La vie en rose
Eva
M i relación con Johann empezó a enfriarse justo cuando los cerezos de la Heerstraße regalaban su mejor colorido.
Ante los ojos de todos éramos la pareja perfecta, pero yo sentía que algo fallaba.
No buscaba fuegos artificiales ni el revoloteo perdido de las mariposas, pero la monotonía nos había ganado la partida.
¿Cómo será nuestra vida a los treinta si aún no tenemos veintiuno y ya parecemos agendar nuestras citas?
, me preguntaba frente al espejo mientras me hacía una coleta.
Intentaba convencerme de que mi desgana no tenía nada que ver con lo que Ana me acababa de contar: Andrés había roto con su última novia.
––No digas tonterías, Eva ––me recriminé en voz alta. ––Andrés es tu pretérito pluscuamperfecto. Johann es el presente... aunque solo sea como amigo.
Aquella misma tarde, bajo el efímero y romántico túnel de flores rosas y blancas en una de las calles más bonitas de la que ya era mi ciudad, dejamos de ser pareja.
No hubo gritos ni lágrimas. Para asombro de todos, seguimos siendo esos amigos que estudian juntos y se ríen de los chistes del otro.
Johann siempre sería mi primera vez en las lides del amor, pero no mi primer amor.
Ese puesto seguía conquistado por un fantasma de Valencia; para él, el destino había decidido que se convirtiera en uno de mis mejores amigos.
—¿De verdad te vas un año a Francia? —me preguntó Johann meses después, mientras estábamos recostados en nuestro rincón favorito del Rheinauensee .
—Sí. Quiero perfeccionar el francés, ya lo tengo todo arreglado. El próximo año lo pasaré íntegro en París.
—Te voy a echar de menos.
—Y yo a ti, eso no lo dudes.
—¿Te vas directa a París desde Valencia?
—No, pasaré por aquí. No me voy a ir cargada a Valencia con toda la ropa y los libros, ni invadir la casa de mis abuelos.
—Mejor, así nos vemos antes de que te vayas.
—Sabes, Johann, igual mi marcha es lo mejor para ti; así no te ven siempre conmigo y te sale una novia.
—Quita, quita, no quiero novias. Hace unos meses rompí con mi primer gran amor y no tengo ganas de líos amorosos —sus labios sonrieron, aunque en sus ojos noté un atisbo de dolor.
—Johann…
—Eva, no digas nada. Esto era lo mejor, tenías razón en decir que nuestra relación era monótona —respondió, dejándome un beso en la punta de la nariz.
VALENCIA, 2003
El verano en Valencia siempre olía a salitre, a las dulces naranjas de los árboles de los iaios y a la seguridad de su casa. Zsa Zsa , que ya empezaba a caminar con esa lentitud digna de los años, nos había hecho el mejor regalo posible antes de retirarse del todo un año después: Hera.
La cachorrita era un torbellino de pelo y energía.
Tenía esa forma de mirar, ladeando la cabeza, que me recordaba tanto a su madre y a su abuela cuando las vi por primera vez.
Hera no tardó ni un segundo en elegirme; se convirtió en mi sombra, acompañándome en mis largas tardes de lectura a la sombra de la jacaranda.
— Zsa Zsa , ¿tú crees que mi estúpido deseo de no volverlo a ver se habrá cumplido para siempre?
—le preguntaba a mi vieja amiga mientras saboreaba una tarrina de helado de menta y chocolate—.
Siete años, Zsa Zsa ... Siete años sin verlo.
Solo querría pedirle perdón por lo del río. Y por decirle aquello que no sentía.
Hera intentó meter el hocico en mi tarrina, ajena a mis dramas existenciales, mientras Zsa Zsa me miraba con esos ojos sabios que parecían entenderlo todo.
—¿Otra vez dándoles discursos a las perras, primita? —La voz de Alejo me hizo dar un salto.
—¡Alejo! Casi me da un infarto —reí, levantándome para abrazarlo.
—Es que no cambias. Sigues con tu helado y tus monólogos. Por cierto, Hera, ve acostumbrándote a las charlas de Eva, que tiene para rato.
—¿Para qué cambiar? —le solté con una sonrisa de oreja a oreja, luciendo esos hoyuelos que él siempre decía que eran una perdición para el género masculino—. ¿Cómo está el veterinario más guapo del mundo?
—Deberías decírselo a tus amigas de Bonn, hacerme un poco de publicidad —rio él, robándome una cucharada de helado y pringándome la punta de la nariz.
—¿Te parece bonito? Yo te piropeo y tú me haces esto, sin contar que desaprovechas este manjar de dioses.
—Como dices tú, ¿para qué cambiar? Además, hasta así, con la nariz pringada por esa masa verde, que jamás he entendido que te guste, estás guapa. Mira, si estuviera por aquí mi compañero de piso, te convertirías en la mujer de su vida al segundo. ¡Es otro fanático de la menta y chocolate!
—Ya estamos con el amigo invisible... —Puse los ojos en blanco—. ¿Cuándo me lo vas a presentar de una vez?
—Pues este verano tampoco va a poder ser. Se ha marchado a Irlanda a perfeccionar el inglés. Parece que no estáis destinados a encontraros, pequeñaja. Igual sería una sobredosis de menta y chocolate.
—Vaya... pues nada. Que le cunda la Guinness y el After Eight —bromeé, sin poder imaginar que el destino se estaba riendo de nosotros en nuestra propia cara.
El verano llegó a su fin casi sin darme cuenta. Ana y yo nos habíamos puesto al día de absolutamente todo, aunque la verdad es que la tecnología ya se encargaba de mantenernos conectadas a diario a pesar de los kilómetros. No había día en que no habláramos, aunque solo fuera unos minutos.
—Mira que tenía ganas de conocerte —me confesó Félix, estrechándome en un abrazo la última tarde que pasamos juntos en la costa levantina.
—Pues no te imaginas las mías. Llevo años escuchando maravillas de Félix, «el hombre perfecto» —reí, devolviéndole el abrazo.
—Ja, ja, ja… Tu amiga, que es una exagerada —respondió él con modestia.
—¡De exagerada nada! —lo interrumpió Ana entre risas—. ¿A que es perfecto, Eva?
—Félix, eres perfecto —corroboré mirándolo con cariño—. ¿Cómo es que no tienes pareja?
—Porque los que me gustan prefieren a Ana —soltó con una sonora carcajada—. Y si estuvieras tú por aquí, pues ya seríais dos contra las que luchar.
Aquella tarde, frente al mar, el ambiente era de pura complicidad.
—Deberíais veniros a París a verme ahora que voy a estar allí todo un año —les propuse.
—¿Y dónde te vas a quedar exactamente? —quiso saber Ana.
—Compartiré piso. La chica que se marcha a Bonn me deja su habitación en París. ¡A ver qué me encuentro! Tengo muchísimas ganas de irme, Ana. ¡Un año entero fuera de casa!
—Ya podrías haberte venido un año a Valencia —se quejó mi amiga con un puchero.
—Anita, que quiero perfeccionar mi francés, ya lo sabes.
—¿Y serán tan buenos amantes los franceses como dicen? —preguntó Félix con guasa.
—Ja, ja, ja… ¡A saber! De momento mi experiencia se resume a los alemanes, y te aseguro que Johann no resultó ser ni frío ni cuadriculado.
PARÍS, 2003
Ev a
La ciudad de la luz me enamoró nada más poner un pie en sus calles.
¿Cuántas veces las había recorrido a través de la pequeña pantalla?
¿Cuántas veces había soñado con perderme en el Louvre , subir a la Torre Eiffel o buscar el campanario del jorobado más famoso del mundo?
Durante las primeras semanas, antes de que empezaran las clases, no dejé rincón por visitar.
Aprovechaba cada tarde para recorrer los Campos Elíseos o atravesar el Arco del Triunfo, sintiéndome, por fin, protagonista de mi propia vida.
Paseaba junto al Sena , tarareando La vie en rose casi sin darme cuenta, mientras observaba a las parejas acarameladas caminar junto al río.
— Il me dit des mots d’amour... —comencé a cantar en voz baja.
— Des mots de tous les jours, et ça me fait quelque chose... —escuché de repente junto a mí, en un francés perfecto.
Me giré, sorprendida. Un chico me sonreía sin dejar de cantar. Le devolví mi inconfundible sonrisa y, durante un buen rato, seguimos canturreando al unísono mientras caminábamos.
— ...et dès que je l’aperçois, alors je sens en moi, mon cœur qui bat... —terminamos a la vez, riendo por la situación.
—Dominique —se presentó él.
—Eva —susurré.
—Un placer conocer a la mujer que ha dado origen a la humanidad... o, por lo menos, sentido a mi tarde.
—¿Sois así de peliculeros los franceses? —le pregunté. Sentí un escalofrío al notar la intensidad de su mirada.
—Si así conseguimos la atención de la chica a la que hemos estado observando durante varios días, sí.
—¿Observando durante varios días? ¿Eso no es acoso? —bromeé.
—No, es solo el caprichoso destino que nos ha querido acercar.
—No creo en el destino.
—Ya somos dos. Y ahora que ya he hecho el ridículo cantando para ti, ¿puedo invitarte a un café?
VALENCIA, 2003
Ana
No podía parar de reír mientras escuchaba a Eva contarme su encuentro con Dominique.
Era como estar viendo una comedia romántica en directo, con banda sonora incluida.
No me di cuenta de que mi hermano estaba apoyado en el marco de la puerta de mi habitación, escuchando en silencio.
Yo solo tenía oídos para las locuras de mi amiga a través de los auriculares mientras seguía sus gestos en la pantalla del ordenador.
—¡Ja, ja, ja! Pues ya nos aclararás a Félix y a mí si es verdad eso de la fogosidad de los franceses —comenté entre carcajadas—. Lo que está claro es que el chico le ha echado teatro al asunto. ¡Me habría encantado veros a los dos cantando la cancioncita! ¿Es guapo? Dime cómo es.
Escuché su descripción con atención y, de repente, algo me hizo clic en la cabeza. No pude evitarlo.
—Joder, Eva... Pues porque mi hermano está aquí en casa, que si no diría que me lo estás describiendo a él. ¿A este no le gustará también el helado de menta y chocolate?
Me reí al soltar la pulla, pero por el rabillo del ojo vi un movimiento en la puerta. Andrés se separó del marco y se marchó hacia el pasillo sin decir una palabra, pero con una cara que era un poema.
—Ja, ja, ja… no te mosquees —le dije a Eva, que seguía al otro lado de la pantalla—, pero es que la descripción coincide con la de Andrés; aunque no me imagino yo a mi hermano cantando La vie en rose , nunca se sabe, ja, ja, ja.
Vale, ya me contarás, mantenme al día de las novedades. ¿Dominique no tendrá un amigo, verdad?
Me quité los auriculares tras terminar la conversación y solo entonces escuché el ruido de la puerta de su habitación al cerrarse.
—Vaya, Andrés… —susurré con una sonrisa en los labios—. Así que te sigue gustando Eva.
VALENCIA, 2003
Andrés
Aquellas Navidades, Eva no regresó a Valencia.
Me dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Me había pasado semanas convencido de que este sería el momento de volver a verla, de intentar un acercamiento o, al menos, de recuperar la amistad que había tirado por la borda siete años atrás, cuando mi estúpido yo adolescente le había gritado que me alegraba de su partida.
Entré en casa justo cuando mi madre y Rosa compartían un café en el salón. Llegué a tiempo para escuchar la respuesta que menos deseaba oír.
—¿Y cómo es que Evita no ha venido estas navidades? —preguntaba mi madre.
—Según ella, porque quiere aprovechar todo el tiempo posible de su estancia en París. Esa es la versión oficial —rio Rosa, dejando la taza sobre la mesa—. La oficiosa es que se nos ha enamorado de un francés.
Sentí un pinchazo en el estómago. ¿Un francés? ¿En serio? , disimulé como pude mientras me acercaba.
—¿Entonces ya no está con aquel chico alemán? —insistió mi madre justo antes de verme—. Hola, cariño, no te había visto llegar.
—Acabo de entrar ahora mismo —contesté, acercándome a Rosa para darle un par de besos—. Hola, Rosa, tanto tiempo sin verte.
Rosa me rodeó con un abrazo, apretándome para mirarme bien. Sonreí al intuir que intentaba encontrar en mí los rasgos del niño que corría por el jardín de casa pinchando a mi hermana y a Eva.
—¡Andrés, no me lo puedo creer! ¡No te veía desde hace años! ¡Mira que estás guapo! —exclamó Rosa sin soltarme—. Te haces muy difícil de ver. A tu hermana la veo siempre que vengo, pero contigo no había vuelto a coincidir.
—Casualidades —respondí con una sonrisa que me costó mantener, bajo la mirada de halcón de mi hermana, que taza de café en mano acababa de entrar al salón.
Rosa no tardó ni un segundo en volver al ataque las bromas de todas las madres.
—No te voy a preguntar si tienes novia, porque imagino que las has de tener a pares.
—No, no tengo novia. Paso, estar en pareja es un rollo —solté, queriendo zanjar el tema.
—Eso mismo decía Eva y mira, ahí está con un francés. Espero que ahora no se nos quede en Francia.
—¿En Francia? ¿Crees que Eva se puede quedar en Francia? —Mi madre sonaba tan preocupada como yo me sentía por dentro.
Sin saber muy bien por qué, me quedé allí plantado, esperando una respuesta negativa de Rosa. Notaba que Ana no me quitaba ojo, intentando leerme el pensamiento.
—Pues no lo sé. Espero que no, no me haría ninguna gracia que mi única hija se quedara allí.
Ya bastante lejos estoy de mi familia como para también tenerla a ella en otro país —suspiró Rosa—.
Imagino que lo de Dominique será solo un amor pasajero.
Eva es como Andrés, yo creo que no está hecha para estar en pareja.
—Eso es porque no está con el adecuado —interrumpió Ana, clavando su mirada en la mía.
Rosa soltó una carcajada con las palabras de mi hermana y miró a mi madre, divertida.
—No lo sé. Su novio anterior, Johann, era encantador; estaban muy bien y ella se aburrió.
¿Sabéis lo que me dijo la muy loca? Yo no entendía que lo dejara, sobre todo porque siguen siendo amigos.
Bien, pues mi hija... —Rosa miró a Ana, que ya estaba empezando a reírse—.
Sí, sí, no te rías, que hablo de tu querida amiga.
—¿Qué fue lo que dijo Eva? —preguntó antes de poder frenarme, provocando que mi hermana ensanchara su sonrisa de victoria.
—Ríete, porque igual tú usarías la misma explicación —me soltó Rosa—.
Me dijo: «Mamá, Johann es como un helado de chocolate, el más sabroso para la mayoría de la gente, pero a mí me gusta la menta y chocolate, así que no me voy a quedar con el chocolate si puedo conseguir un delicioso helado de menta y chocolate».
Mi madre rompió a reír con ganas, pero a mí se me paró el mundo. Aquellas palabras me golpearon con la fuerza de un rayo. «Menta y chocolate. Nuestro sabor. Nuestro maldito sabor favorito».
—Y yo que siempre he pensado que vuestra Eva y mi Andrés serían la pareja perfecta... —comentó mi madre, medio en broma medio en serio—. ¡Menudos nietos tan guapos tendríamos! ¿A dónde vas ahora? —me preguntó al ver que me daba la vuelta.
—A saludar a Hans y a papá antes de que vosotras dos terminéis de concertar mi matrimonio —respondí con una sonrisa que esta vez sí era real—. Y sí, Rosa... Eva está en lo cierto. ¿Por qué quedarse solo con el chocolate, que está al alcance de todo el mundo, si puedes optar a tu sabor favorito?
Crucé una mirada rápida con Ana mientras salía del salón. No nos hizo falta decir nada más. Ella sabía que, después de escuchar aquello, los muros que yo mismo había levantado acababan de saltar por los aires.