedaste a mi lado. Aunque tu pensamiento estuviera a kilómetros de mí.

—Dominique...

—¿Quién es, Eva?

Me quedé mirando al vacío. Nunca le había hablado a nadie de él. Pronunciar su nombre era como romper un sello que llevaba años protegiéndome.

—En realidad, no es nadie... Solo es un chico al que conocí siendo una niña. Me enamoré de él y, en algún momento, pensé que había algo especial entre nosotros... pero no era así.

—¿Estás segura? ¿Él te lo ha dicho alguna vez?

—¡No, nunca! Me fui a Alemania y no volvimos a vernos hasta...

—Hasta el día del concierto —me interrumpió él.

—Sí. Hasta ese día.

Sentí la garganta seca. Necesitaba huir de la intensidad de sus ojos.

—¿Queda helado?

—Sí, tu menta y chocolate está en el congelador —me contestó, agarrándome la mano justo cuando iba a levantarme—. ¿Huyes de mí, Eva?

Me quedé quieta, atrapada entre sus dedos y la realidad.

—No. Huyo de Andrés —dije al fin, soltando su nombre en voz alta por primera vez en años—. De su recuerdo... de ese hilo invisible que parece que nos enreda cada vez que intento avanzar.

BONN, 2004

Eva

La vuelta a Bonn me devolvió a la vida apacible de una ciudad que me volvía a acoger en su seno con los brazos abiertos, tal y como lo había hecho casi una década atrás.

Me centré en mis estudios, decidida a dejar los amores en un rincón olvidado.

Mi amistad con Johann era lo más cercano que tenía a una relación, aunque yo me esforzaba en mantener las distancias.

No quería confundir al que se había convertido en uno de mis mejores amigos.

Mis días transcurrían entre las páginas de diccionarios, largos paseos por el Rheinauensee y risas compartidas. También en interminables charlas con Ana, quien me ponía al día de sus aventuras amorosas y, casi sin querer —o eso seguía creyendo yo—, me informaba de cada nueva relación de su hermano.

—Andrés… —musité una tarde, acariciándome la pequeña cicatriz de la rodilla izquierda mientras estaba tumbada bajo un árbol en mi parque favorito.

En los últimos meses, su imagen me perseguía con una insistencia dolorosa. Era incapaz de escuchar a Duncan Dhu sin que su rostro apareciera frente a mí. Aquel encuentro en Las Ventas me había trastocado por completo, poniendo mi mundo patas arriba justo cuando creía tenerlo todo bajo control.

Yo pensaba que había olvidado al chico que, con tanto mimo, me había curado la rodilla años atrás. Pero ahí estaba la pequeña cicatriz, brillando bajo el sol alemán, recordándome por siempre aquella tarde de agosto y, sobre todo, a mi enfermero particular.

Dicen que el primer amor nunca se olvida, y yo, mientras me acariciaba la marca en la piel, sentía que era una verdad absoluta. Pero necesito hacerte a un lado , reflexionaba en silencio. Necesito seguir mi camino, dejarte atrás y continuar con mi vida… .

—Tú y yo somos como la menta y el chocolate: se pueden tomar juntos o por separado, y nosotros… nosotros parece que estamos destinados a lo segundo. Nunca fui más que la amiga de tu hermana pequeña. Nuestro único nexo real era un sabor de helado —musité en un doloroso murmullo.

Se me escaparon las lágrimas sin poder evitarlo.

A veces, en mis delirios de adolescente, creí que él sentía algo especial por mí, pero ahora, con la distancia, entendía que quizá me quería igual que quería a Ana.

Si no nos hubiésemos venido a Bonn… tal vez habrías dejado de verme como a una «pequeñaja». Pero la realidad era otra.

–– Eva, olvídalo. Andrés y tú no estáis destinados a estar juntos… céntrate en tu vida .