Huyendo de un recuerdo
Eva
E l curso en París se me había escapado entre los dedos con una velocidad insultante.
No sabía si era por estar estudiando algo que me apasionaba o por la magia de vivir en una ciudad que parece diseñada para que te sientas protagonista de una novela, pero lo cierto es que junio se me echó encima casi sin avisar.
Y gran parte de la culpa de que los meses volaran la tenía Dominique.
Él había sido mi guía, mi cómplice. Había sido mucho más que un amigo, pero decir que estaba enamorada de él sería mentir.
A veces, mientras lo observaba de reojo cuando caminábamos por Le Marais , me daban escalofríos.
Tenía esa forma de girar la cabeza o de entrecerrar los ojos al sol que me recordaba peligrosamente a Andrés.
Era como si el destino me hubiera puesto delante una versión francesa, más amable y «peliculera», de mi pretérito pluscuamperfecto.
La propia Ana me lo había dicho: su descripción coincidía con la de su hermano.
Pero claro, las copias nunca son exactas, y los gustos, mucho menos.
Dominique no era Andrés, y en el fondo yo sabía que, si en algún momento creí estar enamorada, era más del recuerdo que de la realidad.
—¿Quieres un poco? —le pregunté una tarde mientras compartíamos un banco en los Jardines de Luxemburgo, ofreciéndole mi tarrina.
Él se alejó un poco, arrugando la nariz para exagerar una mueca de espanto.
— Pouah, Eva! Encore cette masse verte avec des petits cailloux noirs? —exclamó antes de seguir en español, idioma que yo intentaba hacerle mejorar—. ¡No entiendo cómo te puede gustar eso! Es como comer pasta de dientes con trozos de carbón.
—¡No te metas con mi manjar, Dominique! —reí, dándole un empujoncito—. ¿Carbón? ¿Cuándo has probado tú el carbón? ¿No quieres chocolate?
— Pas question . Ni chocolate ni nada. Yo soy de vainilla, ya lo sabes. Blanca, pura y sin sobresaltos.
Me reí, pero en mi interior algo hizo un clic silencioso. Dominique era perfecto, guapo y me quería, pero no compartíamos el «sabor». En momentos como aquel, más me venía a la mente la gran diferencia entre él y Andrés, entre lo que tenía y lo que deseaba.
Fue por eso que, cuando vi el anuncio del concierto de Duncan Dhu en Madrid, sentí el impulso de ir con la tranquilidad de saber que no me cruzaría con Andrés.
Sí, porque si a mí me gustaba tanto Duncan Dhu era por él.
Aquel era uno de los grupos que siempre sonaban en su habitación y de ellos era la canción que, desde nuestra última acampada, se había convertido en mi favorita.
—¿Te apetece ir conmigo unos días a Madrid? —le pregunté esa noche, mientras los tejados de París se teñían de rosa bajo el crepúsculo—. Antes de bajar a Valencia a pasar el verano con mi familia, quiero pasar por allí. Hay un concierto de uno de mis grupos favoritos que no me quiero perder.
—¿A Madrid? —observó él, divertido, mientras sus manos buscaban mi cintura—. ¿Tan importante es ese grupo para ti?
—Más de lo que te imaginas —susurré contra su cuello.
Dominique aceptó con esa sonrisa tan suya, tan carente de sobresaltos, que me hacía sentir a salvo.
Mientras hacíamos las maletas, me sentí extrañamente inquieta.
Iba a Madrid con «el clon» de Andrés, buscando la música que me recordaba al verdadero Andrés, sin sospechar que el destino se había cansado de darnos largas.
MADRID, 2004
Andrés
Madrid a finales de junio tiene esa luz dorada que parece estirar los días hasta el infinito.
El calor ya empezaba a hacerse notar. El de la meseta es un calor diferente al de orillas del Mediterráneo, seco y sin ese húmedo bochorno que se te adueña de la piel y del alma.
En aquellas últimas tardes de junio, la temperatura todavía era agradable, especialmente porque tanto yo como mis compañeros de piso habíamos terminado los exámenes.
Si seguimos en la capital, era porque queríamos asistir al concierto de Duncan Dhu.
Era curioso: siendo una de los grupos que habían puesto banda sonora a nuestra adolescencia, ninguno la habíamos visto en directo.
Iván y Alejo no tenían excusa, más allá de la de no haber coincidido en la misma ciudad en la que tocaran.
Yo asentí a su razonamiento; sin embargo, la realidad era otra: era incapaz de no pensar en Eva al oírlos.
Los alrededores de Las Ventas eran un hervidero.
Miles de personas compartían la misma impaciencia por ver a los donostiarras.
Yo solo tenía ganas de que empezara la música para intentar dejar atrás una etapa de mi vida de la que necesitaba olvidarme o, por lo menos, pasar página.
No podía seguir llevando aquel lastre conmigo.
Eva y yo no estábamos destinados a coincidir en el plano espacio-temporal más allá de nuestra infancia.
Llevábamos todo el curso compartiendo exámenes, juergas y muchas pizzas en nuestro piso, y este concierto era el cierre perfecto antes de volver a Valencia por vacaciones. Sin embargo, Alejo tenía su propia misión familiar.
—¿Y de verdad has quedado con tu prima aquí dentro? —le pregunté una vez que logramos cruzar los tornos—. ¿Crees que la vas a localizar entre tanta gente?
Me sentía de un humor extraño. Por un lado, la adrenalina de ver a uno de mis grupos favoritos; por otro, una inquietud que me recorría el cuerpo, como si el aire de la capital me estuviera avisando de algo que mi cabeza aún no procesaba.
—Tío, podrías haber quedado con ella para cenar cualquier otro día y no en medio de esta locura —insistí, mientras buscábamos nuestra zona en la grada.
—Ya, pero hoy es el único día que coincidimos todos en Madrid antes de las vacaciones —se justificó Alejo, oteando el graderío—. Mañana ella se va a Valencia para pasar el verano y luego se vuelve a Alemania, que es donde vive ahora.
—¿Qué prisa tiene por volver a Valencia? —alegó Iván—. Podría quedarse unos días en vuestra casa y bajar con nosotros.
—Pues la prisa es que las últimas navidades no estuvo, se quedó en París —respondió Alejo. Allí llegó la primera alerta; noté cómo un nudo ajustaba el ficticio hilo que me unía a Eva.
—¿Vive en París? —pregunté con miedo a escuchar la respuesta.
—No, en Alemania. Ha estado allí un año de intercambio.
—¿Alemania? No me habías dicho que vivía allí —comenté, sintiendo una punzada en el estómago que me alertaba de demasiadas coincidencias.
—Sí, lleva años allí. Por eso tengo tantas ganas de verla.
—¿Es la misma prima a la que le gusta el helado de menta y chocolate? —Necesitaba corroborar o desmentir la realidad recreada en mi cabeza.
—Sí, esa misma.
—Joder, nano , nos la tienes que presentar tras habernos dado tanta chapa hablando de ella —dijo Iván, mientras yo notaba cómo mi corazón palpitaba más rápido de lo debido.
De pronto, a mi mente vino la mañana en la que Eva y sus padres se marcharon a Bonn, el adolescente que estaba junto a mi hermana y la voz de Eva sonando en mi cabeza hablando sobre su primo favorito: Alejo.
No salía de mi asombro. ¿Cómo era posible que llevara años viviendo con el primo de la única asignatura que no había sido capaz de aprobar?
—Andrés, ¡espabila! ¿Qué haces ahí parado?
Más por inercia que por mis propios medios, entré en Las Ventas siguiendo a mis amigos.
Nos instalamos en un sitio privilegiado.
El escenario dominaba la plaza y el sol empezaba a bajar, bañando de un tono dorado el albero.
La voz de Mikel Erentxun irrumpió en el recinto y miles de gargantas empezaron a corear las canciones.
—¡Mi prima acaba de enviarme un mensaje! ¿Venís? —gritó Alejo, entusiasmado.
—Ve tú, que este sitio es inmejorable y si nos movemos lo perdemos —aclaré.
—¿No quieres conocerla? —bromeó Alejo—. Creía que os apetecía conocer a mi «mujer ideal».
—¿Tu mujer ideal? Si tú mismo dijiste que tenía novio —reí, tratando de ocultar que aquel comentario me había escocido—. Así que mejor me quedo aquí, no vaya a ser que sea tan ideal que me toque meterme por medio.
Vi a Alejo alejarse, perdiéndose entre la multitud. Justo en ese momento, los primeros acordes de No puedo evitar pensar en ti comenzaron a sonar. Fue como un fogonazo. El público estalló en un grito unánime, pero yo me quedé mudo. Siempre que escuchaba esa canción, Eva me venía a la mente.
Bajé la mirada hacia las gradas inferiores, de forma casi magnética, y entonces el tiempo se detuvo.
La reconocí entre la multitud. Nueve años de ausencia se borraron de un plumazo.
Allí estaba ella, bajo la luz de Madrid, apareciendo con la canción que siempre me traía su recuerdo.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza salvaje.
Pero el golpe final llegó al ver a Alejo acercarse a ella y fundirse en un abrazo.
Aquella realidad que durante los últimos años yo no había sido capaz de ver se plantaba ante mis narices, haciéndome ver que aquella prima, la que bromeaba con orgías de menta y chocolate, no era otra que mi pequeñaja.
Ella era la famosa prima; ella era la mujer con la que Alejo me había querido unir durante años.
Mi asignatura pendiente, mi amor platónico, era la prima de uno de mis mejores amigos.
Era imposible apartar la vista de ella mientras una legión de mariposas emprendía el vuelo en mi estómago.
Eva
—Mis amigos están allí, cinco filas más arriba —me dijo Alejo tras saludarnos a Dominique y a mí.
Levanté la vista hacia donde señalaba su mano. Pero el corazón me dio un vuelco que me dejó sin aliento cuando mis ojos se tropezaron con los de Andrés.
No era el chico de mis recuerdos. Era un hombre.
Mucho más real, mucho más imponente de lo que mi memoria había guardado durante nueve largos años.
En ese instante supe que Dominique no era un clon, era solo una sombra borrosa comparado con lo que tenía delante.
Andrés era mucho más que el chico que me gustaba en la adolescencia; era una fuerza que me reclamaba con la mirada desde lo alto de la grada.